Bitácora de Sergi Bellver: diciembre 2006

28/12/06

Del nómada estelar (III).

"No aparecen ofertas de empleo para asesinos en los periódicos,
esa era mi profesión: ex-policía, ex-blade runner, ex-asesino".

Deckard

B.S.O. "Blade Runner": End title.



Escribir debería ser otra cosa, y no un simple oficio. Aunque, a las malas, sería precisamente eso lo que cabría demandarle a muchos como indispensable, que se tomaran el tiempo necesario y tuvieran la honradez de ser buenos artesanos en su métier, conocedores de la técnica y el legado de su profesión, capaces, y no meros burócratas, resabiados en los vericuetos del sistema, ora serviles, ora a degüello, por salvar el puesto y prevalecer en la gran empresa del libro. En la fachada de esa mole titánica se despliegan inmensos carteles publicitarios, que avasallan al transeúnte hasta convencerle de tomar prestados los que habrían de ser sus propios deseos. Por las innumerables plantas del “rasgacielos”, haciéndole un siete al firmamento, entre oficinistas que olvidaron hace demasiado tiempo el olor de la hierba o el brillo de las estrellas, permanece suspendida una nube de polvo léxico que estropea las voces hasta igualarlas en un carraspeo raso y fútil, un rumor constante y reconocible que delata a los intrusos en cuanto alzan la voz para decir algo. Los funcionarios, y los hay de todo rango, desde el amanuense al comisario de propaganda, del histriónico bufón free-lance al hierático subdelegado, todos con el mismo breviario entre manos, aprenden a inhalar esa polvareda, y ya no son capaces de mirarse o hablar si no es a través de ese turbio enjambre de cenizas, y cuando algún resto de su propia voz les sorprende a solas en cualquier rincón aún no contaminado, se azoran de culpa y terror ante el dedo acusatorio del resto de la colmena, y regresan arrepentidos al idioma de la carcoma. Y en los sótanos del edificio, con la esperanza aplastada por la presión de una sombra compacta, se acumulan los almanaques de miles de proyectos y tímidos susurros que perecen bajo las telarañas. El monstruo funciona, la colmena produce, y el recién llegado presenta sus credenciales a las puertas, manuscrito bajo brazo, tan ufano como incauto, a punto de convertirse en una ruedecilla más del engranaje.
La peor clase de censura no es la de la guillotina editorial, ni la falacia de los premios literarios. Aunque su capacidad para silenciar otras propuestas sea aún más inapelable que otras inercias represivas del pasado. Antaño existía la posibilidad de burlar la zafiedad del censor con un recurso retórico o una metonimia cualquiera, agrietando la rancia almena del poder con una cuña de frescura. Hoy, sin embargo, aunque el filo de la hoja se presente romo y el verdugo vista de firma, cualquiera puede observar, a poca luz que se le acerque al tema, que esa política “robespierreana” no es más que estrategia empresarial, ya que se maquilla de otra cosa, pero funciona exactamente como una selección de personal o un resorte de influencias para la promoción del empleado del año. O bien, en el mejor de los casos, se convoca una plaza y se le asigna al opositor un salario por adelantado (el importe de los premios literarios es en realidad un anticipo de ventas a cuenta de los derechos de autor, a veces imponiendo condiciones draconianas que lastran el camino del sumarísimo agraciado), o bien se asciende al secuaz de turno entre laureles y ensayadas muecas de enhorabuena. Lo que es seguro es que uno y otro lucirán a partir de ahora la medallita, para que la jerarquía les identifique, la soldadesca les respete y los civiles, los contribuyentes que sostienen a la armada insufrible con su consumo, les elijan. Antes, la censura arremetía contra lo susceptible, según su tosco prisma, de subversivo o indecente. Ahora gasta otro talante, tan siniestro como el anterior, y arrincona todo lo que no sea potencialmente rentable.
Si el escritor ha logrado burlar las defensas e introducirse en la fortaleza, sin arietes, sin afrentas, aparentemente sumiso al sátrapa de turno, camuflando sus armas en el vientre de cualquier apetecible caballo de madera, y consigue publicar, tampoco entonces el criterio (cuando existe y trasciende el usual bandolerismo arbitrario) de los miembros del Sanedrín, de esa crítica institucionalizada con derecho a veto, supone, ni mucho menos, la peor de las censuras, porque ese poder afectado (que no fáctico) que sanciona la presunta calidad literaria no alcanza la médula de un escritor genuino. Como mucho hiere el orgullo de cualquier necio, del que cruzó sin montura las puertas de Troya, reverente, doblegado, sin la daga bajo el cinto, o del que irrumpió dando voces, imprecando a los mercaderes del templo con su prosa de latiguillo, entre aspavientos de reyezuelo sin corona, pero secretamente dispuesto a aceptar un tenderete más a la diestra del altar. No importa el calibre de su vanidad ni la saña del veredicto, porque esa soberbia herida sanará sin problemas cuando el editor le presente un balance comercial favorable a su producto. Los lectores son sabios, tratará el necio ante el espejo de persuadirse. Y si acaso los jueces, en nómina del sátrapa o parientes y deudos del autor, aplauden su cotización en bolsa, el necio hundirá aún más sus pies en el lodo, convencido de no tener par entre los mortales.
La censura aún conoce otras formas, como en el otro extremo, en la periferia insurgente de las vanguardias, donde se establece un código dogmático, un idioma de camaradería y signos que cae con el peso de una disciplina guerrillera sobre la selva de las letras. El fin justifica los medios, al afán legitima los excesos, la rabia dignifica los errores, la disensión dentro de la disidencia es una traición a la causa y conlleva la expulsión. Pero ni siquiera esta urgencia febril por subvertir a machete lo establecido, escribiendo contra y no desde, resulta la más perjudicial de las mutilaciones para el escritor que no encuentra su cauce en esas corrientes torrenciales ni en la viscosa lentitud del canal oficial. No estar en la ortodoxia del sistema supone no ser escuchado. No pelear en la heterodoxia sobresaliente del momento, la misma que alimentará al monstruo en cuanto este se de cuenta y sepa acomodar sus fauces, para que los renegados muerdan el anzuelo y acepten las prebendas de la gloria justa que sin duda creen merecer, supone no ser, simplemente. Supone yacer amortajado, como un cadáver, o si la sed aún sobrevive, arañar inútilmente una tapa desde el interior del féretro, sobre el que se aposentan los traseros de burgueses y revolucionarios, bien avenidos, como la eterna alianza del buey y el lobo. Unos cuantos terneros son prescindibles, la cohabitación es sostenible mientras el lobo pueda sentirse lobo en cada razzia y el ganado no pierda su hegemonía. Por todo ello, la peor clase de censura no es otra que la que se impone a sí mismo el escritor, acotando de antemano su impulso entre los márgenes ajenos, tratando de agradar a los garantes de la tradición, de congeniar con los cabecillas de la vanguardia o, en el peor de los casos, ensayando la fórmula del alquimista, para convertir el plomo literario en oro.
Debería escribirse contando con el mundo, contando el mundo, echándole cuento al mundo, haciendo recuento de los mundos posibles, pero sin tener en cuenta lo mundano.

21/12/06

Del nómada estelar (II).

"¿Le gusta nuestro búho?
¿Es artificial?
Por supuesto."

Rachael & Deckard

B.S.O. "Blade Runner": Love theme.



Escribimos porque somos una historia demasiado breve, un relato que otra inteligencia podría contarle alguna vez a los suyos, fabulando a partir de un indicio, puesto que no seremos mucho más que eso algún día. Anotamos la realidad y la ficción en renglones que apilamos como ladrillos, alzando un muro que nos salva poco a poco de la gélida sensación de desaparecer, levantando una pared en la que colgar el mapa de nuestra íntima verdad, no siempre verídica ni verosímil, pero cierta a nuestros ojos, para que las visitas conozcan al anfitrión y nosotros reconozcamos el reflejo. Hospedamos todos en nuestro seno una realidad parasitaria que nos posee y conduce, y a la que alimentamos con el placebo de la certidumbre, pero con la literatura y en la ficción buscamos el remedio para purgar esa inercia y vaciarnos, tratando de nombrar lo que queda de nosotros cuando dejamos de ser carnaza para el impostor. La vida se plagia a sí misma, es una autora mediocre que ensaya varios personajes en cada uno de nosotros, aunque la gran comedia nunca se completa. Algunos escribimos para no conformarnos con ese papel y versionar nuestra propia historia.
En verdad me hubiera gustado ser compositor, para hablar un lenguaje distinto, más pleno y menos trabado que el de las palabras, pero esa es la única arcilla que aciertan a trabajar estas torpes manos. Cambiaría todos los párrafos de una vida entera, palabras frágiles, prestadas, melifluas, vulnerables, caducas, barcazas horadadas de las que achicar siempre lo inefable, las cambiaría todas por haber recibido la gracia de la música, con la que poder bogar por todas las aguas sin temer un vuelco. Algún motivo oculto habrá para que sea esta, y no otra, la manera en que trato de compartir y sublimar el lance de estar vivo. No valdría de nada hacerlo al revés, urdiendo hueros artilugios y faenas eficientes para ganarse el pan, que no la vida, ya que toda esa retahíla de vanidades y artimañas no se distinguen en absoluto de las actividades diversas de cualquier mamífero. Es probable que el lenguaje sea el único patrimonio del que disponemos, y aún esto no está del todo claro, pero sí es palmario que a través de las palabras hacemos el mundo, lo interpretamos, y lo reinventamos a una velocidad vertiginosa, que rebasa a menudo a la lenta evolución de las ideas. No nos hace más eficaces que una hormiga o un delfín, puesto que ambos están perfectamente dotados para su parcela de realidad, aunque a la hormiga le resbale Kant y al delfín le sobren las palabras para entenderse con sus congéneres, pero sí nos hace genuinos. Cuestión de corteza cerebral, dicen, donde residen, precisamente, las habilidades del lenguaje, la capacidad de abstracción, la imaginación y la inventiva. ¿Será el arte, conjunción de todas ellas, el verdadero trazo distintivo del ser humano? Uno hubiera pensado de toda la vida que el amor podría ser el otro, el amor incondicional y abnegado que sacrifica el bien propio por el del prójimo, pero ciertas demostraciones científicas en torno a la bioquímica y la interacción de intereses de las relaciones humanas, así como abundantes ejemplos de sacrificio y entrega en el reino animal, han hecho tambalear esos cimientos y ahora sospecho que no hay faceta de nuestras vidas que, en nuestro radical antropocentrismo, no supongamos virtud y gracia exclusivas del más desarrollado de los primates. Sea como fuere, todo lo que de la esencia humana no se separe del instinto de supervivencia, pues, no es digno de mayor consideración que la reproducción del pingüino emperador o la migración de las grullas. No sé entonces por qué escribo, aunque me sirva para formular una y otra vez las paradojas de la existencia y las manifestaciones de la belleza, pero tengo muy claro que no escribiría una sola línea más si lo hiciera de un modo diferente según se quejaran mi estómago o mi bolsillo, ni una palabra más, si cambiase en algo el verbo por hacer fortuna un día y arruinarme al siguiente.

18/12/06

Del nómada estelar (I).

"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?
Eso es lo que significa ser un esclavo."

Roy Batty.

B.S.O. "Blade Runner": Main title.



Más allá de los turbios abismos que engullen la materia y ahondan los pozos del alma a los que se arroja la esperanza. Donde no hay más referencia que la incandescencia de los astros en la distancia ni otro piloto que un afán incombustible aferrado al timón de la nave. Más allá, donde un vértigo denso e inabarcable rodea a la percepción hasta desdibujarla en la locura y el horizonte es una esfera difusa en infinita expansión, en la que brillan a lo lejos, en todas direcciones, vagos destellos que aturden al navegante, como faros suspendidos en la yerma y helada inmensidad del espacio. Más allá, embarrancando la quilla de la nave en el resplandor fronterizo de todo lo que es, allí, por fin, allende la más absoluta soledad, donde ningún ser humano ha soñado llegar jamás, al albor de nuevos mundos, prístinos e intactos. Allí también llevará el último nómada su don y su condena, porque cualquiera que sea la sombra o el fulgor del que nace, hay en la condición humana un anhelo ancestral que impulsa a nuestra especie, para bien o para mal, desde su origen: la voluntad de dar un paso más.
Del otro extremo de nuestra naturaleza tira la conciencia sedentaria, aferrada a lo que ya conoce, asentada sobre los pilares de lo establecido. Y estas dos fuerzas se manifiestan en cada temor y cada sueño del género humano, condenándolo a las tinieblas o al caos cuando se rompe el equilibrio. En cada grupo se dan siempre el grueso imprescindible de quienes transmiten y perpetúan la tradición y la minoría en la que se despierta el instinto explorador, el sujeto al que una voz interior parece sugerirle siempre la posibilidad de una realidad distinta. También cada persona lleva consigo esos dos atributos de una misma identidad, que se necesitan, y por eso el genio y la imaginación deben tomar impulso desde la reflexión para darle a un sueño la categoría de destino. Por eso mismo una sociedad se enquista y degrada si permanece demasiado tiempo en la endogamia, ideológica, cultural, estética, y sobre todo, moralizante. Una utopía veleidosa o una quimera hecha dogma pueden arrastrar a los pueblos al absurdo o la barbarie, pero una sociedad anquilosada en sí misma, demasiado satisfecha, cebada y adormecida por un bienestar que no se preocupa del buen ser, está condenada sin remedio a la extinción. Esa es la dualidad del nómada y el campesino, la del astronauta y el capataz, la del artista y el artesano, y allá donde haga pie el ser humano se repetirán siempre los mismos conflictos y las mismas venturas.
Pero un buen día, el irrevocable, porque todo es perecedero, para cuando este planeta cierre su párpado azul, y el menor de sus hijos expire sobre la faz de la Tierra, cesará la cuenta de todas las anécdotas, tragedias y hazañas de la Historia, se evaporará el rastro de todas las pasiones, andanzas y bajezas de cada existencia privada, y todos los hallazgos, logros y crímenes del homo sapiens prescribirán. Y en el crepúsculo de ese día, cuando la leyenda del mundo se diluya, computada como efímera gota en el mar antiguo de la Creación, las glorias de la posteridad caerán de su peana y se disiparán eternamente en el polvo sideral, como murmullo de aves de invierno que se desvanece en el viento.
¿Qué quedará entonces como testigo de nuestro paso por el cosmos? ¿Qué importa pues labrar un nombre en el panteón de los ilustres? ¿Acaso no resultan absurdas la soberbia y la obsesión por perdurar? El tiempo que se nos ha dado es demasiado precioso como para derrocharlo en la mediocridad, porque una vida vale lo que resplandezca su instante más hermoso. Quién sabe, tal vez permanezca algún resto de nuestro naufragio, flotando a la deriva en el vacío exterior. Sería hermoso dibujar una onda sutil en la quietud del firmamento, mientras nuestra existencia se hunde en el lago del olvido, quizás el eco de una pieza de Mozart como fondo del silencio, un pedazo del David de Miguel Ángel o un fragmento de la Gran Pirámide convertidos en cometa, para que cualquier alienígena pida un deseo, o tal vez una ligera resonancia, la vibración diseminada de todos los amores ciertos que en el mundo han sido, como la aureola de una estrella extinguida. Sería terrible pensar que alguna vez otra civilización pudiera encontrar un vestigio miserable de nuestra especie, varado en su órbita como morralla, fuera la torreta de un tanque, una silla eléctrica o el chirriante envase de una hamburguesa.