Bitácora de Sergi Bellver: Malas noticias.

10/1/07

Malas noticias.

“El hombre común vive y ha de vivir de una manera tan convencional,
que la verdad en cargas de pólvora contribuye más
a desmantelar su credo que a fortalecerlo”.

Robert Louis Stevenson



La pintura murió. Las señoritas de Avignon ya enviudaron, y musitan en un corredor del asilo, meciendo su cabeza hacia el patio, en el que todavía gimotea un poco la lluvia. Danae se hizo un corte en el muslo cuando trataba de saltar afuera para respirar el aliento fresco de la tormenta, y por los ventanales corrieron regueros de sangre y oro, diluidos en el agua. Los peces eléctricos del crepúsculo ya desaparecieron, vertidos por la puerta de atrás sobre la acera del horizonte, mezclados con girasoles mustios y la basura del callejón. La granada, la abeja, el cabracho, los tigres y los fusiles se precipitaron al suelo y el polvo los va cubriendo en un trastero. Ya de noche, colgado de la cornisa de un colegio vacío, el último lienzo se deshace en goterones, corroído por la orina de un loco suicida y excremento de palomas. Aún permanece un grupo de ellas, grises y sucias como buzones, que observan la escena desde una azotea cercana. La pintura murió, lo saben esas palomas urbanas que gorgotean en la azotea de una oficina de patentes. Murió, aunque fue hermoso verla agitarse antes de caer, como lo es aprender otras maneras de gozar la carne del amante, de procurarle tensión a su espalda y campo abierto al grito, mientras dura ese cortejo con el que vamos cobrando conciencia del otro, y en cuyo delirio y abandono hallamos la medida de nosotros mismos. Sólo entregados al lienzo virgen del otro, traza la vida nuestro verdadero nombre. Antes de eso, todo son palos de ciego, después, rutina y desencanto. Así la pintura murió hace mucho, y la enterraron con una lápida sucia y gris, como una pizarra sin maestro, en un rincón del cementerio al que van los cuervos a recitarse poemas, entre árboles pulidos por el invierno. De vez en cuando, con rumor de mocos y suspiros, se deja caer por allí alguna comitiva de echarpes y chisteras, que se descubren con ceremonia y repasan de oídas la vida de la muerta, atentos durante un rato a las palabras del vecino, antes de dar por terminada la salmodia, despedirse, desandar el camino, y sacudirse esquirlas de hojarasca de los hombros, adecentando una ropa que en su vida jamás mancharon óleos, acuarelas, ni sangre dorada. Hay que ver cuánto aman el aire embotellado, estos cuervos sin alas.
Ya no hay nada que pueda volverse a pintar como por primera vez, porque lo gastado es el pincel y no el motivo. Ya no tiene gracia seguir haciendo piruetas, con algún sabueso pegado al trasero, anotando los grados y la altura de cada giro. Te hablo de ella porque es más fácil llorarle a un rostro que puedes dibujar en tu mente, porque entenderás que no es esa cara la que no puede invocarse otra vez, sino la mirada, la capacidad de conmoverse, la que ya se ha perdido para siempre, de tan adiestrada como la dejó la costumbre. Te hablo de la pintura con este rodeo azorado, sopesando el calibre de la impresión en tu gesto antes de darte el segundo mazazo, porque me resulta más difícil, y más doloroso, decirte que la novela también ha muerto. Me cuesta contártelo, me resisto a creerlo, pero en mi interior sé que es cierto. La novela se nos murió, se le gastó la voz, desperdiciada en palmoteos y operetas. Queda el recuerdo de algunas actuaciones memorables, irrepetibles, cuando a esa voz se le quedó pequeño el escenario, y eclosionó. Cada vez que rebosó el vaso y la existencia se derramó incontrolable, desbordando la ciencia de los cuervos sin alas que aman tanto, hay que ver, la vida envasada. Por supuesto, hay mil historias que no se han contado, mil anécdotas que rescatar de los anales, si acaso alguna penúltima utopía que atisbar, y, por descontado, legiones de códices rentables y pingües maleficios. Pero aquella capacidad para el estremecimiento se perdió, maltrecha como la dejaron el cinismo y la severidad de las papadas satisfechas, que en toda su maldita vida lograron, ni media vez siquiera, contagiarle al prójimo un temblor placentero.
La novela nació del hambre y hoy no es más que un guiñapo abotargado por los excesos. Surgió de la voracidad del insatisfecho, y ahora le chorrean la espuma y el lodo por las comisuras. La novela fue un “gran blanco”, un tiburón voraz que creía reconocerse en la depredación y el ansia, pero todo el mundo sabe que lo que en realidad mantiene con vida a un tiburón es el movimiento, y que a este se le acabaron los mares y las migraciones, y se hunde a plomo hacia el fondo de la pecera. Los cuervos sin alas pegan la geta al vidrio, y miran cómo desciende, y miden la trayectoria y la velocidad del pecio contra el fondo, aunque sólo ven sus caras reflejadas en el tanque, sin haberse mojado siquiera una vez de veras el plumaje, ni haber sabido nunca del salitre en las venas.
La novela murió hace un tiempo, y siguen paseando su cadáver de aquí para allá en santa comparsa, con mortajas de colores, satinadas, parecen como de seda, a la moda, buen paño. La gente se lo lleva a casa y lo acuesta sobre el televisor, o en ataúdes acolchados junto a la almohada. A veces lo exponen en alguna vitrina, como reliquia a la vista de todos los fieles. De cuerpo presente, como atrezzo de una comedia ateniense, imprescindible, pocas semanas en cartel, no se lo pierda, no se es nadie si no se está allí, en una réplica moderna de teatro griego, como cualquier parque temático rodeado de autopistas y aparcamientos.
Taxidermia, arqueología, arte funeraria, no sé a qué demonios me dedico, pero aún sigo envolviendo mi deseo y forrando esta momia de vendas, ungiéndola de bálsamos, en silencio, con el amor de una madre desquiciada que asea el cuerpo frío e inerte del niño, para que no se marchite. Sigo escribiendo mi novela despacio, porque la muerte es casi tan frágil como la vida, y entre las manos se me puede quebrar, pero sin detenerme un instante, o pronto toda la casa empezará a apestar. Es curioso amar la vida a través de un funeral, reunirse con los amigos y celebrarla con el moscatel del velorio, apreciar el aroma de los crisantemos en pleno sepelio, reparar en la contundencia de las curvas de la bella viuda o detestar la vulgar pantomima de las plañideras. Escribo algo muerto, lo sé, un nicho por el que pululan fantasmas, personajes, conflictos, voluntades, paisajes y neblinas luminiscentes, fuegos fatuos, pero quién sabe… en los cementerios crecen más hermosos los árboles y la vida tiene el silencio y la paz justas para rebrotar feraz en cualquier momento. Cualquiera diría que de algo tan inerte y pedregoso como una semilla, puede nacer un día un ciprés que te señale el cielo y la tierra con su vértice y su sombra.

8 comentarios:

MaleNa dijo...

Diras que la pintura murio, que la novela tal vez.

No lo creo, nosotros sabemos..

No derrotes mi alma, querido Sergi.

Pinto debajo del cipres y nada deja de volar.

Te abrazo siempre.

Miguel Ángel Muñoz dijo...

Bellísimo texto, Sergi. Melancólico y certero.
¿Certero? ESpero que no, amigo. Espero que te equivoques en algo y tu canción tenga alguna melodía equivocada, un tono fuera de lugar, un ritmo que puede todavía cambiar. Hay que darle la vuelta a las cortinas manchadas.
Un abrazo, y gracias por tu enlace. ¿Qué voy a decirte que no sepas?
Un abrazo.

srcurri dijo...

Coincido con Miguel Angel, qué bonito texto. Pero me niego a creerlo.

De la pintura se dice que desde que se crearon otros métodos de registrar la imagen -la fotografía y el cine principalmente- dejó de tener sentido.

La novela se muere cada año -por norma general, una o dos veces- y se muere siempre que alguien se da cuenta de que ya se han usado todas las formas posibles, que nada sorprende y todas las novelas son, sino iguales, muy parecidas.

Pero entonces... ¿por qué no se muere el cine? -no hablo del cine español, sino del cine en general-. También hace muchos años que todas las historias en el cine son la misma con pequeñas variantes, que los cambios de forma y ritmo son, de tan sutiles, casi inapreciables, como podríamos decir de la novela.

Yo, de momento, me niego a creer que se muera nada. Lo que se muere es nuestra inocencia conforme aprendemos. Pero tu novela, ya verás, va a estar muy viva.

Un saludo!

Isabel Romana dijo...

Hola sergi, coincido con los demás contertulios en que has escrito un texto muy hermoso, algo a lo que, por otra parte, nos tienes acostumbrados. Hay en él una pena profunda, pero me agarro a esa frase final en la que asoma la esperanza. La vida se contiene en la semilla más pequeña y nos sorprende. No creo que haya muerto nada, ni la pintura, ni la novela. Otra cosa es cuándo veremos germinar una semilla que devenga alta y emocionante como un ciprés. Besos.

Paty dijo...

Hola Sergi!!

Como siempre, disfruto de la belleza y plástica de tus textos. Eres apasionado de los míos, pero con más gracia, eso sí...

Sólo una pregunta: ¿Por qué han muerto?

Besos y abrazos desde el otro lado del mar.

Olvido dijo...

No te detengas Sergi, aunque el pincel se haya gastado y la tinta de la pluma se quede seca, mójala en tu saliva donde se alojan las palabras.
Un abrazo

Marsu dijo...

Acuérdate del fénix, Sergi...si él renació de sus cenizas, si puede renacer cada vez que muere....la novela también puede ser ave fenix. Las cenizas y la muerte pueden ser sólo el principio.
Tu mirada es triste.

Mamen Somar dijo...

Nada está muerto si no hay olvido.
Puedes pensar que las cosas terminan estériles después de tanta ilusión y de tantos planes. Pero no es cierto; todo lo que se revuelve, ya sea de un lado u otro tiene vida. Sigue y encuéntrale el pulso en otros ojos, esos mismos que te leen y encuentra un genio en cada frase, en cada expresión y cada gesto.
Siempre encontré en los cementerios una rara belleza a mitad de camino entre el silencio y la tristeza. Tal vez fueron los cipreses y la luz intensa que reflejan las losas pensando en su oscuridad interior. Llámame rara pero creo que hay cosas peores que un cementerio...
Un beso Sergi.

Ahhhh, que casi se me olvida. Cambié de lugar y ahora estoy entre horas perdidas.
Te espero y me cuentas...