Bitácora de Sergi Bellver: La desnudez recobrada.

31/1/07

La desnudez recobrada.

(O introspección matinal provocada por la lectura convaleciente de Yourcenar en la madrugada, y el regusto salado de alguno de los sueños posteriores, en el primer bostezo, con vaga presencia de una oscura espalda femenina).

”La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana,
un poco como las grandes actitudes inmóviles de las
estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio,
y posteriormente, la vida me aclaró los libros”.
“Memorias de Adriano”
, Marguerite Yourcenar


No creo en la literatura como panteón de dioses graves y deidades menores. No hay jerarquía ni estirpe que justifique la proliferación de capillas y altares en los que velan armas los hermanos fraticidas. No hay paternidad ni vasallaje entre los distintos acentos de la literatura, y sólo un necio puede apostarse en uno contra el otro. No hay verdad que resista incólume los embates del cínico si no se hace flexible, como el tronco de un árbol joven, ni mentira, por fragante y carnívora que sea, que no albergue una hebra de razón en su tallo. Así como la fe, el agua límpida del arroyo, es el único sustento veraz de la espiritualidad y la religión es sólo el lodo con el que la tosquedad del hombre la enturbia, el arte de la palabra es la savia única que bombea desde la raíz al filo de las hojas, y todo lo demás no es sino desperdicio de los días que comba las ramas. Poesía, relato, novela, teatro… no son caminos, sino caminares del mismo viajero. No son liturgias, sino experiencia. En la escuela del tiempo, las materias que asimila no llenan compartimentos distintos en el lego, sino que van colmando poco a poco la vasija única del hombre sabio. Por eso, los que aprenden credos y fórmulas de carrerilla, difícilmente aprehenderán lo que hay detrás de todo ello, y se tendrán aún por buenos estudiantes, por proyectos de erudito, por creadores, en la peor de las falacias, apilando legajos en anaqueles separados. Aquí la emoción y la centella, vaya la poesía pues, aquí la comedia humana, diez tomos de tragedias, aquí la novela, dos librerías hasta el techo, aquí un hueco para los saltimbanquis, un par de estantes para el relato. Aquí no va la prosa, que me desordenas los acertijos. ¿Qué haces? No, lírica en el relato no, demonios, que fastidiamos el gesto. ¿No lo ves? Hazme el favor de quitar de ahí esa fiebre, no me vayas a contagiar la novela. ¡Hala! Ficción y biografía, nada menos. ¡Venga! Fervor en la trama, ¿pero tú eres idiota? Déjalo, anda, ya sigo yo, que no te enteras.
No, no me entero, ni quiero. Con el tiempo he desaprendido lo suficiente como para poder recordar otra vez cómo eran las cosas antes de que me las dieran digeridas. Le he perdido lo justo el respeto a las leyes, como para franquear alegremente las fronteras y volver a ser un nómada, a caballo entre el libro y la vida. De nuevo soy capaz de descubrir territorios en otro cuerpo y encontrar asilo en el sudor de su extenuación. He vuelto a leer libros desnudo y atento, y he dejado de aceptar las lecturas de otros como señuelos. Bastante confusa es ya la ficción del mundo como para dejarse guiar por lazarillos tan viciados, y sólo por nuestro propio pie, desollando el alma descalza si es preciso, podemos llegar al corazón del espejismo y descubrir si era en verdad un oasis o sólo el reflejo de otra bruma huidiza. Nadie puede enseñarnos ese trecho, de ninguna otra mano podemos aprender a ser los que seremos, hasta que lleguemos. Tanta impostura he encontrado en poemas arcanos, tanta futilidad en las piruetas de ciertos cuentos, vanidades tan hueras entre las peroratas de tantas novelas, que hoy sólo me preocupo de tener la carne bien dispuesta, para cuando llegan los anzuelos de la verdadera literatura a salvarme de esta tediosa laguna. Tanta deslealtad, humores tan caprichosos, pieles tan lejanas en el abrazo ensayado, fuentes tan agotadas en las bocas mordidas, frases tan vueltas sobre sí mismas, arenas tan movedizas en los países del otro, que ahora sólo me ocupo de mantener atenta la mirada, por si se cruzan los ojos de alguna intención genuina, alma hermana y en paz, para asomarme a esa dichosa ventana.
Haber recuperado la humildad y la audacia en la misma actitud, despojado de viejos harapos y expuesto el pecho al frío, hace que pueda volver a celebrar la vida y los libros de la única manera que me suena a cierta, temblando y a gritos.

2 comentarios:

Marsu dijo...

Como siempre, me ha gustado tu texto, y comprendo y me gustaría compartir al cien por cien tus palabras. Pero si me lo permites (sé que me lo permites)....creo que muestras aquí más audacia que humildad. Y no me parece mal, en absoluto, y me alegra que tú estés en ese momento; yo sigo necesitando consejo, ayuda y guía para encontar la aguja en el pajar. Y sigo buscando en lo aprendido, en lo recibido "digerido", para analizar, aceptar y desechar por mí misma. Sigo confiando en las recomendaciones, aunque selccionando los prescriptores, y eliminándolos de mi cátedra de maestros cuando sus "joyas" se revelan como bodrios. Sigo aceptando las lecturas de otros, pero eso sí, usando mi propio cedazo para guardarlas o devolverlas al río. A veces el problema no está en perderse en el camino, sino en no saber a dónde se quiere ir realmente. Y entonces está claro que nadie puede ayudarnos...

Gracias por tu nota, te he escrito de vuelta, ya que no recibí la primera; espero que los duendes se porten esta vez.

olvido dijo...

Vaya cambio de registro. Seguro, firme y contundente. Al fin y al cabo digerir lo aprendido sin tener que hacer la misma digestión que los demás. Qué mejor que resbalarse entre las letras y el sudor de un cuerpo ajeno. Leer a pecho descubierto.
Hay mucho que aprender para desaprender, pero veo que tienes fuerzas para ello y noto ese ‘enfado’ delicioso que da el pararse y preguntarse de nuevo ¿qué? ¿hacia dónde? ¿para qué?
Cuidado con esos anzuelos Sergi;-)
Un abrazo y buenas noches