Bitácora de Sergi Bellver: Subjetivo cumplido (I de IV).

4/3/07

Subjetivo cumplido (I de IV).

“Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada por los actuales Estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela”

Aldous Huxley, Un mundo feliz, prólogo.


6:14 AM, domingo a oscuras.


Y la “aman”. O al menos ese gentío se porta como el más solícito de los maridos, cumplidor y confiado, pagador de facturas, ante todo. La esposa en cuestión no necesita que la amen, sólo persigue que la mantengan, mientras lleve bien ceñidos los pantalones. Y es que en esta “dictablanda” de la literatura española, llena de primos y de riveras, de parientes lerdos y de torrentes resbaladizos, quise decir, donde la manga parece tan ancha como estrecha la holgura por la que se deslizan los márgenes, los desmanes de la pasión, los verdaderos amantes y su exaltación, quedan para algunas incursiones clandestinas, para algún salto arriesgado sobre las tapias del libro, tachonadas de vidrios rotos, aun a riesgo de dejarse las pelotas en el intento, en una noche sin luna.
En una noche de eclipse, afilada la luna como una cimitarra o la parábola que describe una bengala en la negrura del cielo, me acosté con cierta inquietud. Me cuesta dormir. No me ayuda en absoluto un sueño cenagoso, en el que planeaba como un insecto, ese que llaman zapatero, sobre la superficie del agua, inspeccionando la fauna de un río selvático, patinando sobre los meandros del ocaso, sorteando los mangles y las serpientes que colgaban de las lianas, deslizándome sobre una fina película de cobre líquido, sin arrancar el vuelo, sin llegar a hundirme, en extraño equilibrio. A las seis de la mañana, en ayunas, lúcido sin embargo, y con mucha fe, vamos, como un cartujo, abandono el catre y me entrego a la labor. Me he hecho un té, un té rojo, que humea a la izquierda del teclado.
Mira, cuando me espera la amante en la alcoba, yo salto la tapia, y me dejo las pelotas si hace falta, que lo que necesito para el abrazo es el deseo y no los atributos, vamos, igual que Romeo, pero arrabalero y sin alcurnia, presto al navajazo si hay bronca en el callejón. Así que comienzo a repartir estopa mientras mantengo el perfume de esa hembra en lo más hondo de la fosa, abierta, fresca, erizada de raíces fosforescentes. Si me lo pensara dos veces saldría corriendo, tiraría la navaja en cualquier contenedor o negaría tres veces a la amada antes de que cantara el gallo. Por eso, y por no deberle ni un talento al sepulturero, cavé mi tumba en la tierra húmeda, dispuesto a caer en ella si me alcanza la hoja del contrario. Total, apenas soy un zombie apercibido de la luz, un sonámbulo que despabila en una noche de astros alineados, y garabatea deprisa estas palabras, con la sombra de los cuerpos pisándome los talones.
Me quema el puñal en la mano. En frío, con premeditación, el corte se puede calcular sobre la garganta del adversario, y es una tentativa de homicidio, pero así, en caliente, es probable que no pase de un aspaviento, de un molinillo atolondrado que asesta navajazos al aire y las esquivas estrellas. En suma, sé perfectamente que toda esta perorata desvelada no pasará del ruido que hace un borracho con los cubos de basura del callejón. No creo que entorpezca el sueño de los jueces, de los jueces, digo, no de los justos. Y es que en esto de la literatura no hay veredicto imparcial, todo es subjetivo. Por lo tanto, mi subjetividad es tan buena o tan necia como cualquier otra, tan severa como la de cualquier fiscal, y tan ladina como la de cualquier abogado. Tan genuina, más que nada, como la de cualquier acusado que defienda su inocencia, aunque lleve las manos manchadas de tinta.
El té ya se ha mezclado y refleja destellos de sangre. ¿Me habré cortado?

.........


Desde las seis a las ocho de la mañana tecleé febril, y salieron tantas cosas, que por no abrumar a nadie voy a repartirlas en cuatro días. Mañana lunes una acusación, el martes una decepción, y el miércoles una recomendación. Se supone que todo esto viene a cuento por la publicación de Parábola de los talentos, y su presentación en Madrid de este próximo viernes, pero eso ya se irá descifrando por sí mismo en los textos.

3 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Veo que esas dos horas tan tempranas han dado para mucho. Quizá ese recuerdo en la piel, o ese deseo de saberse cortado...
Besos, querido amigo, seguiré de cerca estas entregas.

Gabriel Báñez dijo...

Sí, te cortaste. Pero buena tinta mana de ahí.

Sergi Bellver dijo...

Me parece que dieron para demasiado, Isabel, porque cuando llevaba una media hora me detuve y me di cuenta de que se agolpaban todas las cosas que me habían rondado la cabeza y las entrañas durante la semana, pero, como si fuera una escritura automática, preferí dejarlas salir. Salió un texto TAN largo, una hemorragia tan intensa, Gabriel, que preferí dividirlo en cuatro partes -con cierta coherencia en el tema, por otro lado- y no enterrar a la gente en palabras de una sola vez. Ahora quizás debiera arrepentirme de algo, sería más prudente borrar alguna cosa de las que dije en la segunda y tercera, sobre todo, pero prefiero asumir el riesgo y dejarlo todo tal cual.

Un beso, Isabel (sigo tu epopeya troyana y al mestizo Igres...).

Un abrazo, Gabriel, viniendo de quien vienen, tus palabras son, subjetivo o no, un verdadero cumplido.