Bitácora de Sergi Bellver: Musgo y roca.

21/2/07

Musgo y roca.

“No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío”.

Federico García Lorca


Con la paciencia de una roca en la corriente, el libro espera. Desde la orilla se distingue la belleza lítica y ancestral de su sencillez, sitiada por el río. Vadeo la riada de espaldas hurañas y rostros vueltos, avanzo completamente solo entre la multitud que no cesa, maldigo la inercia heladora de las aguas y su indiferencia, me hundo hasta las caderas en un frío sepulcral, aterido hasta la médula, pero al fin alcanzo el islote. Mis dedos, surcados de azul, retiran con cuidado la cabellera clareada del musgo, más tibio y suave que el mineral, como si peinaran a una madre anciana tras el baño. Grabada en la piedra embotada, leo una predicción de juventud de Kawabata: la literatura sustituirá algún día a la religión. Quiero robar ese libro. No por avidez, ni afán de poseerlo, ni siquiera por la hambruna cierta de mi bolsillo, tan sólo para que se quede conmigo, para que me hable despacio, sin la prisa de burdel que busca su salario. Quiero robarlo, para rezarlo a solas, pero no me atrevo.
Conseguí domarlo, obligarle a comer de mi mano y retirarse, forzarle a bajar la mirada y arrinconarse en la jaula. El miedo al dolor es un felino traicionero y hay que ser implacable. No suelo pensar en ello, lo tengo aparcado en algún sótano, al miedo, reposando a oscuras con otros trastos viejos, para que no haga ruido, para poder pasar de largo, pero a veces suelta un zarpazo desde la penumbra y sucede, y, de repente, echo de menos a mi madre. Hoy he extrañado su paciencia burlona ante mis tomaduras de pelo, su colleja entre risas cuando me metía con esos guisos que ahora imploro, su canción murmurada entre fogones, su presencia callada entre la radio y mis libros. Su rendición incondicional cuando leía el termómetro que yo, verdadero cabronazo, había mantenido junto al calor de la lámpara para librarme del colegio. He extrañado, sobre todo, su conversación en otro idioma con los mayores, mientras yo atendía al regreso de cierta alegría en sus ojos. Lamento no haber perdido el autobús aquél día, no haberme quedado a darle el desayuno la última vez que la ví, arropada por la luz glauca que entraba en la habitación, como si al otro lado de la ventana, tras los pabellones, más allá del aparcamiento y las ambulancias, cruzado el paseo marítimo, no hubiera sólo un mar dócil, velador, sino también inmensas praderas iluminadas por el blanco fulgor de millones de flores diminutas, o estepas interminables cuajadas por las nieves tardías, resplandores a la espera. Sólo era la claridad de otra mañana de mayo en la ciudad, nada más, filtrándose por los estores del ventanal, mezclándose con el verde desvaído de las paredes y el blanco desvalido de la cama, sosteniendo a mi madre extenuada en lo que habría de ser un recuerdo adulterado, como lo son todos en el lienzo de nuestra memoria. Pero un recuerdo indeleble, en el que el agua turbia y salina de entonces ha llegado a convertirse en el hielo compacto y afilado que hoy soy capaz de esculpir. La dibujo, la veo, sonriendo por encima del agotamiento cuando me despedí hasta el próximo día, como si fuera a haberlo, como si al cabo de los años hubiera podido lavarle la cabeza, ya blanca y rala, a la nunca abuela de mis improbables hijos. Pero se fue con el cabello oscuro todavía, el mismo que me dejó en herencia, junto con este atisbo de tristeza mal curada, o esta tremenda pereza para el enfado, o esta alegría mansa, domesticada, igual que el miedo de mi sótano. Se fue demasiado pronto, demasiado en voz baja, como el arroyo que va apagando su murmullo entre la arboleda al alejarnos. Odio haberme acostumbrado a la canción del bosque, al viento seco que mece la hojarasca. Odio recordar el rumor del arroyo como si fuera una vaga leyenda, ser capaz de evocarlo siquiera con esta serenidad, contemplando un mar contaminado y sin brío, y el musgo esponjoso y sucio de la espuma que el oleaje deposita en la arena. Odio, sobre todo, haber olvidado el puerto de partida y no ser capaz de otra cosa, más que navegar aferrado a la gavia del vigía, oteando el horizonte, persiguiendo el crujido de las tormentas en la lejanía.
Quiero robar ese libro, quiero robarlos todos. ¿Le parecería pecado al galileo si robara un jirón de su túnica, o entrara a hurtadillas en la última cena, para estar más cerca de lo divino, pegado al sudor del hermano amado? ¿Me desterraría de su lado si, a sus espaldas, besara a la Magdalena y le bebiera las lágrimas del rostro? ¿Me apartaría de su regazo si viniera a abrazarle arrepentido por haberle robado unas palabras, por haberme apropiado de una emoción, si hundiera mi rostro aferrado a su pierna como un náufrago al madero? ¿Renunciaría Él a su madero si se lo suplicara, si le dijera que no vale la pena, que la gente no sabe lo que hace ni le importa? ¿Le importaría si, empecinado en su calvario, el agua fresca de mi paño en su frente fuera robada? Pero no, no me atreveré a robar nada, me puede más la vergüenza si me sorprenden, sólo soy un cobarde más, con la penitencia de que lo sé, y me importa. Puedo aliviar la pulsión con otros libros, rescatarlos de las bibliotecas, sacarlos en plena madrugada de la habitación y huir a la carrera por los pasillos de un hospital, franquear el silencio de las salas de espera y las sepulturas abiertas, donde se anotan los estertores y se predicen las ausencias. Cruzar al otro lado, atravesar los campos plagados de luciérnagas, adentrarme en la neblina que flota sobre la hierba azul de la noche, guiado por la ebriedad, difuminado en un vapor de luz dorada, como el farol de una barca a la deriva. La literatura no se ha convertido en una religión, sólo en una iglesia, en una curia, en una inquisición, en la bula que se conceden a sí mismos los ministros de las escrituras. Kawabata tal vez se refería a la fuerza del río, y no a su cauce, a la verdadera fe, a la sed del espíritu, no lo sé. La verdad es que no sé una mierda. Y todo lo que puede saber un hombre es siempre tan frágil, incompleto y huidizo, que no concibo esa jerarquía extraña de los que se buscan la virtud en la sotana, la casulla, en el oro mezquino bordado en las ínfulas. No pienso santiguarme, no voy a comulgar, sólo deseo sentir la presencia de algo cierto, de algo puro, incondicional, cuando los rescoldos del mediodía me rocen las mejillas, o cuando ya la luna haya muerto, y la humedad de la alborada me refresque las sienes. Cuando estreche la mano del viajero. Sólo quiero tener la misma fe que Kawabata en el poder infinito de la creación y la redención del amor para todos los absurdos del hombre. Tan sólo pretendo volcar mi fervor en esas inasibles verdades, aunque fueran las fugaces flores del cerezo, sin poseerlas, sin comprarlas, conservándolas intactas, puras y perecederas como copos de nieve en las manos abiertas del otro, apenas un rastro de frescor en la palma tendida de su lectura. Sólo quiero creer en lo que hago, tener fe, y dejar un trozo de vida a mi paso, una herencia de palabras que le sirva a alguien alguna vez, y luego, sin más, extinguirme en silencio en el punto de fuga de toda la geometría humana, en el curso de las cosas, como polvo de roca en el lecho del río.

10 comentarios:

Olvido dijo...

Baja a ese sótano y quizá encuentres el Aleph

“-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra en el entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz”…

Buenas noches Sergi
Un abrazo

Marsu dijo...

Me gusta mucho cuando escribes así, "con las tripas".

Haz caso a Olvido, haz caso a Borges... Busca en el sótano, recupera el sonido del arroyo y la calma al evocar los recuerdos. El miedo y el dolor ayudan a estar alerta (al menos, según los toreros). De todas formas, en casi todo lo que dices te acompaño "en el sentimiento".

Y cuando tu fe vacile, piensa que hay gente que cree (creo, cree, creen, creemos) en lo que haces. Hay gente que cree y espera a que crees...a que sigas creando...y a que sigas creyendo.

Tschüss, auf Wiederlesen, gute Nacht...

Sergi Bellver dijo...

Buenas tardes, Olvido.
Bien cierto, todos esos manantiales brotan también desde lo subterráneo. Y la mía no es una rebeldía sin causa, una postura huera, sino la necesidad de… bueno, “mi sed”, me gusta llamarla, es una sed que puedo colmar a cielo abierto, mascando nubes, a ras de suelo, de manos del otro, en vaso o a morro, o en las entrañas de la caverna. Sí, creo que además de las alas, me conviene hacerme con un buen equipo de espeleólogo.

Un estrujabrazo.

Pd: el otro día ataba cabos, anotaba nombres de vecinos interesantes que parecen estar conectados, y rumiaba un evento en la ciudad. No sé, ya te contaré…

Sergi Bellver dijo...

Con las tripas siempre, Marsu, con las tripas desde que tengo uso de co-razón. La verdad es que estoy buscando el equilibrio entre el impulso y el reposo, hasta ser capaz de superar la simple relación de anécdotas, o la mera divagación, y poder evocar sensaciones (¿no decía eso Quiroga en su archiconocido decálogo?) sin caer en el sentimentalismo. Creo que cuando se consigue, se hace presente la literatura donde más me interesa que cobre forma: en el lector, que la hace propia sin que le suene a majadería o folletín. Busco que las cosas fermenten adecuadamente, y que las sencillas uvas (de la ira, del ardor, de la belleza) se conviertan en vino, del “espirituoso”. Pero sin pasarme, no sea que me quede peleón y avinagrado. Mira, ahora mismo recuerdo que esta mañana hice voto de reducir las metáforas a la mínima expresión en mi prosa (seguro que Olvido también lo agradece), y, como ves, todavía lo infestan todo. Es un vicio que costará quitar.

Con que una sola persona siga creyendo que vale la pena que yo siga creando, basta para seguir fiel a mi deseo. La verdad, tengo una mezcla de ganas y miedo porque un buen día los demás lean lo que escribo “de verdad”, “en serio”. Pero ninguna prisa. Fíjate que ese cuento que comencé ya va por la cuarta versión –cambiando el narrador, la persona, el tono, probando, vaya-, y presumo que, como mínimo (y teniendo en cuenta que la novela sigue ahí, que sigo trasteando e imaginando cosas nuevas para la bitácora, y que estoy buscando trabajo para que el bolsillo no me huela siempre a saco viejo), aún me llevará varias semanas de trabajo. Así que ya ves, ninguna prisa, pero todas las ganas.

Primero pensé que era una errata, pero luego he caído (Entschuldigen Sie, toy lenturrio) y me ha gustado lo de “Wiederlesen”…

Pass auf dich auf!

Enrique Ortiz dijo...

Fíjate, Sergi, que voy a comenzar a imprimir tu cuaderno para poder leerlo en condiciones. Me molesta la pantalla, no la soporto. Necesito tener estos textos entre las manos y leerlos recostado, fumando. Es con las tripas, sí, pero también con la lógica tenue que tiene siempre la buena literatura. Estoy seguro de que vas a conseguir lo que persigues, Sergi. Eso sí, amigo, no dejes las metáforas. Un abrazo muy fuerte.

Marsu dijo...

Estoy con Enrique; no dejes las metáforas. Eres un maestro con ellas (ya sé, soy pelota, tengo la esperanza de que ganes un planeta algún día y me pagues la comida en el Raffles, aun a riesgo de sentirme algo Lolita...).

Y sigo estando con Enrique: vas a conseguir lo que persigues. Y nosotros lo veremos :)

¡Chao!

Sakkarah dijo...

Me ha gustado leerte, y el conjunto completo de tu blog.

Un beso.

Sergi Bellver dijo...

Muchas gracias por la visita, Sakkarah, espero hacerlo bien, como para que repitas.

Es curioso lo que dices, Enrique, hay tres o cuatro bitácoras por ahí que también me gustaría imprimir (que imprimiré, cuando tenga los medios) para poder leerlas lejos de esta ventana, tan abierta al mundo y tan cerrada, a cal y canto, a otras sensaciones que acompañan la lectura. A lo mejor por eso (y por mero placer) dibujé ese libro viejo, con esas betas de moho y todo, para que la página “huela” a papel. Pero me temo que ni de lejos. Eso sí, si lo haces, mejor desde la versión Redux, donde manipular los textos te dará menos problemas. En fin, es todo un halago imaginar mis chapuzas entre el humo del tabaco y la convalecencia, como dice Zapata, de la lectura en la cama. De hecho, sé que algunos ya lo han hecho. Hasta una vez “me encuadernaron” y todo. La gente a veces es un regalo, de veras.

En cuanto a las metáforas, y esto va también por Marsu (¿el Planeta? mmm, no sé, no sé, no suena muy prestigioso -artísticamente-, mejor otro premio: que me publiquen, se me lea -mejor bien que mucho-, y se reedite, ese sí que sería un sueño), bueno, intento que no sean manidas, que no suenen a herrumbre, como tantas veces me encuentro en algunos escritores de hoy, pero creo que, por pura profilaxis, es bueno no abusar de ninguna figura. Mejor menos y mejores, para dejarles tiempo a tener eco en el lector, que no le aturda el bombardeo sucesivo.

Fíjate, Enrique, que la posdata para Olvido también te concernía… ¡Ya os contaré.!

Un abrazo a todo trapo por el carril VAO.

Anónimo dijo...

Todo ser humano es un prisionero en la cárcel de su percepción. Somos esa memoria de verdades sentidas. La vida no es cuanto nos ocurre sino cómo sentimos lo que nos ocurre...

Me encanta haberte descubierto porque la sensación generada al leerte es sumamente placentera.

"Quiero robar ese libro, quiero robarlos todos. ¿Le parecería pecado al galileo si robara un jirón de su túnica, o entrara a hurtadillas en la última cena, para estar más cerca de lo divino, pegado al sudor del hermano amado?".

Hay gente que se cree con talento pero sólo muy pocas personas (como tú) realmente lo tienen.
Un abrazo.
E.F

Sergi Bellver dijo...

Valga también para este rincón mi respuesta en “La trastienda”, E.F, ya que no quisiera hacerme pesado, y la he escrito pensando en tus dos comentarios y esa entrada no es más que la continuación o explicación de “Musgo y roca”. Pero déjame añadir una cosa: me sentiría fracasado si publicara algún día mi novela o mi(s) cuento(s) en alguna parte (la duda del plural viene al caso porque, no sin cierto aturdimiento, se ha despertado “algo” en mis letras y ya he esbozado un segundo cuento en esta semana, anotado desde un sueño nada más despertar –parece que la inspiración madruga-, y ahora trabajo a dos barajas, como aconsejaba Bolaño; supongo que es lo que tiene ser un ferviente lector de cuentos, que aunque uno se crea sólo aprendiz de novelista y gracias, al final se revuelve la serpiente y muerde, y a ver cómo se deshace del veneno ahora…), y le sirviera a los hipotéticos (muy hipotéticos, utópicos, por ahora) lectores como mero entretenimiento. Así, pretencioso o no, aspiro a tocar alguna fibra, a cambiar algo (no sé aún el qué), a sembrar más dudas que certezas, a provocar más exploraciones que afirmaciones. En fin, que ese supuesto “talento” no serviría de nada si no va bien encaminado ni le alienta una motivación. No quiero hacer de mis letras un pelotón de mercenarios, ni un batallón de soldados bajo equis bandera, puede que ni siquiera una horda revolucionaria. Sólo quiero empuñar las armas en legítima defensa. Todavía no sé explicar esto. Dame tiempo y libros. Pero sí hay algo que, aún fracasando en todo lo demás, no podría perdonarme de ninguna manera: escatimar ese placer al que lee.

De modo que, de nuevo, Gracias. Pero tendrás que señalarme defectos (que abundan), flaquezas, o corro el peligro de ponerme insoportable, más aún, quiero decir.
Un estrujabrazo de los míos, E.F, que abarcan mucho, te lo aseguro.