Bitácora de Sergi Bellver: El valor del miedo.

3/2/07

El valor del miedo.

(En respuesta a los comentarios al hilo de “Malas noticias”,
brazos tendidos de los amigos sin rostro que ahuyentan la locura del que cree hablarle a las paredes, o por qué cavilaba mi cabezota sobre la muerte de la novela).

"En la naturaleza están todos los estilos futuros".
Auguste Rodin

Una certeza puede bloquear un camino con el desprendimiento de alguna rocosa verdad que ni intuíamos. Y esa carretera cortada puede ser una condena o una bendición. Las manos desesperarán, incrédulas, intentando desenterrar de la cabeza una salida, tan seguras como estaban de tener al alcance el destino, oculto ahora al otro lado del súbito muro. Esa sería la penitencia, agotarse en vanas lamentaciones y aferrarse al trecho andado. La fortuna, en cambio, sería sacar provecho de la adversidad, atreverse no sólo a sortear el obstáculo, sino sobre todo a cuestionar el rumbo, y adentrarse en la arboleda hasta dejar atrás la seguridad del asfalto.
Estoy en ello, campo a través. El sotobosque desgarra la tela de mis pantalones hasta lacerar mis piernas, y la humedad de los arbustos empapa mi ropa y cala en agujas heladas que martirizan mis riñones. La escapada no tiene nada de bucólico, porque he dejado de oír hace rato el canto de las aves o las conversaciones de los árboles, y sólo puedo escuchar mis jadeos, que me nublan la vista con sus fríos vapores y parecen rodearme hasta empujarme la nuca, como una bestia hostigada por un extraño pavor a su espalda. El tiempo es un cazador invisible que no varía jamás su paso y sabe exactamente en qué punto del paisaje nos dará alcance. Sobrevivir cabalmente es aceptar y olvidarse. Vivir, insensato, y exponerse, es retar al cazador, engañarle cuando crea cobrar su presa, y dejar un rastro indeleble que pueda incitar a otros a la huída valiente, al respirar consciente. Escribir es llenar el bosque de señuelos que nos salven de ser abatidos. Avanzo, exhausto, pero sin detenerme, y apenas distingo ya el mortero ahogado de mis pies en la hojarasca y el barro, o el roce violento de las ramas sobre mis hombros. No tengo pena, ninguna, sólo miedo. No esa clase de terror que paraliza y aborta, sino miedo alentador, de quien ya reunió el valor necesario para dar el paso, pero sabe que no hay vuelta atrás. Atreverse es quedarse solo.

Y de repente el derrumbe de esa certeza, tantas veces leída de prestado, pero nunca hasta ahora, como calan al fin todas las verdades del mundo en el hombre, por sí mismas y en la propia carne, aprehendida. La novela, como expresión, ha tenido su hegemonía hasta el día de hoy, así como el pasado se escribía en ensayos, el medievo en cantares, la antigüedad en tragedias y los albores del tiempo con la poesía épica de la leyenda. Sí murió, amigos, aunque todavía traten de sacarle rentas en su ataúd. Murió como se apaga el prado en invierno. Debería regresar la primavera, traer de vuelta los retoños, las yemas de lo vegetal, la vida, aletargada bajo esta pesada capa de nieve, página en blanco sobre la que se escribe lo mismo una y otra vez. Pero sucede que el arte se ha convertido en un Saturno impávido, que, provisto de Gore-tex, botas de esquí, y gorro lapón (sólo te traerá un regalo si eres un niño bueno), va devorando sucesivamente a sus hijos, mientras esperamos turno los hermanos menores, tiritando y perdiendo el estupor en la costumbre, contemplando cómo hace la digestión. Es como insensibilizar la carne ante el telediario, de tan rutinaria la desgracia ajena, sin imaginar siquiera que algún día será la propia. Como almorzar con un buitre posado en nuestro hombro, mientras atacamos la lasagna y él aguarda paciente a que reventemos de abundancia. El arte de hoy es un cadáver enorme, perfumado y brillante como la cera, presentable, relleno de paja, que no cría malvas sino pequeñas orugas rumiantes, devoradoras de forraje insípido, y no de entrañas, abotargadas ya, pero en las que alguna vez bombeara siquiera una gota de pasión. Los gusanos se han acostumbrado al pienso y olvidaron el sabor de la sangre. Tal vez no ha muerto, pero desde luego la novela es toda una ilustre momia de cartón.
Melancolía, dicen, que era esa terrible enfermedad del alma que podía llevarse al otro mundo al romántico (no al de postal rosa, sino al de óleo de Friedrich). No, no es pena lo que tengo, sólo miedo, y también cierta nostalgia adelantada de lo que quisiera ver llegar, porque de momento conservo la insolencia de amar la vida (y esa manera de vivenciarla que es la literatura), y no es tristeza, sino necesidad, lo que me lleva a pensar así. Necesidad de no perder el tiempo en piruetas y encontrar un sentido al escribir. Cortinas, sábanas… les hemos dado la vuelta tantas veces para disimular las manchas (¿o cuantas si no hemos regresado al pasado para inventar un futuro?), que ya es imposible quitar del lecho ese olor, mezcla de amantes y moribundos, sudor de dicha fugaz y estertores de la enfermedad. Me devano los sesos buscando otro jergón en el que tener un sueño distinto o, cuanto menos, auténtico. Me busco el sexo tramando otro deseo en el que habitar, un fuego nuevo o, por lo menos, intenso.
Es probable (en realidad, es seguro) que nada muera, que todo sea crecer y ensayar réplicas mejores, y tal vez el hombre deba reconciliarse con su finitud, aceptar que es una ola más en el batir incesante del tiempo, y hallar el equilibrio (¿lo encontró Jung?) entre su poder creador y la herencia colectiva, grabada en su médula.
O eso siento, porque a día de hoy sólo encuentro en el ser humano dos gestos, dos impulsos, que de veras valgan la pena o justifiquen su tránsito por el cosmos: dejar algo bello a su paso y serle útil a alguien alguna vez. Creo que ya podría contentarme con eso. Sólo trato de no traicionar la sed que me empuja, las corrientes subterráneas que me sostienen, y la promesa de lluvia que me alienta. Por fidelidad a mí mismo y honestidad con la palabra, no cambiaría una sola coma de mi novela por pensar en el lector, pero una vez vivo el libro en sus manos, no me perdonaría ni media, si descubro que le aburre, le escatima belleza, o le es completamente inútil. Si no le convierte, por imperceptible que sea el cambio, en alguien distinto cuando pase la última página.

7 comentarios:

mamen somar dijo...

Creo que el ser humano es mucho más, es tan sólo que el miedo a demostrarse, a desmontar lo que ya está hecho nos hace infieles y lo peor es que esa infidelidad es a uno mismo y, así nos convertimos en anodinos, en seres extraños que no quieren vivir la vida que viven pero tampoco quieren cambiar las cosas.
Lo que si he aprendido es que hay que sentir cada cosa. Y sí, experimentar el miedo. Seguir a delante sin pensar en que esto o aquello nos hace iguales o diferentes. Hago lo que quiero por que es lo que me mueve y no hablo de legados ni recuerdos a los nuestros a través del tiempo. No. Hablo de vivir la única propiedad que tengo: Mi vida.
Besos
Mamen

Marsu dijo...

Caer, levantarse, dudar, retoceder, avanzar, equivocarse, arrepentirse, alzarse...verbos que separan humanidad y deidad.
Para mí, tus palabras son bellas. Para mí, tus palabras son útiles. Si repito cada día mi ritual de escudriñadora de bitácoras ajenas, es porque me siento más llena cuando termino el recorrido.
Y si esto me ocurre con textos pequeños...que no sentiría con una novela.
Sería bonito que, una vez que has dado el paso, una vez que te has atrevido, no te sintieras tan solo.

srcurri dijo...

Eres optimista.

El obstáculo en el camino te parece una posibilidad para ir por otro lado, más que un impedimento. Avanzarás, no me cabe duda. Veremos dónde nos lleva tu jardín de senderos que se bifurcan.

Escribir es sencillo, una vez que uno se pone -hacerlo mejor o peor es otra cuestión. Creo que el problema viene antes. Antes de sentarse, uno piensa que no puede ponerse a escribir cualquier cosa, que debe renovar los géneros con sus palabras o al menos escribir algo "grande" porque para hacer algo normal ya hay muchos textos publicados, uno se exige tanto que al final se olvida de que lo principal es contar una historia entretenida y que lo demás es secundario.

Igual deberíamos recordar que hasta el romanticismo, el concepto de originalidad no se llevaba mucho, y que una obra grande sólo podía serlo si imitaba a los clásicos -Cervantes pensaba que su gran obra, por la que pasaría a la posteridad sería por "La Galatea"-. Si toda moda es una vuelta al pasado, igual deberíamos volver nosotros a fijarnos un poco en los griegos y en los romanos, y empezar a buscar los héroes que nos faltan.

Y si no convertimos al lector en alguien distinto después de la última página, por lo menos, que pase un buen rato.

Sergi Bellver dijo...

Esa alienación de la que hablas, Mamen, abarca en la práctica cualquier actividad humana, metiéndole a la gente una prisa extraña por “aprovechar” el tiempo, sin disfrutarlo, y a la vez, una demora pueril para afrontar su propia condición, como el crío asustado que esconde inútilmente las malas notas. Se pasa de puntillas y apresuradamente por delante del espejo, y bueno sería que admitiéramos la imagen que nos devuelve. No desear la vida que se vive ya es algo, un mínimo síntoma de cordura. No reunir el valor para cambiarla es comprensible, todos tememos lo que ignoramos, pero es necesario lanzarse. Y si esto es así para casi cualquier cosa, en el arte en particular, se convierte en la peor de las condenas, porque, precisamente, si algún sentido le queda al arte, más allá del de proveer placer al otro, que, cierto, ya es mucho si se consigue, Sr Curri, es el de “avanzar” y confrontar al humano con el espejo, y aún hacerlo añicos y plantarle el horizonte más allá.

Resumiendo, me parece estéril toda manifestación artística que parta de un inconformismo tibio que se quede en la lamentación y no alcance la voluntad de buscar otra realidad (como a mí mismo me sucede demasiadas veces, que doy palos de ciego y no me atrevo al charco, que no me veo capaz, que no “afirmo”, como sabiamente me dice un maestro). El quid de la cuestión está en la autenticidad de ese afán, en sentir cada gesto, cada impulso, de manera genuina y aún antes de filtrarlo intelectualmente para darle forma. No me llena el “arte” que sólo busca matar el rato, aunque lo tolero si lo mata con gracia en buena lidia, pero detesto profundamente el ¿arte? que pretende trascender y sólo vive de piruetas, fuegos artificiales y sesudas prestidigitaciones. El “arte” que, alzando la barbilla, se nombra y se piensa “arte” antes de serlo en la emoción del otro. Lo odio. Porque me parece que sólo el que se entrega con verdad en lo que hace puede ofrecerle algo al otro, algo bello, útil, o cuanto menos, digno. Cada vez creo menos en que se escriba, o se pinte, o lo que se tercie, para uno mismo. Eso es sólo un espejismo, la realidad de esos actos y deseos está en otra parte, o cobra sentido en otros ojos, como se desprende de lo que dice Marsu, sea uno consciente de ello o no cuando se pone, pero si no deliberadamente, sí en esencia, trabajamos también para el otro, y en ese puente tendido descubrimos toda la entidad de las dos orillas, la del prójimo, y, eureka, la nuestra, realizada y completa.

El ser humano se volvería loco, se convertiría en otra cosa, si no tuviera otro ser humano cerca para darle su medida.

Miguel Ángel Muñoz dijo...

No ha muerto la novela, no. Lo que ha muerto es el reflejo que de ella nos envían los espejos deformantes de lo que hoy se nos dice que "debe ser" la literatura, para "poder serse", poder existir dentro de un sistema editorial que privilegia un determinado concepto-mundo-visión claramente economicista, pensando que aquello que ellos piensan que más venderá será lo que efectivamente más venda, y distorsionando de paso lo que todos creemos que es realmente, más allá de lo que realmente es.
Ya te contesté, amigo. Cuando abrí para hacerlo me encontré esta tarde tu guiño....Impaciente..
Abrazos.

Gabriel Báñez dijo...

Querido amigo, gracias por la pureza, contundencia e incertidumbre heroica de tus palabras ante lo que es la creación. Hay una razón vital que se me ocurre imperecedera, pero, así como imperecedera, incapaz de definirla también. Tus alas son genuinas. Recuerdo un poema que decía algo así como "No necesitamos la brisa para probar el vuelo del ave". Bueno. Doble gracias, amigo, por tus sugerencias sobre los comments. Te estoy leyendo y misma patria: el lenguaje.

Sergi Bellver dijo...

Cuando publiqué una respuesta conjunta a vuestras huellas en esta entrada se me pasaron por alto las de Muñoz y Báñez, por haberlas dejado en la versión “Redux”. Precisamente para evitar que se repita algo parecido he decidido “duplicar” desde hoy vuestros comentarios (y mis respuestas) en ambas versiones de la bitácora, por eso, y para enriquecer el “debate” (se agradecerían también divergencias, sanciones, críticas, más allá del silencio, la más dura y cierta de todas ellas, por otra parte). En fin, aunque sea con retraso y se pierdan en la corriente de la inmediatez, respondo:

La novela no habrá muerto, Miguel Ángel, pero demasiadas veces me encuentro en un velorio cuando leo las contemporáneas, las del XXI, me refiero. Hay que hacer algo. Ese mercantilismo que señalas no es el único homicida. También en esos hipermercados del libro, que tanto nos soliviantan a algunos, que tantas librerías militantes de la buena literatura cierran, encuentra uno, de vez en cuando, minas submarinas, dispuestas a herir la línea de flotación del buque insignia. También en la Casa del Libro o en la FNAC se vende tu “síndrome”, o “La vida ausente”, o ediciones de bolsillo de novelas imprescindibles, o… Y también Anagrama o cualquier otra editorial omnipotente publican, entre novelones de vedettes y cuentecitos de niños prodigio, al estupendo Eloy Tizón, por ejemplo. Toda esa empresa del libro se rige por las mismas leyes que cualquier otra, y eso ha sido siempre así, de modo que el verdadero culpable, y sin atenuantes, es el escritor. Si le preocupa mucho hacerse con el adosado o pagarse el viaje a Roma, que deje la pluma, que se haga empleado de banca, o lo que sea. Pero si se doblega una y otra vez, si cede a la papiroflexia de la vocación sometida y se convierte en pajarita o barquichuela al antojo de las modas y los balances, no es un escritor. Es un escribidor, un amanuense, un vocero, un bufón, un secuaz, un delantero centro, una cupletista siliconada, cualquier cosa. Pero no un escritor.

El otro día, en un comentario, me dice un cuentista, Juan Carlos Márquez, que acaba de sacar libro colectivo, que tal vez los cuentistas vocacionales, esos a los que siempre se les pregunta para cuándo su primera novela, ya sabes, deberían pasarse a la novela pero escribiendo una deslumbrante. Algo así, pienso. Como infiltrarse tras la línea del frente y sabotear al ¿enemigo? Bueno, ya dije que no participo de esa “confrontación”, sólo tomo la buena literatura por bandera y la mala, vendida o no, por extranjera.

Lo que sí sospecho (incierto pero heroico, por lo obstinado, Gabriel) es que los novelistas acomodados escriben novelitas de diez páginas, una tras otra, y a eso luego le llaman “cuentos”. Me parece que si un cuentista genial escribiera un cuento de doscientas páginas, con esa pulsión sostenida del relato deslumbrante, estaríamos delante, tal vez, por fin, de una nueva novela. En fin, giliblogueces que se me ocurren… o no tanto.

Un abrazo a los dos.

Pd: ayer mismo cometí otro acto de terrorismo del libro en uno de esos hipermercados, cambiando de sitio algunas portadas, tapando algún que otro libro-anuncio con un libro-proyectil…