Bitácora de Sergi Bellver: Para Corte y confección.

6/2/07

Para Corte y confección.

(Comentario –extenso e intenso, que es de lo que peco- a la entrada “El museo de los esfuerzos inútiles” en la bitácora de Gabriel Báñez, a la que remito a los lectores, y reflejado aquí puesto que Blogger, la conexión de esta biblioteca, y algún maldito duendecillo se deben haber confabulado para impedir su publicación –a la que no pensaba renunciar- donde correspondía. Por la extensión sé que no ha sido, ya que algunos ejemplos he dejado en los últimos días y en ciertas bitácoras, de mi incontinencia. Mis disculpas a todos).

Entrada lúcida, sensata, y ácida, Gabriel.
Ahora no recuerdo si fue en Quimera o Letras Libres, pero ayer mismo, en la sección de revistas del Funesto Negocio del Arte Comprimido, desplegados los codos contra devoradores de prensa deportiva y adolescentes lenguaraces, leía un artículo de Gabriel Zaid sobre el supuesto liderazgo de la publicación y edición españolas sobre la mexicana, que sostenía con una serie de inquietantes cifras. Siempre que me presentan letras numeradas, que me cuantifican la palabra, ni que sea con ironía y sana intención, tuerzo el gesto.
Al hilo de esa sagacidad femenina que mencionas, lo de los prescindibles escritorzuelos “tala árboles”, ¿cuanto bosque, por muy artificial que sea, por mucho que estrague la tierra (la mitad, por cierto, de lo que lo hace el algodón que vestimos y las hamburguesas, su combustible en pasto, que muchos comen), riñón de la sucia atmósfera al fin, no se cargan los rotativos futboleros, la prensa rosa del colon (qué corazón ni qué narices, colon, recto, detritus) y la propaganda política de cada bando (quiero decir los diarios de in-formación de facciones)?
Una cosa es la sociedad en general, que escribe tan poco como lee, y aún cuando lo poco que lee es sólo placebo, gasta más papel del que se puede permitir (el reciclado no da abasto), y otra muy distinta eso que algunos llaman con ampulosidad “La República de las Letras”, donde hay tanta aristocracia, tanto reyezuelo, servil marqués y aspirante a virrey que no habría guillotinas suficientes para esta revolución. No veo mala cosa que la gente se exprese, se explaye, fabule, exorcice sus demonios, levante la tapa del guiso (o del water), o simplemente aplaque su ego con una bitácora; mira, un hacha menos, que acumulará polvo en el desván, y un árbol más en el horizonte. Lo que me parece triste es que los únicos y últimos responsables de la publicación, los editores y distribuidores, se hayan convertido en meros fabricantes de billetes, siempre de papel moneda y pocas veces de viaje, casi nunca de boleto de ida a odiseas literarias. Que tanta gente quiera escribir y trascender es tan natural, previsible y absurdo como querer zafarse de la muerte. Todos quisiéramos. Lo malo es que a otros eso les parezca rentable y editen más de lo que nadie será nunca capaz de leer, porque a veces basta con el empuje de la primera tirada para sacar réditos, aunque luego se pudra en cualquier sótano. Mejor que yo sabéis muchos cómo funcionan realmente, por ejemplo, las listas de los libros más vendidos. Más colocados en el almacén, más apilados en escaparates, más comentados, pero ¿más leídos…?
En realidad, el problema del libro (y de las selvas) es que la mayoría de la gente lee muy poco, y muy mal, y se dejan uncir por aviesos pastores para elegir lecturas, y compran galardones, y acumulan contraportadas, y regalan planetas baldíos, sin árboles, y el mercader lo sabe y juega la baza de ese lector desubicado. Porque, aunque parezca lo contrario, cuanto más y mejor leyera la gente, menos libros se publicarían, eso lo imagináis ya, menos pero mejores. Es fácil venderle un novelón infumable, un poemario apestoso o unos relatos de pandereta y serpentina a alguien que aún ignora la verdadera literatura, si se lo envuelves adecuadamente y le dices que así será un tipo más “culto”. Pero al que de veras cultiva el gusto (como se cultivan las cosas, con esfuerzo, arando humilde los terrones de la incertidumbre, sembrando con paciencia) no podrá volver a darle nadie gato por li(e)br(e)o. Y si esto proliferara, muchos mercaderes cesarían la producción masiva de su infame papel moneda, o seguirían haciéndolo con folletines y manuales, pero sin adulterar la literatura, dejándola para los atrevidos e insensatos editores que sí apuestan por ella.
Cierto, se escribe más que nunca, los talleres de escritura no han conocido etapa más boyante, muchos alumnos sólo aspiran a poner en orden sus ideas, casi como una terapia, pero la mayoría quiere desentrañar la fórmula del “éxito”, aunque pocos tomen en cuenta eso que Medardo Fraile, maestro de maestros (literal y literario), dijo en una presentación (de esas en las que el público SÍ ha leído el libro, ya sabéis, sin señoronas ni crepados) y que debería recordar todo escritorzuelo antes de ponerse a jugar a ser artista: “Se puede aprender a escribir, pero no se puede aprender a mirar”.
En fin, “la culpa de todo la tiene Yoko Ono…” cantaba aquél, quiero decir, toda esa marabunta de hormigas miopes y gritonas que quieren casarse con el genio y vender a plazos el talento, creyendo que lo poseen. Los que escriben no aprenden apenas nada, sólo va aflorando poco a poco lo que les habita, y de fuera no vienen más que alientos o mordazas, motivaciones o frustraciones. Los que de veras tienen algo que decir, lo harán de todos modos, en papel, en hipertexto virtual, o en el yeso de la pared.

(Lo que sigue lo añado ahora y no hubiera ido en el comentario, aunque pudiera).

Aclaro algo: soy cándido, dicen con mucha razón, pero no soy inocente. Escribo. Vocación siempre latente pero de revelación tardía. Desde hace muy pocos años, y al principio con esa estúpida noción (también fui idiota) de que leer demasiado adulteraría lo poco de original que quedara en mi voz. Ahora sé que, de haber algo genuino por ahí, sobrevivirá y se enriquecerá por otras voces, y por eso leo, leo, leo y escribo. Leo, por cierto, desprovisto de prejuicios, libros y bitácoras, incluyendo en estas algunas de quienes sé perfectamente que jamás me leen, y a veces no leo a quien debiera, aunque fuese por cortesía, que también soy bastardo ocasional. Leeré libros de escritores que jamás comenten los míos (si llegan). Lo que sea, mientras lo aprecie y mueva "algo" en mí cuando lo lea. Cualquier servidumbre en las letras no hace otra cosa que marchitar el germen que debiera siempre sustentarlas. Espero publicar alguna vez, en papel reciclado y sin cloro, eso sí. De momento lo hago por libre y sin rozar un árbol, en una pantalla como esta, sin gastar una gota de savia, pero poniéndole unas cuantas de sangre al tema, como creo que hay que escribir, poniéndole pasión y verdad. Si luego no llega a ninguna parte, mala suerte, pero el que escribe de veras lo hace porque no puede evitarlo. Y, seamos francos, por muy domesticadas que tenga las fieras de la vanidad, escribe para que en alguna parte alguien le lea alguna vez y se sienta tocado por “algo”.
Escribo en privado una ¿novela? (la llamaré así por convención, más que convicción, no sé lo que será) porque es mi manera de interpretar la canción, porque como lector amo tanto o más el cuento y la poesía, pero no se me dan, no alcanzo, no sirvo, no afino si intento esas músicas. A lo peor tampoco lo consigo con esta, pero eso aún no lo sé. Y escribo de un modo que bien poco tiene que ver con esta bitácora (aquí me permito licencias con las que allí jamás transijo). Si no cuaja, no importa, me queda una dichosa vida de lector (de lector de ideas y latidos, sean en papel o en bits) por delante. Lo que no haría jamás (y no he hecho) es presentar manuscritos y opositar a premios con algo que no pueda asumir plenamente. Hay veces que lo peor que puede pasarle a un escritor que empieza, es ganar un premio y caer en la trampa, pensarse "ahí", llegado. Lo veo en otros a cada instante. Por eso digo siempre, cuando me hablan de escribir y tratar de publicar "en serio", que no tengo obra, que aún no he escrito nada.
Y dicho esto, y acordándome de las revistas literarias en las que ayer buceaba, pienso que bien harían muchos, muchos “escritores” que han “trascendido” (y que en esas revistas van en negrita al lado de sus textos, como si fuera más importante el nombre que la palabra) en tener una bitácora y no volver a publicar un libro en su vida, porque, sinceramente, papel en mano, leyendo, leyendo, uno se da cuenta de que demasiadas veces, con demasiada gente, “no hay para tanto”, y de que el mundo, en efecto, anda saturado de libros y escaso de árboles.
Se me perdone la verborrea galopante. La literatura, como ciertas mujeres o un viaje, agrava esta fiebre y mi impaciencia.
¿Pero tú no habías hecho voto de brevedad, pedazo de animal?

6 comentarios:

Marsu dijo...

Cuando un comentario es intenso, el que sea extenso no es pecado; al revés, para los lectores es un premio. No sé si hay muchos o pocos lectores, pero yo reclamo un puesto. Y desde mi sillón, opino.

Duro texto el de Gabriel Báñez. Desalentador, si la dirección del camino emprendido no está clara. ¿O lo importante no es el destino, sino lo que te aporta el recorrido?

Pero tienes razón, Sergi...si nos ponemos puristas, pasamos rápidamente de los árboles utilizados para libros, buenos o malos, al papel de los folletos informativos del hiper, y luego nos vamos al agujero del ozono y la matanza de focas.Frente a eso, mucha más oportunidad de expresarse merece un escritor, aunque se lleve unas ramas por delante. Aunque hay algunos que, por su corte, parece que hace poco que se han bajado del árbol...

Tengo una antigua amiga del colegio que escribía. Libros para niños, traducciones...(cuando veo su nombre debajo de un libro de Stefan Zweig recuerdo con nostalgia nuestras clases de alemán)y finalmente novelas. Yo conseguí comprar una de ellas, pero desaparecieron rápido de las librerias. Años después ella me dijo que la editorial, como no se vendían, "las había quemado". No reciclado (hablando de bosques,por ejemplo...), no repartido gratuitamente a bibliotecas...las novelas pasaron a cenizas. Mi amiga lo contó sin expresión alguna; en el fondo, creo (y espero) que el proceso de escribir resultaba para ella tan enriquecedor que compensaba ese final. Y que, como tú, ella escribía porque no podía evitarlo.

"Si luego no llega a ninguna parte..".. creo que tus letras, aunque estén impresas en pantalla y no en papel, ya han llegado a algún sitio.Porque algunos nos sentimos tocados (y entre paréntesis, yo estoy recordando algún cuento tuyo de impecable hechura, y también recuerdo poemas nada desdeñables). Humilde punto de vista de lectora tradicional de sillón, café, mantita y papel, pero que sabe adaptarse a la abundancia,versatilidad, flexibilidad, rapidez y ahorro del cibermundo).

Alguien que se siente escritor, nunca escribirá pensando en una estanteria del museo de los esfuerzos inútiles. Aunque solo sea leido pr una persona, ese esfuerzo no será inútil. Y si se escribe con vocación, se escribe más por escribir que por ser leído (aunque el ego y el estómago se quejen hambrientos).

Y ahora creo que me voy a disculpar yo por mi propia verborrea, que además de excesiva es poco oportuna tratándose sólo de un comentario. Seré más comedida en el futuro, lo prometo. Pero llevo tanto tiempo calladita...

Una duda me corroe: ¿tú no comes hamburguesas?

Isabel Romana dijo...

No podría contradecir ni las palabras de Gabriel ni las tuyasm ni tampoco añadir nada nuevo. Ese es el reto de los escritores, decir algo que ya se ha dicho, de una manera distinta. Seguramente no cabe otra originalidad. Pero yo, como tú, me divierto con internet y el blog a falta de otras oportunidades y también por considerar ésta una oportunidad única: la de conectarte directamente con los lectores, saber qué opinan, qué esperan. Algo imposible en un libro impreso, cuando ya las palabras están escritas y no cabe marcha atrás.
En esa línea, quería invitarte a participar como personaje en la historia de la reina Dido. Puede ser algo interesante para los lectores y un reto para mí. Sólo tienes que pensar un nombre y una actividad que quieras desarrollar ficticiamente y dejármelo en un comentario en mi blog. Yo trataré de meter ese personaje en algún post. Me gustaría tenerte en esta historia. Anímate. ¿vale?. Besos querido amigo, y hasta pronto.

Sergi Bellver dijo...

A las dos: a veces me parece algo increíble que alguien se tome la molestia de leer mis textos y comentarlos, sobre todo si lo hace así.

No te apures, Marsu, difícilmente batirás mi récord de testamentos en páginas ajenas :-P Por mí puedes repetir y redundar cuanto quieras.

No os contesto (esto no es contestar), corto y copio, me lo guardo, y os hablo mañana (y me voy pensando un personaje, Isabel). Con calma, como se lo merece.

Gracias por estar ahí.

Sergi Bellver dijo...

Me he encontrado de repente un momento, otro sillón, para sentarme y contestar. Mejor así, con el café aún caliente. Lo que puede hacerse con brevedad, sin que pierda el sentido, debe hacerse breve, y esa es una virtud que envidio en los buenos escritores, prescindir de lo innecesario, del barroquismo gratuito. Pero sucede que, aparte de un gusto especial por la palabra en sí, debido a mis limitaciones no soy capaz de decir con una frase lo que hago con tres, y no por no saber resumir (podría esbozar un esquema brutal de cada entrada y más o menos se entendería), sino por el temor a dejar demasiados flecos y cabos sueltos. A eso me refería con lo de las licencias que me permito en la bitácora y que prohíbo en la redacción de mi novela: cuando no puedo pasar sin contar todo lo que me nace, cada matiz, transijo con la extensión y el aparente adorno (que no es otra cosa que desesperada búsqueda de la exactitud), pero en la novela batallo una y otra vez con cada párrafo hasta que consigo (o creo conseguir) despojarlo de todo lo que suene a artificioso.

No creo que pudiera mantener el gesto hierático de esa persona que sabe de la incineración de su trabajo. Dios, es como quemar la fruta para que el precio se mantenga, me parece horrendo. No quise decir que me dé igual lo que pase con mi obra, sino que aceptaría que no pasara nada, si de veras es eso lo que ha de merecer. Vamos, que si me doy cuenta de ser un escritor mediocre, no se me caerán los anillos por reconocerlo y a otra cosa. Triste, claro, pero no lastimero. El único fracaso sería no intentarlo, y si he de fallar, si no llego, seguro que habré aprehendido cosas valiosas por el camino. Uno tiene que ser honesto consigo mismo, y dado que soy muy exigente con los libros que leo, soy el más severo juez de mis propios textos, por eso, aún agradeciendo casi emocionado los elogios, te digo sinceramente, Marsu, que mis poemas no pasaban de la ingenua tentativa del que tiene algo que decir y aún no sabe cómo. Y mis cuentos, bueno, tal vez no sea irreversible y los años me vayan dando un poco de lucidez, pero de momento sé que hasta ahora, salvando quizá algunas partes de “Chiloé”, no he hecho nada. Y no hacer un cuento redondo, completo, incluidos los finales abiertos, es no ser cuentista. Quién sabe si llegará en un futuro esa faceta, aunque respeto demasiado ese género como para inmiscuirme. Lo único que me puede hacer sentir orgulloso es saber (porque ya son unos cuantos los que, eso sí, casi siempre en privado, me lo han comunicado en estos dos años y medio largos) que alguna vez, aún con esos intentos, llegué a tocar a alguien. Que tuve ese efímero “éxito” del que hablo en mi entrada de hoy.
Hay escritores conocidos que, si batallaran desde una bitácora y nada más, sólo podrían decir eso de sus textos, en el mejor de los casos, y no sabrían de toda esta hagiografía impresa que los ensalza. Realmente, Isabel, ser original es muy complicado (no parecerse a todo lo hecho) y muy sencillo al tiempo (ser uno mismo y despreocuparse). Sé que escribo porque necesito hacerlo, pero lo cierto es que, al menos a posteriori, sí me importa lo que los demás perciban, reciban y sientan cuando lean. De hecho, una de las metas, pretenciosa, tal vez, pero cierta, de mi primera novela, es provocar un ligero cambio de perspectiva en el lector sobre las cosas, en fin, pero eso es mucho decir… Precisamente esa retroalimentación continua e instantánea es una de las ventajas de la “blogosfera”, aunque también uno de sus bretes, a la vez positivo, si nos estimula y nos evita el ensimismamiento, y negativo, si nos condiciona demasiado.

En fin, verborrea por verborrea, la mía es preocupante, amigas. Por cierto… dos apuntes, que ahora si que me sopla el reloj en la nuca: Isabel, mañana mismo tendrás mi sugerencia, me parece una idea encantadora, pensaré un nombre y algunos leves trazos del personaje, para que luego juegues como quieras con mi “alter ego” de hace dos milenios. Y sí, alguna vez he pecado, pero procuro no comer hamburguesas, Marsu ¿Hablas alemán? Ich habe mein Deustch vergessen… Tschüss!!

Gabriel Báñez dijo...

Sergi, gracias. Coincido y allí te mandé vía mail lo del palacete de la escritura. No podía subirlo, hoy sí. Es verdad, difícil aprender a mirar. Un abrazo y la amistad

Sergi Bellver dijo...

Gracias por el correo, Gabriel, ya lo recibí, y perdona de nuevo por el testamento, ni que haya sido en mi casa. Algo me dice que no fue casualidad, sino suerte que no pudiera dejarlo en la tuya y así aliviara a tus lectores de tan plomizo derroche.

Un abrazo.