Bitácora de Sergi Bellver: Quiero ser mileurista (o del éxito).

7/2/07

Quiero ser mileurista (o del éxito).


“No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que
no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal
sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del
vieux saltimbanque;
si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto.”

Robert Louis Stevenson, Ensayos.

Imagina que te compras un buen libro de cuentos, no la pachanga de un escritor acomodado que, entre tocho y tocho de su exitosa saga, ha de mantener el eco de su nombre en el mundillo, y para la que recurre a viejos relatos, parrafadas dominicales y ocurrencias por encargo, en una selección tan deplorable como la española, esa que siempre se va a merendar el mundo pero nunca se come un rosco (verás como “la pérfida Albión” hoy nos hace un descosido en Old Trafford). No, nada de eso, ni la bravata de cualquier ganapán pasado de hormonas, ya sabes, esos que llenan la atropellada prosa de “pollas” y “putas”, porque alguien le dice que es más auténtico, más intelectual, novísimo (setenta años, nada menos, llevamos con la “novedad” de marras) y se lo cree; no, no te estoy hablando de eso. Un buen libro de cuentos, digo. Imagina que te compras uno de esos que resisten con fe en las estanterías, entre gruesos lomos de novelas, como seminaristas prensados por las obesidades del prójimo en un atestado vagón de metro. Uno de esos libros de cuentos que, sin hacer mucho ruido, van goteando poco a poco desde el fondo de alguna insumisa librería de barrio. Imagina que llegas a él por obra y gracia del boca a boca, o que tu intuición recoge el sedal de tu dedo índice y lo pescas al azar, y del primer vistazo pasas a buscar a tientas un pedazo libre de pared, en el que apoyas los riñones para leer un poco más, un poco más. Imagina que te lo llevas, que pagas los doce euros, con la ilusión de estar descubriendo algo, inflamado por la misma emoción inteligente del que madruga para ver a solas, vacía y mojada por el alba, una ciudad hermosa.
Ahora imagina que, con esos doce euros, estás pagándole un café a ese escritor. Bueno, no lo imagines, que no es una entelequia. Mejor piénsalo, porque es así. Del precio del libro hay que hacer dos partes, una para la distribución y otra para la publicación. Para el librero se van unos dos euros, como mucho, o para los grandes almacenes, entre que han de pagar a ese chaval del chaleco que no sabía ubicar el título que le pedías y a la cajera sin sonrisa que te lo ha cobrado, tal vez sean dos y medio. Al distribuidor, que se ocupa de que el libro llegue a tus manos, con todos los gastos de transporte y almacenaje que ello supone, y que ha de pelear un buen sitio en el escaparate, o un plazo más digno en la mesa de novedades, le llegarán algo menos de cuatro euros. La mitad de lo que has pagado es para que el libro vea la luz, para que el editor lo corrija, lo maquete, diseñe la portada, lo presente a otros autores para que se curren una reseña, lo mueva por los suplementos, etcétera. Y claro, ha de pagar otro sinfín de conceptos, y a toda una cadena de profesionales que dedican su tiempo a que el libro pase de ser un manuscrito. Un diez por ciento, en general, es lo que le queda al autor. Hasta esas putas que tanto le gustan al escritorzuelo “rebelde” sacan más cada vez que se ocupan, aún dándole la mitad del vampiro al proxeneta. Haz la cuenta, un euro con veinte, así que nada de ponerse estupendos, nada de cafetines art decó ni capuccinos, un cortado en la barra de Casa Paco y arreando.
Imagina ahora el camino previo, aunque nos saltaremos el principio de todo, lo único que en realidad cuenta, desde que el deseo o la desazón impulsan la primera frase, al momento en que el escritor da por buena la última (o se obliga a hacerlo, si quiere acabar alguna vez) de su obra. Dije un buen libro de cuentos y dije doce euros, por transitar un camino medio, ya que la odisea es peor en el caso de la poesía y distinta en proporciones de desgaste y precio, que no en la raíz, si hablamos de una novela. Imagina entonces el proceso que media entre la finalización del manuscrito y el libro mismo. Hay quien envía su original a una editorial que le merece respeto, hay quien lo envía a todas las que puede, y hay quien lo presenta a concursos. Los más hacen las tres cosas. En el supuesto de que no desechen al primer vistazo la obra, lo cual es duro, pero frecuente, y necesario, o la saturación del mercado editorial sería del todo insostenible (más aún, quiero decir), el aspirante deberá armarse de paciencia, ya que los títulos se acumulan y el equipo de lectores de la editorial establece una especie de lista de espera. Esto en el mejor de los casos, ya que el simple hecho de que se llegue a leer un original, en general con un plazo de varios meses, es de por sí una hazaña para el escritor. Una pequeña editorial independiente, si alcanza cierto prestigio por su labor, puede recibir doscientos manuscritos al año, una fuerte, de algún grupo grande, recibe miles. Es como una gigantesca selección de personal, en la que cientos o miles de candidatos optan a un puñado de puestos. Y hay que tener en cuenta que esa misma editorial independiente, por ejemplo, no puede publicar (si quiere seguir siendo viable) más que a uno o dos autores noveles por año.
Así que el simple hecho de recibir la llamada de un editor que se anima a publicar sus relatos, su novela, o, delirante, su poemario, es ya en sí mismo para el escritor (no digamos ya para el principiante) un logro inconcebible, prodigioso, codiciado por el resto de los desvelados autores. Así las cosas, y sin contar con el tiempo que le tome escribir su obra (años en muchos casos), entre la llegada del manuscrito a la editorial y la colocación del libro en la estantería (o, con mucha suerte e influencias, en la mesa de novedades) en la que lo encontrarás, puede transcurrir perfectamente un año, siendo optimistas. Durante ese año, en el que tal vez el escritor conserve el extravagante hábito de comer un par de veces al día y dormir bajo techo, sólo cabe proveerse de infinitas reservas de paciencia. En los siguientes doce meses, mientras el libro (seamos audaces, utópicos) va ganando el oído de los lectores, circulando por suplementos y debates, haciéndose un nombre… vendiéndose, vamos, se va anotando todo en el balance para pasar cuentas al final. Suponiendo que el libro sea genial (cómo no), que la fortuna lo roce con su varita, que su llama prenda entre otros escritores que lo ensalcen, que la crítica se fije en esa hoguera, y su agente (que del pellizco de este, si lo hay, no hemos hablado) o su editor propaguen otras, más prosaicas, en la camarilla literaria, suponiendo que esa ópera prima (pongámonos en ese caso) sea “todo un éxito”, tal vez podrían venderse unos cinco o diez mil ejemplares de las dos primeras ediciones. Y digo dos porque raro es que se pase de mil ejemplares en la primera tirada de un autor novel, que una editorial no es una ONG, y por muy independiente y amante de la verdadera literatura que sea, ha de ser rentable y nada siempre guardando la ropa. De las editoriales de los grandes grupos ni hablamos, porque allí todo funciona igual que una multinacional de telefonía móvil, por ejemplo, lo único que cuenta es el margen de beneficios, y las estrategias son tan agresivas como las de cualquier otro producto, con lo que se hace inevitable que el peso del capital oprima el aliento del arte. Tal vez no llegue a ahogarlo, siempre resiste de alguna manera, pero aprieta demasiado.
Imagina, entonces, que ese cuentista, ese novelista o ese poeta, que ha logrado contagiarte algo de su entusiasmo o ha conseguido seducirte de algún modo con su voz, ha de conducirse entre los mortales como todo hijo de vecino, con austeridad, si cabe, modestamente, haciendo cábalas para llegar a fin de mes, aguantándose como todos las ganas de ese viaje, como un “mileurista” más. Y eso es mucho, pero mucho imaginar, porque teniendo en cuenta todo lo dicho, un escritor, si no se siente capacitado o con autoridad para impartir clases en talleres literarios, si no le apetece venderse a plazos en columnas de opinión (la que le “sugieran” desde arriba), ni escribir panfletos digeribles para mendigar premios por la geografía patria, ni prestarse al pregón de las fiestas de la patrona, ni apuñalar por la espalda a otros autores o enjabonar los libros de los colegas en cualquier suplemento… si no hace todas esas cosas aledañas del “oficio” que poco o nada tienen que ver con la vocación, debería vender nada menos que veinte o treinta libros al día para poder subsistir como el más humilde de los proletarios. Algo con lo que quien suscribe ya sueña, algo que firmaría presto y fáustico, con tal de abocar todo su esfuerzo en una única dirección. Algo impensable, casi.
Llegados a este punto, cabe replantearse el concepto de “éxito” que tienen muchos aspirantes a escritor cuando maquinan sueños de grandeza en su inquieta cabecita, sobre todo si aún les queda en las venas algo de sangre artista, y pretenden ser fieles a sí mismos, y no caer demasiado pronto en el cinismo y la vacuidad. Por tanto, vamos a excluir a todos los futuribles danbrowns y sus probables códigos, a todos los próximos zafones con sus bonitas novelas juveniles, y a todos los rebeldes jovencitos de impetuosas erupciones “postmodernas”. Olvidémonos de toda postura que tenga en cuenta a la cámara y centrémonos en el creador, pues. ¿Qué le queda por hacer al que sólo quisiera dedicarse a escribir, sino transigir y robarle toneladas de tiempo a su vocación para emplearse en cualquier cosa, disipando su aliento mientras “se gana la vida”? ¿Qué debería significar el “éxito” para él, entonces? ¿Algo diferente, acaso, a tener noticia, alguna vez, de haber provocado en algún lector aquella emoción inteligente del que madruga para ver a solas, vacía y mojada por el alba, una ciudad hermosa?

8 comentarios:

srcurri dijo...

Pues si que es verdad. Si uno tiene la ilusion de ganarse la vida escribiendo, mas vale que se haga procurador o agente de seguros, porque la ficcion no da para mucho.
Pero es muy bonito el dia en que te dan el libro y ves tu nombre en la portada, o cuando lo coges del tercer estante y lo pones disimuladamente en la mesa de las novedades y despues mandas a amigos para que lo hagan por ti, porque a ti ya te conoce de sobra el librero y va a volver a ponerlo en su sitio en cuanto te vea salir.
En el blog de Miguel Angel Munoz lei, no se si lo decia el u otra persona, no lo recuerdo, que escritor es el que escribe aunque sepa que nunca va a publicar. Creo que ese tipo debe ser el mismo que se levanta temprano para ver la ciudad vacia.

Muchas gracias por tu comentario en mi blog. Te lo has leido entero! A ver cuando podemos leer tu novela e invitarte asi a un café en casa Paco. La tostada ya te la pagas tu.

Saludos!

Marsu dijo...

Salvando las distancias, aunque sean insalvables...me he acordado de mi padre, que tenía una finca con melones, y se quejaba de venderlos a centimos, y encontrarlos carisimos en el mercado...Perdona la comparacion, es lo que me vino a la cabeza. Lamentablemente,un producto, una venta...

Produccion, desarrollo, diseño, campaña de marketing... mercadeo al fin y al cabo. He acabado agotada leyendo el largo camino que recorren las ideas desde la cabeza del escritor hasta el corazón del lector. Deprimente. Y como es necesario comer y dormir (¿por qué crees que mi amiga traducía?.. al menos estaba en el sector), al final parece que lo primero (más bien, lo primario) es buscar la forma de subsistir. Y escribir tendrá que ser algo colateral, como los daños causados a terceros...al menos hasta que pasen unos años, y ese tedioso proceso que va después de la creación se haga rutinario, y el escritor tenga un nombre, o al menos un público, o al menos unas ventas regulares....

Pero si a ese "obligado vividor en la rutina que hace esfuerzos colaterales para mantener viva su vocación" le alienta como éxito el que los madrugadores amantes del alba se sientan emocionados... supongo que también pensará que ha alcanzado el triunfo si sabe que los trasnochadores amantes de la oscuridad y el silencio sonríen cuando llegan al final de sus textos, y ven cómo siempre están cerrados con una joya de oro.

Qué largo se nos va a hacer un año...

Und leider habe ich auch fast alles mein Deutsch vergessen, ich studierte in der Schule, und dass war....ich weiss nicht wenn! Gute Nacht, liebe Sergi.

olvido dijo...

La única función del escritor no debería ser el éxito sino saber llegar al final de una historia, todo se reduce a eso, acabar un escrito. El escritor es alguien que utiliza nuestras palabras para decirnos algo, para comunicarnos aquello que nosotros no sabemos explicar. La mayoría de ellos no nos enseña el placer de esa ciudad vacía al amanecer, sólo nos la describen, pero hay algunos que te hacen sentir la humedad de esas calles en un alba de luces primeras como si la lluvia te abriera los ojos.
Y yo qué sé Sergi…
Un abrazo

Enrique Ortiz dijo...

Qué bien explicado, Sergi, y fíjate que se siguen haciendo esfuerzos para publicar una novela, un libro de relatos, una colección de poemas. Creo que el que se dedica a esto no piensa en el éxito (salvo muy al principio o muy locos). Se piensa en hacer algo que merezca la pena, algo que salve a la Literatura, como explicaba Benet en La inspiración y el estilo. Lo que vale es ese instante de la madrugada que trae esa ciudad empapada. Eso vale. Lo demás es mercado, polvo, nada.Cuando ya se tienen algunos años y algún conocimieto de este medio comprendes que lo que queda es la literatura, sólo eso.

He leído que sacas novela, así que estaré pendiente pendiente.

Un abrazo muy fuerte, Sergi.

marina dijo...

Detenerse en el camino, a veces lleno de piedras capitalistas, y reinventar el significado de "éxito".
Sergi, un abrazo cálido...!

Sergi Bellver dijo...

La cuestión, Sr Curri, o lo que distingue a unos escritores de otros, es si escribirían de otra manera si con ello consiguieran ganarse mejor la vida, o si los pocos que se la ganan, no como un procurador, sino a veces hasta como un futbolista “galáctico”, serían capaces de escribir libros distintos. Hay buenos escritores que publican mucho y bien. Hay buenos escritores que publican poco. Y hay malos escritores que publican demasiado.

En fin, creo que, a riesgo de resultaros ya un puñetero pelmazo con el nombre, pero lo siento, es el primero que me viene a la mente, Ángel Zapata podría escribir, si le diera la gana, novelones de misterio y otros best seller, haciendo el pino puente y en un día de resaca. Pero me temo que su idea del “éxito”, la mía, y la de Marina, se parecen bastante. De lo que no tengo ninguna duda es que unos cuantos “popes” de las letras no podrían escribir “La vida ausente” ni aunque les fuera la vida en ello. La cuestión es creer en lo que haces. Y no venderse. Sí, Olvido, escritor es el que se debate con las palabras hasta conseguir algo autónomo, acabado y a la vez sugerente en manos del otro, el que no cuenta una ciudad, sino el que “hace” una ciudad, para que otros la habiten y sientan. Es el que continuaría escribiendo aunque supiera que nunca iba a publicar, el que permanece fiel a su impulso. Conseguirlo y encima vivir de ello ya debe ser la hostia, porque si la vocación es fuerte, Marsu, “estar” en las letras tangencialmente es algo, vale, pero al fin y al cabo no deja de robarle tiempo a lo que de veras quisieras hacer, y tal vez agote más las ganas de escribir que otra cosa. Si cultivas patatas cuando quisieras vender melones, y te queda un rato libre, deslomado, lo último que te apetece es volver a la azada. Melones, libros, qué más da, lo que fastidia igual es toda la interminable caterva de intermediarios y toda la ristra de renuncias que acaban agotando al más pintado.

Por cierto… yo aún no puedo urdir esas tretas de librería del Sr Curri, que también he imaginado muchas veces, porque aún no tengo nada publicado, ni voy a sacar nada en mucho tiempo, Enrique, me temo (esto va más lento que un tren de la India, pero llegará, y si va tan lento es para no perderse el paisaje y dejar que suban los granujas y los humildes, para que el tren llegue cargadito de vida a la estación; joder, me está costando, me adelantan las vacas, pero llegará), pero de vez en cuando, sshhh, no se lo digáis a nadie, castigo cara a la pared algún peñazo de la mesa de novedades, y le planto encima alguno de mis favoritos, casi siempre arrinconados en las estanterías. Sé que no tardará mucho el dependiente (mucho menos el librero) en devolverlos a su sitio, pero a lo mejor en ese intervalo ya he arañado un lector. El otro día, sin ir más lejos, planté un “síndrome Chéjov” sobre un “abrecartas”, y un Joseph Roth y un Tizón sobre un par de Marías. Además de cándido, soy un pequeño terrorista del libro.

Un estrujabrazo de los míos para todos, y gracias siempre por la atención.

Juan Carlos Márquez dijo...

El éxito es seguir escribiendo, Sergio. La lástima del cuento es que antes era solo minoritario, pero ahora los grandes editores (y ese grandes no corresponde precisamente a grandeza moral) se han dado cuenta de que no solo es minoritario sino también elitista, moderno. El resultado aparece ya periódicamente en Bobelia y demás y en las novedades de las librerias: antologías de relatos infumables de novelistos.
Las consecuencias: que el lector común va a pensar que eso tan deplorable, que no puede comparar porque los buenos cuentistas permanecen en la sombra, es un cuento.
La solución: propongo que los cuentistas vocacionales nos pasemos todos a la novela, que escribamos novelas deslumbrantes para voltear la situación.

Sergi Bellver dijo...

Tienes toda la razón, Juan Carlos, seguir escribiendo, pase lo que pase, es una hazaña. Creo que hoy en día la situación del cuento ha mejorado un poco, sinceramente, y aunque sea desde editoriales “independientes” (todas, al fin y al cabo, llevan la correa corta, todas han de ser rentables para ser viables, aunque algunas sean más audaces que otras), se le está ofreciendo al lector la posibilidad de acercarse al cuento militante, convencido, honesto. Vale, la omnipotencia de esas “grandes” editoriales la aplasta un poco, pero la posibilidad existe, y además, seamos francos, el cuento genuino aún es una presa que persiguen pocos lectores. El cuento no debería preocuparse tanto del número como de la calidad de esos lectores. El cuento común de novelista ocioso, de recreo, el intruso, es para lectores comunes, de entretenimiento. El cuento genuino, inflamable, es para lectores genuinos, combustibles. En fin, es mi opinión, cándida, puede, pero sentida. También esos lectores comunes creen que eso que escribe Almudena Grandes son novelas, porque tampoco compara, ni le dejan. ¿No le dejan? ¿No está Yourcenar también en las estanterías? Digámoslo: “la culpa” no es toda de los editores o los escritores, el público también tiene su parte, si acepta el pienso y se conforma.

Los cuentistas vocacionales no se pasarán a la novela. Conozco a algún cuentista, bueno de veras, que sería incapaz de trenzar una novela, aunque quisiera (que no quiere). Conozco a uno de los mejores cuentistas de este país, Zapata, por supuesto, que podría hacer esa novela deslumbrante si le diera la gana, pero prefiere los márgenes. “El mejor cuentista vivo en español”, dicen, y que a mí me parece como mínimo grande, Medardo Fraile, no necesita de novelas. Pienso en algún novelista que no hace malos cuentos en absoluto. Y del pasado, ¿qué tal Tolstoi, por ejemplo que lo mismo se calzaba un novelón que bordaba los relatos? No participo de la discusión entre cuento y novela, sólo distingo entre buena y mala literatura. Y lo digo como aprendiz de novelista que se sabe cuentista más que mediocre. Pero como lector, una y otra expresión me colman por igual. No sé, la solución está en que, se escriba lo que se escriba, se haga con honestidad y pasión. Y luego, que sea lo que Chéjov quiera.

Gracias por la visita, ojalá repitas.