Bitácora de Sergi Bellver: Subjetivo cumplido (II de IV).

5/3/07

Subjetivo cumplido (II de IV).

“Pero, cuando eres débil, lo que da fuerza es despojar a los hombres que más temes del menor prestigio que aún estés dispuesto a atribuirles. Hay que aprender a considerarlos tales como son, peores de lo que son, es decir, desde cualquier punto de vista. Esto te despeja, te libera y te defiende más allá de lo imaginable. Eso te da otro yo. Vales por dos”

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.


6:33 AM, domingo durmiente.

No, que el té es rojo, que no me corto.
Sin necesidad de que nadie me llame al estrado, y jurando sobre Chéjov, prometo decir la verdad, toda la verdad, y algo más que la verdad. Yo acuso. Acuso a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Acuso a las secretarias de los ministros, a los columnistas y los zancarrones que pasan por maestros de letras. Acuso a los escribientes, los chupatintas y los bufones. Acuso, sobre todo, a los impostores.
¿De qué narices habla este enajenado? Está bien, le daré nombres al ministerio fiscal, si eso es lo que quiere. Granjearme enemigos no entraña peligro a estas alturas, consciente ya de mi insignificancia, por eso mismo puede ahorrarse usted el programa de protección de testigos, que nadie va a venir a girarme la cara, como no sea la propia, la del delatado que me muestra la nuca, para ignorar mi dedo inquisidor.
Uno tiende a creer que si un escritor vapulea a otro y cuestiona la talla de su obra, y más aún, ejerce de maestro de futuribles y diserta sobre las fórmulas y los hallazgos de la creación literaria, debe ser capaz entonces, cuanto menos, de superar a aquél en cada faceta de la vocación y el oficio en cuestión. Es decir, que cualquier patán puede opinar alegremente sobre música clásica o pintura contemporánea, decir cualquier barbaridad impunemente y volver a casa con el diario deportivo bajo el brazo. Pero uno deduce, cándido, quizás, que alguien que esté trabajando en el mismo campo, en la literatura, en el caso que nos ocupa, debe dominar su métier, como mínimo en un grado superior al colega objeto de su crítica. Pero no.
Por eso no sé si es la estupefacción o la indignación la que me mueve a esta acusación, pero el caso es que denuncio a Alejandro Gándara, por ejemplo, ante el tribunal de la ficción. Le acuso de envidiar el éxito merecido de otros escritores, y con esto eludo cualquier referencia a la crítica o las ventas, y me refiero al único éxito apreciable, al que acontece en privado a manos de cada lector. Acuso a Alejandro Gándara de acodarse en su bitácora de El Mundo y abrillantar su aguijón como el guardia civil que mantiene su arma reglamentaria en perfecto estado de revista, hasta dejarlo reluciente como el caparazón de un alacrán o un tricornio de gala, desleído el veneno en la pólvora mojada. Le acuso de caer en el chascarrillo facilón y la prosa ramplona, escudado en un conocimiento de la literatura que no le redime de su falta de sabiduría y humildad. Le acuso de abrigarse con la basta estopa de los sacos terreros que sus entregados alumnos amontonan para defender su criterio. Le acuso de no tener ni remota idea de la vasta estepa de la literatura cierta y acomodarse en su trinchera. Le acuso de hacer chiste barato con el talento de los otros, como si temiera su valía o pretendiera construirse otro yo a base de inquina, tratando de valer por dos cuando el autor y el crítico a duras penas suman uno.
Acuso a Alejando Gándara, sobre todo, de utilizar una excusa inapropiada para ¿soliviantar? a la crítica y haber perpetrado un ataque injustificado y mezquino contra Alberto Méndez, tachando Los girasoles ciegos de “libro mediano” en un acto de “generosidad” (sic). Le acuso de una miopía severa por no ver el “motivo para apearse del juicio harto modesto que le merece”, y de, efectivamente, haber “perdido toda capacidad de juicio, toda intuición y gusto en su trato con la literatura”. Le acuso de calificar de “histérico” el reconocimiento casi unánime de su valía literaria, y de cuestionar veladamente el merecimiento del Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa que Los girasoles ciegos recibió en el 2004. Tanto daría un premio u otro, tanto dan todos, la reedición y el boca a boca son los únicos baremos, y ni siquiera estos son inamovibles, de la calidad literaria. Los premios a veces aciertan y casi siempre medran.
Y le acuso, finalmente, de añadir el peor de los agravantes, la más flagrante de las alevosías a su falta, y es que ese Premio Nadal, ese Premio Herralde (no sabría si calificar tales desmanes de histéricos o históricos), ese escritor que publica en Anagrama, igual que Méndez, se permite mirar por encima del hombro a su colega cuando su Últimas noticias de nuestro mundo aburre a una vaca muerta. Alejandro Gándara tiene perfecto derecho a opinar lo que le venga en gana, a enjuiciar y valorar lo que quiera y como quiera, a excederse, si cabe. Todo es subjetivo. Pero es que yo, aun aprendiz de juntaletras desde el extrarradio de la literarura, también tengo derecho a equivocarme, y por eso le acuso sin vacilar. Eso sí, sin temor, y valiendo por uno, por mí mismo, que me basta y sobra, que no soy débil, ni modesto, sino humilde, y no me duelen prendas en admitir y admirar el talento del prójimo.

8 comentarios:

José C. dijo...

Desde luego, "no te has dejado las pelotas" saltando esa tapia, menuda ráfaga. No he leído nada de Gándara, pero ese libro que mencionas de Alberto Méndez me gustó muchísimo.
Un saludo.

Sergi Bellver dijo...

Gracias, José C., por haberte leído las dos entradas ¿o por qué pensabas que te las daba? Ah, las pelotas... en fin, dudo que sirva de mucho, total, no creo que Gándara se pase por aquí, pero al menos he dicho lo que creía que debía decir.

No te pierdes gran cosa si no le has leído. Lástima que Méndez ya no pueda regalarnos otro título.

Saludado.

Marsu dijo...

No te comento yo. Te copio un trocito de una entrevista que seguro que conoces y reconoces:

"Francamente, cualquier cosa que se diga sobre estos autores “sobrevalorados” contribuye a aumentar su cotización, de manera que no estoy dispuesto a regalarle nada a ese tipo de gente. Y con los “infravalorados” me ocurre algo parecido. Claro que hay autores infravalorados. Pero entonces lo que habría que preguntarse es por quiénes están infravalorados… Y qué valor le concedemos, a su vez, al juicio de estos “infravaloradores”. ¿Qué habría que hacer? ¿Pedirles a los mandarines de la Institución Literaria que revisen sus valoraciones? ¿Y qué hacemos si resulta que no quieren? ¿Nos encerramos a llorar en el baño? Como te decía antes, es importantísimo que tomemos conciencia de que el valor lo creamos nosotros, tú, yo, los lectores y lectoras de esta entrevista, los entusiastas del cuento, los pequeños editores independientes que están en esta pelea, las mujeres y los hombres que hacemos existir el cuento con nuestro esfuerzo, nuestro deseo, nuestra pasión y nuestro compromiso. Nuestro trabajo es la fuente de todo valor. De modo que tranquilo por ese lado: a los infravalorados ya los iremos valorando nosotros. Sin el permiso ni la aprobación de nadie, desde luego. Porque todos nosotros y nosotras somos la última y definitiva autoridad."

Sergi Bellver dijo...

"Porque todos nosotros y nosotras somos la última y definitiva autoridad"

¿Qué decir después, Marsu? En fin, dos cosas, a ti, que es un gustazo que toleres mis letras después de apreciar las de ese señor de la entrevista.

Y tras ese maestro, no cabe nada más que Amén.

Marsu dijo...

Como formo parte de esa "última y definitiva autoridad", utilizo mi libre albedrío y mi (fuera modestia) buen gusto para decidir lo que tolero y lo que no tolero.

Así sea.

Anónimo dijo...

En mi vida he visto una escritura tan farragosa y rozagante como la de este blog. Aunque ahora que lo pienso, la prosa de Los girasoles ciegos, que no llegaba a ser tan detestable como la de tus insufribles parrafadas, por supuesto, también era bastante cursi. Tampoco recuerdo una actitud tan rastrera como la de tu post. Ya te gustaría a ti tener la décima parte del talento de Alejandro Gándara, y debe ser por eso que se huele tu resentimiento desde lejos, "albatros", que no se te ven las alas, sólo el plumero, chavalín.

Sergi Bellver dijo...

Lo de “farragosa”, admirable anónimo, ya me lo han dicho algunos de los cachorros del “profe”, siempre bajo pseudónimo, por supuesto, y justo después de haberme adjudicado yo mismo esa falta. Lo de “rozagante” me trae recuerdos del pasado, que no vienen al caso. En cuanto a lo de “actitud rastrera”, pienso tomar ejemplo para el futuro de su valentía, honestidad y arrojo, mi muy honorable anónimo
Con diez veces más gracia y talento que su idolatrado Gándara hay personas (y juro por Chéjov que me refiero a terceros) que escriben cosas más inteligentes, menos gratuitamente provocadoras, y útiles, que las del alacrán, o escorpión, que también hay metáforas terrestres que se quedan grandes.
En fin, todo es subjetivo y opinable, al igual que su “valoración” de Los girasoles ciegos, pero no todo es respetable, y lo único que no le perdono, bravo y noble anónimo, es que siga hurgando con esa torpeza en el desprecio de la obra de un Alberto Méndez que ya no puede defender su trabajo, y después, sólo después, de que la voz de su amo lo haya hecho de una manera tan gratuita y nada argumentada.
Corra a por su azucarillo, corra…

M dijo...

Este anónimo es más tonto que una piedra sin relieves, sobre todo porque transparenta un cabreo de carnero al que no le han dado el ramillete de hierba diario y las friegas en la tripa. No hay contraataque más torpe para una opinión con la que estamos en desacuerdo que acuchillar al informador, insultarlo, y esconder nuestro propio nombre.
A ver si va a ser éste uno de aquellos clones de la penosa película de Lucas. No andaríamos descaminados si lo creyéramos.

Con nombres y apellidos, por favor. O si no, aire.