Bitácora de Sergi Bellver: Subjetivo cumplido (III de IV).

6/3/07

Subjetivo cumplido (III de IV).

“Un creador es un hombre que en algo ‘perfectamente’
conocido encuentra aspectos desconocidos.
Pero, sobre todo, es un exagerado”

Ernesto Sábato


7:06 AM, domingo en alborada.

Pero los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela no son los únicos culpables del felicísimo sopor en el que se halla sumida la realidad literaria de este país. Los escritores que más pasan a veces por garantes de la diversidad, cuando se doctoran, recetan su talento en píldoras que pretenden asegurar la profilaxis del lector libre ante el monólogo atronador, monolítico, monoaural, monosabio, vamos, lo han adivinado ya, en una palabra: simiesco, de lo establecido y su discurso. Si el auténtico triunfo del diablo sería hacerle creer al mundo que no existe, el verdadero pecado de las letras es hacerle pensar al público que hay una alternativa donde sólo se diversifica la oferta. Agitar el banderín de esa alternativa no te convierte en una voz discordante, si musitas las mismas salmodias en privado, si te acomodas en la misma poltrona para ponerte estupendo. Abanderar desde un otero la militancia del cuento frente a la novela, pero no bregarse en el campo de batalla, disparar desde lejos sin embotar de sangre el sable, no es más que otra impostura.
Por eso, no desde el estupor ni la indignación, pero sí desde una honda decepción, acuso a Andrés Neuman, por ejemplo, ante el jurado de los cuentistas. Le acuso… bueno, tal vez me falten pruebas y los indicios no sean lo bastante potentes como para sostener una acusación, así que debería encontrar otra fórmula, no sé, no soy jurista, a ver, ¿le imputo? ¿le añado al sumario del caso? ¡Y yo que sé! Sólo entiendo que necesito decirle que Alumbramiento me ha defraudado.
Así que le ¿reprocho? sí, eso no sienta cátedra y refleja mejor lo subjetivo de esta imputación particular. Le reprocho, pues, desperdiciar su talento en hueros artificios, en peligrosos devaneos con el mecano resultón, ocurrente, entregando el pendón del cuento al enemigo, que no es el novelista, si es audaz, sino el prosista circunspecto y discreto. Y esa insignia, esa bandera, no es otra que la capacidad de prender una llama en el lector, de cuestionar su mundo, de elegir la deriva y la posibilidad de otra orilla, antes que fijar el rumbo a puertos harto conocidos. La facultad de exagerar amores y odios, si cabe, antes que sumergirse en la calma chicha de la tibieza. En su dodecálogo (y revisión), que no está mal, pero que ya viene de más, digo yo, a la tercera vez que lo publica… dice que “si no emociona, no cuenta”, y creo que esa sería la prueba más flagrante de su parto fallido, porque se lleva la contraria y no sacude ninguna fibra.
Reprocho a Andrés Neuman venir a buenas horas con cierta condescendencia hacia el maestro Cortázar, como si lo hubiera superado ya (eso parece creer), como si esos nuevos caminos que sin duda requiere el cuento los hubiera hollado ya el ahora vecino de Granada, como si haber bebido de sus fuentes (de las de Cortázar, digo, no de las de la divina Alhambra) fuera a resultar a estas alturas una especie de iniciación juvenil, de comprensible bisoñez adolescente, un botellón más antes de los distinguidos caldos que la madurez y el sueldo permiten en la bodega. Le reprocho la cuadratura del círculo duplicado de su porteño trasero en el rígido molde del “éxito”, del otro, del que no trashuma de lector en lector y se queda en los establos de las listas de ventas o el juego de codos en los banquetes literarios de postín. Le reprocho haberme hecho sospechar (ojalá me equivoque) que empieza a vivir de las rentas de unos inicios prometedores y acaso precozmente ensalzados por un mercado ávido de caras nuevas, de calafatear su nave con la basta estopa de esos réditos y cubrir así los resquicios por los que su vanidad, tal vez, su obra, quizás, y su valía, quién sabe, se hagan estancas y eludan el hundimiento. Le reprocho el haberse apagado en la penumbra de su Alumbramiento y la flaqueza de haberse dejado fotografiar de esa guisa en la solapa del libro. Después de leer cuentos tan simples y estafadores (tal vez sin intención, pero no es menos culpable el que yerra por omisión) como el de la bella desgraciada, el amante de la paralítica y el pobrecito cuentista al que el malo malísimo demanda una novela en el despacho de la editorial; después de leer sus piruetas minimalistas, con red y sin riesgo, por supuesto, y la desobediencia a su propio dodecálogo del final (¿qué suerte de osadía es trazar un camino para otros si uno mismo no se entrega al viaje sin trucos en las alforjas?), y viendo otra vez la foto de la solapa, uno tiene alucinaciones extrañas, y comienza a temer que al tipo de la imagen se le vaya estrechando poco a poco la barba hasta cerrar un pequeño candado alrededor de los labios, e igual que la perilla, el cabello vaya retirándose de la frente y encaneciendo, y esa sonrisa de jesuita encantador vaya mutando con el todo y, con la prosa, poco a poco, todo el conjunto se vaya convirtiendo en una especie de revisión ilustrada de Paulo Coelho para incautos gourmands del cuento “rabiosamente vanguardista” y los aforismos de postal.
Reprocho a Andrés Neuman, más que nada, el haberse acomodado a sí mismo y parecerse sólo en la forma al Andrés Neuman del excelente El último minuto, y pensarse ahí, llegado, establecido, y traicionar el talento que le asiste con no sé qué librito de mantenimiento o lo que quiera que sea este invento. Su único atenuante es una suerte de ensimismamiento mental transitorio, del que aún está a tiempo de desembarazarse para alumbrar de nuevo a un verdadero cuentista. La treintena es una estación demasiado temprana para que el artista se aburguese. Y si exagero un poco, cosa probable, es precisamente porque en los primeros títulos de Neuman me pareció ver un valor genuino, y pocas cosas me enervan tanto como el conformismo del creador, sobre todo si me ha gustado alguna vez. Que nadie se equivoque, aquí no hay envidia ni ojeriza hacia el autor argentino (sería absurdo negar que le sobra el talento que a mí seguramente me falte siempre, y además, de entrada, me parece un tipo afable, que no se mete con nadie, alguien que te llevarías de viaje o presentarías a tu hermana), sino decepción con el escritor que podría ser si ambicionara otras metas. Voz amable, le llaman en Babelia, originalísima, por otros lares, por haber imaginado un hombre “encinto” (coño, si va a ser por eso, hasta el australopithecus del Schwarzenegger se calzó un bombo), prestigioso y con eco, dicen, capaz de satisfacer a cualquier lector… en fin, un camino peligrosamente festoneado de sirenas, ante las que inshallá Neuman haga oídos sordos, como seguramente hará a estas necias palabras mías, no importa, pero que de veras regrese a su propia voz, al inconformismo y la sana mala leche, “sin saber demasiado de antemano qué quiere hacer”, como él mismo ha citado de Valéry en varios foros, no sea que “esa certeza le empañe la visión” del artista y se quede en el mero oficio del escritor. Por increíble que parezca, escribo todo esto desde una especie de afecto atrabiliario, sí, no me he vuelto loco (no más aún, quiero decir), y no lo escribiría si no pensara que Neuman es capaz de mucho más. En mi delirio, estoy seguro de decir lo que unos pocos comentan en camarilla pero callan en público. Al fin y al cabo, yo no tengo ni reputación, ni proyección, ni obra que proteger, sólo soy un infeliz escritorzuelo de manos vacías que no tiene nada que perder hablando claro.

Ah, Cortázar, con su cara de tiburón martillo, los ojos muy separados, la boca de pez lento, curvada hacia abajo, paciente y delgada como una luna eclipsada, la barba guevariana de guerrillero y la mirada pacífica de concertista, merodeando fantasmal y escualo por el Sena o el Mar del Plata como un médico por los pasillos de su consulta (porque a Cortázar me lo he imaginado muchas veces con bata blanca y métodos heterodoxos de estomatólogo urbano que te atiende sin prisa, entrañable, ajastjando las ejes como anclas que tropiezan con los ahogados en el lecho del río, con la foto de alguna aldea africana en el despacho, con la idea de volver y embarrancar sus aletas en alguna playa ecuatorial, a curar las barrigas hinchadas de los mocosos descalzos). Cuando aprenderán, Julio, a dejar de imitar tu casa, tomada demasiadas veces por una ingeniosa atracción de feria.

3 comentarios:

Olvido dijo...

Querido mío (con usted hay que tener cuidado últimamente ajjajj)

He estado leyendo sus últimos post y espero- como decía mi abuela- se haya 'quedao muy oreao'.
Usted puede poner lo que quiera en esta su página, lo que le de la gana, sus opiniones, pero no me parece tan bien que se automachaque y disculpe a menudo con eso de ‘escritorzuelo’ ‘juntaletras’ y adjetivos similares.
Apenque usted con lo que escribe y ya está, no?
Todavía recuerdo después de tanto tiempo, aquella ‘Casa Tomada’del bueno de Cortazar.
Un abrazo Sergi.

Sergi Bellver dijo...

¿Y si le dijera a usted, querida Olvido, que, bien mirado, tiene toda la razón?

Bueno, excepto en lo de no tutearnos, déjate...

Te escribo pronto y te comento lo del abrazo.

Anónimo dijo...

Y ahora supongo que el día que te dignes a iluminarnos con tus maravillosos cuentos, serán la ostia, no? que serán, como mínimo, mejores que los de Neuman, verdad?
Macho, no sé si te echaron algo raro en el té, o era vino peleón y no te diste cuenta, y te sentó mal, pero estás podrido de envidia...