Bitácora de Sergi Bellver: Alta fidelidad.

13/2/07

Alta fidelidad.

“La libertad de amar no es menos sagrada
que la libertad de pensar.
Lo que hoy se llama adulterio,
antaño se llamó herejía”.

Víctor Hugo


Fiel.


Se me llena la boca de palomitas, blancas y escandalosas, como esponjas de sal, cuando hablo con entusiasmo de esto y de aquello, pero luego llegan el silencio y la soledad y me hago polvo los dientes con el maíz crudo, la grava amarilla. El hervor de la pasión hace que las cosas se inflen y estallen, que alimenten el ansia y nos elevemos, pero en frío, los guijarros de la realidad nos recuerdan que seguimos descalzos. Yo no sé quedarme a vivir en ninguna parte, no puedo estar todo el día volando, alguna vez hay que amerizar y sumergir el pico en las aguas de lo real, subsistir, supongo. Pero tampoco puedo permanecer mucho tiempo sobre la superficie, a merced de los tiburones, ni mucho menos en tierra, desollándome las membranas de las patas con la aspereza pedregosa de los acantilados, como banderas rasgadas por una turba reaccionaria. ¡Soy un albatros, demonios, que no me pidan volar sobre seguro ni caminar con gracia! O planeo como el puto amo, enseñoreado del cielo, o me coso las alas y aprendo a marchar como un soldadito de plomo al que le dan cuerda. Habría nacido gallo de pelea, o pavo real, si me contentara con la seguridad del suelo, la fugacidad de las pírricas victorias, y la vanidad del plumaje chillón. Pero no me interesan esos juegos de corral, y algo tendré que hacer, digo yo, con este par de alas, que al caminar me estorban como dos remos arrastrados por el polvo. ¿Y qué narices quieren que haga con ellas, sino volar, aunque pierda de vista los mapas, y me adentre en la tormenta, y desaparezca cualquier día al atravesar el brumoso corazón de las nubes, y ya nada ni nadie, nunca?


Infiel.


De repente, en cualquier párrafo del proyecto de la novela, escribo una frase absurda, y me pide a gritos que la saque de allí. No porque no pueda ser escrita, sino precisamente porque me ordena que la escriba en otra parte. Así que apago el ordenador, me voy a la cama y estreno un nuevo cuaderno, otro de esos de tapas blandas, para poder encajarlo en cualquier bolsillo, en el trasero del pantalón, si hace falta. Si algún carterista se llevara mi billetera, sólo lo lamentaría por la pesadez de tener que renovarme el dni, de vacía que va siempre, pero como el manilargo confunda el otro bulto con un buen fajo, le persigo y lo muelo a palos hasta que me devuelva mis notas. No es que ahí aguarde ninguna joya, pero una vez escritas, las frases no regresan nunca iguales, y con eso no se juega.
La cama es mal sitio para corregir, un campo de batalla en el que nunca funcionan las estrategias, ni en las letras, ni en el sexo. La cama es para dejarse llevar. Por eso anoto la frase rebelde, y después le sucede otra, y luego el bolígrafo va tan rápido que no me da tiempo a pensar la siguiente. Con el sexo me pasa igual, por mucho que me demore, al final necesito la velocidad, lo frenético. Escribo y me agoto, y la tinta de la última palabra se corre en un borrón que casi desborda la página y mancha las sábanas. Me quedo dormido, abrazado a la libreta, satisfecho y protegiéndola a la vez. A la mañana siguiente, lunes, me levanto como un resorte, cosa rara en mí, que me cuesta trabajo cambiar del sueño a la vigilia y viceversa, a quien hay siempre que arrastrar al catre por la noche y todas las mañanas azuzar para que espabile. Pero lo primero que hago, antes de desayunar, antes incluso que vaciar el cuerpo, es pasar al ordenador las notas de anoche. Y ahí sí, fijadas en un material maleable, esparcidas como herramientas, las dejo reposar, alivio mis humedades y voy a hacerme el café. Ya no hay prisa, puede ser hoy, puede retomarse mañana, dejarlo, regresar la semana que viene. Ahora sí valen las estrategias, siempre que no traicione la espontaneidad y potencia de la primera frase. Lejos de la cama valen las palabras como artilugios, siempre que delaten al amante mentiroso, si lo es.
Y así es como, de repente, un tipo que se sabe nada, o novelista quizá, que se supone poco dotado para el estilete del relato, empieza a escribir un cuento. Así, sin previo aviso, como otras cosas que me han sucedido esta semana, como descubrir al mejor Schubert y al Brahms más bello, después de años colocándolos bajo el pedestal de Beethoven. Y como quiera que el oído nunca engaña, como en los auditorios es más difícil timar al espectador, mucho más difícil que en una galería o una pantalla, me dejo guiar por ese sabio pastor, y, una vez acabada la tercera versión del cuento, que de sobras sé que no será la última, pero que ya empieza a parecerse, a ser legible, me hago con un micrófono y la leo concentrado, interpretándola como lo haría un actor de doblaje. Nueve minutos de grabación que me acompañan el resto del día, y al siguiente, mientras friego los platos de tres cenas, ordeno la librería, o vigilo la paella para que se tueste sin quemarse. Y el cuento se repite una y otra vez, y a cada ensayo le voy encontrando un defecto, una falta, una incongruencia, un montón de paja que desbrozar, un sendero nuevo que se abre.
Y así, escuchando la esforzada lectura de mi propio cuento, cobro conciencia del valor de la poética en la prosa de los maestros, del ritmo y la armonía que he encontrado en los grandes, de lo mucho que me queda por aprender si quiero que no basten la emoción y la palabra, y que el oído interno del lector no se sienta nunca estafado. Como lo era en el principio de los tiempos, en torno a la hoguera, o en las epopeyas versadas de los ancestros, la literatura no debería tomarse por buena si no resiste la lectura en voz alta y para el otro, aunque sea mental y privada.
De modo que, sin saber si será un precedente o una mera excepción, y no como divertimento, sino con el mismo empeño y respeto que vuelco en la novela, me decido a escribir un cuento. ¡Ah, necios, los novelistas que se lo toman como un simulacro, un entrenamiento, no saben nada de lo que cuesta ordenar un deslumbramiento en ese espacio tan breve! En fin, que trabajo también en un cuento, me lleve días o meses, lo que sea, hasta que funcione solo. Eso sí, en cuanto a difusión, de bitácora nada, pero de concursos menos. Si algún día le acompaña otro relato, y luego otro, perfecto, a lo mejor con el tiempo hasta consigo un libro de cuentos, de esos que tanto me gustan cuando tienen voz propia. Y si no aparecen más frases rebeldes por ahí, más fogonazos que acaben por alumbrar otros relatos, estupendo. No tengo ni idea. Sólo sé que ha sucedido, y que me gusta explorar en lo que hasta ahora me negaba. Hay un placer extraño en llevarse la contraria, en cuestionar nuestras certezas, en cambiar de disco, de amante, pero buscando lo mismo en cada piel, porque es muy distinto que te gusten las mujeres y te vacíes en cada arrebato, a que en ellas busques la mujer y te llene en cada encuentro. Beso los mismos labios en cada boca. También al escribir, acabo de darme cuenta.

Suena tan bien ese violín...

.........


Posdata para interesados y viandantes: parecen dos entradas más, largas, para variar, pero acabo de colgar sendas respuestas conjuntas a los comentarios en la versión original de “El valor del miedo” y “Quiero ser mileurista”. Santa paciencia la vuestra.

12 comentarios:

Marsu dijo...

Me alegra leer que estás escribiendo un cuento. No estuve de acuerdo cuando me dijiste que no eras buen cuentista; releí historias escritas por tí en el pasado, y confirmé mi creencia...eres bueno relatando, Sergi, a mí me parece que te mueves bien en esas parcelas pequeñas (y sigo diciendo que también en los poemas, hay algún ejemplo para mí genial). Aunque mi opinión es sólo la de una lectora, ya que yo no escribo; opniones más profesionales te darán otros comentaristas.

Una vez me preguntaron qué sentido preferiría perder, a elegir entre la vista y el oido. No lo dudé: he visto ya mucho (aunque nunca suficiente) y creo que la vista puedo suplirla, con el oido, con el tacto, con el gusto y el olfato, pero sin escuchar música "a todas horas" o sin oir la voz de las personas a las que quiero, no podría seguir. El s(o)n(ido) es para mí imprescindible e insustituible.

Creo que recoger patatas o melones o anudarse la corbata (o ponerse los tacones) o servir cafés y acabar demasiado cansado para ejercer la vocación verdadera...entra dentro de la discusión del fín y los medios, y de la legitimidad de usar los medios necesarios para llegar al fín, o la necesidad de disponer de esos medio porque a lo mejor, igual no hay quien llegue vivo a ese fin...Pero esto ya está fuera de sitio.

Y por si los duendes me han interceptado...recibí tu nota y te respondí; gracias por la imagen, que vale más que mil palabras.

Buenas noches.

Solvvinge dijo...

Cachis, alitas...
He querido linkearte con el segundo banner que has puesto a disposición de la concurrencia, y me dice que la opción no está disponible ¿es un error?
Disponla ya, anda xddddddd

Un abrazo, corazón.

Sol

marina dijo...

Explorar. Recorrer caminos que nos llevarán cada uno a fuentes distintas, algunas medio escondidas, otras ensordecedoras , otras tímidas. Pero el agua fresca es la misma. En el subsuelo todo es uno.
Sergi, un petonàs.

Sergi Bellver dijo...

Cuando recorro los mapas, recuerdo los viajes, repaso las caras y rehago mi vida, reconozco el mismo impulso en cada gesto, Marina. ¿Que por qué tanta redundancia? Es que Ovidi Montllor es de esa clase de hombres ceñudos y curtidos, pero de eco familiar en el paladar. Es como un vino pobre de tierra vieja, desapercibido en los escaparates pero entrañable en la mesa de los amigos. Da igual que nadie entienda, total, para los cuatro gatos que entran aquí...

M'ha tocat el que m'has enviat, amiga, certament la poesía, les lletres, ens fan gaudir encara més quan les diuen veus com la d'aquest homenot.

Petonàs al nas.

Sergi Bellver dijo...

Solvvinge, me has regalado una sonrisa, cómo te diría, como la de esos niños después del berrinche que al fin se contentan con un juego sencillo, y se olvidan del regalo caro del escaparate. Y es que venía hoy algo atrabiliario, cabreado con muchas cosas, haciendo espirales en torno a mi pesado ombligo, maldiciendo muchos libros y aún más silencios... letraherido, en suma.

Y viene una amiga a darme algo sencillo: un poco de sol de invierno. Gracias por poner al albatros ahí arriba.

Estrujabrazo talla XXL.

pd: estoy bregándome con el Passport para arreglar lo de los comentarios en Callecitas.

Sergi Bellver dijo...

Querida Marsu:

No eres sospechosa de buscar que te invite a cenar, porque me temo que ya habrás deducido que no tengo un duro. Estás del todo libre de cargos, inocente como un choto en este juicio, porque (que yo sepa) no tienes bitácora ni ínfulas de escritora, ni buscas contraprestaciones virtuales a base de hacerme la pelota. Por lo tanto, pongo todo mi empeño en creer en tu sinceridad de lectora y la honestidad de tus palabras, que por eso, y no por ellas, agradezco tanto. Dicho esto, cuando mi prosa tenga la mitad de peligro (para lo dado) que las cargas de profundidad de Zapata, cuando tenga la mitad, qué digo mitad, un décimo del calado de los relatos de Medardo Fraile, o un tercio de la brillantez de Eloy Tizón, a lo mejor empezamos a hablar de ser un buen cuentista. Y he nombrado sólo a autores vivos, por no recurrir al santoral. Esas “opiniones profesionales” ya me las da alguno que otro con la más implacable de las críticas: no regresando al albatros e ignorándolo. Por algo será. Que hoy en día se publique mucha basura encuadernada y en algunas bitácoras se encuentre uno cosas más dignas de vez en cuando, no justifica pensarse ya en el buen camino. Con todo lo que me falta por aprender, con mis muletas, ando mejor que algún velocista espabilado, no seré modesto. Pero sí humilde, y es que me arrastro y cojeo, comparado con los que sí me parecen buenos de verdad. Vamos, que sí, que me paso de rosca, que soy muy exigente, de acuerdo, pero no conozco otra manera de ser honesto y de llegar alguna vez a algo que merezca la pena, algo a lo que yo ya no le encuentre más grietas, algo que pueda entregar y decir “esto es todo lo que soy y lo que hago, no alcanzo a más”. Y por eso sigo exprimiéndome y explorando, creciendo, sin prisa pero con ansia. Esta bitácora es un gimnasio y una taberna, para el entrenamiento y el desahogo.

Virtualmente, claro, tienes una mariscada pagada en el Hotel Raffles de Singapur, por ponerme literario. Y no es por tu opinión amable, sino por el trabajo inaudito que te habrá tomado bucear en mis antiguos escritos, aquellos ejercicios del taller de cuentos y aquellos poemillas primerizos (me hurga curioso el gusanillo, eso sí, por saber cual te habrá llegado).
Después de estas divagaciones tan mías, comentar que nunca veremos lo suficiente, siempre hay un paisaje más detrás de la siguiente loma, pero que sí, un mundo sin música sería un infierno apenas soportable. Cuando lloriqueo con mis cuitas me acuerdo del sordo de nacimiento que nunca podrá captar de Mozart algo más que un leve y rítmico temblor en las tablas… y al compadecerme se me envalentona la cara de repente, afortunado y cretino.
Como afortunado me siento de que esos cuatro gatos que venís a trastear de vez en cuando al callejón seáis de tan distinto pelaje, pero de un valor tan reconocible, tan “de verdad”. Predijo una amiga mía que si alguna vez publico, seré escritor de minorías. Seguro. Pero ojalá sean como esta, felina, leal y espontánea.

Bis Bald, meine freundin.

Marsu dijo...

Respuesta rápida y apresurada, por si te pillo en línea...;)

A mi me encanta concinar, y nunca, "nunca", me quedan bien los platos. Mis comensales se chupan los dedos, rebañan las fuentes, se frotan la panza...y no dudo de su sinceridad, creo que de verdad les gustan mis guisos....pero yo no quedo contenta nunca. Y eso me hace mejorar.

Me encanta el marisco, aunque sea virtual. Sobre todo si me lo ofreces como pago a lo que tú consideras un trabajo, y para mí ha sido un placer. Ahora sí, en este momento he tenido que hacer un repaso "a toa leche, coñe..." para poder pegarte el verso que me gusta tanto...el gusto es algo muy personal, ya sabes...y éste me llegó, otros también, pero éste más.

La culpa de mi esperanza la tienen mis huesos

La culpa de mi penumbra la tiene este mundo

La culpa de mi sonrisa la tienen tus gestos

La culpa de mi llanto la tengo yo

La culpa de mi locura no tiene sujeto

De mi corazón sediento

nadie tiene la culpa

ni el motivo, ni una explicación

ni acaso el remedio

como no sea un vaso largo de ti

sin hielo


Y para mí, el oido representa más el mundo de las sensaciones que la vista. Es por eso que me es más necesario.

Das ist alles....bis jetzt.

Enrique Ortiz dijo...

Infiel.
Fíjate cómo se desliza una gran verdad: que la literatura no puede tomarse por buena si no resiste la lectura en alto. Eso, que no aparece en negrita ni en grande, me parece, además de hermoso, una meta a la que ir.

Por otra parte, Sergi, que tengas una libreta, que anotes, que pases al ordenador, que te plantees, que te replantees el oficio, significa que estás en ello y, créeme, no hay nada como eso: antes o después conseguirás lo que quieres, vendrá el texto como un milagro y lo sabrás, sabrás que has conseguido lo que querías.

Me gusta mucho la reflexión sobre cambiar de amante, de disco, eso de besar los mismos labios en cada boca. Creo que fue Sacha Guitry el que dijo algo tan obvio como "cambiar de mujer no es cambiar de gusto". Habría que hablar de eso que permanece sobre la humedad de esos labios que son siempre los mismos.
Un abrazo, Sergi.

Sergi Bellver dijo...

Siempre he creído, Marsu, en uno de esos arrebatos absurdos que a veces nos asaltan, y que sin embargo son capaces de instalarse en nuestras más firmes creencias como un dogma, que la gente que sabe cocinar, que adora cocinar para los amigos, sabe amar mejor que los otros. Es una estupidez como otra cualquiera, como calibrar la ternura de una persona por si prefiere los gatos o los perros, pero qué le voy a hacer, ya la tengo asumida.

Supongo que no debe ser casualidad que hayas escogido uno de los pocos "poemas" que yo mismo salvaría de la quema, tal vez porque tiene muy poco de malabar estético y mucho de vida derramada.

Danke schön, meine freundin.

Sergi Bellver dijo...

Cuando dije eso no quería darle la espalda al Ulysses de Joyce, o al faro de Woolf, o a Proust, Enrique, ni mucho menos cuestionar el castillo de Kafka. Tal vez la lectura de viva voz de esas palabras aturdirían al auditorio más dispuesto, pero aún así, insisto en esa noción en la que me alegro estemos de acuerdo. Deslizarse por las laderas del lenguaje, descomponerlo, ahogarlo en hipótesis, puede satisfacer el ego del erudito, tal vez (yo no lo soy ni lo seré nunca, prefiero el polvo del camino y el sudor de la alcoba, y escribir un librito pequeño, pero cierto, que el moho de la biblioteca y el olor acre de la senilidad, si no hay pasión detrás de las letras, aunque escribiera Ficciones), pero creo que lo único que importa es tener algo que decir, decirlo bien, y que el otro lo comprenda, lo aprehenda y participe. Sin sentirse obligado a aceptar un dogma o presionado a simular una aceptación que no siente y que sólo le impone el miedo a que le consideren un paleto.

Vamos, verborreas aparte, que si la literatura no se entiende ni emociona, deja de ser arte literario para convertirse en teoría del lenguaje, como mucho.

Y desde el otro lado, el más sencillo, si una redacción tiene fallos, de esos que a veces escapan a la corrección silenciosa, chirriarán de inmediato en una lectura en alto.

En fin, no sé si te acordarás de lo que le dice el señor Lobo (Keitel) a L.Jackson y Travolta cuando acaban de limpiar de sangre y sesos el coche, en "Pulp fiction", pero bueno, el caso es que me alegro mucho de que tipos como tú entren por aquí y me animen, sin palmaditas, con la idea, con la palabra, a seguir trabajando.

Un abrazo.

pd: yo no soy de Granada, pero por varios motivos es un hito en mi camino (me gustaron mucho las imágenes de aquella entrada tuya).

Anónimo dijo...

Apabulla el contenido, pero atrapa la forma. Como lo visceral gana terreno a lo racional. Como fluye todo e impacta por dentro...
Selecciono (cual humana), por lo certero y pasional, real y burbujeante :

"Sólo sé que ha sucedido, y que me gusta explorar en lo que hasta ahora me negaba. Hay un placer extraño en llevarse la contraria, en cuestionar nuestras certezas, en cambiar de disco, de amante, pero buscando lo mismo en cada piel, porque es muy distinto que te gusten las mujeres y te vacíes en cada arrebato, a que en ellas busques la mujer y te llene en cada encuentro".

Ya lo decía Neruda:
Muere lentamente quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos, muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las "ies" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos"

Te sigo la pista. Lo que leo, genera sensaciones y demuestra que sigo viva.
Un saludo.
E.F.

Sergi Bellver dijo...

Curioso, E.F., yo hubiera pensado que la forma, el continente, era precisamente lo que avasallaba un poco a las visitas, y hasta las ahuyentaba, y el contenido lo que hacía regresar a unas pocas. Pero te agradezco que me cambies el punto de vista por un momento. Me halaga estar siquiera en el mismo comentario que ese párrafo de mi admirado Neruda, y te agradezco sinceramente haberme hecho saber que, cuanto menos un poco, a veces acierto con la intención primera, la verdadera motivación que me lleva a escribir sin remedio: tocar algo en el otro, "hacer temblar las cosas" como me decía un cuentista.

Un abrazo y la bienvenida a estas alas.