Bitácora de Sergi Bellver: septiembre 2006

29/9/06

Luz y tinieblas.

Ali Farka Toure & Ry Cooder: Bonde.



En los últimos días he recibido varias bocanadas de aire, las más en privado y alguna en público, que han inflado mis velas. También algún tirón de pelo, pero con el bienintencionado afán de sacar mi cabeza de las aguas turbias. Unos y otros me han ayudado a respirar algo mejor, me han prestado algunos retales de luz, y lo agradezco de veras. El aire que sustenta al albatros no sopla sólo de cola, ni pertenece únicamente a las corrientes, también habita en el aliento de los compañeros de viaje. Hasta del viento de cara puede sacarse un aliado, pues es el contrario el mejor acicate para la constancia y el vendaval el mejor avatar contra el que fortalecer las alas.
Si de algo no se puede acusar a esta bitácora es de apresurada (ni con urgencias puede pasar alguien por ella, porque lo hará sin percatarse de lo esencial, o desistirá enseguida). Por diversos motivos, no puedo acceder a una conexión con la frecuencia que quisiera, pero es que además hay cierta voluntad en ello. Una vez, un amigo del que me separa un silencio pero al que me une una voz que no hace trampas, Pablo Arredondo, poeta mexicano y maestro descorazonado entre gringos obtusos, me enseñó que la prisa es mala tarjeta de visita para el escritor. Hay que tener la honestidad de tomarse el tiempo debido para ofrecer al otro lo mejor que seamos capaces de hacer con aquello que queremos decir. Ya sé, para qué tanto esmero, si sólo es una bitácora, pero es que no es un diario. Ni un púlpito, ni un hombre-anuncio, como me parecen algunas de las más reputadas de la red, que disfrazan el ardid. La más honda intención de esta empresa es compartir el fervor y contagiar la fiebre. Por eso, y por las dificultades técnicas que me constan en algunos casos, decidí compaginar las “Alas de Albatros” originales con la nueva versión, “Alas de Albatros Redux” (un guiño a una de mis películas favoritas, y una de las más afortunadas adaptaciones –aún libre- al cine de lo literario). Lo que cuenta es la palabra, lo demás es sólo afán estético del anfitrión que desea agasajar a los invitados, así que a partir de ahora publicaré siempre de manera simultánea los mismos textos en ambas versiones. Los pragmáticos pueden saciarse (es un decir, si lo logro) con una, y los sibaritas con la otra.

Y de esta primera entrada conjunta (después de haber republicado todo –salvo lo prescindible-, desde mayo hasta la primera parte del artículo sobre Joseph Roth) tiene toda la culpa Olvido. Desde su bitácora me llegó una de esas bocanadas públicas, ya que pocas cosas hay más reconfortantes para un juntaletras que tener noticia de que alguien que demuestra tan buen gusto por las letras repara en las suyas. He ido hacia atrás, hasta Angéline, al recomponer el rompecabezas, y si he entendido bien, se trata de traer a colación un texto que nos haya tocado en especial, de alguno de nuestros autores favoritos, y no escoger entre los que hayamos perpetrado nosotros en nuestra página (como parece haber entendido La Lentitud de los Gramófonos, aunque dado el buen gusto, huelga corregirle), ¿voy bien, Olvido, o me fumé una alfombra?, cosa que además me parecería casi redundante, dado el ritmo de galápago con el que publico (que conste que, por la amargura que esa metáfora sigue dejándome en la boca, ya que la vivo todos los días en mis carnes, escogería “El templo”). Bien, ya que la persona que me ha hecho llegar esta iniciativa se ha saltado algunas presuntas normas, haré lo propio, alzando mi vaso en camaradería anarquista, y no copiaré uno sino dos fragmentos. No sólo me ha costado decidirme entre decenas, sino que en cierto modo existe una justificación. Desde cierta conexión en cuanto a la luz, hasta en la banda sonora, colaboración y puente entre la vieja África y ese otro profundo sur de los EEUU que tantos talentos nos ha dado.
Como ya conté una vez, no recuerdo ahora a santo de qué, sólo he ido a un taller literario en mi vida, de creación de relato breve, y no creo que repita (porque me sé cuentista mediocre y la honestidad también abarca no meterse en camisa de once varas), pero obtuve dos recompensas: algunos amigos con los que compartir esta fiebre, y un aprendizaje. Los trucos los aprendí, pero no me estaba refiriendo a escribir cuentos –para eso hay que tener una mirada particular, para hacerlo bien, me refiero, y yo no quiero hacer nada a medias; mi mirada, insisto, si es que algún día cuaja, sería de novelista-, sino a leer, a leer con otros ojos los hallazgos de mis cuentistas preferidos. Me tranquilizó constatar el otro día en una charla que mi entonces profesor y ahora amigo, Víctor García Antón, piensa lo mismo. Sí, a menudo, a leer se aprende escribiendo, y a escribir, leyendo. Donde no llegue el talento, poco queda por resolver. Y que conste que Víctor es muy buen profesor, alguien que no sienta cátedra ni corta alas, a quien sólo le pediría un grado más de severidad, y quien sabe transmitir como pocos su pasión por las letras, a pesar de que al hosco (en lo que me toca) Jiménez Morato, no recuerdo ahora si tras una conferencia del editor de Páginas de Espuma, o tras la presentación de “Amor del bueno” (después de esa entrevista, véase la reseña del otro destinatario de este trasunto, Miguel Ángel Muñoz), acuclillado yo en un puf moruno a la vera de Ángel Zapata (la leche, dos talentos –Zapata y Antón- en el mismo salón), le pareciera un menoscabo el que mi primer juicio, ante su curiosidad, acerca de la valía docente de Víctor fuera el de “muy buena gente”. ¿Y qué mejor huella para dejar en el otro como impresión ineludible de su persona? ¿Para qué querría un maestro, aunque se llame Nabokov (que lo fue), talentoso pero ególatra, de esos que te sancionan si no calcas su postura? En fin, a lo que íbamos, el aprendizaje, que por eso traigo el primer texto, del gran sureño (casualidades las justas), Faulkner, porque me dio una clase magistral de composición en poco más de una página. Quien no conozca el libro, tenga en cuenta que los tablones son para el ataúd de la madre, y que si echa en falta alguna coma, no es cosa mía, díganselo al autor (a su espectro), traductor o a quien corresponda:

“El farol está encima de un tocón. Oxidado, sucio de grasa, con el tubo roto y manchado de barro, y uno de los lados tiznado de hollín, arroja una luz débil y cálida sobre los caballetes y las tablas y la tierra adyacente. Encima del oscuro suelo las virutas parecen borrones de color pálido suave pintados al azar en un lienzo negro. Las tablas parecen largos y pulidos andrajos desgarrados de la chata oscuridad y puestos al revés.
Cash se afana junto a los caballetes, va y viene, levanta y coloca las tablas que producen largas reverberaciones restallantes en el aire muerto igual que si estuviera levantándolas y luego dejándolas caer al fondo de un pozo invisible, donde cesan los sonidos sin desaparecer del todo, como si algún movimiento los desalojara del aire inmediato con reverberaciones repetidas. Vuelve a serrar, su codo relampaguea lentamente, una fina hebra de fuego recorre los dientes de la sierra, se pierde y se recupera en cada uno de los extremos con cada golpe en continua prolongación, de modo que la sierra parece que mide dos metros de largo, al entrar y salir de la silueta miserable e inútil de padre.
-Deme esa tabla –dice Cash-.No; la otra.
Deja la sierra y va y coge la tabla que quiere, borrando a padre con el alargado resplandor oscilante de la tabla equilibrada.”


“Mientras agonizo” (1930), William Faulkner.


Podría escribirse una entrada completa sólo analizando este pasaje, pero no me pisaré el borrador que tengo adelantado, ya que preparo a la vez varios artículos sobre mis escritores favoritos, y Faulkner está sin duda entre ellos. Como veis, lento pero seguro, en una regata de fondo, bajo la superficie el iceberg es más denso y amenazador de lo que asomó hasta hoy. Baste señalar ahora la pericia con que Faulkner manipula aquí la luz, casi la cámara, podríamos decir, y desdibuja la figura de un padre del todo desubicado, desconcertado por la muerte de su esposa; o cómo la presencia de la muerte cae como una losa en cada rincón de la escena, así como a unos les redime la anestesia de la actividad y a casi todos nos inunda una sensación de absurdo cuando alguien cercano fallece, y a cada cosa la vemos caer, pesar, difuminarse en el polvo oscuro.

Y la segunda selección ata el cabo a ese acento africano, y al toquecito cómplice del codo. La versión extendida (al revés en el albatros) del film de Coppola, “Apocalypse Now Redux”, se basa precisamente en esta fantástica obra de mi también admirado Joseph Conrad, trasladándola del Congo colonial de finales del XIX al Vietnam en guerra. Probablemente no alcanza el doctorado de obras posteriores como “Nostromo”, pero la maestría y el hechizo de “Heart of Darkness” (que tal vez debiéramos traducir como “Corazón de tinieblas”, sin artículos) es ya innegable. Aquí también el aspirante a escritor puede ir anotando los peldaños que en la búsqueda de Kurtz, y en la prosa de Conrad, se suceden en la pugna entre instinto y razón, envueltos en la atmósfera adecuada, y mezclarse paso a paso en la húmeda oscuridad que va tentando a Marlow (quien relata a terceros la historia), y adueñándose de otros, del viaje sin retorno, y del lector mismo. Para un presunto autor es inevitable, y no siempre cómodo, hacer dos lecturas simultáneas cuando un libro le atrapa. Como lector, que todos somos, disfruta o abomina de lo que tiene entre manos, pero como autor también a veces resopla ante alguna impostura de narrador timorato o se lleva el puño a los dientes, maldiciendo el talento de quien ha escrito esa genialidad, para bendecirlo después por haberle iluminado un poco más el camino:

“Remontar aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en al brillantez de la luz del sol. Los largos tramos del canal fluían desiertos hacia las distancias en penumbra. En los plateados bancos de arena, los hipopótamos y los caimanes tomaban juntos el sol. Las aguas al ensancharse fluían entre una multitud de islas arboladas; se podía uno perder en aquel río tan fácilmente como en un desierto y tropezarse durante todo el día con bancos de arena, tratando de dar con el canal, hasta que se creía uno hechizado y aislado para siempre de todo lo que se había conocido antes, en algún lugar, muy lejos, en otra existencia tal vez. Había momentos en que tu pasado volvía a ti, como ocurre a veces, cuando no tienes ni un momento de más para ti mismo; pero se presentaba en la forma de un sueño intranquilo y ruidoso, recordado con asombro entre las sobrecogedoras realidades de ese extraño mundo de plantas, agua y silencio. Y esa quietud de vida no se parecía en lo más mínimo a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable que medita melancólicamente sobre una intención inescrutable. Miraba con aspecto vengativo. Más tarde me acostumbré a ella; ya no la veía, no tenía tiempo. Tenía que seguir adivinando el canal; tenía que distinguir, más que nada por inspiración, los indicios de bancos ocultos; me mantenía alerta por las posibles piedras hundidas; estaba aprendiendo a apretar de golpe los dientes antes de que mi corazón se escapara, cuando por chiripa pasaba rozando algún infernal y viejo obstáculo disimulado que habría arrancado la vida al vapor de hojalata y ahogado a todos los peregrinos; yo tenía que estar alerta a los indicios de madera seca que podíamos cortar durante la noche para alimentar las calderas al día siguiente. Cuando hay que prestar atención a cosas de ese tipo, a los meros incidentes de la superficie, la realidad- la realidad, os digo- se desvanece. La verdad interior está escondida; afortunadamente, afortunadamente. Pero yo la sentía a pesar de todo; sentía a menudo su misteriosa quietud observándome en mis travesuras, igual que os mira a vosotros, compañeros, actuando sobre vuestras respectivas cuerdas flojas por, ¿cuánto es?, media corona la voltereta.
-Trata de ser educado, Marlow –refunfuñó una voz, y supe que al menos había un oyente despierto junto a mí.”


“El corazón de las tinieblas” (1902), Joseph Conrad.


En fin, la literatura a veces nos reparte una buena mano, con alguna carta marcada, para la partida de la vida. También preparo una entrada sobre Conrad para este otoño, en la que abundaré sobre estos temas. Pero ya basta por hoy. Ahora se supone que debo pasar el testigo a dos personas más, animándolas a elegir un pasaje de alguno de sus libros favoritos, y la primera la tengo clara, por la sensibilidad con la que se sumerge en la lectura (y en el vivir) y lo minúsculo de su vanidad: Marina, te ha tocado (ho sento, noia). La otra elección me causa más dudas, algunos de los que quisiera no leen casi nunca mi bitácora, otros andan demasiado ocupados, y a muchos sería pedirles que hicieran algo que ya cumplen a diario. Además, son legión las páginas que comentan libros con vocación de crítico y multitud las que los destripan con pretensión de académico, así que preferiría conocer el efecto de algún libro concreto sobre un verdadero profesor, un lector curtido y un artista de otras disciplinas. De modo que me voy a saltar de nuevo las reglas, emplazando a tres personas más, por cumplir respectivamente esas tres condiciones. Espero que Vernon (gracias por la bocanada privada), Vorleser (por el coscorrón), y Malena (por la complicidad) no se lo tomen a mal, en el primer caso por el trajín de las aulas en estos días, en el segundo por incitarle a la contradicción, ya que dijo que no publicaría más en su bitácora, y en el tercero por inducirle a materializar su inspiración. Hoy me siento sedicioso.

21/9/06

Joseph Roth (I).


Marlene Dietrich: Das war in Schöneberg.


Hace unos pocos veranos fui a Berlín, con mi pareja de entonces, a visitar a una amiga común, que compartía piso en el Kreuzberg. Casi nada fue como lo esperaba, ni siquiera el verano. El otoño pareció adelantarse de repente, como quien deja entrar el húmedo ventarrón del exterior cuando irrumpe en una fiesta a la que no ha sido invitado, y en pleno julio corrimos a unos almacenes del Kurfürstendamm para proveernos de alguna chaqueta. Berlín tampoco fue como lo esperaba, para mi satisfacción. Me lo habían pintado plomizo y mustio, y en parte es cierto, pero, aún bajo el espeso edredón de nubes, en el aire dormido de los parques, yo no dejaba de apreciar los nuevos brotes que siempre florecen junto a las viejas cicatrices de hormigón, ni el antiguo encanto que latía más allá de las modernas moles de vidrio y acero. Como me sucedería en París, supe que algún día regresaré a esa ciudad. No fue una revelación súbita, sino más bien una conciencia que fue tejiéndose de retales con el paso de los días. Fragmentos de una certeza recogidos en la impresionante isla de los museos, ante la puerta del mercado de Mileto, o en una librería agazapada bajo el peso de un viaducto, junto a la línea del tranvía. También en uno de los puentes sobre el Spree, una fantasía de ladrillo rojo y latón iluminado por el crepúsculo, contemplando el paso de una gabarra, lenta y pesada, que apenas levantaba un dedo de espuma en el agua ni llegaba a deshacer el reflejo de la torre de la Alexanderplatz sobre el azogue del río. Admirando la gracia del cuello de Nefertiti, o divertido por la animada charla de los berlineses en cafés de callejones interiores. En la pintoresca estación de Dahlem Dorf, por la que parece que hayamos salido a muchas millas de la gran urbe, a algún pueblo del bucólico sur, y que nos acerca a los otros museos, donde nos encontramos con los budas helenizados de Gandhara. Había hilvanado esa sensación en cien lugares más, pero el último pespunte fue aquella misma tarde en el trayecto de regreso, desde la ventanilla del vagón, cuando el U-Bahn deja el tramo subterráneo que sigue el Ku’damm y parece salir a respirar, poco antes del barrio de Schöneberg, en un tramo descubierto y elevado, como flotando entre las fachadas de los edificios, sobre austeras iglesias con alma de isla, emergidas en rombos ajardinados. Navego en esta especie de tren anfibio, asomado a los patios de ladrillo oscurecido, donde un chaval con el pelo verde se arremanga una pernera de los vaqueros antes de montar en su bicicleta, una madre turca tiende la ropa sorteando los tirones de un niño o una anciana blanquísima hace entrar al gato con el bastón. Acodado en la ventanilla, rebaso a los viandantes sobre un lecho de adoquines, como quien observa los peces desde alguna lenta barcaza.
Utilizo el presente porque el recuerdo revive el viaje en nuestra percepción. Sí, regresaré a Berlín, pero sabiendo que jamás regresamos a la misma ciudad. Y eso me reconforta. Porque la próxima vez que camine por aquellas calles, llevaré a Joseph Roth en la memoria, y eso supone acercarse al mismo lugar para descubrir una realidad distinta. Los libros no hacen otra cosa que revelarnos todos aquellos ropajes del mundo que antes no habíamos advertido. Y los de Joseph Roth (en concreto “Confesión de un asesino”, “Leyenda del santo bebedor”, “En las ciudades blancas” y “Crónicas berlinesas”) han sido mi epifanía de este verano.
“Fue en Schöneberg...”, canta Marlene Dietrich, quien tenía a Roth como uno de sus autores favoritos, especialmente “Job”, su novela temprana; y “...en el mes de mayo”, como sigue la canción, murió Joseph Roth en París, pero esa es otra historia, que dejaré para la próxima entrada.

Joseph Roth, además de judío, era gallego, y compartía un par de cosas con Adolf Hitler. Lo primero es un juego de palabras, lo segundo no es ninguna broma. Nació el dos de septiembre de 1894 en Galitzia oriental, hoy Ucrania occidental, y entonces parte del Imperio austrohúngaro, una patria que desaparecería tras la Primera Guerra Mundial y que dejaría una honda ausencia en ambos personajes. Aunque aquí el matiz ya es radicalmente opuesto. Si Hitler odiaba a la misma élite judía que rechazó su ingreso en la vienesa Academia de Bellas Artes y añoraba la grandeza militar de la vieja Prusia, el universitario de la facultad de Filosofía y Letras de Viena, Joseph Roth, siempre se sintió un extraño entre aquellos nostálgicos. La profunda tristeza que acompañaría al escritor en su exilio, por la pérdida de una patria, comenzó a gestarse aún antes de su particular fuga sin fin de la futura Alemania nazi. La derrota en la Gran Guerra acabó con el mundo que Roth había conocido, y con una amalgama de lenguas e identidades que había orbitado durante siglos en torno a Austria (una caída presente en “La marcha Radetzky”), y aunque también lo haría con varias imposiciones e injusticias, sentaría las bases de un conflicto europeo que estaba muy lejos de haberse resuelto. El antisemitismo no sería un invento del nacionalsocialismo, era un mal enquistado que latía en el continente desde antiguo, a pesar de que la cultura judía, y en particular la aportación de sus intelectuales, formaba parte del conjunto y lo enriquecía enormemente. El propio Joseph Roth fue corresponsal y oficial del Imperio en la contienda, es decir, estaba del lado de la patria austriaca, y por ende germana, desde el principio. Pero con los años, y tras la fallida República de Weimar en Alemania, la influencia gravitó hacia la herencia prusiana, y la literatura o el arte mismo comenzaron a ser vistos como flaquezas de una sociedad cada vez más encaramada a la potencia de la industria, la máquina y la fuerza armada. Y eso fue lo que acabó de alienar a Roth, que poco a poco se desencantaba de aquella nación de oficiales e industriales que despreciaba la libertad de pensamiento y la palabra escrita. Joseph Roth había llegado en 1920 a Berlín para trabajar como periodista. Adolf Hitler lo haría para asolar la historia.
Hasta los primeros años treinta, si uno paseaba por la bulliciosa avenida Unter den Linden, y dirigía la vista más allá de la puerta de Brandenburgo, sólo alcanzaba a vislumbrar tras ella la fina línea vegetal de una inmensa arboleda bajo el cielo berlinés. A Joseph Roth no le gustaba Berlín, pero es probable que aquellos paseos, aquellos espacios abiertos, se la hicieran más habitable. Por aquél entonces, el ángel dorado de la Siegessäule hacía guardia junto al Reichstag, algo retirado del paseante. En 1938, cinco años después del gran éxodo de escritores, artistas e intelectuales, y de todo aquél sospechoso de judío que lograse escapar a tiempo, las autoridades cambiaron su emplazamiento al centro de la gran estrella, al estilo de la parisina, en el epicentro de una inmensa recta triunfal que cruzaba la ciudad de este a oeste. La columna de la victoria, conmemorativa de las antiguas hazañas prusianas, tachonada de cañones arrebatados a Napoleón, dominaba desde ahora el cielo de Berlín, huérfano ya de las voces y miradas disidentes de personas como Joseph Roth y tantos otros, gris como el uniforme de la Wermacht, sombrío como el omnipresente Tercer Reich.

El título original de la recopilación de artículos que Minúscula (*) nos ha hecho llegar como “Crónicas berlinesas” es: “Joseph Roth in Berlin. Ein Lesebüch für Spaziergänger”, que pretendo traducir como “Joseph Roth en Berlín. Un libro de lectura para paseantes”. Tenemos un precedente en español (**), que espero conseguir en breve, y es “El juicio de la historia. Escritos 1920-1939, Joseph Roth”, publicado en 2004 por Siglo XXI, y con traducción, prólogo y notas de Eduardo Gil Bera. Podríamos acercarnos también a aquella época a través de obras como “Una infancia berlinesa” (1933), de Walter Benjamin, o el collage de “Berlin Alexanderplatz” (1929) de Alfred Döblin, al estilo del “Mannhatan Transfer” de Dos Passos. Pero hay algo en la particular mirada de Joseph Roth que hace casi ineludible dejarse llevar de su mano para ese viaje. La estupenda edición de Minúscula, tan llevadera como elegante, aporta además un índice de lugares mencionados y numerosas fotografías de la época, aunque alguna es posterior al exilio de Roth, en 1933, con las banderolas nazis adornando centros comerciales y bulevares por los que ya apenas paseaba judío, medio judío, cuarto de judío, o librepensador alguno, una homogénea, satisfecha y orgullosa metrópoli a las puertas de una nueva Gran Guerra. Hoy sería fácil pensar que en aquella ciudad –verdadero contrapeso cultural y humano de París en la segunda década del pasado siglo- los hombres salían de los lúgubres moldes de alguna fundición, pero hasta aquellos años fatídicos de la cruz gamada, había sido célebre en media Europa el espíritu alegre y mundano de la mayoría de berlineses.
En sus artículos, Joseph Roth realiza una sucesión de estampas vivas, más allá de la mera colección de postales, porque la agudeza de su pluma va más allá del costumbrismo y penetra en los resquicios tanto de los arrabales marginales como de los altares de la modernidad, con la sensibilidad del artista embutido en el traje de faena, capaz de ver el verdadero rostro de la vida tras la “máscara de metal” del nuevo paisaje urbano. A Roth no le hubiera hecho falta ser judío para desagradar a los nazis, le habría bastado con su mente lúcida, afilada y tan poco dada a la sumisión. La misma sagacidad que sonrojó también a la aristocracia uniformada y a la circunspecta burguesía, tan “aria” como judía, que miraba hacia otro lado, mientras peldaño a peldaño, aquella sociedad descendía a una densa oscuridad. Roth se convierte en un camarógrafo que no desdeña mezclarse con el entorno, del lodazal al mármol, y retrata todos los matices del Berlín de aquellos años, desde la pujanza de la técnica a los primeros excesos del consumismo, desde la bohemia impostada de los cafés a la realidad judía, entreverada en cada tejido de la sociedad, tanto entre los apestados –incluso para sus correligionarios- inmigrantes de la Europa oriental, como en los acomodados industriales y profesionales que en su día aceptaron el ideal militarista prusiano y se consideraron ciudadanos, como extranjeros a los que se les hubiera otorgado un privilegio, de una “germanidad” que iba a repudiarlos en breve, cuando eran tan alemanes como los demás. Joseph Roth insistía con vehemencia en lograr un periodismo que fuera más allá del simple atestado, de la crónica supuestamente objetiva, tal vez porque sabía que a veces se llega antes a la realidad interpretándola que por la mera constatación de los hechos. Tal vez sea ese uno de los mayores logros de Roth, porque, sin traicionar la honestidad, se exponía en cada apreciación, consecuente con su propia visión de las cosas, convirtiéndose en un narrador que uno quisiera hoy encontrar más a menudo entre los novelistas, y un redactor que me gustaría encontrar alguna vez entre los cronistas de la actualidad. No dejaba de ser un narrador en todo momento, aún cuando llegó a ser un periodista muy considerado en su época, porque editaba esa primera impresión del camarógrafo con la intención de decir algo, de señalarlo con lucidez, más pendiente de la intemporalidad de su prosa y de la efectividad del análisis que del prestigio de la firma.
Encuentro verdaderas joyas entre los artículos de “Crónicas berlinesas”, pero hay dos que me han llegado especialmente. Para ilustrar las intenciones del autor, baste citar dos breves fragmentos del que cierra la recopilación, “El auto de fe del espíritu”, que denuncia la quema de libros considerados “degenerados” por las hordas nazis, y publicado ya en otoño del 33, en los “Cahiers Juifs” parisinos:
“Hay que reconocerlo y decirlo abiertamente. La Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por pereza, por indiferencia, por inconsistencia. (Será tarea del futuro precisar las razones de esta rendición vergonzosa).”
“Un pueblo que elige como jefe supremo a una figura que jamás ha leído un libro ¿está tan lejos de quemar los propios libros?”

Aquí, al contrario de lo que pueda parecer a simple vista, fuera de contexto, no se refiere a Hitler, sino a Hindenburg, legatario orgulloso del espíritu prusiano, tan desafecto a la cultura como apegado al militarismo. No obstante, uno se estremece pensando en la intemporalidad (en absoluto casual) de esas palabras, aplicables sin duda a muchos casos en los que el lector puede estar pensando ahora mismo y que por desgracia no nos auguran nada bueno. Recuerdo un pasaje de similar contundencia evocadora en el “Berlin Alexanderplatz” de Döblin:
“Conciudadanos alemanes, jamás pueblo alguno ha sido más odiosamente atropellado, jamás nación alguna ha sido más odiosamente ni más injustamente embaucada que el pueblo alemán. ¿Os acordáis del 9 de noviembre de 1918, de Scheidemann prometiendo Paz, pan y libertad desde lo alto de las ventanas del Reichstag? ¡Pues la han mantenido bien, la dichosa promesa!”.

De nuevo, lo más duro es pensar que Döblin, a través de sus personajes, denunciaba esto en 1929, sin llegar a imaginar siquiera hasta qué punto se agravaría la historia en los años siguientes, aunque esta vez con la complicidad o connivencia de una gran parte de ese mismo pueblo.
Si alguien piensa que esos dos fragmentos de “El auto de fe del espíritu” que he rescatado traen un mensaje caduco, que recuerde que hoy en día los nazis, de nuevo cuño y fiebre añeja, han conseguido ya representación parlamentaria en tres de los estados federales. Su Leviatán particular, ese al que echar las culpas de todos los males, es ahora más cabeza de turco que nunca. Berlín, como un crisol al fuego, en el que hierven agua y aceite sin llegar a mezclarse, es hoy más europea que nunca, así que al tanto, pues.
La mención y valoración a tantos autores (a los amigos, empezando por Stefan Zweig, se resiste a calificarlos) que realiza Joseph Roth en este artículo, tal vez para que la hoguera no pudiera con su recuerdo, da testimonio de la noción que el autor tenía de su época, de su generosidad y de la dimensión de su cultura literaria. De modo que uno anota diligente un par de nombres, por el profundo respeto que como crítico, ensayista, periodista y narrador tributaré a Roth a partir de ahora, así que le concederé a Klaus Mann el desagravio de retirarle de la sombra de ese pilar de las letras germanas que fue su padre Thomas (también perseguido por las purgas nazis). E indagaré en busca de un autor completamente desconocido: Hans Carossa. Otra cosa más que agradecerle a Roth, las pistas para navegantes, por si aún no era bastante con la revelación de su talento.
Pero fue, sin duda, la lectura de “Pasajeros con bultos” la que acabó por decírmelo todo de Roth, así de sencillo. Poesía, cuento, novela, periodismo, todo aquí se fusiona en una sola cosa, por encima de compartimentos, atribuidos siempre por miradas ajenas que clasifican la sensibilidad de un artista y el viaje de la literatura por vagones, sin reparar en que al furgón de cola del olvido van a parar siempre los jueces. La condición de un escritor se revela en un pasaje como ese (y en general en todos los artículos de la parte denominada “El tráfico”, mi favorita, pero especialmente en ese), y trasciende etiquetas. Leyendo ese artículo pensé, simplemente, que quiero llegar a escribir así algún día.
Existen aún cientos de artículos de Joseph Roth pendientes de recopilaciones posteriores y sobre todo, de traducción, con lo que el filón está asegurado. La expectativa de no conocer aún todo el calado de su obra es tan emocionante como el día de partida hacia nuevas tierras. El escritor descifra el mundo al escribirlo, y uno, que además de albergar y compartir desde no hace mucho ese afán, será siempre un lector atento, nunca agradecerá lo bastante el descubrimiento de un observador aventajado como Joseph Roth, un narrador capaz de ser brillante sin abandonarse a la vanidad, siendo a la vez conciso y profundo, visual y emotivo, cáustico y compasivo.

Nunca regresamos al mismo lugar, y cabe preguntarse si habríamos encontrado un mundo distinto al llegar, de haber llevado en el equipaje más libros leídos, más amores vividos, más caminos hollados, pero, además de llevar a Joseph Roth a partir de ahora en el morral, una cosa tengo clara para la próxima vez que vaya a Berlín: el sitio al que iré a gastar algunas tardes. Poco después de mi visita, en el número setenta y cinco de la calle Postdamer, casi haciendo esquina con el Ku’damm, y junto a una casa en la que vivió el autor en 1922, abrieron una taberna llamada “Joseph Roth Diele” (algo así como “el tablón” o también “el vestíbulo” de Joseph Roth), un homenaje, sin mercantilismo y con afecto, al santo bebedor, y apuesto a que un lugar perfecto para releer “Crónicas berlinesas”.

Dejo para otro día la segunda parte de esta celebración por un hallazgo afortunado, en la que hablaré de “Leyenda del Santo bebedor”, “Confesión de un asesino”, del Roth novelista y de su exilio en París. Pero, como digo, esa es otra historia.

(*) Imperdonable mi descuido: la meritoria traducción de "Crónicas berlinesas" en Minúscula es de Juan de Sola Llovet (gracias al del sindicato por la amonestación).
(**) Existe otra selección más en castellano de artículos de Joseph Roth, que se me pasó por alto, publicada por El Acantilado, también en 2004: “La filial del infierno en la tierra”, y que abarca la producción del autor en el exilio, desde 1933 hasta su muerte.

Traducción de algunos topónimos:

Dahlem Dorf: Dahlem pueblo.
Kreuzberg: colina de la cruz.
Kurfürstendamm: terraplén de los príncipes electores.
Schöneberg: colina bella.
Siegessäule: columna de la victoria.
Unter den Linden: bajo los tilos.

posdata irrelevante: a partir de ahora me llevaré la contraria, y trataré de responder, aquí, tras vuestras huellas, y no sólo como hacía antes, a vuestros comentarios. Esto tiene efectro retroactivo, así que pronto me pongo al día.

15/9/06

Sueño y sopor.

En respuesta al “comentario” que alguien dejó ayer jueves,
en mi entrada anterior del lunes, día 11.

Bellini: La sonámbula.
("Come per me sereno"), por Maria Callas.




Excelentísimo Sr. Despertador:

Hacia el final de la desapacible tarde que ayer encogió los hombros de Madrid, tuve noticia, al poco rato de producirse, de Su impagable aportación a esta humilde bitácora. Lo de impagable lo implica Su Señoría, ya que me ofrece Su infinita sabiduría de manera gratuita y además, en caso de que este “juntaletras” insistiera en hacerle llegar el justo precio de Su tiempo, no consta un remite válido o razón a la que dirigirme. Consternado pues, por el dispendio de Su Ilustrísima, quisiera evitar cualquier sospecha de ingratitud por mi parte.

He creído oportuno no reaccionar a bocajarro y dejar enfriar el ímpetu de mi respuesta hasta este momento, para no mancillar Su deferencia con las salpicaduras de un malencarado. Dicho lo cual, a vuelapluma pero ya sereno, me gustaría matizar algunas de las afirmaciones que Su iluminado juicio tuvo a bien desgranar, así como responder diligentemente a Sus veladas interpelaciones. Ignoro en qué lugar sufrió Su Excelencia el infortunio de tropezarse con mi incómodo rastro por primera vez, aunque dado el poco tiempo del que dispone este neófito para navegar por las procelosas aguas de lo virtual, no pasan de cinco o seis los cuadernos ajenos, por la temática que sospecho nos relaciona en este menester, en los que pude haber dejado esos desesperados ruegos de limosna que a Vuecencia tanto parecen haber soliviantado. No obstante, halagado por el denuedo con el que dice haber acechado mis correrías por doquier, aquí y acullá, y sin la menor intención de importunar, creo que debo darle contestación a Su comentario, mil excusas, quiero decir a Su clase magistral.

La sinceridad es sin duda una de las más altas formas de cortesía, al contrario de lo que suele tenerse por costumbre. Ahorrarle al prójimo toda esa agotadora serie de cábalas, deducciones y decepciones que supone interpretar las protocolarias palabras del otro, es sin duda una muestra más de Su ilimitada lucidez, Sr. Despertador. No vaya a pensar que no aprecio en toda Su generosidad la mano tendida, y tenga por seguro que Su anonimato no menoscaba en absoluto la vigencia de Su evaluación. Me tendría por el más zafio de los patanes si no hiciera beneficio de ella. Huelga decir que por eso mismo acondicioné en su día una tabla (amén de las huellas tras cada entrada) para que todo aquél que quisiera criticar de manera anónima “mis textos” lo hiciera, y lo ha hecho, sin el quebranto de verme trasteando en su propia bitácora, caso que la tuviera. Tan sólo lamento no poder acudir a Su foro o tal vez Su bitácora (conscientemente, quiero decir), no poder postrarme ante Su púlpito ¿en alguna revista literaria o algún suplemento quizás? y expandir mis entendederas, o no poder palmear en mi frente ante el hallazgo de alguna de Sus obras, con toda seguridad excelsas, en negro sobre blanco. En cualquiera que sea el ámbito en el que Su Señoría desarrolle Su profesión, la cual no me aventuro a adivinar, del mismo modo que no pretendo desentrañar si Su identidad, a la que quizás he ofendido sin tener conocimiento hasta el punto de provocar Su arrebato, se encierra en alguna de esas bitácoras de corte literario que tengo la desfachatez de visitar con la regularidad que las circunstancias me permiten.

Sin duda alguna, “mis textos”, más exactamente, los textos que publico en esta bitácora, adolecen del talento, el bagaje, la claridad y el oficio necesarios para agradar a Su Excelencia y a otros seguros disconformes, y es más que probable que mi bisoñez se cuele por los resquicios de cada párrafo. No escojo a mis amistades por su afición literaria (aunque la deseara en todas, por su bien), aún cuando ésta oscile entre la erudición y la falta de interés. Sólo tengo en cuenta el gusto literario cuando me acerco a un autor y su obra, dejando la calidad de las relaciones personales para otros criterios, por lo cual, mis amigos pueden perfectamente aburrirse o divertirse con lo que yo escriba. Que de vez en cuando lleguen a mi correo (que podría usted haber usado, por cierto, habiéndonos ilustrado a todos con sus comentarios sobre John Steinbeck, que era el tema) las cartas de algunos lectores anónimos y agradecidos, sólo puede suponer que esta estirpe de soñadores incurables rebasa, inexplicablemente y en número desconocido, mi persona. Como no podía ser de otro modo, no yerra el tiro Su Ilustrísima cuando señala mi analfabetismo literario, aunque me temo que esa será una carencia perenne, pues mi sed de aprendizaje no abarcará jamás del todo la vastedad oceánica de la bibliografía que aún estoy por descubrir, y a la que, si se me permite, me acerco antes caminando por la seguridad de las suaves dunas en las viejas orillas, que de puntillas por los inciertos acantilados de la contemporaneidad.

En un arranque de inusitada grosería, creo que podría arriesgarme a suponer que Vuecencia se dedica de algún modo a la crítica literaria, ya que en el único renuncio de Su exposición que me atrevo a sancionar, demuestra no haber leído más que por encima la mayoría de “mis textos” (más exactamente, insisto, los textos que publico en esta bitácora –meros fogonazos, desahogos e impresiones, como ya dije la semana pasada-, ya que no publico aquí ningún borrador ni fragmento de mi novela, por decoro y porque no me parece el lugar adecuado), costumbre más que comprensible en todo crítico que se precie, pues el agotador cometido que desempeña le obliga sin duda a emitir un juicio de valor sobre tanta morralla y escoria literaria, que ha de echar mano de su capacidad de síntesis, no dedicándole más que unos minutos a una lectura apresurada. De no ser así, Su Excelencia habría reparado en que algunas de las faltas e inopias que me atribuye ya las anoté yo mismo en su día, consciente de todo el trecho que me queda por recorrer. No me alcanzaría el día entero, sin embargo, para agradecerle la condescendencia de reconocer en mí ese “algo”, esa inefable justificación para que Su Señoría haya derrochado Su valioso tiempo en esta bitácora, tratando de abrir mi entumecida sesera a la luz. Aprovecho para recordarle (ya que apareció también en su momento en uno de “mis textos”) que apenas llevo escribiendo unos cuatro años, los dos últimos con verdadera intención, o desvergüenza, quizás. A mediados de otoño cumpliré treinta y cinco años, y toda la labor autodidacta de la última década no puede ocultar que en su día tuve que dejar los estudios en segundo de bachillerato. No me he parado a hacer inventario, pero creo que no habré leído más de un centenar de libros hasta hoy, costumbre, no obstante, que pienso mantener de por vida. De todos modos, en mi desmesurada candidez, pensaba que un escritor no se definía por todo eso, ni por lo precoz de su vocación o lo abultado de su currículum, sino por el afán de contar, por su sensibilidad a lo real y lo intangible, por la necesidad ineludible de escribir, por su mirada sobre las cosas y por su capacidad de transmitirla. Que el resultado tenga o no algún interés para el lector es otra cuestión, algo sobre lo que Su Ilustrísima tiene sin duda una sólida postura. Coincido estupefacto con Su acotación, respecto a la cantidad ingente de títulos de dudosa calidad que se publican en este país. Tenga por seguro que, en el improbable caso de que un desalmado editor decida redundar en esa catástrofe y publique mi primera novela, y si Su Excelencia tiene a bien darme alguna dirección, le haré llegar un ejemplar, para que pueda usted vilipendiarlo, calzar una mesa coja, o incluso, quién sabe, leérselo.

Finalmente, permítame declinar su exhortación y continuar sumido en este sueño de la escritura, Sr. Despertador, que no es más que una vigilia irrenunciable en un mundo de luces y sombras, porque no hice otra cosa que andar toda mi vida sonámbulo, dando tumbos, hasta que hace poco tiempo cobré conciencia de lo que, para bien o para mal, daría sentido a mi existencia. Florece el negocio de los libros (del que estoy seguro que Su Señoría conoce recovecos y trampolines), que le sirve al ocioso para eludir la realidad, y al frustrado, incapaz de crear otra, para etiquetarla. Y existe la literatura, que la desentraña. Tal vez, Sr. Despertador, anda usted demasiado ocupado cabeceando en el eterno sopor del primero, como para darse cuenta de que ni usted ni yo decidiremos jamás qué es lo que hará el lector con esa materia viva que llamamos libro.

Somnolientamente suyo:

Sergi Bellver.

11/9/06

John Steinbeck.


“Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría ese prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz.”

(“Viajes con Charley”, John Steinbeck).

Bruce Springsteen: The ghost of Tom Joad.



Sé que dejé a medias a Rilke, y prometo retomar mi homenaje, pero es que de momento tengo la poética en cuarentena, colgada como un armiño del perchero, por si acaso. Ya habrá tiempo de revivirla y que vuelva a morderme. Pero hoy, en este once de septiembre en el que conmemoramos las uvas de la ira de hace tres siglos en mi tierra, de hace tres décadas en Chile, o un lustro en Nueva York, no podía eludir lo que, de haberlo permitido el azar del tiempo, me hubiera gustado que fuera una sincera y sentida encajada de manos. Firme y afectuosa, como le supongo a este hombre de rasgos duros y mirada gentil, la de aquél que lleva en el rostro los surcos de una vida de azada amarga y dulce cosecha.
John Steinbeck (Salinas, 1902) nació entre harina molida y campos labrados, fue mal estudiante como tantos otros y quizá su madre, maestra, sembrara en él la feraz semilla de la lectura. Precisamente al otro extremo desde su California natal, a Nueva York, marchó a los veintitrés años soñando con una carrera de escritor. Tal vez fue entonces cuando tomó conciencia de cierta aprensión por lo urbanita, pues su primer libro de cuentos, por encargo, fue desdeñado y con ese acerbo equipaje regresó a casa. Algunos creen que la vocación de cuentista no es más que un prólogo para novelistas, pero pienso que es una mirada diferente, o al menos una manera completamente distinta de volcarla hacia el otro. El caso es que, en el año de la gran debacle en la bolsa neoyorkina, un 1929 que también iba a cambiar el mundo desde un babélico desmoronamiento en la metrópoli, Steinbeck publicaba su primera novela, “La copa de oro”. Pero pasó sin pena ni gloria, y es justo en ese momento cuando un escritor comienza a forjarse, aceptando un revés y aún otro más, y revelando su condición, la del que no puede evitar seguir escribiendo, porque es lo único que le mantiene cuerdo en su propia piel.
Muchos conocen un remedo de lo más significativo de su obra a través del cine, a veces gracias a excelentes versiones, como la de John Ford dirigiendo a Henry Fonda en “Las uvas de la ira” o la de Elia Kazan con el sobrevalorado pero carismático James Dean en “Al este del Edén”, que adquirió más eco que el propio libro. Y otras bastante dignas, como la de Gary Sinise (sobre todo por John Malkovich) en “De ratones y hombres”, o “Camaradas errantes”, en la que (¿y cuando no fue así?) Spencer Tracy atesora sin artificios todo el calado de la narración.
Steinbeck publicó lo mejor de su obra aproximadamente entre los treinta y los cuarenta años, puede que hasta “La perla”, y después inició un lento declive, quién sabe si arrastrado por el peso de varios golpes en su vida personal. No figurará en el panteón de muchos como referencia, en este sentido no fue un explorador aventajado del paisaje literario, y es cierto que como escritor, o al menos así lo percibo, no alcanza las cotas artísticas y la influencia de otros autores, como por ejemplo William Faulkner, un verdadero faro para tantos. La crítica fue dura con sus obras de madurez, tal vez porque, además de habérsele apagado cierto fervor en el desencanto, le tocó ser contemporáneo de los más ilustres nombres que encumbraron la literatura norteamericana del pasado siglo. En el complicado 1960, Steinbeck realizó un viaje en caravana por gran parte del territorio de sus Estados Unidos, delegando las licencias de la ficción en las “personales” y silenciosas apostillas de su perro, para mezclarse con las gentes del camino y reflexionar sobre su realidad y la búsqueda de ese lugar en el mundo que todos acarreamos. Dos años más tarde, el año del Nobel, publicaba ese ejercicio de inmersión en un diario de ruta, “Viajes con Charley”. No debería ser nunca la vara indicada para medir la valía de una trayectoria literaria, pero, seguramente llevado por mi empatía hacia la actitud vital de este hombre, siento cierta justicia en que le concedieran el premio Nobel en 1962, año fecundo en las letras donde los haya, y el mismo en que moría, precisamente, un grande como Faulkner. Steinbeck lo haría seis años más tarde.
Hay autores que no han nacido para abrir senderos nuevos en la búsqueda artística, ni poseen el genio para enmarcar el mundo con el encanto de un daguerrotipo. Existen también, afortunadamente, escritores cuya mayor virtud radica en hacer que la vida transite por sus obras hasta lograr que estas atraviesen la permeabilidad de la gente y tengan eco en esa misma realidad. Escritores como John Steinbeck, desafectos a la postura del escritor ensimismado, que con sencillez y honestidad son capaces de señalar la deriva de una generación o el alma de un país sin que parezca un mero ejercicio de estilo.
Con “Las uvas de la ira”, el libro más vendido en los Estados Unidos en 1939 (¿qué podríamos hacer hoy, dónde se esconde el secreto, bajo qué anonimato aún el autor adecuado, para que volvieran a conciliarse las ventas y la calidad, el público y la crítica?) ganó el premio Pulitzer, pero Steinbeck, tal vez urgido por la coherencia de su alegato, tal vez consciente de la ingravidez del éxito por su propia experiencia, entregó el importe del galardón a un joven escritor sin renombre. Rechazar un premio siempre me ha parecido una pedantería, pero hay excepciones como esta en que es un acto incontestable de honradez. Cada caso es distinto. Al pobre Pasternak le conminaron a rechazar el Nobel, al que Sartre renunció en su día, en una intervención existencialista con la que se procuró adeptos y admiraciones, aunque años más tarde andara reclamando el importe, acuciado por la escasez.
La denuncia de “Las uvas de la ira”, que algunos críticos tildan de cándido sucedáneo realista desde el soslayo de la distancia, requería una buena dosis de audacia para aquellos momentos de preámbulo a la segunda guerra mundial y epílogo de la guerra civil española, en los que ya fermentaba un anticomunismo feroz en los Estados Unidos y cualquier mínima pretensión de justicia social era sospechosa de “roja”. Esta obra, en la que la familia de Tom Joad debe abandonar la devastada Oklahoma, expulsados de su hogar por tormentas de polvo y tempestades del más crudo liberalismo, simboliza y recoge no sólo el drama de aquellos emigrantes de un estado a otro (del terruño exhausto de los okies hacia la fértil y altiva California), sino la miseria de un sistema alienante para sus propios ciudadanos. El drama de aquellos desheredados puso en tela de juicio ante el público la bondad del espejismo americano, y llevó al gobierno a tomar medidas.
Pero en esta obra no sólo aparece la odisea, sin Ítaca posible, de una familia y de buena parte de toda aquella legión de granjeros arruinados por los draconianos créditos bancarios. También, y ese es otro de los reflejos del temperamento del autor, aparece la solidaridad inaudita de los propios parias, una fe maltrecha pero indestructible en la hondura de la compasión, y un cuestionamiento de lo que es legal y lo que es lícito, de lo que es culpa y lo que es inercia. En este título, su obra cumbre, y en otros, pues es una constante en sus mejores libros, Steinbeck no pretende, y esa es otra prueba de integridad, deslumbrar con el estilo o trazar espirales sobre sí mismo, como sí hicieron en esa misma época, con indudable talento y en otra dimensión literaria, autores como Henry Miller, o en cierta medida Capote y Scott-Fitzgerald. A pesar del lirismo contenido de ciertos pasajes, John Steinbeck está lejos de la sofisticación, habita en el polvo que sepulta los años felices de toda aquella gente, en el olor a grasa, gasolina y desconfianza que se derrama sobre el asfalto de la ruta 66, en las callosas manos que buscan el trabajo allá donde un capataz lo arroje con desdén, en la rabia embalsada tras la húmeda mirada del forastero que contempla impotente los desmanes de terratenientes y secuaces uniformados, y en la resignación de la muerte, que llega callada y cabizbaja entre el ruido de tablas y pistones del desvencijado camión que transporta a toda una familia hacia el sustento. La Madre del clan Joad simboliza el eterno pilar que sustenta todas aquellas patrias verdaderas del corazón humano, tan sólido como capaz de estremecerse ante la bondad del prójimo. Padre camina desubicado pero leal por el mismo sendero. El propio Tom Joad lucha por ponerle diques a la iracunda marea que va minando su paciencia, y su hermana Rose of Sharon podría ser la metáfora de una América despertada a empellones de su sueño, contrariada por su propia realidad, pero capaz de crecer y redimir al final su desengaño con la generosidad.
Precisamente hoy, once de septiembre, creo más que oportuno rendir mi humilde tributo a John Steinbeck (y de la mano de otro honesto trovador, Bruce Springsteen), que dio voz a esos otros americanos, hoy que tan en boga está denostarlos a todos por culpa de sus dirigentes y la otra mitad de “patriotas” que los apoya. Mujeres y hombres cercanos a la realidad sin edulcorantes de su tierra. Ese sustrato de ciudadanos batidos por un oleaje que les supera, desde lo alto en el hogar, desde lo desconocido en tierra extraña, en un mar de ira y temor que socava lo más sencillo de sus existencias. Nada que ver con el fundamentalismo cristiano, la derecha recalcitrante, o los intereses de las macroempresas y sus hilos de maestro de marionetas. Gente corriente que busca su sitio, en el trabajo diario, en aquellos que aman, y entre el tumulto de una sociedad compleja y contradictoria; disidentes, inconformistas, ácratas, o aún desde la pasividad desencantada de esos otros camaradas errantes, esa generación de camareros en cadenas de comida rápida, empleados de túneles de lavado, o dependientes de un drugstore, esos clerks que ahora coexisten en un nuevo escenario con los nuevos inmigrantes. Unos okies que llegan desde el otro lado de la valla, mojados de desesperación, exactamente la misma clase de desposeídos que naufraga en Canarias o se cuela por la frontera oriental de la circunspecta Europa.
Si pudiera darle la mano y sentarnos a charlar, me gustaría descubrir qué pensaría John Steinbeck al contemplar la América y el mundo de hoy. Es probable que me contara, apesadumbrado, que pocas cosas han cambiado, y aún así, apuesto a que seguiría manteniendo su inaudita fe en el corazón del hombre.

7/9/06

Bandeja de entrada.

De lo privado a lo público, sin pornografía. De vez en cuando llegan a mi buzón botellas con mensaje, a veces de lectores desconocidos, a veces de amigos que siguen el vuelo de estas alas sin apenas dejar rastro en ellas. Gente que no consta en la estadística, que calla con tanto que decir, personas que prefieren llegar a estrechar una mirada antes que repartir a manos llenas un manojo de palabras. Esta es la contestación y la pregunta que hoy acabo de enviar a uno de esos lectores anónimos, y que, mientras formulaba, se ha revelado colectiva. No le he pedido permiso, pero he ocultado su nombre y la traigo ahora aquí para compartirla con vosotros y repetírosla. Gracias de antemano a ***** por no enfadarse, y a todos por el tiempo y las posibles respuestas. Aprovecho para indicaros que los problemas que algunos habéis tenido con la música en esta bitácora no dependen de mí, sino de vuestros navegadores. Aún así, he quitado la sección “Con-cierto sentido”, de momento, para no abigarraros la visita.



George Winston: Walking in the air.



Fecha: Thu, 7 Sep 2006 16:59:22 +0200
De: Sergi Bellver
Asunto: Una pregunta.
Para: ***** *****


Saludos, lectora. Apenas sé eso de ti, y es precisamente lo que me mueve a escribirte ahora. Algunos dicen que este mundo virtual es una gran mascarada, que la gente se oculta tras pseudónimos e identidades premeditadas, pero ¿acaso fue diferente alguna vez el teatro del mundo, aún mucho antes de inventarse estas ventanas de silicio? Los humanos suelen presentar la mejor versión de sí mismos cuando tienen que contar su historia, y si por casualidad andan peleados con la vida, plañideros, tampoco nos dejarán ver su verdadero ser, empeñados en cubrirlo de velos y oscuras penitencias. Nada más triste que una persona decidida a ser infeliz. Es una suerte distinguirlos, porque así uno anda precavido para evitar contagios. En fin, que a día de hoy podrías ser cualquiera, podría yo ser cualquier cosa, aunque firme en mi bitácora y en las de los demás (sin prodigarme mucho, por causas de fuerza mayor) con mi nombre real. Pero me das confianza (a veces hay que apostar) y hay algo que sí es cierto, palpable, diáfano: tú lees, y yo escribo (obviamente también leo, y a tu manera escribes, aunque “nunca vayas a empezar un blog”, cada vez que reelaboras en tu cabeza lo vivido).
Te llamas *****, llevas apellido vasco (suena a fogón ilustrado y le pega un personaje bretón de novela marinera) y eres bilingüe (aparte de francófila, por lo que parece). Pero eso no sirve de gran cosa para hacer una criba detectivesca. Ni me interesa. Que seas mujer no es una sorpresa, es un hecho incontestable que la gran mayoría de consumidores y amantes (no siempre coincide) de literatura son mujeres. Podrías ser una jovencita con libro de batalla en la bandolera (no bolso) y mechón rebelde, o una señora con fardo de novelas en la maleta, mudándose del pasado; haberte recién asomado al océano de los libros, estar enrolada en algún velero de ficción, o haber pasado ya muchas veces el Cabo de Hornos. El caso es que lees. Y algo me dice que, por tu efectiva brevedad (no es lo mismo ser parco que conciso), eliges bien tus singladuras.
Bien, me llamo Sergi, llevo apellido de castillo circular y pueblo de la Cerdanya pero soy literariamente castellano-parlante, aunque literalmente catalán bilingüe. Mi francés (una concubina que demanda asiduidad y que si desatiendes olvida el roce) anda algo oxidado, más que el inglés (esa herramienta que siempre resiste mejor el polvo del desván), y podría sobrevivir una semana en Berlín con mi rudimentario alemán. Soy un hombrecillo, que es la media matemática entre mi corazón de hombre audaz y mi carcasa de niño quejica. El caso es que escribo.
Así que me basta todo eso para haberte tomado prestado (ojalá saques algún interés a la vuelta) un poco de tiempo (ignoro si te sobra en el trabajo o lo racionas en el ocio), y compartir algunas dudas contigo. Tengo buenas amistades, pero me conocen ya lo suficiente (soy algo complejo, que no complicado, y nunca te acabas el manual de instrucciones) como para que los condicionantes influyan en su juicio, consejo u opinión, y además ya les tengo a mano (es un decir, porque muchos están lejos y saben que detesto el teléfono) para darles la lata de vez en cuando. Pero hoy he pensado, casi me he dejado llevar por esa inercia, que “necesitaba” a alguien que apenas supiera de mí más que por algunas lecturas.
La cuestión es que, leyéndome, has visto pasar la punta del iceberg, y no puedo decir si lo que aguarda bajo la superficie es puro o está infestado de algas y mugre (bajo el lustroso velamen, las panzas de los barcos a veces dan sorpresas desagradables). La punta del iceberg, porque en mi bitácora publico trazos, bocetos, impulsos que luego trato de ordenar para que digan “algo”, pero sigo buscando mi voz. En cierto modo siempre he tenido esta mirada, y alguna vez la plasmé en cartas, con o sin destinatario, pero soy un adicto tardío a esto de las letras y sólo empecé a escribir con intención hace tres o cuatro años, aunque al principio tentando el camino, sin saber bien cómo hacer. Mandé algunos poemarios a concursos y ahora me alegro de que pasaran desapercibidos, porque salvaría muy pocos versos de la hoguera. Escribí algunos cuentos, y el profesor (ahora amigo) del único taller literario al que he ido (e iré) en mi vida me animó a enviar uno de ellos a otro certamen. Le hice caso porque aquél cuento, a pesar del pésimo final, tenía “algo”. Quedó claro que mi patria, aunque en ella brote profusamente la poética (a veces maleza molesta, a veces foresta refrescante), es la prosa. Pero nunca pude ver en mis cuentos esa lucidez o encanto de los cuentistas que me llegan, aún siendo maestros tan diferentes del mismo arte. Nada remotamente heredero de la batuta de Cortázar, del estilete de Carver o de la mirada de Chéjov. Estoy preparando una entrada sobre mi admirado Chéjov para dentro de un tiempo en mi bitácora y digo algo de su capacidad de ahondar sin escándalo en la realidad. Mientras te escribo (mi cabeza a menudo funciona a dos niveles) se me ocurre algo sobre un pescador de esponjas para eso. Merci beaucoup. En definitiva, prosista, vale, pero sin lo que yo considero que un cuentista debe tener para iluminar un puñado de hojas. Sí, la verdad es que soy bastante perfeccionista, muy exigente, dirán, pero ya que lo soy como lector (si fuese crítico literario empeñaría mi cabeza por quien me hiciera vibrar, con el mismo ahínco con que decapitaría las obras de todo aquél que pretendiera tomarle el pelo a los lectores), lo mínimo es que sea el más duro de los jueces conmigo mismo. Es lo más honesto.
Si digo que no soy buen poeta, y por lo tanto no soy, es porque creo también que la mayoría de la “poesía” que se escribe y, lo que es peor, se publica, es mediocre. La crítica rellena los formularios de esa especie de funcionariado de las letras, y recibe su salario de “respeto”, o temor. Si digo que no soy un buen cuentista, y por lo tanto, no soy, es porque también pienso que empiezan a parecerse demasiado unos y otros, y apenas un puñado de talentos (la mayoría muertos) arrastra sin querer a toda una saga de imitadores sin verdadera voz propia. ¿Qué habría de malo en aceptar la singularidad de unos pocos? No es elitismo, sólo higiene. Todos podríamos intentar una mesa, acertarle en la cabeza a un clavo y conformarnos con la cojera del artefacto. Pero no todos somos carpinteros. Pues aceptemos que hay pocos poetas en esta vorágine de tramaversos y presuntuosos. Digamos en voz alta que la mitad de lo publicado en papel no es mejor que esa legión de anónimos que anudan lazos virtuales bajo la inevitable foto erótica, inundando la blogosfera de lugares comunes. Otra vez pensando a dos bandas, y es que tengo otra entrada en la cantera, sobre este tema, y la voy puliendo, y ahora la recuerdo y parece que estoy allí, dándole al cincel. Hablo demasiado, ya ves, somos diferentes. Si no lo hiciste ya, tira esto a la papelera en cuanto veas que hablo sin decir, que es el verdadero pecado.
En este párrafo anterior me percato de que he derramado el vaso. Le escribo a un lector casi anónimo y parece que de nuevo estoy haciéndolo para esa presencia constante que revisa, por encima de mi hombro, los papeles que voy desechando. Parece que hablo de mí, y en realidad estoy contando otra cosa, en realidad estoy hablando de los de afuera. Creo que trato de conseguir algo, y me alivia descubrir que no es para mí, sino por los otros. Todavía no acierto a nombrarlo, pero el murmullo de la intuición se va haciendo sonata rusa y estalla en mi cabeza: todo esto es por algo más que por el acostumbrado ego del juntaletras. Será por eso que muy de vez en cuando entra un caminante en mi posada y agradece el vino, porque comprende mejor que yo que mi mesa no está para ganarme el sueldo, sino para aliviar la sed del otro y desterrar la mía.
Y para eso, que es el verdadero motivo de este correo, necesito contar. No se trata sólo de que la poesía no me asista o que la magia del relato corto me huya, y tal vez sea una bendición no adentrarse en esas selvas, si la mirada no evita extraviarse (hay placer en ello, pero también el peligro de que alguien te siga, se pierda y te maldiga) y la huella no basta para abrir senderos que al poco tiempo no devoren y oculten los nuevos brotes. No se trata de ir probando liturgias, la fe es la misma, pero la revelación vendrá (o acabará de evitarme) de un modo y no de otro. Necesito contar. De todas las carencias, y algún talento, está hecha la condición de un narrador. Si aburre, fracasa, despierta o deslumbra, sólo pertenece al otro. No sirve de nada lanzar una canción a la atmósfera si nadie sintoniza el canal adecuado. No tiene sentido descifrar todas las frecuencias si no hay música al otro lado. Necesito contar y hacerlo bien. Y el único medio que siento natural para nadar a mis anchas (porque esta bitácora no es más que un respiradero en el grueso hielo, apenas translúcido, donde liberar de vez en cuando mi océano a presión) es la novela. Necesito novelar lo que me habita, lo que contemplo, lo que me conmueve, lo que me rebela, lo que estremece mis entrañas con la garra del deseo, lo que me da la medida del otro, del mundo, del prójimo y el enemigo. Probablemente no destape ninguna receta nueva, seguramente está todo escrito, y detesto los ejercicios gratuitos de malabarismo. Me dejan indiferente el mundillo literario y el moho académico y, como indolentes niñas en la clase, la náusea y la pereza de mi impaciencia buscan el recreo. Y el trabajo, las horas de la biblioteca al escritorio y de la calle al cuaderno, sin tribunal de dómines. Trabajo febril y leal, pero desde la pasión del campesino autodidacta y pegado a la vida. No, no voy a inventar ningún –ismo, ni a recalentar la cena que ya olvidaron los comensales (eso es lo que realmente hacen muchas de las que algunos llaman “nuevas voces”), pero necesito contar. Tengo dos novelas en la cabeza y en algunos borradores incipientes, una bien trazada y la otra caótica, y aún una tercera, que en realidad fue mi primera idea pero que sólo podrá ver la luz cuando los años y las tablas me den el poso necesario. Tal vez la escriba con cincuenta años, si me deja la vida. Necesito contar, y lo haré de todas formas, como quien necesita la playa en pleno invierno o un poco de silencio. Pero es mentira que el escritor no piense en el otro cuando crea, porque entonces le bastaría la mirada y su eco repitiendo el mundo en su interior, aún cuando sólo escriba para reordenar esas voces en su cabeza y conocerse. Lo que sí debería ser cierto (y regla) es que el otro no condicione lo que el escritor hace. Pero llegados aquí, y habiendo dado los matices necesarios (y alguno prescindible) para abarcar la esencia de esta pregunta, viene el verdadero sentido de este correo:

¿Qué buscas tú en un libro? O si, como casi todo lo mejor de la vida, acude a ti por sorpresa, ¿qué encontraste en ese libro que hace que lo recuerdes para siempre?

Perdona la insolencia de abrirme así.

Un abrazo.

Sergi.

Pd: jo també estic agraït de gaudir, de tant en tant, del regal de trobades com aquesta. Fan que el món sembli un xic menys boig. Á bientôt.

3/9/06

Cultura.

“Cultura” es también ver un bosquejo borroso del mundo a través del encaje de un burka, el matrimonio concertado, arruinar a la familia por la dote de la novia, o la lapidación de adúlteras y homosexuales. Dejar que la mujer camine durante horas cargando a la vez agua, leña e hijo, mientras se masca tabaco con los compadres a la sombra de un cañizo. Esta curiosa costumbre se repite en varias culturas del hemisferio sur, mientras en el norte aparece como una subrepticia versión doméstica. “Cultura” es igualmente arrastrar del pelo a la virgen hasta la tienda, rapar a la hija por el favor de los dioses, inmolar a la hermana por dejarse violar. Los crímenes “de honor”. La ablación del clítoris, cortar prepucios, rajar mejillas, escarificar espaldas, teñir pieles, horadar narices, deformar labios, limar dientes, descoyuntar cervicales, son manifestaciones culturales, como el piercing y el tatoo, indefectiblemente umbilical y lumbar, de la lolita de turno. Como dejar que los perros agonicen por las calles y dar prioridad de paso a las vacas, o seguir comiendo hígado crudo de ballena cuando ya se dejó el Ártico por el subsidio. Almorzar pinchos de perro, desayunar sangre de cobra, castrar tigres, desastar rinocerontes, vampirizar osos, mutilar tiburones y todo lo que sea necesario para elaborar los mejunjes que aseguren una erección. Leer entrañas de pollo, escupir aguardiente sobre un enfermo, atrapar maridos con mechones y sangrías, ensartar monigotes de trapo. Darse de puñetazos en la plaza del pueblo hasta perder el sentido, no tocar a una mujer que menstrúe, no mezclar carne y leche pero sí guerra y fe, no comer cerdo pero sí ojos de cordero. Enterrar a los muertos mirando al este, al oeste, del revés, encaramarlos a un risco, embalsamarlos, quemarlos, trocearlos, hervirlos, ahumarlos, enrollarlos, vestirlos, pasearlos en animada charanga, o sentarlos en una poltrona del salón de casa y servirles la merienda. Justificar la miseria por la culpa heredada de otras vidas, besar estatuas, forrarlas de oro, ofrendarles comida, guirnaldas, billetes, piernas de plástico, peticiones a la carta. Azotarse, lacerarse, arrastrar carretas colgadas de un gancho bajo la carne, levantar piedras con el pene, atravesarse la lengua, abrirse la cabeza a sablazos, caminar sobre brasas, clavos, cristales, o precipicios. Crucificarse. Cabecear infinitamente ante un muro, postrar la frente cinco veces al día como una brújula, medir con el rostro las leguas que rodean un monte o los escalones que suben a un templo. Bendecir llagas, adorar tormentos, condenar al débil y torturar al insumiso, recompensar al insensato y condecorar al dócil, eternamente. Recalificar el paraíso y adjudicar las parcelas al mejor postor, en moneda de virtud…

Todo eso forma parte de la cultura de los humanos, de un patrimonio no siempre declarado, igual que un libro, una epopeya o una canción. Pero no hay que engañarse, porque también es cultura ofrecer primero el vino al hombre, otorgar salarios según el género, postergar la sinceridad en el encuentro o calibrar al otro según el canon, antes de juzgarlo finalmente por las credenciales. Urdir para buscar favores, convencerse de que las órdenes recibidas son consejos y de que necesitamos lo que nos venden. Encerrarse en burbujas rodantes de vinilo y metal, apostarse tras almenas de ladrillo, subir el puente levadizo y compadecerse fugazmente del hambriento que aparece en el inodoro monitor. Infestar el asfalto a la carrera, cada cual impulsando su propia rueda como un roedor amaestrado, de aquí para allá, ebrios por la sensación de progreso. Atestar las aceras, alerta, como desertores que atraviesan un campo minado, acelerando el paso para escapar del hedor acre de un mendigo. Hablar con el móvil pegado a la oreja o gesticular competitivamente con el “manos libres”, pero no decir nunca lo que urge al que lo necesita, cara a cara y de viva voz. Aparcar a los ancianos en garajes mortuorios con animadores y olvidar el ticket, emparedarlos en la soledad de un cubil y tirar la llave. Extraer grasa por un tubo, introducir silicona por una incisión, divorciar el deseo del sujeto hasta convertir a una superviviente de Auschwitz en la percha adecuada para la frivolidad de un andrógino. Adulterar las mentes vulnerables hasta convertir esa perversión en objeto de deseo. Escandalizarse por ello un ratito, hasta que los elefantinos tobillos de la vecina entrometida, o los flotadores de su irritante retoño, arrebatan un disimulado soplido de nuestro sarcasmo, mientras imaginamos un arpón. Alarmarse en el desconcierto si una mujer labra su propio camino y rechaza el rol que se le adjudica. Sosegarse en el alivio si asume su papel de princesita, y se lleva el mejor macho de la manada (hace milenios, etología, hoy, cultura; el buen cazador se ha convertido para esa clase de hembras en proveedor garantizado, el arco y la flecha en la visa y la facha). Apartar la mirada del mercado de la carne, austeros y dignos, hasta cerciorarse de que estamos solos y saquear entonces la mercancía sin recato. Volar a Bangkok o La Habana y sacudir la papada, como cerdo cebado y satisfecho, entre las miserias de una adolescencia sometida. Viajar a París o Nueva York y estirar el cuello, como grulla encopetada, entre los relucientes cebos de una satisfacción perecedera. Sufrir de amnesia repentina cuando elegimos esa ganga artesanal, trenzada por dedos oscuros, ausentes del pupitre. Cobijarse en una severa sordera cuando delegamos la referencia en un mando a distancia, forjando huérfanos antes de tiempo.

Es cultura comer sangre embutida, carne manufacturada, vegetales de catálogo, cereales diseñados para producir sin pensar en la capacidad de recuperación de la tierra cultivada. Cazar o domesticar por subsistencia es otra cosa, pero es cultura torturar animales en granjas intensivas, criaderos masivos, laboratorios, monterías, ruedos y apartamentos. Salvar a las mediáticas ballenas pero esquilmar los océanos que acabarán matando de hambre a las ballenas. Lamentarse de los incendios forestales, que estropearán la postal de nuestras vacaciones, pero seguir devorando recursos, expoliando la Tierra. Cultura sembrada desde pantallas y portadas es conducir como antaño se cabalgaba, lucir como antaño se advertía, consumir de un modo que jamás antes soportó el medio, sin ponderar la caducidad de esta quimera. Depender del petróleo como en la antigüedad del Nilo, del arroz o del maíz, con la salvedad de que este es un recurso finito, coyuntural, y aquellos, bienes absolutos y circulares. Montar guerras y esconder en el cajón las patentes de una alternativa, para asegurar porcentajes. Seguir mirando de reojo al distinto, confundir respeto con tolerancia impostada, libertad con individualismo, igualdad de derechos con igualitarismo de la condición, progreso con resultadismo, ideas con estratagemas, seguridad con manipulación, defensa con ataque. Idolatrar al listo antes que al sabio, al producto antes que a la motivación o al talento, envidiar al maniquí antes que emular al noble, adorar la certidumbre que procura un plástico, ofrendarse en lento holocausto a una esclavitud de cuerda larga, prostituir las palabras y mellar su sentido al servicio de cada ambición.

En el presente, aquí, la cultura ya no es herencia o patrimonio, sólo estandarte para fabricar bandos, denostar lo genuino, ensalzar lo vacuo, apagar la llama y abandonarse con satisfacción a esa ola insoportable de cinismo que vestimos como un traje ignífugo. La hipocresía de creerse un escalón por encima de los demás, cuando hay tanta mugre bajo la lustrosa alfombra, es la miseria más honda de eso que llamamos Occidente, y lo que acabará por pudrirlo del todo, cuando arrecie una ola inimaginable desde la rabia de los desposeídos. No son mejores ni peores que nosotros, simplemente caminan pegados a la tierra y a los males palpables de la condición humana, y aún no están tan idiotizados. Sólo los que han probado el placebo de esta abundancia imperfecta imitan nuestra necedad, hasta convertirla en un sucedáneo radical. Los extremismos de allí no son más que el eco o la respuesta visceral a los excesos de aquí. ¿Quién ganará la carrera, su desesperación o nuestra dialéctica? ¿Su sed de náufrago o el aguardiente “moral” con el que nos embriagamos? Tan natural es el arroz integral como el veneno de la cobra, de modo que si un día nos borran del mapa, será tan elemental como la selección darwiniana. La evolución de las especies. Nadie dijo que la salamandra fuera mejor que el dinosaurio, pero llegado el momento una sobrevivió y el otro no, sin más. Demasiada voracidad y morbidez para un mundo que cambió demasiado rápido. Todo lo que crece en exceso está condenado a la extinción. Si el ensimismado clan de monos parlantes sigue analizando la metafísica de su ombligo, si engorda más de la cuenta y quiebra las ramas del árbol que le sustenta, está condenado a caer a aquél espacio olvidado, a aquél lugar lejano que ya perdió de vista hace tiempo en sus piruetas intelectuales: al jodido suelo, donde los tigres esperan famélicos, sin preguntarse por la naturaleza del hambre que estraga sus tripas.

Una vez dijo alguien que la solución no estaba en darle pescado a un hambriento, sino en enseñarle a pescar, pero tal vez haya llegado el momento de que seamos nosotros los que debamos aprender a pescar de otra manera, porque, repartido así, el banco marino no da para todos y los mismos de siempre no van a conformarse eternamente con la morralla.


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culto, ta. adj. Se dice de las tierras y plantas cultivadas. 2 fig. Dotado de las calidades que provienen de la cultura o instrucción: persona -- ; pueblo, lenguaje --. 3 m. Homenaje externo de respeto y amor que el hombre tributa a la divinidad, a los ángeles y a los santos. 4 Conjunto de actos con que el hombre tributa este homenaje. 5 Honor que se tributa en diversas religiones a ciertas cosas tenidas como divinas y sagradas. 6 Por extensión, admiración afectuosa de que son objeto algunas cosas, sentimientos, afectos, etc.: rendir -- a la belleza, a la amistad ][ SIN. instruido, educado.
-cultor. suf. Ver –cultura.
cultura. f. Conjunto de conocimientos adquiridos por una persona mediante el estudio, la lectura, los medios de comunicación, las relaciones sociales, etc. 2 Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos, grados de desarrollo artístico, científico, industrial, etc., de una época o grupo social. * popular Conjunto de manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo. ][ SIN. 1 educación, erudición, saber. 2 civilización.
-cultura, -cultor. suf. que sign. cultivo, cuidado, o cuidados; e.: apicultura, puericultor.
culturismo. m. Actividad que busca desarrollar los músculos del cuerpo mediante la gimnasia, las pesas, etc.