Bitácora de Sergi Bellver: Del nómada estelar (IV).

4/1/07

Del nómada estelar (IV).

"La bombilla que brilla con el doble de intensidad dura la mitad
de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy."

Tyrell

B.S.O. "Blade Runner": Memories of green.


(Mientras falle el servicio de alojamineto original, de prueba):


Un pobre idiota que, a pesar de los batacazos, aún cree en las reinas magas, y, bien altas las cejas, como el mocoso que se embelesa con la forma de una nube, espera su regalo. Un paleto convencido de que se lo traerán todas aquellas cartas en las que volcó su testarudez, aunque ese regalo no existe en ninguna parte, más que en el vago cordel de incienso de su imaginación. Un hombrecillo en el andén de la estación, encogido de hombros y haciendo memoria de los trenes perdidos, al otro lado del cristal, apenas un borrón fugaz en el que no repara la mirada adormecida de los viajeros. Un apátrida con pasaporte, polizón en un barco fantasma, sin vocación de perdedor, soñando en secreto con salvar el mundo, pero enfundado en un traje prestado, gastando un nombre marcado en el reverso de los naipes, que de vez en cuando sigue confiando en ganarle la mano al tahúr del tiempo. Un perrucho callejero que por el día ayuda a cruzar la calle a un ciego, orina en los abrigos de las señoronas o roba tiramisú en las pastelerías, y por la noche se adueña de los parques solitarios, donde olisquea a cualquier perrita con pedigrí, buscándole los instintos de loba, por el placer de mezclarse. Un infeliz que aún conserva unos cuantos jirones de fe y unos retales de deseo, con los que a veces logra tejer un parco sombrero, para guarecerse del silencio cuando sopla demasiado frío, para quitárselo siempre que llueve, para saludar jovial a la gente que se mira a los ojos por la calle, para despedirse del público tras el último acto. Un pobre idiota que aún cree que valdrá para algo su ineludible necesidad de dejar por escrito lo que le late, como si de esas huellas se pudiera recomponer el puzzle de una identidad, como si a alguien fuera a importarle. Un hombrecillo que desea muy pocas cosas, pero las desea demasiado, y escribe mucho. Apenas soy algo más que eso: un paleto sediento. Por qué escribo lo sé, pero cada vez me pregunto más para qué narices lo hago.
La experiencia de escribir, tal como la percibo, insisto, es otra cosa, y en esto no importa el lado del papel. Al intentar, casi siempre en vano, materializar en palabras lo que me conmueve y aturde, creo estar comulgando con la misma avidez que impulsó e impulsará a otros a buscar rastros en el lenguaje y seguirle la pista a la vida. Algunos genios aún fueron capaces (ahí no llegaré jamás) de rebasarla y dejarle señuelos a lo real, para abrir senderos nuevos, pero esos, cuando hienden la tierra, son bisontes blancos que confunden a la parda manada, siempre lenta de reflejos, hasta que la polvareda se disipa y los caminos vírgenes cobran forma. Soy sólo un torpe cuadrúpedo que embiste al vacío de la noche, también tardo en reconocer esos senderos, lo más que alcanzo es a orillarlos con mi hocico, y sólo tengo claro que en mi memoria siguen presentes las verdes laderas de mis ancestros pero que mi paisaje no termina en la pradera. Para entenderme con esto de la escritura me bastan los maestros, los adelantados de la manada, y la precariedad de mi talento, a su lado, desbarata todas mis tentativas de decir algo que merezca la pena ser escuchado, pero la voluntad y, sobre todo, la efervescencia del deseo son las mismas. También en el otro lado, como puro lector, a veces me asalta un fogonazo súbito o me rodea un halo de lucidez sostenida desde las páginas de ciertos libros, y esa paleta de autores de éticas y estéticas distintas, aún en toda su gama de frecuencias (colores y voces que componen la misma luz), confirma mi noción de lo que de vivencia tiene la literatura.
Vivir de las letras no es ningún pecado, siempre que resulte la consecuencia de un afán anterior y no el fin último. Quedarse a vivir en las letras y olvidarse la vida en el camino es, cuanto menos, una huída más, la estrategia del ave corredora que entierra su cabeza en la ficción. El mundo es el que es, y la fealdad o la belleza son sólo dos estilos de lo real, o dos imposturas más, que diría el desertor Bardamu, y la existencia es un laberinto inextricable de afinidades, del todo imprevisibles, que otorga su público a cada comediante. Por eso hay mulas y pura sangres en las mismas cuadras. Hagan juego, pues, señoras y señores, ya que la ruleta no tiene dueño y la bola caerá siempre en una casilla sin fondo. En realidad no importa lo que hagamos, sino lo que hará con ello el paseante que recoja nuestra apuesta. Una pirueta más del trapecista, una expresión quebradiza en la cara empolvada del payaso listo, el lamento y la euforia, desmedidos siempre, del payaso tonto, la mirada enjaulada de un sucedáneo de tigre, la comparsa de los enanos, el infinito rencor del elefante, todo el espectáculo del circo, con su triste algarabía, captará miradas aquí y allá, recaudará indiferencias y apegos por igual, y aún habrá una cuadrilla de monosabios que estudien el asunto con severidad, tratando de calzarle un birrete académico al oso de feria. Todo es perecedero y prescindible, de modo que el único sentido de la función, para el saltimbanqui que escribe, es hacerle evocar al público un trasunto de miedo y audacia, dejarles una duda colgando del hilo, poniendo en riesgo su voz en cada acrobacia, y cayendo de pie o partiéndose la crisma con la misma disposición.
Escribir así, con la desnudez que marcan las ceñidas ropas del acróbata, es hacer equilibrios en todas partes. Es deshacerse del timón y temblar, extender los brazos para abarcar la incertidumbre, aferrado a babor y estribor en una canoa desvalida, con el fragor de las cataratas al fondo, acercándose al abismo, y recobrar el aliento de repente, al abandonar la nave y zambullirse en el río, como un pez que se salva. Es un modo de ahogarse en las cosas, de respirar entre la luz y las sombras, un acto reflejo del aullido y el gesto ante lo terrible y la belleza, un testimonio de cómo es “el pensamiento capaz de transmutarse, todo él, en sentimiento, y el sentimiento capaz de devenir, todo él, idea” (*); el territorio en el que espíritu y razón se hacen país y bandera; un resquicio por el que alargamos la mano, persiguiendo en vano lo intangible, que se nos escapa y nos marca un rumbo al tiempo; una epifanía o una condena, tanto da, una entrega absoluta a cada herida y cada tragaluz que la vida nos abre en la carne, como un san Sebastián ensaetado, o la apostasía de todo lo que nos ha sido impuesto, no como un san Pablo descabalgado que cambia un fanatismo por otro, sino más bien como un Ángel Caído que se desdice de obediencias a dioses vengativos y refunda su propio Edén.
La tinta que derrama un escritor sobre los folios, o los bits que gotean de sus dedos por estas ventanas de silicio, le incumben a la pulsión y el deseo de decir algo, tanto mejor cuanto menos convencido esté de la dirección de sus pasos, y más abierto a dejarse llevar por la corazonada, pues la obra que encaja con precisión relojera desde el primer bosquejo corre el peligro de convertirse en un divertimento más, o en otra labor de confitería para el paladar del monstruo, en esa pérfida auto-censura de la que hablábamos, si comete el error de tomar a la razón como única maestra de ceremonias. Nos habitan demasiadas potencias bajo la espesa capa de la cognición como para mellar de entrada nuestra voz. Hay algo que está por encima del talento mismo, a la misma altura que el trabajo, y es el poderoso brío de la intuición. Bregada en el trabajo arduo y honesto, impulsada por los latidos del talento, si nos asiste, esa tinta colmada de intuición y deseo brota de unas venas que nada tienen que ver con esta otra anatomía de la industria. Escribir en una cabaña del bosque, alejado del mundo entre las dunas y la brisa del mar, o en una pensión de mala muerte y pura vida, zarandeado por el guirigay mundano de cualquier ciudad, incluso escribir sobre una mesa de nogal pulido y ebrio del olor a memoria encuadernada, si cabe, hasta escribir sin piedad arramblando con la paciencia del otro en una bitácora, como le sucede a este albatros en secano, lo que sea, pero escribir volcado en ese legajo de vida sin pensar en lo que queda al otro lado de la cubierta. O todo seguirá moviéndose tibiamente para quedarse en el mismo sitio.
Decir, decir, decir, y no hablar más de ello.

(*): de “La muerte en Venecia”, Thomas Mann.

3 comentarios:

Jose Zinc dijo...

Feliz año, Sergi!
Veo que después de una larga etapa de secano los últimos días han sido generosos en actualizaciones. Como siempre en tu post hay algunas frases que envidio sanamente: “Un hombrecillo en el andén de la estación, encogido de hombros y haciendo memoria de los trenes perdidos...”
¡Que viva la incontinencia verbal, esa divertida dolencia!
Abrazotes

Isabel Romana dijo...

Celebro encontrarte con una prosa tan rotunda, tan llena de pasión. Leyéndote, me parece que todo se queda pálido alrededor. Sigue, querido amigo, batiendo tus alas. También el secano es una ilusión. Besos y feliz año.

ÁNGEL ALAS DE PAPEL dijo...

Escribir y preguntarse por qué
Escribir e intentar decir el cómo, el cúando...
Escribir fue una condena pero lo mismo que ajustició a los locos en su soledad...

Me ha gustado mucho tu mirada sobre una realidad muchas veces obviada...

Y me ha recordado un poema de Enrique Lihn " Porque escribí"

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-.


Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,

porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.


Saludos, palabras, intentos de realidad...

Feliz año nuevo..