Bitácora de Sergi Bellver: 2007

31/12/07

Quemar las naves.

El acto creativo y la asunción del libre albedrío son dos tareas hermanas. A primera vista, todo el mundo se supone libre y todo artista se dice creador, pero lo cierto es que los humanos solemos seguir la vereda marcada, aun sin admitirlo o tener siquiera conciencia de ello. Por eso el acto creativo y el pleno ejercicio de la libertad beben de la misma fuente y necesitan de la misma dosis de valor y soledad. Valor para estar solo, soledad para no rendir cuentas a nadie ni esperar su aprobación. Pero, del mismo modo que la semilla no germina si no llueve y la leña no arde bien si no está seca, la creación y la libertad no son auténticas, no iluminan ni calientan hasta que no se evapora la misma humedad que antes ayudó a crecer al árbol. La gente luego se ilumina o se calienta, eso es cosa suya, pero el fuego no piensa en la leña ni espera bendiciones: arde.
Aprovecharse de la madera. Saquear el bosque, esparcir las tablas en el astillero, armar una flota y conquistar una playa inútil al otro lado de nuestra obra. Y después saber que nada está hecho, que el reconocimiento será espuma y marea, que fuera del gesto todo está vacío. Es entonces cuando hay que quemar las naves, atreverse a olvidar el camino de vuelta a la fuente y atravesar el desierto a solas, con firmeza, sin echar la vista atrás y dejando que sea el tiempo el que juzgue si a nuestro paso brotó un bosque nuevo o fuimos tan solo otro grano de arena perdido entre las dunas.
Para crear algo nuevo hace falta haber heredado las herramientas y merecerlas, para ser libre es necesario conocer las opciones y renunciar, y para encontrar un camino nuevo es preciso haberse atrevido antes a estar perdido, desorientado y expuesto. Sólo es valiente quien tuvo miedo, sólo quien conoce de veras las reglas tiene la legitimidad para saltárselas, y sólo el baqueano tiene coartada para prescindir de los mapas. El talento tiene más que ver con la audacia y el esfuerzo que con el don azaroso, porque una cualidad especial en manos del creador no es más que la chispa del pedernal. Sin una yesca seca no vale de nada, y el arte es una hoguera que prende mejor en la renuncia, y arde despacio, solitaria, para marcar un punto de luz en la distancia a los viajeros que también se atreverán, que también se tomarán el trabajo de no conquistar a nadie más que a sí mismos.

*

Termina un año especial, raro y agridulce. En esta orilla nueva apetece quemar las naves y sentarse a contemplar cómo se hunden las fogatas en la garganta oscura del océano. El océano es a veces un artista ambulante, un tragafuegos que se gana la vida de puerto en puerto, escupiendo hallazgos y engullendo espejismos. Así me parece haber asistido a un espectáculo callejero, desde esta acera del muelle en la que ahora estoy sentado, despidiendo a los feriantes que la ciudad engulle entre sus acantilados de hormigón. La ciudad suele ser una puta amable, una madre valiente que se gasta la vida en cada aliento y sólo le pone precio al tiempo, tolerando a sus hijos y pariendo bastardos. Así veo la realidad en este día y desde esta orilla, un naufragio en brazos amables, belleza en la pérdida y suciedad en el refugio bendito, fin del viaje y patria nueva, isla de asfalto desde la que comenzar otra vez. Mañana, como decía uno, es el primer día del resto de nuestras vidas. Sin heroísmos, sin salvas de honor, sin hacer mucho ruido, botaremos una balsa de madrugada y bogaremos calle abajo, despacio, a reinventar el mundo.

*

Recordaré el 2007 como el año en que comencé mi camino al otro lado del libro, un 23 de abril, precisamente, como inmejorable augurio. El año en que aprendí a olvidarme un poco de mí mismo y a ver las cosas desde otro prisma, un punto de vista poliédrico que abarca más, que abraza a los demás sin esconder la mano izquierda. Por eso la ventana para vosotros, los relatos mínimos y el espacio abierto de par en par. Por eso todo lo que vendrá, si lo que no está en mi mano me asiste, que no dejaré ninguna otra cosa al azar, sino al esfuerzo. Los libros de otros, la revista tal vez, y cualquier otra balsa de papel y letras en la que me embarque. Quiera el 2008 que en el otro libro, el mío, mi mano «diestra» deje por fin su firma para que de una vez sea también vuestro.
El que hoy termina será para siempre el año en que tiré a la hoguera las cartas estériles, la esperanza baldía, la inocencia inútil, y al calor de esa llama, mientras con el atizador voy removiendo las brasas, hoy la ropa vieja se consume y ya no hay disfraces que valgan, que la desnudez era esto y no enfundarse en una piel sólo dicha pero no curtida. Amar no era esto, ahora lo sé, y desnudo ya no espero más que un poco de sol cuando amanezca. Dudo que mi memoria le ponga fecha, aunque el olvido deberá señalar este 2007 como el año en que algo se quebró en mí para siempre, pero lo que primero pareció una pérdida irreparable, resultó ser tan solo una grieta en el caparazón, un modo de rasgar el viejo abrigo de seda y de una vez volar, sin presumir de alas, como el insecto que no piensa en aquella larva reptil que un día fue, ni espera bendiciones, y vuela, sin más. Y volando vive, sin mucho plazo, saciando su sed aquí y allá mientras fecunda cada copa y trata de no romper ninguna. Libre entre los árboles, trazando fractales en el aire nocturno, hasta que en una inevitable vigilia, a la orilla del bosque la luz de un porche le hechiza, y se arma de valor ―o de locura― para arrojase a la llama. Es entonces cuando su naturaleza, su cuerpo de papel y polvo se inflama y cruje en un fogonazo, y cae sobre la tierra húmeda, en una muerte útil.

*

Lo mejor de 2007 fueron ciertas manos tendidas, algunas de ellas las vuestras. Sed valientes y no dejéis que vengan a buscaros los temores y las dudas del pasado. Quemad las naves. Tomaros la libertad de salir a por aquello a lo que os impulsa el deseo. En este día, el mío es un 2008 útil y encendido para todos aquellos que se atreven a crear y a creer en la belleza.

28/12/07

Vuestras favoritas de 2007.

Pensaba hablar de aquellas bitácoras en torno a la literatura (y otras iniciativas relacionadas con ella en la red) que más me han gustado en este año 2007, que ya va haciendo la maleta, pero se me ocurre que vosotros también podríais participar con vuestra opinión. En cierto modo ya estoy hablando de esas páginas al haber seleccionado arbitrariamente la labor de sus autores para las encuestas. Tan sólo es una forma de contrastar pareceres. Podéis dejar en los comentarios cualquier otra sugerencia, divergencia, o alegato, así como la dirección de otras bitácoras que desconozco y para vosotros resultan imprescindibles, descubrir nuevas pistas, etcétera. Cualquier aportación (y cualquier crítica) es bienvenida si se hace de buena fe, y lo mejor de todo esto sería que cualquier lector (y me incluyo, por supuesto) descubriera nuevos lugares en los que mereciera la pena emplear un poco de su tiempo frente a esta pantalla.
Los candidatos no se han postulado, varios ni siquiera saben de esta bitácora y alguno incluso la detesta (a ella o a mí, su responsable). Así que no hay amiguismo en esto, o hubiera incluído a otras, que me han acompañado y aportado mucho durante este año. Simplemente os propongo unas páginas que, relacionadas con lo literario y por su trayectoria y su trabajo, me parecen destacables. Seguro que hay otras interesantes por ahí, pero o no las conozco, o apenas las he visto. Hay tiempo para votar hasta las 14.00 (ya sabéis, en zona GMT +1.00) del próximo 6 de enero de 2008, día de Reyes (cabe la posibilidad de prorrogar el plazo, depende de vuestra participación) [*]. No habrá carbón para los chicos malos (a las chicas malas, las mejores, les pediría el teléfono si acaso) ni premio para los elegidos, más allá de saber que cuentan con la admiración o el respeto de, al menos, los lectores de este sitio. Lo suyo es que dichos lectores conozcan de antemano esas bitácoras o revistas virtuales, o no tendría mucho sentido que votaran. De todos modos, quien tenga dudas con algunas direcciones puede consultar la siguiente tabla, o la sección de enlaces, donde están casi todas. Las encuestas las he colocado al final de la barra lateral, para evitar problemas de espacio. Suerte.

Categorías:

• Revista literaria virtual:

Avión de papel.
Dos doce.
El coloquio de los perros.
Hermano cerdo.
La máquina del tiempo.
Letralia.
Literaturas.
Narrativas.
Palabras diversas.
Siete de siete.

• Bitácora sobre literatura:

Apostillas literarias (Magda Díaz Morales).
Cuchitril literario (Palimp).
Diario de lecturas (Vicente Luis Mora).
El lamento de Portnoy.
El síndrome Chéjov (Miguel Ángel Muñoz).
Vivir del cuento (Antonio Jiménez Morato).

• Bitácora de creación literaria:

Caída libre (Balcius).
El detective amaestrado.
El hombre del Bósforo (Ignacio Jáuregui).
Ideas y Fragmentos (Xavie).
La casa del nadador (Juan Manuel Gil).
La orgía perpetua (Ana Muñoz de la Torre).
Las cosicas del Sr. Curri (Antonio García Fernández).
L'habitació d'Arles (JordiX).
Mujeres de Roma (Isabel Barceló).
Relataduras (Juan Carlos Márquez).


Resultados de las votaciones


[* fue prorrogado hasta las 14 horas (Zona GMT +1.00) del 8 de enero de 2008].

21/12/07

Buenos deseos.



Nota insulsa: no tengo ningún problema con la ********, aunque en todos estos días no haya pronunciado aún la frase «Feliz *******», ni piense hacerlo. Soy agnóstico, vale, eso sí, pero os aseguro que no tengo ningún episodio ciclotímico por estas fechas, ni les otorgo mayor importancia por antítesis, ni voy gruñendo al estilo Mr. Scrooge por los callejones, ni escondo la cabeza en cualquier agujero, esperando que pasen pronto. No, simplemente, he desarrollado una sana indiferencia hacia la ********. Lo del cambio de año me hace más gracia, no sé, me suena más auténtico, aunque no deje de ser otro artificio, eso del calendario. Deberíamos celebrar el advenimiento de la primavera, como verdadero renacimiento de todas las cosas, pero entonces el Hemisferio Sur lo haría en otra fecha. Y, al fin y al cabo, la Iglesia cristiana ―septentrional y nombriliste― eligió que el hijo del carpintero naciera el 25 de diciembre, *******, para hacerlo coincidir más o menos con las fiestas paganas del renacimiento del sol, puesto que tras el solsticio los días comienzan a ser cada vez más largos y las noches más cortas, lo que le venía bien al mito de la luz que venía al mundo a disipar las tinieblas, un gran plan de marketing para el Cristo y esas cosas. Pero estamos en las mismas, en el Hemisferio Sur el sol nace a la argentina, es decir, a su bola, y claro, así iban las cosas hace quinientos años, evangelizando a sangre y espada, por cuadrar calendarios, más que nada, debió ser. Estos castellanos recios, cuando se les mete algo entre ceja y ceja, siempre tan rigurosos cuando les da por convencer al vecino de lo que «le conviene».
En fin, memeces, estoy espeso y divago ―¡vago! Tu padre, si no paro―. Lo único que sí reconozco que me revienta es que la gente sea «tan buena» en estas semanas y después de Reyes los cabestros vuelvan a embestir como siempre. Por no hablar de la inmoralidad brutal de plantar un árbol de medio millón de euros en el centro de la ciudad. Preferiría que ese supuesto espíritu de la ******** reinara el resto del año, para que algunos repartieran sus sonrisas y buen humor y no lo concentraran en dos semanas, pero sobre todo para repartir medio millón de euros entre gente que lo necesita. Alegría no me falta, ni motivos para sentirme afortunado, encuentro gente linda todos los días y algunos seres queridos ―los amigos, la familia elegida―, me cuidan mejor de lo que merezco. Nos tenemos y nos lo hacemos saber sin mirar el calendario ―a costa de que Mr. Scrooge me llame cursi, sí, qué pasa, también hay gente que aprecio al otro lado de esta ventana―. Qué quieren que les diga, yo llevo las lucecitas y las guirnaldas, el espumillón y la zambomba ―sobre todo la zambomba, qué remedio― doquiera que vaya. No me hace falta la *******. De todos modos, qué narices, tampoco pasa nada por desobedecerse un poco, así que:
¡Feliz *******!
Sólo un poco, dije, que hay que tenerse un respeto.
Del año nuevo ya hablaremos, y haremos resumen del 2007, que va recogiendo los bártulos. Este domingo duermo en Barcelona, cuando esté allí escribiré algo sobre Madrid, y cuando regrese a la villa, lo haré sobre Barcelona. Y es que ciertas cosas sólo pueden contarse desde la ausencia, la lejanía, y a través de la bruma literaria que le nubla a uno la memoria exacta, pero también le humedece la pluma, la deja más suelta y libre. Qué va a ser la literatura pues, sino una bella manera de refundar la realidad, y si no existe tal cosa, de todos modos.
Va a tener razón Bruce Chatwin ―lo que yo te diga―, y no somos más que viajeros literarios. ¿Cómo celebrarán la ******* los aborígenes en el Outback? ¿Colgarán hormigas melifluas de los arbustos? Sabia gente, que vive feliz, sin Dios pero en lo sagrado, con las manos limpias y los pies sucios, y sin toda esta guirnalda fútil de las «necesidades» creadas. Planta un puto árbol de medio millón de euros en el desierto, anda, y no será más absurdo que en el corazón del asfalto.

18/12/07

Geistesstörung.

De LA VANGUARDIA, 17/XII/07, entrevista Víctor-M. Amela:

¿Cuántos libros lleva?
Publicados, 316. Escritos, 359 [...]
¿Es escritor o churrero?
Soy escritor. Yo no hago obras de arte: yo escribo novelas
(sic). [...]
¿Toda su obra es para jóvenes?
No, sólo unos 45 libros [...]
De las frases que ha escrito, elija una.
"Todo es posible si lo deseas." [...]

Paulo Coelho, churrero.
Perdón, quise decir Jordi Sierra i Fabra, escritor,
muy, pero que muy escritor.

*

Brainstorming. (Voz inglesa) Tormenta cerebral. Reunión de creativos en la que se ponen en común ideas para el desarrollo de una campaña o iniciativa.
Geist. (Del alemán) Espíritu.
Geistesstörung. (Literal del alemán) Molestia del espíritu. Voz germana, equivalente a la inglesa brainstorming, para definir una reunión de creativos en la que se ponen en común ideas para el desarrollo de una campaña o iniciativa.
Séance de réflexion. (Literal del francés) Sesión de reflexión. Voz francesa, equivalente a la inglesa brainstorming, para definir una reunión de creativos en la que se ponen en común ideas para el desarrollo de una campaña o iniciativa.
Störung. (Del alemán) Molestia.

*

Leyendo LA VANGUARDIA, 17/XII/07, por la columna «El runrún», de Màrius Serra, me viene a la mente:

Si en la trastienda de un programa de divulgación científica y entretenimiento para adolescentes ―igual que a los chimpancés del zoológico se les medica con cápsulas camufladas en la pulpa de un plátano― caben tropelías como ofrecer un puesto relevante al peor de los postores ―en moneda de escrúpulos, se entiende―, y hacer editor a quien asuma despedir a tres compañeros guionistas ―por reducción de personal―, entonces, querido amigo, ¿de qué te extrañas si en el mundillo literario se apostan los bandoleros tras cada columna, los cuentistas empuñan la faca en el bolsillo mientras sonríen y los poetas maldicen en los confesionarios, a cara cubierta y calzón manchado?
Es preciso, il faut vraiment, dimitir en pleno de esta guerrilla inútil, de la burocracia del asedio, tan baldía como las almenas del castillo. Hay que recuperar la dignidad del ácrata, del apátrida, del apóstata. Del lobo estepario, pero lobo de veras, sin rebaño, sin caricia del amo, sin tazón de agua en el porche. Lobo en riesgo, en cuestión, lobo sin disfraz de lobo, sin lo gregario de las ovejas. Soledad bendita y digna. La luna, el páramo, la sangre y la zancada constante. Y el redil para las ovejas, caníbales.

*

La construcción lingüística puede traer un placebo con sabor a fruta en la palabra, y de repente, mientras me meto en mil berenjenales, y me hierven las ideas, los ingleses consiguen que me acuerde de un cuadro de Friedrich, los franceses me devuelven el olor de las aceras de Unterdenlinden, con esa horizontalidad aterida de espanto que traza rectas de un lado al otro de las ciudades. Y los alemanes, ah, esa gente terrible que soporta un casco marcial sobre unas cabezas tan llenas de pájaros, esa gente, incomprendida, logra que me sepa la boca a un poema de Rimbaud, y que ese simio brutal que me habita en secreto se encarame a la balconeta de un edificio del Marais y me ponga a lamer la piedra, como si una pastilla de granito fuera a curarme de esta civilización. Como si me pudiera zafar del traje de faena. Adoro el lenguaje cuando pone en jaque a los pueblos. Le devuelve el cetro a la palabra, que fue primero, antes que la cosa, y no al revés, animales.

*

Leyendo LA VANGUARDIA, 17/XII/07, por la columna de Quim Monzó, a cuento de las versiones del escudo del F.C.Barcelona, me borro la espuma del café de los labios y me pregunto:

¿Cómo narices se dirá brainstorming en polaco? ¿Tempesta de capgrossos, neguit de l'ànima, o seny' session? Stanislaw Lem o Joseph Conrad, que también era polaco, mis compatriotas. Pero también Cortázar y su batallón de anclas arrastradas por el lecho de todos los mares fríos. Somos un ejército invisible, llevamos tatuado el mapa del mundo bajo la piel y memorizamos consignas para susurrarlas en los tranvías, en los velatorios, al oído del verdugo para que le resbale el hacha sobre la capucha. Nuestra bandera es blanca y roja, de la página virgen y la sangre preparada. Y tiene cuatro barras, tres para encerrar detrás al miedo y una para abrirle la cabeza a los muertos, por si la levantan de sus quehaceres. Va a tener razón mi amigo, y con Capmany y Umbral se extinguieron los columnistas. Aunque mi amigo venga de ese mismo mono y comparta el frío en los huesos y el 99% de su ADN literario.

*

Hoy he insultado a mi jefe. Es lo que hago siempre cuando admiro a alguien que escribe. Sonrío, me asombro, no concibo, me sé incapaz de esa carrera, como quien le tiende una esponja al corredor de fondo, y entonces le insulto: «qué cabrón». Eso le llamo. A mi jefe, por dos columnas cojonudas que él aún no sabe que he leído, y se lo llamo también a uno de mis mejores amigos, porque no tiene ningún derecho a venirme con esos cuentos a estas alturas del partido, colándome un gol en mi canasta con sus cinco estaciones. Se lo llamo a Faulkner o a Kafka cuando los leo por tercera vez y me doy con la palma de la mano en la frente, porque ha estado ahí todo el tiempo, porque estuvo cuando lo leí la primera, la segunda, pero sólo ahora me ve, sólo ahora asoma la cabeza el lobo y me muerde, sólo cuando ya he dejado de ser oveja y no me creo a nadie. Luego descubro que nunca me he creído media palabra de nadie, ni de mi padre. O a lo peor es porque no se las creía a él que luego no me sirvieron las de nadie. Mi padre. Lo he matado varias veces, y con sus cenizas me he hecho un tatuaje. Lleva mi nombre y dice «qué cabrón», pero sólo podrán leerlo los demás cuando me ponga a escribir como mi jefe, como mi amigo. Sólo aparecerá entonces, igual que aquello del jugo de limón sobre papel y la tinta secreta.

*

Nuria Escur escribe un obituario en LA VANGUARDIA, 17/XII/07, y mi espíritu, de tanta idea y ausencia, se molesta:

Laura Archera, viuda de Aldous Huxley, ha muerto sin poder llevar al cine Un mundo feliz. Me doy cuenta, siempre lo he sabido, pero a veces se me duerme la memoria y no encuentro lazos en mis dedos al despertar. Sin una mujer así al lado no seré nada, sólo medio lobo, media oveja. Nada.
Hay mujeres que se parecen a los acantilados, y uno se acerca entre fascinado y temeroso, y prefiere sentarse pronto para que no le venza el viento, por si cambia de dirección y lo empuja. Pero luego descubre que va a caer de todos modos, y lo mejor que puede hacer es disfrutar del viaje, saborear el vértigo y lamer un poco la verticalidad encendida de su espalda. Como un acantilado, donde lo más bello está un paso más allá, al otro lado del miedo, entre la sal y la espuma.

*

Perdona, amigo Matías, ya sé que dije que iba a colgar algo ingenioso sobre aquella entrega de premios, los canapés y las ancianas marcianas, con esos codos hiperbólicos, y Borges siempre en la cita fácil, y lo que hicieron en Vallecas con tu cuento «El extraño», que es uno de los mejores que te he leído, verraco, y que los actores, Montse Martínez y Ángel Cercós, interpretaron una versión acertadísima del hilo principal. Pero mañana te cuento, que no tengo el cuerpo para jotas (o escribiría todo lo que quiero joder, joder), y total, nunca te tomas un vino en este antro. Mejor las cañas en lo real.
Cuanto más humilde seas y más trabajes, amigo, mejor. Talento te sobra, ahora sólo falta que no lo derroches, que no te lo gasten las palmaditas ni te lo amarguen las zancadillas. Llegarás. Vas a ser un buen escritor. Como llegará Ana Pino, fijo, tiempo al tiempo, y no porque tenga el detallazo de hacer regalos como este, aliviando un poquito mi Geistesstörung de hoy -igual que Gabriel, ambos por abrochar un fractal a otro y decirnos que hay otra manera de hacer, que no sólo es posible, sino que está pasando ya-, sino porque tiene talento y humildad, y porque tiene esa madera que sólo crece bajo la lluvia cierta. Porque hay verdad en lo que hacen.
Me fastidia que _-_ no tenga una bitácora. Me fastidia que se le dé pábulo a algunos mastuerzos y sin embargo mucha gente todavía no se haya enterado del talento de JordiX o Ramón. Me fastidia no haber atendido más en clase de matemáticas, o haber tenido malos profesores, porque ahora la poesía me cuesta más. Tiene razón Juan Manuel. Me fastidia que algunos amigos escritores no lean nunca esta bitácora y sobre todo que yo nunca les dé motivos para llamarme «cabrón». Me fastidia no poder leerme en un banco de la calle, en papel, el número 8 de la Revista Narrativas, en el que participan ilustres y ecuestres autores y compañeros de la «blogosfera». Un día de estos, cuando tenga un respiro, tengo que enviarle un cuento a Magda. Me fastidia no tener el cuerpo para jotas, joder.

*

Están llegando algunos relatos realmente buenos al Diomedea. Lleva trabajo, sí, pero es un lujo poder leer de primera mano algunos mínimos tan inteligentes. Ya iré desvelando pistas, si es que el camino se despeja, que no todo depende de mí, pero todo esto me anima a seguir con el proyecto de perpetrar una edición en papel dentro de un año, cuando entre ganadores, finalistas, participantes y algunos cuentistas invitados (si se dejan), os embarque a todos en una antología de relatos mínimos. Una empresa («aventura», que no negocio) de cuento. De cuento de lobos. A las hadas, como a mi padre, no me las he creído nunca.

14/12/07

Fallo del I Premio de Relato mínimo Diomedea.

Me vais a permitir unas palabras a modo de presentación, ya que nos hemos adelantado una hora, mientras la gente termina de tomar asiento, carraspea el homenajeado ―el cuento, quién iba a ser― y la anciana de la primera fila pregunta con avidez si después de la conferencia habrá canapés, aquí es la entrega de premios, señora...
En toda «competición», en todo lo vertical, hay siempre un resquicio para la injusticia. Y es que, por diversos aciertos y méritos, al menos otro puñado de cuentos ―de Balcius, Gabriel, Pepe, Wilco, etcétera― podrían estar en esa lista, pero los candidatos no podían pasar de doce. Vaya pues la mención especial previa al «podio» como felicitación expresa a los autores y autoras de esos otros relatos mínimos que pasaron la antepenúltima criba ―y es que aún hubo una penúltima, que dejó en seis los «semifinalistas»―, y que si bien no obtienen premio material, pueden considerar esta alusión como un reconocimiento público a su valía.
Alguien que sabe mucho de letras, cuando le comenté esta idea mía peregrina, me dijo que «menudo curro» me esperaba, y tenía razón, pero he disfrutado mucho, y una de las cosas más gratificantes ―la peor, sin duda, fue tener que dejar fuera de los «doce del patíbulo» a más de un dignísimo relato― ha sido tener noticia de que varias personas se reencontraron con la sed del escritor mientras cocinaban sus cuentos. Sólo por eso ―por animarles a perseverar― ya valdrá la pena esta iniciativa y seguir invitando a todo el mundo a participar en ella. Por eso, y para que los lectores la disfruten, claro, ¡que ya iba siendo hora!, de modo que después de este comentario previo vendrán por fin esos cuatro relatos mínimos de cuatro autores que prometen mucho y muy bueno para el cuento. Y digo bien, cuatro, sí, porque el resultado ha sido tan reñido entre el segundo y el cuarto más votados, que se ha decidido ―y sin que sirva de precedente― incorporar un tercer finalista, que por supuesto también se hace con un libro.
El lunes le di las gracias a los participantes y a todos los que de algún modo han apoyado esta iniciativa, y hoy se las quiero dar públicamente a las doce personas (escritoras y escritores, algún que otro editor, todos cuentistas) que han colaborado generosamente como jurado con sus votos, bien en persona, bien por correo-e, y hasta por sms (ministro, ministro...). Enhorabuena de veras a los premiados, porque están ahí entre casi sesenta relatos y según la opinión de trece escritores (si tengo la desfachatez de incluirme y aceptamos «escritor inédito» como animal de compañía para esos otros doce, publicados en Gens, pero también en Páginas de Espuma, Tusquets y alguna otra editorial; que han sido finalistas o ganadores de premios como el Caja España, el Hucha de Oro o el NH, y que, en algunos casos, ejercen como profesores en talleres de escritura creativa ―presencial y a distancia― en la Escuela de Escritores y en los talleres Fuentetaja, lo que en total, cuanto menos, quiere decir que «algo» debe saber del asunto esta gente, ¿no os parece?). Por supuesto, es improbable que todo el mundo esté de acuerdo con el fallo, pero esto es lo que hay, según un criterio seguramente imperfecto pero absolutamente honesto, palabra. Sólo queda desear que los lectores saboreen estos textos, puesto que el principal objetivo de esta iniciativa ―y por eso el premio, precisamente: literatura impresa― ha sido y seguirá siendo la difusión y el goce del arte del cuento, servido en frasco pequeño y sin aditivos. Buen provecho a todos ―señora, que no hay canapés, por favor― y os esperamos en la siguiente convocatoria, ya en curso. Si los excesos de las próximas fiestas os lo permiten, o precisamente como terapia contra la avalancha, podéis aprovechar y retiraros a vuestros cuarteles de invierno ―o residencia de verano, para el cono sur― a escribir, apasionadamente. En fin, darle a la palabra, camaradas cuentistas.




Fallo del I Premio de Relato mínimo Diomedea:


En esta primera edición se han registrado 58 relatos a concurso, enviados desde 8 países: España (44), Argentina (6), Guatemala (3), Chile (1), Finlandia (1), México (1), Perú (1) y Reino Unido (1). Se recibieron además otros 6 relatos, que no pudieron validarse por incumplir en algún punto las bases del certamen.

El jurado otorgó 64 puntos al relato ganador, 51 al primer finalista, 50 al segundo y 49 al tercero.


Mención especial a los relatos:


Angustias, de Juan José Montoliu Marcel (Castellón), por el desarrollo.

El blog de Curtiz Junior 1, de Jordi Roldán (Palma), por el juego.

El secreto del universo, de Javier Puche (Málaga), por la idea.
Bitácora: Puerta falsa

Estado carencial, de Pepe Cervera (Valencia), por la instantánea.

Media docena de balas, de Gilda Manso (Buenos Aires), por la historia.

Memoria de pez, de Marcela Sabbatiello (Buenos Aires/Barcelona), por la poética.
Bitácora: Las tres musas

Saturno, de Miguel Ángel Zapata Carreño (Granada/Madrid), por el desarrollo.

Yo no he oído nada, de Ana Pino (Madrid), por lo no dicho.


Finalista del I Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del I Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: El día de Manuel
Autor: Salvador Galán Moreu (Granada, 1981).
Escritor granadino residente en Madrid. Psicólogo, doctorable en Literatura Europea por la UAM y coleccionista de trabajos varios. Y, claro, poeta, mencionado en Las afinidades electivas y accésit del García Lorca por Le lanzare (Ed. Universidad de Granada).

Obtiene un ejemplar del libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.

EL DÍA DE MANUEL



NOS LLAMAMOS JOSÉ M. Y JUAN M., la M es de Manuel. Cuando nos instalamos en nuestro piso y nos conocimos, la sorpresa fue mutua: ambos de uno noventa, con el pelo al cepillo, pantalón de pinzas y camisa blanca. Además trabajábamos de estadísticos en sendas gestorías y se nos conocía respectivamente por nuestro nombre distinto a Manuel; José y Juan, dijimos al mismo tiempo, menos mal.
Al poco de inmejorable convivencia, somos vegetarianos y maniáticos del orden, una tarde llegamos al piso a la misma hora y con la misma noticia: recibí una gran oferta de tu empresa y me cambio a ella. Así pues, nos reemplazamos el uno al otro y viceversa con el beneplácito de nuestros jefes, que no notaron la diferencia entre nosotros. Nuestra eficiencia es igual de espectacular, sin embargo, cada tres meses, faltamos alegando enfermedad y permanecemos en pijama todo el día. Jugamos a la Play, vemos dibujos animados, tiramos huevos por la ventana y encargamos pizzas. Esos días nos llamamos Manuel, por completar la distinción.
El día de Manuel es propiedad de © Salvador Galán Moreu 2007.


Finalista del I Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del I Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: The plumber
Autor: José Antonio Ruiz (Madrid, 1972).
Escritor, traductor, dibujante, filólogo a punto y profesor de español residente en Helsinki. Ha publicado en revistas modestas, y alguna virtual, como en el nº7 de Narrativas, y ha ganado algún que otro premio con sus cuentos. La traducción al finlandés de su relato «Da gusto verlo» aparece en la antología de jóvenes escritores finlandeses Ryhmä 99 (Grupo del 99), de la editorial Tammi. Miguel Ángel Muñoz acaba de publicarle ése y otro de sus cuentos («Los gansos», magnífico) en Los inéditos del síndrome.

Obtiene un ejemplar del libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.

THE PLUMBER



ME ABRIÓ UN CHINO EN PELOTAS, pero mi saludo fue trivial:
—Fontanero. Fon-ta-ne-ro
No entendía.
The plumber! —recordé, feliz, la lesson five.
El chino dijo que yes y me hizo pasar. Le seguí por la casa, que era como cualquier otra: home cinema, muebles del Ikea... Ni osos panda, ni bonsáis, ni hostias.
Al llegar al baño señaló la bañera, donde flotaba un patito. Yo sonreí, aunque empezaba a mosquearme. Luego resulta que estaba atascada.
—¡La muralla china, uf! —dije, por pegar la hebra, mientras succionaba con la ventosa— ¡El rollito primavera, uf!
Tras mucho bregar, saqué del desagüe un disfraz de vampiresa, en cuero negro, muy sexy.
She gone? —pregunté.
El chino, llorando, dijo que yes con la cabeza. Para consolarle, preparé gazpacho, y él, agradecido, me enseñó unas llaves de kung-fu. Ahora, mientras me recupero de los golpes, me acuerdo de mi chica, la muy zorra. Cuando se acerca la enfermera, apago la lección de inglés y digo que sí, que somos felices. Suspiramos juntos contemplando la postal de mi chica, colgada del gotero. Icebergs, ballenas; me pide que no la odie. «Aprenda inglés. Este es su porvenir», aseguraba el folleto. De enfermeras no decía nada.
The plumber es propiedad de © José Antonio Ruiz 2007.


Finalista del I Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del I Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: En gramos
Autor: Ignacio Oscoz (Irún, 1974).
Escritor guipuzcoano residente en Madrid. Finalista en el I Certamen de Relatos Ultracortos de Ex Libris con «Regalos», publicado en el libro recopilatorio del certamen. Acude a un Taller de Dramaturgia en la sala Cuarta Pared, prepara un monólogo teatral y su primera novela.
Bitácora: Los cuadernos de Dimitri

Obtiene un ejemplar del libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.

EN GRAMOS



ES UN ESTABLECIMIENTO ÚNICO, con un olor muy especial. La carnicería de Nouredine es conocida en todo el país, pero nadie quiere entrar. Y cuando alguien lo hace es en grupo, en familia. Las caras contraídas, los ojos muy abiertos y todo ese silencio. Nouredine les saluda mostrando su viejo cuchillo, es la tradición. Entonces el familiar elegido se coloca y Nouredine procede. El honor familiar y un pañuelo en la boca ahogan los gritos. Nouredine es muy habilidoso desollando, así que pronto la carne cae sobre la balanza. El peso señalado mide el sacrificio del familiar en gramos.

En silencio, con un sollozo sordo de fondo, la familia sale. Tendrán comida para unas semanas más. Dentro, Nouredine esparce el charco de sangre con una mugrienta escoba y después limpia su cuchillo, mientras no piensa absolutamente en nada.
En gramos es propiedad de © Ignacio Oscoz 2007.


Ganador del I Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del I Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: Conjunto Mandelbrot
Autor: Iván Humanes Bespín (Barcelona, 1976).
Licenciado en Derecho por la UB, ha publicado el libro de relatos breves La memoria del laberinto (Biblioteca CyH, 2005), y es coautor del ensayo Malditos: La biblioteca olvidada (Grafein, 2006) y de 101 coños (Grafein, 2007). Ha obtenido diversos premios por sus relatos, como el Ciudad de Jerez en 2003, o El Fungible, de Alcobendas, en 2004. Participó en la colectiva Así escribo mi ciudad, 32 maneras de escribir un viaje (Grafein, 2005). Colabora con la revista virtual Literaturas.com y sus relatos pueden leerse en las revistas Crítica (UAP) y Atenea. Próximamente publicará una recopilación de hiperbreves e ilustraciones.
Bitácora: Últimas palabras

Obtiene un lote con los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007), por gentileza de la editorial.

CONJUNTO MANDELBROT



MANDELBROT, EL CIENTÍFICO, no puede conciliar el sueño. Se dice convencido: las nubes no son esferas, las montañas no son capirotes, los litorales no son circulares y los ladridos no son suaves. Luego lo escribe en un papel. Por lo tanto, concluye, la geometría fractal supera «en esencia y fondo» a la euclidiana. Con cuidado, destapa el cuerpo de su mujer, que duerme sin conciencia y a pierna suelta a su lado. Le sube el camisón y analiza con lupa y medidas exactas su «elemento íntimo». Es un plano complejo, repite. Y lo saborea con cuidado, procura que no despierte. Investiga con tacto y criterio, separa los pliegues y lo enfoca con la lámpara de la mesita de noche. Un número infinito de escalas, se dice. Y se asoma al abismo del gran enigma, intenta avanzar entre las fractales que se le representan. Cuando su mujer despierta, Mandelbrot ha desaparecido. Tan sólo sus instrumentos científicos a los pies de la cama. Y aunque ella se encuentra ciertamente pesada esa mañana, atribuye su hinchazón al frío y la humedad de esa maldita ciudad.
Conjunto Mandelbrot es propiedad de © Iván Humanes Bespín 2007.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.


II Premio de Relato mínimo Diomedea
Consulta las bases

13/12/07

Ráfagas (o "handing").

13.01 PM

Aviso: ni pies ni cabeza, sólo entrañas. Hoy estoy blando, sin aristas, o casi.

*

Rueda una moneda todavía a cara o cruz, una moneda pulida de hollín y sin curso legal, pero valiosa, prestada por un maestro de la estética de la renuncia (pata negra, con tu permiso). Como un agujero abierto en el hielo del Ártico, un disco de agua oscura en la inmensidad blanca, el borde afilado, el vapor del salitre, para que el nómada sumerja el anzuelo y convoque a los peces, para que la ballena emerja y respire, deprisa, muy deprisa. Nunca se sabe si un oso polar, de un zarpazo, puede hacerte un siete en el hocico. Yo también tengo frío. Pero quiero ver el hielo desde abajo, traslúcido y azul, con el día arriba y la sombra del nómada o del oso, delatada, y aún así, salir a respirar, aunque me deje los morros.

*

Yo no soy una hiena, ni se me cae la risa de los bolsillos, ni encorvo el lomo para husmear en los culos adecuados, ni voy a las bravas con los cachorros de otros, ni me ofrezco sumiso y timorato al rey de la selva o al dominio de los machos beta que controlan la sabana. Mi mundo no es de este reino, y aquí hace más frío, y sólo camino, y da igual solo, y tengo más de oso polar, aunque me ahorro los zarpazos, porque no me gusta la sangre, por muy bien que quede y luzca sobre el hielo, como tinta china en el lienzo. Rojo sobre blanco, lo cuelgas en la pared del salón e impresionas a las visitas, te lo coses a la manga y amedrentas a los novatos, lo extiendes en el suelo y pisan con garbo las divas y los próceres. Rojo sobre blanco, tampón sucio, papelera y olvido. Yo no soy una hiena y si pudiera elegir sería una ballena, pero tengo más de oso, y sólo camino por el blanco, y la nieve me borra las huellas, y a veces, sin pedirlo, sin buscarlo, conforme con mi soledad y acostumbrado a esa libertad, vienen otros osos a caminar conmigo sin mellarla, y sin decir mucho lo dejan todo bien claro, y entre todos abrimos un agujero en el cielo para respirar.

*

Hoy me siento agradecido. A veces uno trabaja sin hablar demasiado, sin medrar, nunca, y vienen a decirle, porque una vez vieron, porque saben que verán. Gracias, muchas gracias, a quienes corresponde. Y gracias también a los amigos, los de siempre y los que serán, porque a veces uno vive sin guardarse los afectos, sin posar, nunca, y vienen a recordarle que el humano todavía depara sorpresas. En fin, gente grande que se encuentra uno por el camino, cuentistas al otro lado del mapa, viajeros de paso por la ciudad, compañeras que nunca se ahorran el abrazo.

*

También gracias a mi queridísima amiga Malena, la hoguera porteña que prende desde aquél rincón del mundo y no lo deja nunca a oscuras, la artista que respira en llamaradas. Hoy me ha hecho un inmerecido homenaje, recuperando una vieja, viejísima carta que escribí hace siglos ―casi antes de nacer a la palabra nueva, cuando no escribía como ahora hago en privado y para el libro―. Ella sabe vestir y desnudar las cosas como nadie, con su toque único. Es una suerte haberse abrasado con su afecto alguna vez y de por vida.

*

Esta semana hay algunas novedades en la sección de sugerencias, los enlaces de esta bitácora. Os recomiendo la visita. Y quiero deciros que si tenéis alguna propuesta, si, por ejemplo, conocéis algún café literario en vuestra ciudad, si hay alguna librería en vuestro barrio que merezca la pena ―de esas que más que vender libros, difunden literatura―, o si sois asiduos de alguna bitácora o revista virtual que se amotine contra el tedio y la mediocridad y os deje siempre un buen sabor a letra en la boca, que sepáis que se aceptan propuestas de enlace, sin necesidad de reciprocidad, sólo por ayudar a difundir algo valioso, si también me lo parece.

*

Esto no sé si es una buena noticia o no, supongo que será la mejor posible para algunos impacientes, pero el caso es que mañana viernes he de adelantar una hora ―a las 13 horas (en zona +01.00 GMT), pues― la publicación del fallo del I Premio de Relato mínimo Diomedea (y os recuerdo que, desde el pasado lunes, ya se aceptan relatos para la segunda edición), porque a la una y media he de recoger un premio literario en nombre de un amigo, que no puede asistir al evento, porque el muy verraco recoge otro premio, el mismo día y fuera de Madrid, y todavía no posee el don de la ubicuidad, que todo llegará. Es lo que tiene el talento.

13.43 PM

10/12/07

Cierre de convocatoria del I Premio de Relato mínimo Diomedea.

Desde este mismo instante (son exactamente las 14 horas en zona GMT +1.00), se cierra el plazo de admisión de trabajos para el I Premio de Relato mínimo Diomedea. El fallo se publicará aquí, a la misma hora del próximo viernes, día 14. Muchas gracias a todos los que han participado en esta iniciativa, por su tiempo y su esfuerzo, y también a todas aquellas personas que la han apoyado, difundido o han colaborado y colaboran de algún modo con su organización. El éxito de esta primera convocatoria no radica en su difusión ―discreta, por ahora, con unos 60 relatos―, sino en la calidad de buena parte de los textos recibidos, que le va a complicar las cosas al jurado y a sus asesores ―escritores, profesores de escritura creativa, pero sobre todo cuentistas―. Algún grado de subjetividad es siempre inevitable, y tratar de complacer a todo el mundo no sólo es imposible sino que resultaría sospechoso. Sólo importa la calidad literaria de vuestros relatos, tanto si vinieron de un profesional como de un principiante ―que de todo ha habido―. En todo momento se valorarán esos textos con honestidad, y como muestra de ello baste decir que tras la penúltima selección ―a cargo de quien suscribe, el administrador de esta bitácora― se va a establecer un grupo de doce relatos candidatos, y que éstos se leerán y votarán de manera anónima, sin que el resto del jurado ―compuesto por tres, cinco o siete miembros, un número siempre impar para evitar posibles empates― conozca la autoría de cada trabajo. Todos los relatos que se reciban desde este momento pasarán de manera automática a participar en la segunda edición del premio, cuyas bases se han actualizado y publicado en la entrada anterior, con algunas novedades. Las más destacadas son un mejor funcionamiento del sistema de registro y la dotación del premio ―un tercer libro en el lote del ganador―, que también abarcará los dos relatos finalistas, con un ejemplar de Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006) para cada uno. Para celebrar el estreno del certamen, y, claro, para sentirnos un poco menos culpables por tener que decidir sólo un ganador entre tres buenos cuentos, este punto afectará también a los dos finalistas de la primera edición.

*

Y hablando de premios, quedan exactamente cinco horas para la celebración en París del acto en el que se fallarán los premios Juan Rulfo 2007 de cuento y novela, que convocan cada año Radio France Internationale, el Instituto de México, el Instituto Cervantes, la Casa de América Latina, el Colegio de España y Le Monde Diplomatique (España). El de cuento de este año va a ser más que merecido, pero mis labios están sellados hasta entonces... tic-tac tic-tac tic-tac...

Convocatoria del II Premio de Relato mínimo Diomedea.

Versión minimalista para perezosos: dentro de unas tres horas, a las dos en punto, se cerrará la anterior convocatoria, y desde ese mismo momento tendrás de plazo hasta el 14 de enero de 2008, a las 14 horas, hora de Bilbao, para enviar un relato entre 100 y 200 palabras a la dirección de correo indicada. Si ganas, te llevas tres libros de cuentos, si quedas finalista, uno. De eso te enterarás el siguiente viernes 18 de enero, a la misma hora (este viernes se publica el fallo de la primera edición). El que siempre saldrá ganando, en todo caso, será el cuento, que de eso va el asunto. Hala, y ahora, pongámonos «serios»:


II Premio de Relato mínimo Diomedea


Bases del II Premio de Relato mínimo Diomedea:
(Convocatoria cerrada, se falla el próximo viernes, día 18).

1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 10 de diciembre de 2007, queda abierta la convocatoria para el II Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando hasta un máximo de tres relatos a concurso por convocatoria. El ganador y los finalistas de anteriores ediciones pueden volver a presentarse[1].

2. Los relatos se presentarán en castellano, pero se aceptarán también en catalán, gallego o euskera, siempre que se acompañen de una traducción al castellano. Deberán ser originales e inéditos en medios impresos y no estarán sujetos a ningún compromiso de publicación ―tradicional o virtual― o de derechos de cualquier tipo con terceros. Cualquier responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto recaerá exclusivamente sobre el autor o autora del relato.

3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras, ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo[2].

4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el II Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que no constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría cuando valore los relatos candidatos. Si el autor o autora presenta más de un relato a concurso―hasta un máximo de tres por convocatoria―, deberá enviar un mensaje de correo-e distinto por cada trabajo. El administrador no mantendrá ningún diálogo con los autores o autoras acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas[3] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 14 de enero de 2008. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el III Premio de Relato mínimo Diomedea.

6. El jurado estará compuesto y asesorado por escritores consolidados y profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del viernes 18 de enero de 2008, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos, y su publicación está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos, y obliga a indicar autoría y fuente.

7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos: Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (un ejemplar de este libro de relatos será también para cada finalista), la antología Parábola de los talentos, ambos publicados por Gens ediciones (Madrid), y Amor del bueno, de Víctor García Antón (Caja España 2005), que obtuvo el Premio Caja España de Libros de Relatos 2004. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados[4].

8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner ―que le será facilitado por el administrador―, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «II Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares.

9. Al final de la primera temporada, una vez fallado el XII Premio de Relato mínimo Diomedea ―diciembre de 2008―, se considerará la posibilidad de publicación de los doce relatos ganadores y una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial[5].

10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

[1] Lógicamente, deberán hacerlo con nuevos relatos. Los participantes de anteriores ediciones pueden volver a concursar con relatos nuevos o con trabajos ya presentados, pero en este caso deberán volver a enviarlos por el procedimiento indicado. De todos modos, por razones obvias, resulta aconsejable intentarlo con nuevas creaciones.
[2] Para realizar este cálculo, resulta de gran utilidad la herramienta para contar palabras del Word o procesador de texto.
[3] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria. En las Islas Canarias, por ejemplo, el plazo expiraría a las 13 horas del lunes día 14 de enero de 2008.
[4] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
[5] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.


I Premio de Relato mínimo Diomedea
Consulta el Fallo del jurado en la primera convocatoria.

3/12/07

Ruido.

«Mis lecturas, en general, eran constantes, pero las de cuentos, escasas, y aludo a esto por concesión a supuestos más fabricados que reales, porque el escritor joven de talento es, o puede ser, adánico, tiene sus ojos por lazarillo seguro, el mundo entero para pensarlo y sentirlo y el instinto de crear un mapa intricado de tachaduras indefectibles en cada folio. Y el incrédulo de ese misterio no sabe nada de nada.»
MEDARDO FRAILE, del prólogo a sus Cuentos completos (Alianza, 1991).


SIGO BUSCANDO EL MODO de contar el ruido, el desamparo de los peces de ciudad en un mar de hormigón infestado de turbinas. Aunque esto lo digo así sólo porque en este momento me infecta la banda sonora de una película en la que la lluvia golpea las azoteas. Ahora mismo tendría que escribir sin música, sin contaminación, pero esta noche estoy demasiado solo y prefiero el humo tóxico de los callejones. Por eso busco la mancha oscura de unas notas que me borren el frío, aunque me pierda por el camino de la mente en blanco. Y es que yo quería decir alguna cosa sobre la natación, creo recordar, pero no consigo armarla en mi cabeza, el barullo me puede y la dejo para más adelante. Hay una parte de la novela que se me resiste, o mejor dicho, todavía estoy buscando la manera de evitar que cierta cadencia que nace en esa parte ―la primera― para darle unidad al todo no acabe engullendo a las siguientes ―algunas ya escritas―. Contar el ruido sin armar escándalo no es tan sencillo. Es como hablar del amor sin ponerse insoportable, muy pocos lo consiguen. Ahora la banda sonora se entretiene en un remedo de jazz. Demasiado a menudo parece que el caminante llegue al mismo sitio por trayectos distintos o repita el mismo para terminar en un lugar diferente cada vez. Da igual, el caso es que la vida es la que traza todas las rutas, y al final nuestro albedrío es una ficción que sólo se sostiene mientras no nos alcance un brochazo de esa artista bendita y cruel. Hay algo que amenaza tras cada paso, pero a cierta clase de seres el temor se les hace más amargo cuando es previsible, cuando se toma su tiempo para dejarles el sabor de lo vulnerable en la boca, y a pesar de ello siguen caminando, siguen masticando. A mí me vence el ansia, me puede más que la inseguridad, por eso prefiero cambiar de camino, cruzar la calle sin previo aviso, subirme al primer autobús sin fijarme en la ruta y llevar abrochado a mi abrigo el miedo a lo desconocido. Cualquier deriva es mejor que temer a la rutina, lo que se me hace insoportable. Tan insoportable como el amor hablado, gastado en palabras huecas, tanto como las noches solitarias que no elijo y otras tantas derrotas heladas para las que se me hace necesaria una buena dosis de banda sonora. Ahora, por cierto, la apuro y chasqueo la lengua, como después de un trago de alcohol fuerte, con un saxofón hijo de perra que me recuerda todo el tiempo que llevo ya sin asomarme al vértigo en otra boca.
La novela. Daría cualquier cosa por poder ocupar una habitación con ventana a ninguna parte, en cualquier sitio, y vaciarme durante unos cuantos meses en la escritura. Pero hay que aprender el innoble arte del equilibrista con red. Ya se sabe, la rutina, el trabajo, esta carcasa egoísta que le deja tan poco espacio al riesgo. La novela me espía, noto su aliento en mi nuca. Contar el ruido, cortar ese aliento y detener el paso de las lunas. Si lo que en principio había planeado como una modulación del ruido del mundo acaba desbaratando todo ese otro mapa del silencio ―del silencio útil―, la novela no valdrá nada. Tal vez no lo valga de todas formas y al final se pierda por el sumidero de las aceras, pero sigo creyendo en ella, y mientras así sea, seguiré siendo una presa fácil para esa depredadora que respira ―y conspira, por suerte― a mis espaldas.
Por suerte también y mientras tanto, tengo un billete de ida en el bolsillo, y puedo salir a la avenida ―esas aceras todavía huelen a patio y a grifo― en cualquier momento a tomar el primer autobús nocturno que pase, sin más, de cuento en cuento, y apearme aquí y allá, mientras engaño a la novela con ese rodeo feliz, acojonado y solo, pero feliz de no saber qué me espera a la vuelta de la esquina, de no saber a dónde demonios me dirijo. Como hurones en los bolsillos, los cuentos me van mordiendo poco a poco en las tripas, apenas me doy cuenta de su aliento y me dejo taladrar por esa perseverancia de barrena, mientras me pienso con la nuca a salvo de aquellos otros colmillos. El mundo es un poco idiota a veces, le teme más al pez grande que a los bancos de alevines, escurridizos, pero al final unos y otros devoran la carne del náufrago con la misma avidez. Tanto da, novela o cuento, la sed aprieta en el mismo sitio y de esta no saldré indemne, y lo prefiero.


***

CLAMORES APARTE:


Hay personajes tan zafios en este mundo de las letras ―como en cualquier otro campo, supongo―, que de tan ruines casi llegan a resultar cómicos. Aunque su hipocresía y su soberbia resulten imperdonables, uno llega a sentir cierta lástima y casi podría pasar la mano por el lomo de esas bestias pardas. Lo haría, si de veras sirviera para aplacar su rabia y hacerles comprender, pero se guarda la mano en el bolsillo y la conserva limpia, para encajar la de quienes la estrechen con franqueza y humildad. Me refiero a la envidia, al cinismo atroz, a la pataleta ilustrada y a los tirones bajo el agua, siempre con trampa. De momento me reservo nombres, a la espera de que su inquina perruna pueda más que su instinto de supervivencia y metan la pata. Que lo harán, y deberá uno responder entonces, implacable.
He conocido personalmente a autores con cuyas letras ―su estética, su apuesta por un determinado estilo, su concepción de la escritura― se puede comulgar o no ―la subjetividad inevitable, la misma que hace que dos autores que respeto y admiro tengan opiniones opuestas en torno a una obra tercera, toda la de Katherine Mansfield, por ejemplo, o que provoca que Carver me toque más de cerca que Richard Ford, por mucho que envidie los relatos de ambos―, pero a los que no se les puede negar un compromiso honesto y completo con la literatura, un afán sincero por el rigor y una capacidad de trabajo inaudita. Me consta que alguno de ellos acude a los certámenes literarios sin padrino, sin atajos, y resulta que la calidad de sus textos es reconocida una vez y otra… pero luego aparecen las bestias pardas a sancionar no sé qué favoritismos o vicios del sistema. La envidia muerde igual que un perro rabioso.
También me he encontrado en el camino con autores serios y apasionados al tiempo, con talento y en absoluto avaros en el esfuerzo ―no hay otra fórmula, no hay otra receta para la escritura, y si falla uno de los ingredientes los demás no bastan―. Y hasta puedo contarme como amigo de alguno de ellos. Sigo ahorrándome nombres porque no vienen a cuento, aunque vengan del cuento, y porque no quiero darme lustre, aquí lo que importa es el qué, no el quién ni el cómo. Y bien, ¿qué se supone que debe hacer uno entonces para que una bestia parda no le acuse de «amiguismo» si elogia su trabajo? ¿Qué hará un buen amigo de Leonel Messi cuando le pregunten por el talento futbolístico de su compadre? ¿Agachar la cabeza y salir con cualquier retórica modesta? No, ése sólo es otro disfraz de la hipocresía. Claro que hay amigos en este mundillo de las letras que uno quiere y les quiere de veras, pero que no escriben como a uno le enciende, y a quienes no sabe muy bien como decírselo sin herir su orgullo, por mucho que el amigo honesto deba ahorrarse las palmaditas en la espalda y ser valiente. Pero es que resulta que, de vez en cuando, uno también tiene amigos que además son escritores admirables, escritores de los que decir lo mejor, y decirlo alto y claro. Decir cosas como que una de las mejores novelas ―recién publicada― y uno de los mejores libros de relatos ―en el horno aún― que ha leído en los últimos meses son obra de dos amigos. Y luego algunas bestias pardas sólo sabrán defender su carnaza, su porción de carroña, sin haberse parado a leer de lo que ladran, sin mirarse al espejo antes, sobre todo. Pero qué importa, cada cual es responsable de la correa que acepta.


***

Nota logística:

Os invito a echar un vistazo a la barra lateral de esta bitácora, en especial a los que aún no conozcáis la nueva iniciativa del cuentista militante Miguel Ángel Muñoz en sus Inéditos del Síndrome. También anoto en la agenda un par de noticias de las que me alegro especialmente, por el amigo Matías y porque ya sé con qué otro texto me va a tocar trabajar en las próximas semanas en la editorial.
De un libro de la editorial, precisamente, y de una compañera y amiga, Ana Muñoz de la Torre, os dejo el enlace a dos reseñas de Ella y La orgía perpetua aparecidas en el ABC y en el diario digital Siglo XXI.
También os recuerdo que resta una semana (a las 14 horas del próximo lunes) para que expire el plazo de admisión de vuestros textos en el I Premio de Relatos mínimos Diomedea. En estos últimos días ha habido un pequeño descenso en el ritmo de recepción de nuevos relatos, pero a día de hoy se contabilizan más de cuarenta, enviados desde ocho países. Se supone que, como en todo certamen, muchos lo dejarán para el último momento. Siete días para ultimar detalles, para hacer las penúltimas correcciones o para ponerse al fin con ese cuento. Ánimo y suerte a todos los valientes.

***

Y un invento marciano, útil ―en textos informativos― para los que tengan algún tipo o grado de incapacidad visual, pero bastante chungo para el texto literario en particular:

13/11/07

La impotencia del abecedario.

XXVII


A usted le doy una flor,
si me permite,
un gato y un micrófono,
un destornillador totalmente en desuso,
una ventana alegre.
Agítelos.
Haga un poema
o cualquier otra cosa.
Léasela al vecino.
Arrójela feliz al sumidero.
Y buenos días,
no vuelva nunca más, salude
a cuantos aún recuerden
que nos vamos pudriendo de impotencia.


José Ángel Valente
Obra poética 1. Punto cero (1953-1976).
Alianza Editorial, 1999.



(


AGUA (fragmento)

*

Surcas el surco que deja el agua
animal
que encuentra un charco
el año de sequía

*

Abajo del todo
el gran iceberg

Arriba
sólo su punta

Y aun así
estremece

*

Tanto soñar con la otra orilla
tanta cosa absurda
tanta palabra
para al final descubrir
que debajo del río
hay otro río. Éste
imposible de cruzar.



)


Julio Espinosa Guerra
NN, pág. 53-54.
Gens ediciones, 2007.



Este viernes 16 de noviembre, a las 19:30 horas, se presenta en Madrid el poemario NN, de Julio Espinosa Guerra, libro con el que Gens ediciones inaugura su colección de poesía Caja Alta. El poeta José Luís Gallero hará los honores en la Casa del Libro de la calle Fuencarral, 119 (metro Bilbao), donde también podréis encontrar en pleno a los editores ―incluido el que suscribe― para cualquier demanda, querella o proposición indecente. Para la entrega de poemarios y otros artefactos, remitimos al apartado de recepción de manuscritos en la página de la editorial. Os esperamos el viernes, a los que estéis por la villa, en general, y en especial a los que aún os quede una fibra sensible ―que no sentimentalista― ante la verdadera poesía, la que transfigura, potencia, constata, pero sobre todo, la que propone. «Un libro difícil», han dicho de NN, y debe serlo ―desde luego, el autor se ha tomado un trabajo inaudito para que ahora suene tan limpio y lacerante, no es casualidad―, si el ejercicio mismo de vivir es una manera de vadear el torrente de la realidad, si escribir es una rebeldía consciente de su impotencia y sin embargo, si el arte es un intento inútil, pero imprescindible, por descifrar la belleza entre todo lo putrescible.

Para voyeurs y demás hurones, en la bitácora de Fernando Sarría aparecen fotografías e indicios de la presentación de NN el pasado viernes 9 de noviembre en la librería Los Portadores de Sueños de Zaragoza.

10/11/07

Convocatoria del I Premio de Relato mínimo Diomedea.

GENTE QUE VIENE A NUESTRO ENCUENTRO

Cuando alguien sale a pasear por la noche, y un hombre, ya visible desde lejos ―pues la calle se empina ante nosotros y hay luna llena―, viene a nuestro encuentro, no lo agarraremos violentamente, aunque sea débil y desarrapado, ni siquiera en el caso de que alguien corra detrás de él y grite, sino que lo dejaremos pasar de largo.
Pues es de noche, y no podemos evitar que la calle se empine ante nosotros y hay luna llena; además, tal vez esos dos han organizado la persecución para divertirse, o a lo mejor persiguen los dos a un tercero, tal vez persiguen al primero, que es inocente, tal vez el segundo lo asesinará y seríamos cómplices del crimen. A lo mejor no saben nada el uno del otro, y cada uno corre hacia su cama, a lo mejor son sonámbulos, quizás el primero lleva un arma.
Y, finalmente, ¿no podemos estar cansados, no hemos bebido mucho vino? Nos alegramos de que ya tampoco veamos al segundo.

Cuentos completos, Franz Kafka (Valdemar, 2003).
Traducción: © José Rafael Hernández Arias.




Convocatoria cerrada. Consulta el Fallo del jurado.


Bases del I Premio de Relato mínimo Diomedea:

1. Queda abierta la convocatoria para el I Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar todos aquellos relatos que presenten autores o autoras de cualquier país. Cada autor o autora podrá presentar hasta un máximo de tres relatos a concurso por cada convocatoria[1].

2. Los relatos deberán ser originales, inéditos[2] y en castellano, y no estarán sujetos a ningún compromiso de publicación ―tradicional o virtual― o de derechos con terceros. Cualquier responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto recaerá exclusivamente sobre el autor o autora del relato.

3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras, o los mil caracteres ―excluyendo espacios―, ni será inferior a cien palabras, o quinientos caracteres. El nombre del autor o autora y el título (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) del relato no se incluyen en ese cómputo[3].

4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e[4], escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el I Premio de Relato mínimo Diomedea». El título y el texto del relato podrán ir en el cuerpo del mensaje ―debidamente indicados― o como archivo adjunto de Word ―recomendado―. En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside. Bajo ningún concepto se hará pública su dirección de correo-e. Si el autor o autora presenta más de un relato a concurso, deberá enviar un mensaje de correo-e distinto por cada trabajo ―hasta un máximo de tres por convocatoria―.

5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14:00 horas[5] (en zona GMT +1:00) del próximo lunes 10 de diciembre de 2007. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el II Premio de Relato mínimo Diomedea.

6. El jurado estará asesorado por escritores de prestigio y profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14.00 horas (en zona GMT +1:00) del viernes 14 de diciembre de 2007, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e.

7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de dos libros de relatos: Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos, y la antología Parábola de los talentos, publicados por Gens ediciones (Madrid). El método de envío o recogida del premio se convendrá con el autor o autora[6].

8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner ―que le será facilitado por el administrador―, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado su relato, y en el que figure el texto: «I Premio de Relato mínimo Diomedea».

9. Al final de la primera temporada, una vez fallado el XII Premio de Relato mínimo Diomedea ―diciembre de 2008―, se considerará la posibilidad de publicación de los doce relatos ganadores y una selección de los veinticuatro finalistas, en una antología editada y supervisada por un sello editorial[7].

10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

[1] Cada mes habrá una nueva convocatoria, y los autores o autoras de los relatos no premiados ni finalistas deberán enviar de nuevo sus trabajos si desean concursar en las siguientes. Por razones obvias, no obstante, se recomienda participar con obras nuevas en cada convocatoria.
[2] Se entiende como inédito en este caso todo texto que no haya sido publicado por vía tradicional en soporte físico. Sí podrán participar en este concurso aquellos trabajos que se hayan publicado en la red, como entrada de una bitácora personal, por ejemplo, siempre y cuando no hayan sido galardonados en cualquier tipo de certamen ―incluídos los virtuales―, ni estén comprometidos sus derechos de publicación o reproducción ―de cualquier índole― con terceros.
[3] Para realizar este cálculo, resulta de gran utilidad la herramienta para contar palabras del procesador de texto, que permite conocer el número exacto de palabras y caracteres sin espacios. El texto seleccionado de Kafka, por ejemplo, tiene 167 palabras y 744 caracteres, sin espacios.
[4] No entrarán a concurso relatos colgados en los comentarios de esta bitácora. Sólo se aceptarán trabajos enviados por correo-e. El administrador no mantendrá ningún diálogo con los autores o autoras acerca de sus trabajos o de las deliberaciones del jurado.
[5] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria. En las Islas Canarias, por ejemplo, el plazo expiraría a las 13:00 horas del lunes día 10 de diciembre de 2007.
[6] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
[7] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.



II Premio de Relato mínimo Diomedea
Nueva convocatoria en curso. Consulta las bases.

8/11/07

Presentaciones.

De la página de Gens ediciones, para los maños, toledanos y transeúntes interesados. El que suscribe estará presente, en calidad de editor, en el evento de Zaragoza:

El próximo viernes 9 de noviembre se presenta en Zaragoza el poemario NN, de Julio Espinosa Guerra, libro con el que inauguramos nuestra colección de poesía Caja Alta. El acto tendrá lugar en la librería Portadores de sueños, en el número 4 de la calle Blancas, a las 20:30 horas, y contará con la participación del colectivo La caja nocturna.




El mismo día 9, y a las 20 horas, en la Biblioteca Municipal José Hierro de Talavera de la Reina, en la Avenida de Toledo, 37, el periodista Agustín Yanel y Benito Díaz, profesor de Historia de la UCLM, presentarán la novela El corazón de las estatuas, de Magdalena Tirado, número 9 de nuestra colección Guermantes de narrativa.

2/11/07

Día de difuntos.

Día de difuntos.


«Mañana podré decir, por fin, que soy sólo un hombre que escribe, un hombre hueco que escribe en un papel en blanco, sobre una mesa vacía, desperezado por el aire limpio y frío que entra por la ventana, un hombre vacío y en blanco que se reescribe a sí mismo.»
El libro de los náufragos, Diederik Schönblick



ENGO QUE MATARLA. La agonía dura ya demasiado y, la verdad, me irrita. Me saca de quicio que todavía se convulsione, que incordie a todas horas con sus lamentos, que me agarre la manga del jersey y me dé la murga con lo de siempre, cada vez que me acerco a su cama para ver si la ha palmado ya de una vez. No la soporto. Es una bestia egoísta e insufrible que lo quiere todo, y no es capaz de apagarse en silencio, no, ha de revolver toda la casa con sus voces, sus demandas y su soniquete plañidero. Con lo sencillo que sería dejarse ir, como cualquier animal moribundo que busca un rincón tranquilo y sombrío en el bosque, y se tiende sobre los helechos, para hundirse en ese dulce sopor de la muerte callada.
He de matarla cuanto antes, o me voy a volver loco. Necesito recuperar el silencio, la sencillez de la palabra justa, una columna de aire limpio sobre la mesa vacía, mi papel en blanco, mi santísimo papel en blanco, libre de borrones y anotaciones ajenas. He de matarla pronto o se tragará para siempre mi propia voz, esa que siempre se apaga bajo la cháchara atolondrada de la bestia. Para ella es muy fácil salir a la ventana y asustar a la gente dando voces, y volcar todo su delirio aberrante para llamar la atención, y llenar cada espacio de una niebla tan espesa que parece cemento líquido, una pasta gris que todo lo confunde y lo engulle. Sí, muy fácil derramar todo ese engrudo inútil sobre el mundo, y quejarse luego de que no se distinguen las cosas, de que le sangra la boca cada vez que se revienta la cara contra un obstáculo. Así no hay manera, cómo quiere llegar a ninguna parte ni que le escuchen, si todos y cada uno de sus artefactos se hunden en arenas movedizas, si la gente ya tiene bastante con tratar de hacer pie y que no le llene los pulmones esa pasta gris con la que los envuelve.
Resulta patético, cuando a veces el engrudo ha alcanzado ya la cota de la ventana, y la quimera da una zancada y sale, y trata de avanzar con unas brazadas convulsas, como una polilla en la tela de araña. Pero no se deja embalsamar en un capullo de seda, que es lo que hacen al final todos los insectos cuando llega el momento, no, ella se agita y berrea, zumba, la maldita, hasta rasgar los hilos y hacerle un siete a todo el trabajo de la inocente araña, que no se mete con nadie, que espera en su escondite y no toma más de lo que el azar y el viento le envían. Luego la bestia se zafa, desaparece de la escena dejando atrás el estropicio causado y regresa a mi mundo, no sé cómo, pero el caso es que siempre lo hace, y aquí la tengo, todo el santo día como un estruendo de martillo mecánico que se filtra por las paredes, que sacude la juntura de las tablas y mi cordura, que hace vibrar el polvo sobre los muebles. Ahí arriba, en su cuarto, se ha montado su guarida, llena de cachivaches y telones de mal gusto, quincalla recogida de las calles, fotografías robadas a los ahogados de la niebla viscosa. Con una barcaza que varó en su ventana un lunes, en una de tantas inundaciones, se hizo un altar para sí misma, rodeado de ofrendas forzadas e iconos de todo a cien. Su madriguera es una cripta en la que el ambiente se hace irrespirable, infestado por el humo de la soberbia, los hábitos sin orear, el hedor de la cera vieja, y de esas mechas que arden tan mal, embotadas aún en la saliva gris del cemento. Hay unos cuantos cirios de pie que rodean la cama, y también del techo –desconchado, del que llueve una caspa de yeso a cada grito– cuelga un lamparón de araña, y sus patas de bronce sostienen en cada extremo unos gruesos velones, que, igual que los cirios, llevan inscripciones absurdas en rojo lacre sobre sus troncos, que se deshacen en goterones baldíos, como el semen de un ahorcado.
Tengo que matarla de una vez, no tiene ningún derecho a joderme la vida con su mala manera de morirse. Bastante he aguantado ya sus memeces, sus aspavientos y sus desmanes. Siempre justificando cada vidrio roto por las ganas de mirar, siempre disculpando cada papel mojado por sus ganas de decir, por esa baba idiota que le cuelga de la vanidad, como a una becerra que boquea en el matadero, atascada en un corredor que le aparta del camino del verdugo. Pero aquí está la bestia gris, la veo venir desde hace mucho, no importa que se revuelva y cocee las paredes, ya va siendo hora de que me devuelva el silencio robado, de hundir el hierro en su testuz, para que se desplome por fin y me deje hacer las cosas a mi manera. Es el momento de acabar, hoy es el día perfecto, de modo que he de matarla ya, y enterrar pronto –antes de que le apesten las entrañas, abotargadas– el cadáver de esta bestia en cualquier rincón del bosque. Un buen día crecerán nuevos brotes y no quedará ni rastro, bajo la sombra delgada de los árboles. Hoy es un gran día, ha llegado la hora, voy a matar a esta bitácora.

25/10/07

Volcanes en los parques.

«Me gusta pensar que ese texto [*] sirve como metáfora o explicación de mi mejor manera de escribir cuentos: hacerlo con el instrumento sin afinar, improvisando, buscando a saltos las mejores teclas para que la historia suene.»

Hipólito García Navarro -biólogo interruptus-,
de su entrevista en El Síndrome Chéjov.
[*] Las notas vicarias, incluido en Los últimos percances, Seix-Barral.



VOLCANES EN LOS PARQUES.



Para Víctor García Antón y Ángel Zapata.


ACE TIEMPO QUE NO NOS ASESINAMOS, y comienzo a preocuparme. No quisiera que me malinterpretaras, ni que vuelva a suceder lo de las vicarías en llamas, no estoy por la labor de vadear otra vez los arrabales en tu busca, sólo porque he olvidado salir con el piano de cartón en la mochila. No estoy enojado contigo, créeme, muy al contrario, pero todo aún es muy reciente, y necesito que lo comprendas. Parece que lo estoy viendo ahora mismo, querido, todo es como un cinematógrafo que me empapa las sienes con su luz verdosa.
Anguilas que se anudan en las ramas de un baobab etíope. Viudas que saltan de espaldas en los acantilados, como se hunden los buzos en el Báltico. Relojes de pared que dan las ciento ocho horas del día en hebreo. La sal de los quitanieves sobre una retama de ortigas ciegas. El polvo entre las uñas de los libros, fotografías en las solapas de las manos, mentiras en la cubierta de un buque insignia, arpones de vidrio en el lomo de una ballena amarilla. El cálamo y la verga, la costura y el balandro, colmenas y sarmientos, qué bien quedaba todo colgado del viento, en las estanterías de noviembre.
Esto lo conservo con absoluta nitidez: sargazos en las galeradas de una deriva, entiéndeme, como si fuera la gabarra la que rasgara la cortina de lotos. Rémoras de humo en la nuca de un ciclista que atraviesa el páramo, un mascarón de proa encallado en el funeral de un trapecista húngaro. Violines, sobre todo violines, en las galerías de una cárcel derruida. Aves de ceniza que surcan el velo de amianto de las fábricas, bandadas de ferroviarios que migran al sur, mientras todo el mundo lee poemarios de esparto en las azoteas del otoño.
Zapatos, quinqueles, sombreros, candelabros, abrigos, bujías, paraguas, bombillas, maletas, millares de maletas fundidas, todo esparcido como si fueran argollas en una sastrería, todo esparcido y apagado, créeme, en el patio desierto de un colegio fantasma. Barracones y crematorios para el exterminio de los unicornios, cementerios búlgaros en la explanada de las vírgenes, mausoleos de mercurio en cada callejón de la ciudad sumergida. Aún me cuesta creer que no bautizáramos aquél pasaje de la antigua serrería. Todavía estoy viendo llover en la gran nave de los cipreses, por una vez horizontales, ellos los muertos. De hecho, llueve, llueve tanto que no se distingue el techo.
Hurones –sí, dije bien, hurones– que se enroscan en los tobillos de una pianista tibetana, mientras el nocturno se derrama entre los muslos y todos los poliedros, por muy fieles que digan ser a la parroquia, abjuran sin excepción. Robledales enteros a la fuga, hacinados en bitácoras de caoba, que desertaron de los galeones de siempre –demasiado hemos hablado ya de todo esto– para conducir al exilio a esas interminables caravanas. Una fortaleza de obsidiana en lo alto de aquellos peñascos azules, con su guardia de hipocampos en perfecto estado de revista. El brillo de las alabardas sobre las losas del patio de almas, insoportable, como si la luna se hubiera partido en mil lascas que se mantuvieran en prodigioso equilibrio sobre un bosque de bastones. Nunca nos gustó la instrucción, eso es cierto, pero la hija del bibliotecario –¿has vuelto a verla alguna vez?– se derretía por nuestra pechera de fieltro con aquellas aldabas de latón. Tengo el sabor de sus axilas en la boca del estómago, eran tan convexas, tan brillantes.
Y los cartelones de alabastro, todavía suenan cuando hay eclipse y se agita el aire ¿puedes creerlo? Ya sabes, se hacen un ovillo y canturrean, como aquellos ángulos que anidaban en las clavículas de las panaderas. Y aquellas lavanderías, esas no llegaste a verlas, pero Dios, no sé cómo decirte que no había ni un solo cormorán que no sostuviera un mazacote de barro en aquellas bandejas de sombra. Así fue siempre, y así sigue, tal como te lo estoy diciendo, cartelones de alabastro, y mazorcas de satén, y persianas de azufre, y gavillas de ahorcados, tendidas sobre el mármol de las catedrales, como si fueran manojos de olvido, ¿te acuerdas? Las vendían casi tan baratas como aquellas circulares con los secretos de confesión, aunque siempre admiré, he de decirlo, el modo tan exquisito en el que encuadernaban aquellos legajos de silencio verjurado. Daba gloria pasárselos por las mejillas, luego llegábamos al corredor y el viejo nos zurraba de lo lindo porque teníamos los pómulos negros. «Que olían a lechazo de muerto», decía el viejo cabrón.
En fin, camarada, así lo recuerdo todo, encendido y afilado, como si me rajara ahora mismo en las muñecas con una navaja verde, te doy mi palabra. Te escribo en la bañera, he de moverme un poco antes de que me cubra la lava, y este uniforme me está matando. Ya sabes que me llevo el trabajo a casa, no puedo evitarlo, aunque cada día hay menos volcanes en los parques, y como esto siga así ya ni sabré qué hacer. La gente ha perdido el respeto por lo imprevisible y se sabe de memoria los accidentes, aun antes de que sucedan, me da asco la gente, con esas cejas postizas. Qué te voy a contar que ya no sepas. Pronto nos veremos, y quiero que todo sea como antes, no voy a tenerte nada en cuenta, querido, confía en mí. Recuerda olvidarme para que cuando nos encontremos podamos volver a conocernos, ya sabes que adoro esa forma que tienes de tropezarte conmigo, cuando llevas prendido un quebrantahuesos en el ojal, y vienes deshojando gárgolas por la avenida, como si nunca hubieras estado en la estación del Este, sabes de sobra que allí, entre las vías, florecen cada tarde las cariátides. A veces pienso que lo haces adrede, pero me encanta que te ofendas y me preguntes cada vez que quién demonios soy, mientras saltas a un banco, como si fuera a leerte cualquier cosa, o a torturarte con una revista, ay, amigo, como si no nos hubiéramos empujado tantas noches en el andén del paseo marítimo, cuando se acercaba el tranvía.