Bitácora de Sergi Bellver: agosto 2006

30/8/06

Caravasar.

Omar Faruk Tekbilek: Lament.



A la memoria de Naguib Mahfuz,
que acaba de dejarnos.


Como la respiración dormida de un coloso, el viento del atardecer difumina la frontera entre el cielo y las dunas, y sumerge el mundo en un aura turbia. Las cosas parecen flotar aquí y allá en una sopa espesa y parda, y se diría que en unas brazadas podrían alcanzarse las montañas o atrapar el lagarto que huye raudo a la guarida. Apenas adivinada, por la opacidad que delatan los últimos estertores horizontales de luz solar, avanza la figura de un centauro por la dorsal del mar de arena, como una sombra flotando a la deriva, a punto de alcanzar un islote de piedra y adobe en medio de la nada. Un recodo en la corriente tras un tránsito de mil días.

El jinete llega extenuado a las puertas de un caravasar tras hacer inventario de rostros y esencias, después de haberse sacudido la astucia y el desdén del hombre en cada ciudad, tras compartir el silencio franco del nómada en los oasis y haberse zafado de las hordas ignorantes, hambrientas de revancha. Ha atravesado la infinita página en blanco de una soledad atávica, sin cruzar palabra más que con el fondo vacío de su propia vasija, a punto de perder el juicio con el eco de sus entrañas. Ha bebido espejismos y auroras, ha masticado la tierra y las nubes, ha engullido cordilleras, desiertos, y abismos. Ha sobrevivido al último naufragio terrestre, en busca de un pozo donde llenar de agua su odre, reseco y agrietado como el cauce de sus ojos, hasta llegar a las puertas de este lugar. Su esperanza jadea como su yegua, brillante por un sudor que parece venir desde más allá de los huesos, temblando de pie, luchando por mantener la penúltima postura y vencer el temor de dejarse caer en la agonía.

Llama, y desde el otro lado de la mirilla la desconfianza exhala un vapor sinuoso, invisible, pero denso. Aporrea la madera polvorienta, grita su nombre, muestra las úlceras de su carne agotada y los tesoros de sus andanzas, pero del otro lado de la puerta sólo llega un rumor de voces, un entramado de frases urgentes y negativas ahogadas. De él depende convencer a los huéspedes de este caravasar de que lo que hicieron antiguos jinetes no dice nada en torno a sí mismo. Si saquearon los graneros o envenenaron el agua, puede darles su pan y hacer de su aliento el vino dulce de la palabra junto al fuego, pero de ellos depende creerle. El miedo es un anfitrión huraño, y busca en los ropajes del viajero la moneda con que hacerle pagar las deudas de otros. El dolor ajeno sella cada rendija y condena cada entrada hasta que los quicios se pudren y nada gira, y nada entra ni sale, en una farsa de la vida que se basta a sí misma al otro lado de la puerta.

25/8/06

El delirio y el hambre II.

Anouar Brahem Trio: Halfaouine.



El hambre.

Doce euros, así que me olvido del oficio de vivir del dimisionario Pavese o las obras completas de Baudelaire en edición bilingüe. Ahí al menos dejo un rastro para sabuesos, en la única página que cabe hacerlo para llegar hasta aquí. Después de eso pongo cara a la pared un libreto azul de poesía, plastificado, porque me cae gordo que nadie pueda ojearlo, así que tampoco quiero que nadie lo compre hoy. En el otro cateto del triángulo en que han encajonado la esquina de la poesía en esta gran superficie, donde no hay lugar para una lápida, ni un triste osario para la Ajmátova, por ejemplo, encuentros nombres que me son extrañamente familiares, a la estela del sancionado: de Jordi Doce sólo alcanzo a distinguir cierto augurio en algunos atajos previsibles y de su compadre Diego Doncel leo a dos bandas, algo que me llega y algo de nubes maquilladas y esputos de taberna, hasta que arqueo mis cejas y me viene a la mente, sin conexión aparente, el asunto de Günter Grass, del que mana la sospecha de una estrategia editorial oportunista, pero como débil chorrito de caño, incapaz de acallar un testimonio de décadas de honestidad. A los más necios, es decir, a los más mordaces, no se les ocurre que la ocasión también la pintan calva para arrastrar a los demás alemanes a hacer memoria, y que tal vez sea eso lo que las capas de la cebolla pretenden ahora, pelando la conciencia de todos. ¿Qué narices tiene que ver un galardonado lapo en la taberna con esto? No me entiendo. Salgo de la hipotenusa y me muevo.

Nada del París de Julian Green, o del Londres de Woolf, ni de sus horas en una biblioteca. No da para ninguno de los elogios, del deshollinador de Charles Lamb y de la sombra de Tanizaki, unos limpiando la ceniza con el paño del humor, y otros arrojando semillas en las tinieblas. No tengo para el billete de primera en la belleza ajena o en defensa del fervor, de Zagajewski, donde podría discutir ardiente pero agradecido con los ensayos de Susan Sontag, porque sostengo que el estilo sí es contenido. Para todos estos yantares, ni llegan los doce euros, ni estoy en el lugar adecuado, porque no hay ni rastro de ellos en la turbadora pulcritud de este inmenso tanatorio, donde es más fácil reprimir mi bibliomanía, acuciada en otros lares por algunas ediciones magistrales que logran hacer del objeto mismo algo mágico. Aquí todo es demasiado nuevo y volátil.

Me recuerdo a mí mismo que de los doce euros, medio es para una barra de pan y uno y medio para regresar a casa en metro, así que en realidad sólo dispongo de diez para saciar mi anhelo. Me conformo con el módico papel de tapas blandas, y rastreo los estantes en busca de alguna trufa enterrada. Barajo en mis manos tres ediciones distintas de “Misericordia” de Galdós, pero después de releer a Stendhal y Flaubert, y aún sabiendo que Galdós es la misma luminaria sobre Trafalgar que Henry Beyle sobre Waterloo, y sus heroínas de castizo nombre (¿no había otros? ¿parecemos de segunda porque allá afuera envuelven mejor los regalos?) son el prolífico y agudo par español de las señoras Arnoux o Bovary, decido que no puedo abarcarlo todo, que ya vale de siglo XIX, que ya regresará su momento. Porque tan importante como el libro es el instante en que nos sale al encuentro. Hasta Stevenson cambia de ropajes según leamos “La isla del tesoro” como grumetes o viejos lobos de mar. Incluso como loros al hombro, sin comprender lo que repetimos. En la mano me picotea hace rato el de Flaubert, el de Julian Barnes, que sí asimila lo que digiere del maestro, pero aún así, lo devuelvo a su sitio.

De Roberto Bolaño sólo encuentro un libro de ensayos y crítica amateur, nada de “2666” para poder opinar, y a su vera aparece Juan Bonilla, de quien ojeo la declinación ególatra de una hembra, en la que hay algo que no me convence a primera vista, así que lo dejo por si en la próxima fiesta viene con otro vestido o me pilla de mejor humor. Paso de largo por Javier Marías o Eduardo Mendoza, y sin querer tiro al suelo a Ray Loriga, meditando sobre los lapsos freudianos en lo que tardo en recogerlo. De repente me encuentro con Rodrigo Fresán y la velocidad de las cosas en jardines victorianos, y me llamo idiota, y me digo que existe, y cotejo fechas y residencias de la solapa, y me pregunto si Portnoy no será… cuando interrumpe mi mudo monólogo una conversación entre amigas sobre Delibes, bueno, en realidad una asiente y la otra señala los diferentes títulos del autor castellano como eligiendo una bebida en una máquina, y a cada pulsación de su índice repite “bonito, bonito”. Después llega una mujer y pregunta por los abrazos de Galeano, y el vendedor los señala rápidamente en una montaña de best sellers, y me indigno, porque hace unos minutos me ha hecho varias preguntas para tratar de descifrar quién era esa Flannery O’Connor de la que le estaba pidiendo no sé qué sangre sabia. Sí, americana, cuentista, sureña, bueno, déjalo.

Emigro de la lengua vernácula a la versión de otras voces y comienzo a apilar en mis manos a candidatos, como los amigos enfrentados de Sandor Marai, el sagaz curilla de Chesterton, o la anima(la)da familia de Durrell. A algunos ya los he leído de prestado, pero quiero anotarlos, reblandecerles los lomos, releerlos por impulsos, sin plazo de devolución. De hecho estoy hoy aquí, hambriento de carne, porque me han castigado varias semanas en toda la red de bibliotecas de la comunidad, como un preso condenado a castidad, ya que retuve los “Nuevos poemas” de Rilke durante mucho más tiempo del pactado. Llevo media hora dando rodeos, huyendo del libro que sé que no debo comprar, ese que sé perfectamente que voy a adorar, por las veces que me han pedido paso los empleados y clientes, mientras obstruyo los pasillos embelesado en su influjo. Llevo meses aplazando este libro. Ahora estoy preparando una novela, mi tercer proyecto de primera novela, manda huevos, pero esta, ya se sabe, es la vencida, la que puede más que mis cuitas y avasalla pidiendo paso. Disculpa, otra vez, ya, perdona, y me aparto. Aprovecho el cambio de postura y lo vuelvo a dejar en su estante. No pienso leer aún “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”, porque necesito aprender trucos de carpintero, el oficio del orfebre, la vocación del armador de barcos, y lo último que necesito es el cautivador epicentro de un corazón como el de Rilke, otra vez, para filtrar el mundo. No pienso hacerlo ahora por mucho que la traducción sea del mismísimo Francisco Ayala. Ya advertí hace mucho que no soy un poeta, no al menos lo que yo encuentro en un poeta cuando lo reconozco, así que voy a estar un tiempo a dieta, sólo novelistas.

Ni poseo la máquina de hacer sietes de un cuentista, así que por el mismo motivo dejo a mi amado Antón Chéjov donde lo encontré. De “La estepa” no hay noticia, como no podría ser de otra manera, pero esa recopilación de cuentos de los que sólo tengo la mitad, de momento, se queda donde estaba. Hablando de Antón, me pregunto qué narices hay que hacer para que al “Amor del bueno” de Víctor García, Antón, le hagan un hueco. Chasqueo los dientes y me doy la vuelta. Debería ir al lavabo pero me espero, no falta mucho para que cierren y yo aún estoy como al principio. Debería ir al lavabo y hay una pila enorme de códigos da vinci ahí mismo, pidiéndolo, pero he de salir de aquí con algo que llevarme a la boca, del estómago, la del vértigo. Me aguanto, espero, sigo. Deshojo la margarita de Bulgákov y de repente, del poco ruso que aprendí con una antigua amante, recuerdo la peculiaridad de la letra “o” cuando es átona en ese idioma. Deberíamos decir chéjaf, tolstai, dastayifsqui, bulgácaf… y desdeñamos esa corrección de manera inversamente proporcional al celo que los pedantes ponen en pronunciar camí o shécspir. Curiosamente suelen ser también los que sufren de terribles sarpullidos si tienen que quitarle la “l” al artículo gallego, o decir lleida, o donosti. España es un país de encopetados paletos selectivos.

Me pregunto qué pensarán los que pasan a mi lado y reparan en mi presencia, redundante desde hace un buen rato ahí, arrobado y haciendo equilibrios con la mercancía. Sopeso la idoneidad de ciertas lecturas en mi momento vital, sosteniendo en ambas manos una decena de libros, desecho los políticamente correctos o los predecibles y soy fiel a mi ley no escrita, la de comenzar por la otra novela de, cada vez que descubro un nuevo autor, en vez de desvirgarme con el mismo título que la mayoría suele escoger (así fue “La cartuja de Parma” antes que “Rojo y negro”, o “La educación sentimental” antes que “Madame Bovary”, o “Mientras agonizo” antes que “El ruido y la furia”...). De modo que nada de lolitas, me llevo “Risa en la oscuridad” de Vladimir Nabokov (quiero decir nabócaf). Y como no pienso renunciar a la “Confesión de un asesino” que Joseph Roth susurra en mi otra mano, agoto mis suministros y pago los dos. Doce euros. Me voy a casa andando y ceno a palo seco.

24/8/06

El delirio y el hambre I.

Anouar Brahem Trio: Halfaouine.



Delirio.

Un apetito voraz, húmedo e inapelable, tira de ti. Cabalgas sobre tu bravo corcel, con el pecho henchido de arrojo conquistador, y derribas las puertas del palacio. Irrumpe el estruendo de los cascos sobre el blanco y negro de las impolutas losas, profanando el cántico de fuentes y conversaciones en un harén del que sólo puedes raptar a una o dos cortesanas, porque tu caballo no puede con más. Dudas, en un serrallo del que debes huir con prisa en tu montura, antes de que alguien dé la voz de alarma y lleguen los obesos guardias con sus cimitarras y corran los eunucos a clavarte las uñas. Pero te vas a ir de vacío, porque en realidad te faltan arrestos para robar nada, y lo cierto es que eres un jinete mediocre sobre un jamelgo deplorable, así que en la torpe huída tu asustado penco suelta una humeante boñiga sobre el damero, con el estribo derramas un samovar sobre el mármol y el vapor acaba de escaldar tu vergüenza. Detrás de ti queda un barullo de insultos que va difuminándose, mientras te alejas al trote hacia el horizonte. Ya bien retirado, el jaco aminora, y tú respiras el polvo del camino, te concentras en aquella bosta de vuestra patética espantada, tratando de olvidar ese aroma a desnudez de hembra liviana que casi pudiste rozar, una obra de arte hecha perfume, que serpenteaba como echarpe de seda entre la grácil columnata otomana, diluyendo su dulce veneno en el vaho salado de tus ojos.

Las cunetas sólo huelen a mugre y descalabro, los árboles pelados proyectan su negra silueta sobre un macilento jirón de luna, como dedos que acabasen de borrar un boceto, y los grillos murmuran, riéndose desde alguna gleba de oscuridad a tus espaldas. La noche cerrada podría ocultar cualquier cosa a los lados del camino, cualquier presencia, un bosque calcinado, un circo ambulante que duerme, una verja de cementerio, un muro rematado de alambradas, o un ejército espectral de poetas muertos, y lo más probable es que avances por un desfiladero de asfalto entre edificios, sin darte cuenta. La avidez aún te empuja, buscas posada y llevas doce monedas en las alforjas, un pellejo famélico, sin duda, pero crees que regateando al tendero podrás darte un pantagruélico banquete. Tropiezas en tus cavilaciones y te caes del burro, que permanece allí como un poste, como una de esas negras farolas que antes parecían árboles, todo en una quietud desteñida y desenmascarada, de modo que sigues a pie. Al rato te llega un rumor de muchedumbre, que va adueñándose del pavimento, hasta que aparecen las luces de un enorme burdel de carretera. Arrastras tus sandalias y te mezclas con el gentío que satura la entrada. Allí todo apesta a desinfectante, plástico y absenta sin alcohol, y no hay féminas de embrujo, sólo cuchicheo de brujas y mercancía distribuida en pisos y anaqueles. El bolsillo no te da ni para manosear con urgencia a la tuerta del prostíbulo. Y claro, eres de paladar tan refinado para estas cosas de la carne, tanto, que las mezclas siempre con las del alma, y así te va, tan célibe y arrebatado como un epicúreo fraile vasco. Estás en el Funesto Negocio del Arte Comprimido, y echas mano a tus pantalones, palpando las doce monedas, porque no quieres volver a irte con las manos vacías y el hambre burlada.

20/8/06

Las espuelas del apego.

Toumani Diabaté & Ballaké Sissoko: Cheikhna Demba.


En respuesta a una incondicional aliada
que, tal día como hoy hace cuatro años,
llegó a mi vida para quedarse.



Cobran vida de mil modos, como reflejos de la condición humana en un salón de espejos. Un vahído repentino en la boca del estómago, un hervor súbito que parece emanar del pecho y calentar el aire hasta hacerlo irrespirable, o una hiedra oscura que trepa desde los sótanos del alma y condena las ventanas de nuestra morada hasta emparedarnos el juicio. Pero también a veces una vibración que crece desde el mar del inconsciente y se hace espuma en la orilla de la lucidez, revelándonos el verdadero sentido de nuestros afectos. Las espuelas de un jinete que despereza su montura y nos cabalga. Los celos.

Pueden significar muchas cosas distintas, aunque todas surjan de algo parecido. Los celos del hijo que cree que sus padres van a relegarle a la periferia, orbitando como satélites en torno al sol usurpador, una vez llegado al hogar el hermano pequeño. Los de la chica que piensa que una nueva, tal vez más carismática, viene para seducir a su amiga de siempre y dejarla a ella en la penumbra de la costumbre sin hechizo. Los del charlatán ilustrado que ve peligrar su sitial de bufón, cuando aparece en escena un nuevo tertuliano de duende genuino, capaz de deslumbrar a los camaradas de letras sin necesidad de galones. Todos esos, y mil aún, se parecen a los celos de un perro cuando hay cachorros, y no hay más ahí que el temor a perder el status en la manada, a bajar peldaños en el orden jerárquico, un instinto animal mucho más humano de lo que imaginamos. Pura etología.

Después están los celos que no vienen de la conducta del otro ni del influjo de terceros, sino de la más honda inseguridad en uno mismo, y esos son de la peor calaña, pues no importa lo que haga la persona bajo sospecha, que el escamado enfermizo siempre encontrará una ligereza de la actitud, una falta, para traducirla en culpa, reprocharla y chantajear al otro, al que por alguna extraña razón ve como devastador de su feudo. Pura patología.

Todas estas son querencias desiguales, formas genuinas o perversas, mayores o menores, de apego al amigo, al padre, al hermano, al maestro, al correligionario, al rango, al salario o al fetiche. Pero finalmente aparecen los celos en el amor, quiero decir en la forma de amor en la que se implican la pasión, el deseo, cierto afán de exclusividad consensuada, la ensoñación o el prejuicio que tengamos de lo que es la pareja, la experiencia que al final obtenemos de lo que es la convivencia, y la lealtad al compromiso adquirido… sobre todo con uno mismo y sus anhelos. Y como en todas las demás clases, pero en esta más que en ninguna otra, los celos son algo que podría resumirse en una sola frase, más allá de este afán discursivo y de todo aquello que hayan dicho los tratados de psicología hasta hoy: miedo a perder al ser amado. Simplemente. Ese temor puede ser fundado o no, el ser amado puede ser tu cónyuge después de décadas, un amante con la cualidad de abrir atajos en los sueños y heridas en el ansia, o un amor platónico al que dedicamos poemarios. O todo a la vez, o su contrario. El amor que nos una al otro puede ser volcánico o sereno, incondicional o dependiente, arrebatadoramente físico o virtualmente místico, todo eso no importa, los celos aparecen cada vez que un instinto delator parece susurrarnos la posibilidad de perder ese privilegio, si le damos pábulo al confidente y comenzamos a creer que puede materializarse la probabilidad de que venga un extraño a arrebatárnoslo.

Por todo eso, que los celos no aparezcan entre dos que se aman, tal vez sólo pueda significar una seguridad absoluta en la permanencia de ese sentimiento, o un desapego casi inhumano. La dualidad de cada postura o temperamento viene dada por la condición del que ama. Si alguien no teme perder un tesoro es porque no tiene conciencia de su valor, o porque no le pone precio y su noción de posesión es algo sutil. En ese caso acepta la impermanencia de las cosas, el albedrío del prójimo y la fugacidad de la vivencia al servicio de la evolución personal e intransferible de cada quien. Si ha logrado trascender la pulsión más depredadora del deseo, y cobija en su interior todo aquello que siente hacia el otro, hasta darle cuerpo en sí mismo, ya nada puede hacer peligrar el nexo que les une, porque les acompañará siempre doquiera que vayan, sin importar los caminos que tomen, de la mano, opuestos o aún paralelos, como dos senderos que siempre discurren cercanos en la devoción pero que parecen no llegar a cruzarse nunca.

Aún así, a pesar de la voluntad del aprendiz y del trabajo de los años, incluso para el que atisba la maestría en este oficio del vivir y antepone la felicidad del otro a sus propios deseos, para el que ama nunca llega el día en el que abandonarse a la costumbre. Nunca podrá silenciar del todo el rumor de esa semilla rebelde que germina sin permiso, cuando algo agita el suelo que le sustenta, recordándole que somos tierra viva y perecedera.

En singular, el celo supone la diligencia y la eficacia a la hora de desarrollar una tarea. Tal vez en plural no sean más que el trabajo que se toma la vida para hacernos palpitar y apurar el trago ante la hora final. Por lo que realmente me han devorado alguna vez los celos fue por todos aquellos momentos que hubiera querido compartir, y en los que la vida me pilló desprevenido y rezagado en alguna otra parte, a solas con mi sed y lejos del aliento del otro, sin poder beber de sus labios.


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posdata: A veces me planteo no colgar música y dejaros leer en silencio, por no mezclar sensaciones, como sé que hacéis algunos. Pero para eso dejé visible el controlador, para que la decisión sea vuestra. Hoy había pensado abrir un vínculo al espacio de un músico español, pero el problema de que las letras sean en castellano son las interferencias, y quiero que conozcáis su trabajo sin confundir unas palabras con otras. Desde que comencé a compartir con desconocidos esto del contar la mirada, algunas de las mayores satisfacciones se me han tendido desde manos ajenas. En la etapa anterior, cuando todo era visceral e inmediato, las visitas diarias se multiplicaban por cuatro y el volumen de los comentarios se dividía por dos. Coseché algunas amistades que trascendieron esta ventana y recibí algunas bocanadas de fe inesperadas. Desde que colgué en la entrada estas nuevas alas, las reuniones son menos concurridas, cabemos todos en la misma terraza o junto al mismo hogar y, no sé si tiene algo que ver con la proporción, pero esta leal minoría que me acompaña me hace sentir orgulloso. Nunca seré para las muchedumbres, jamás para las élites, pero el hecho de saber que escancio mi vino en las copas de escritoras en ciernes, poetas, músicos, apóstatas del cinismo o buscadores natos, hace que sienta próximas esas manos que me tienden sorpresas. Gracias a vosotros. Gracias, José Zinc (descubridle aquí). Como dice una amiga, "cuanto talento hay por el mundo".

15/8/06

De los cedros.

Ibn Báya Ensemble (Omar Metioui, Eduardo Paniagua & Luís Delgado): Mawwál sobre Tab’, en modo Raml Al-Máya .

(O acerca de las alas).


Khalil Gibran, el poeta que vino al mundo entre el valle fértil y los altos cedros, publicó en 1912 la primera versión de “Alas rotas”, en la que utilizó diversos heterónimos para sublimar en sus páginas el amor por una muchacha de su aldea, Hala Dhaler, su particular Beatrice, con la que jamás podría llegar a casarse. Dos años más tarde le seguiría “Lágrimas y sonrisas”, donde el amor y el dolor caminaban trenzados aún con la inspiración de su musa inasequible. ¿Quién conoce el lugar que ocuparía en su corazón el resto de su vida, quién sabe de los retales que de un fervor quedan en los cajones del alma? Pero la realidad es que a partir de entonces Gibran abandonó los poemarios de amor inspirado y logró hilvanar lo mejor de su obra vital y literaria (“El Loco”, “El Profeta”...), un lienzo que habría de acercarle cada vez más a los hombres, a sí mismo, y a la esquirla de la divinidad que nos habita a todos.

Una vez supe de un hombre que había servido en las fuerzas aéreas libanesas como piloto de un caza, y en el fuselaje de sus alas había lucido siempre el dibujo de un cedro verde sobre fondo blanco y rojo. Cuando se retiró, cambió la velocidad de los reactores por la brisa de las montañas de su patria, y decidió, fusil en mano, salvaguardar el legado de sus venerables cedros, defenderlos de aquellos que vinieran a talar los solemnes testigos de los siglos por la inmediatez de un fajo de billetes en madera fragante. Montaba guardia ante los árboles centenarios con el mismo celo con el que antaño patrulló el cielo y esquivó las escaramuzas de los cazas sirios o israelíes. Después del oficio de las armas, aquel hombre supo hacer de la naturaleza su estandarte. A veces, cuanto más hemos encarado la muerte, más sagrada nos parece cada manifestación de vida. No sé si ese hombre sigue vivo hoy, la nieve ya cubría la cima de su rostro pedregoso y resuelto cuando le vi, pero estoy seguro de que en estos días las alas de su espíritu han volado sobre sus amados cedros, sobre las casas de sus antiguos vecinos, musulmanes, drusos, y cristianos, como la sombra de un águila fenicia sobre el valle, tratando de confundir la puntería del enemigo.

Uno no conoce la envergadura de sus alas, a veces parecen dos ligeros trazos extraviados en la inmensidad del cielo, pero quizá sólo porque las ve de costado, sin la perspectiva adecuada. Lo que uno va sospechando con el tiempo es su resistencia, la capacidad de arquearse y soportar el peso del aire antes de romperse. Todavía no tengo las alas rotas, todavía no me he retirado, pero tras cada viaje de ida y vuelta la expectativa se va marchitando un poco más. Uno sabe que en el aire viciado de una cápsula la vida sólo brota en formas nocivas, como bacterias. Y que crecer es también herirse, y respirar es un poco comenzar a oxidarse, pero algo en el interior de cada héroe (cualquier simple mortal que brega con su miedo lo es) le conmina a exponerse, a cerrar cicatrices y continuar. Cualquier revés puede acechar en el peregrinaje, pero nada bueno saldría de renunciar, de taparse la cara con la sábana y dejar de crecer, como el niño de "El tambor de hojalata". Uno ha de descubrir su propia condición enfrentándola al camino, labrando su existencia en cada acción, encadenando momento tras momento, habiéndolos vivido todos como si fueran el único, o el último, porque un solo momento puede cambiar el rumbo de una vida. Después de haber concentrado mi motivación en repentinos hallazgos personales, quizás sepa algún día ir más allá y llegue a los demás, trascendiendo mi propia experiencia. Sería el fruto de estas semillas, trocar la vocación de hablador bisoño por el digno oficio de trovador. Estoy en ello.

Tal vez por eso mis alas aún resisten, porque quieren estar preparadas por si el viento cambia. Porque nunca sabe uno cuando tendrá que abrirlas para dar cobijo o cuando necesitará el prójimo encaramarse a ellas para tomar impulso. Quizás por eso cuando encuentran una meta, se despliegan y emprenden el vuelo, su ímpetu desborda y asusta, como la carrera de un enorme perro desconocido, de la que no borramos el peligro hasta que se abalanza sobre nuestras manos, si aún estamos allí, para una caricia. Tal vez por eso te fuiste, mi querida musa de los cedros.


Ibn Báya Ensemble (Omar Metioui, Eduardo Paniagua & Luís Delgado): Mawwál sobre Tab’, en modo Al-Hiyáz Al-Kabïr.


El momento. Me hubiera gustado poder escoger otro para volver a tu puerta, para traerte otra de aquellas sonrisas que con la palabra justa siempre acababa por hacer brotar de tus labios. Han filmado tus pesadillas y las pasan cada día en las noticias. ¿Lo ves? Ese es el peligro de andar por el mundo con las ventanas abiertas de par en par, con esos ojos de agua limpia, como los que conseguí leer una vez. Alguien puede colarse en el fondo marino de tu mirada y robarte un mal sueño, en el que tu pueblo se desmorona, mientras al otro lado del teléfono esperas un rastro, una salida, tragándote tu desesperación por no hacer más dura la suya. Hubiera deseado venir a regalarte algo, precisamente en este día, que no pudieras comprar en las tiendas, y lo mejor que se me ocurre es una supuesta tregua de la que hablan en los periódicos. Los cañones se silencian, dicen, pero nadie habla del profundo silencio de las playas ennegrecidas de Beirut, de la ropa huérfana que ondea en un viento de ceniza, del inmenso solar en el que las madres trazan círculos desquiciados. Nadie habla de las manos llevadas a tu frente, rotas por la impotencia, ante el inaudito talento de la gente para odiarse. Nadie habla de los judíos, cristianos y musulmanes que, como tú, no quisieran escuchar nunca el sermón de la ira. Nadie dice nada de la diáspora, rota desde la raíz, desde París al fin del mundo.

París, alguna vez hablamos tú y yo de París, de gatos (¿cómo está tu querido Snezze?), de chocolate, y de cualquier cosa, porque cualquier cosa dejaba de ser vana en nuestra conversación. El momento quiso que desde tus años de estudiante, soñando con desenterrar algún misterio fenicio, llegaras a mi ciudad. No a esta en la que vivo aún ahora, exiliado en medio del mapa, lejos de nuestro hogar mediterráneo, tan parecido en su luz y sus ecos desde una orilla a la otra. A estas alturas ya te perdí la pista, y no sé si estás o no en Barcelona (ojalá sea así, porque eso significará que estás lejos del peligro), ni siquiera si leerás esto alguna vez, pero no espero más ganancia que la necesidad colmada de decir lo que es preciso. Y acaso la esperanza de que cualquier día descubras este momento que ahora despido, como si esta pantalla fuera el vidrio de una botella varada a tus pies.

La gente te trata de manera condicionada, por quién eres, por tus orígenes, incluso por tu aspecto, hasta hacerte desconfiar. Si de alguna cosa estoy orgulloso es de no haberte hecho sentir así, pero ya te dije una vez, en una carta azul, que no es mérito mío, que la culpa la tienes tú, porque del mismo modo que alguien puede robar tus pesadillas, también puede suceder alguna vez que un loco consiga ver más allá de la tragicomedia mundana, y descubra quién eres de verdad, si sigues yendo por ahí con esa mirada diáfana, capaz de decir más de ti en un silencio de lo que imaginas.

La otra noche volví a ver “Dr. Zhivago”. Un día de estos tendré que leer a Pasternak. Hubo un momento en que tuve que morderme el labio y disfrazar la humedad de resfriado, porque no estaba solo. Fue en la parte de la vieja casona de campo, con el invierno alojado en las vigas, en la madera, hasta en los aullidos desvalidos de los lobos, mientras los dos protagonistas esperan a que lo bolcheviques vayan por ellos o les olviden (el odio y el miedo son viejos compañeros de viaje de la jauría humana). Yuri se deja calentar el corazón por la claridad del sol temprano, que atraviesa con una luz casi láctea el hielo de las ventanas. Se levanta y, con la casa dormida, empieza a escribir sus versos para Lara. Algo más tarde ella se despierta, se incorpora, y toma en su mano el primer poema. El momento que define una vida. La musa que cobra aliento emocionada, el poeta que toca su destino, la mujer y el hombre que alcanzan un punto sin retorno, y las alas que se alejarán para siempre de la soledad, porque allá donde se encuentre cada uno estará el otro. “Esta no soy yo”, y el doctor señala el título, su nombre, Lara. “No, Yuri, eres tú”. Y ambos atrapan en ese instante lo que siglos, generaciones y bibliotecas aún no han acertado a describir por completo con palabras. El momento lo es todo, lo que pasa de largo no regresa, los días han de exprimirse porque nunca sabemos si esa magia regresará. Tocar con los dedos ese instante, en medio de una guerra, en las tripas de una ciudad, en la estepa de una paz tensa, al borde del fin del mundo, o en el albor del resto de los días… aprehenderlo es burlar la muerte.

La vida te sorprende, conmigo lo hizo también alguna vez. La vida, aún con su amargura, te gusta, y yo aún no la he repudiado. Nunca dejamos de aprender. Yo busco mi musa todos los días, a veces me doy de narices con las paredes y a veces la encuentro donde menos me lo imagino. Espero el Amor a cada aliento, aunque una vez conocí, durante años, una versión amable de aprendiz. Pero mi voz interior me advierte que me queda un paso más, que aún puedo ponerle esa letra mayúscula de una vez, que aún aguarda tras el recodo más insospechado del camino. Ojalá hayas encontrado tú al hombre que sepa verte tal cual eres, sin quedarse en las puertas, dando rodeos, sin escucharte, como les recriminé una vez a todos. Que se anden con cuidado contigo, o se las verán conmigo. Ojalá descubras tu lugar en el mundo, el bendito silencio de sentirte en casa estando en cualquier parte. No importa donde encuentre yo a las musas, si son pasajeras, nómadas, o habitantes de mi bosque privado. Lo que cuenta es hacer de cada instante algo vivo, parte de uno mismo, hasta que deja de ser un recuerdo y se convierte en la esencia misma de mis alas. Me gustaría haber descubierto muchas más cosas, haber tenido más tiempo para alimentar la amistad. Pero hoy, a estas alturas, me conformo simplemente con saber que estás bien. Quiero imaginarlo así, mientras continúa este maldito silencio perplejo, añorando más un mañana que el ayer.

Te gustaba una cita con rango de ley: “La energía nunca se crea ni se destruye, sólo se transforma”... a donde irá a parar entonces todo este caudal que veo escapar de mi aliento, me pregunto... ¿Qué hará la relatividad con mis palabras? Ojalá se tornen brisa cálida y consigan darte un poco de luz, allá donde estés. Que te abracen y notes que no es tu talle lo que ciñen mis brazos, ni tus hombros lo que envuelven mis manos, sino el frío antiguo de ese rincón oscuro de tu alma en el que nadie repara, lo que abarcan las alas de mi voz hasta fundirlo. Inshallá.

Joyeux anniversaire, A.
À toujours...

Sergi.


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Ibn Báya: filósofo, científico, médico, poeta y músico hispano-musulmán (Avempace para Occidente), nacido en Zaragoza en 1070 y muerto en Fez en 1138; influencia para Ibn Rushd (Averroes) y otros tantos, fue el principal renovador de la música andalusí, concebida para suscitar una reacción mística y psico-fisiológica.

De la primera pieza:
Humor: Sangre. Elemento: Aire. Estación: Primavera.

De la segunda pieza:
Humor: Flema. Elemento: Agua. Estación: Invierno.
Letra en castellano:

“Si mi alma estuviera en mis manos,
se la entregaría entera con un mensajero a su llegada.
No te preocupes por mí en el amor, ni vaciles.
Mi amor es natural, no tiene doblez”.


Ibn al-Färid (El Cairo, 1181-1235).

8/8/06

Oír o escuchar.

Salif Keita: Iniagige.


Dedicado a cada Odiseo, al baobab,
y a Amaya, allá donde esté,
en el día de su cumpleaños.



Oír el martillo inclemente de la voz del monstruo no deja que percibas con nitidez ni una sola palabra de tus pensamientos, que rebotan en tu cabeza como un enjambre de abejas cautivas. Aceptar los designios del destino, la maza imperturbable del fatum dictando sentencia, y acarrear la herencia con la resignación del intocable. O tal vez escupir sobre la letra muerta, la corruptela de un azar ficticio, y reescribir en sangre y hueso tu biografía. Avanzar hacia el ocaso sin preguntarse por el horizonte o, quizás, apartarse del camino para hundir las manos en el paisaje hasta arrancarle el sentido a terrones. La cordura del necio o la locura del sediento. Conformarse o sufrir. Transitar o suceder. No hay elección que te garantice la paz, porque la estrategia de la víctima estoica es la correa ofrecida a la mano del amo, y ese ademán de sabiduría llana no es más que la precaución enfermiza del que no puede pasar sin el balde de agua y la palmadita. Pero esa paz te esquivará, también, si asaltas el puesto de mando y decides inventar tu propia bandera, porque serás aliado de nadie y extraño para todos, libre de cadenas pero con la misma respuesta helada que recibe del mundo el condenado que palpa a tientas las piedras de su mazmorra. Aún a pleno sol y en campo abierto, la soledad es un cepo paciente que llevas abierto en las tripas, presto a cerrar sus fauces y desgarrarte el corazón al primer traspiés de la voluntad. Y no hay cadena más pesada que la de un alma pegada a su herida. No importa lo rápido que corras en tu huída, lo alto que vuelen tus alas, los abismos que sondeen tus excesos, si no logras soltar ese lastre.

Harías bien en recelar de los caminos rectos, de la moral inflexible, de la sólida virtud. El rostro del monstruo se presenta de mil formas, casi siempre amables, pulcras, deslumbrantes. Sus maneras y su discurso a menudo consiguen arrancarte una mueca de aprobación, una certeza que antes ni sabías que podías albergar con tanta firmeza. Su semblante se transforma como un camaleón encaramado a tus hombros, que abarca con sus ojos ladinos el este y el oeste, la luz y la sombra, y según sople el viento imitará los colores de la ira o el miedo para inventarse una cara nueva. Si eres carne de rebaño le seguirás, porque saciará tu ira o tramará una cólera revolucionaria para que la engullas, y entre bocado y bocado, unas píldoras de vanidad para que te ufanes de tu buen juicio. Si eres precavido, y no soportarías reptar hasta tu esquina y encontrar el cubo sin agua, le seguirás, vaya si le seguirás, porque calmará tu miedo o urdirá una amenaza masiva para que te refugies bajo su capa y bebas a tragos la absenta de una presunta seguridad.

Nada te garantiza la paz. Pero es más digno bregar con la soledad y enfrentarla que delegar en otros tu supuesta felicidad, o mucho más reconocerse humano en lo vulnerable y provisional que castrar la mitad del alma sancionando las faltas del instinto. Es más honrado capear los temporales a sabiendas, en busca de una isla virgen pero dispuesto al naufragio, que guarecerse de la lluvia ácida en las colmenas de hormigón, tan a salvo del oleaje como ausente de la vida. Si ha de nublarnos el mismo velo a todos, que sea de vuelta al polvo y no respirando. Si hemos de ser cosecha del mismo segador, más vale, al menos, haber tenido la posibilidad de un instante puro en las yemas de los dedos, como copo de nieve fugaz sobre el bosque. Siempre será mejor que percatarse, al final del camino, de haber sido un peón más en la formación, rodeado de semejantes productivos y alineados, como un campo de maíz, y lamentar en ello el triunfo más atroz de la nada.

Ninguna elección asegura la paz a tu corazón, pero entre oír el ruido del tiempo anotando las horas que consigues librarte del mal (Amén) por cuenta ajena, y escuchar el ritmo de la vida fluyendo por tus venas, aún a riesgo de perderlo todo, harías bien en apostar tu existencia al número que elijan tus sueños. La posibilidad de perder asusta, pero la seguridad de no ganar nada (nada de lo que puedes llevarte desnudo a cualquier parte) es más terrible. Y si tu sueño no te basta, y si los sueños no te asisten, y crees que tu vida nada tiene de especial, al menos no te encierres en tu burbuja hipotecada, y comparte siempre tu sonrisa, reparte siempre tu esfuerzo, porque la solidaridad y la alegría de un hombre sencillo tienen el poder del agua, que gota a gota recluta océanos. Océanos de esperanza, capaces de volcar el mundo con el ímpetu de una marea repentina. El monstruo sabe nadar y perdura, aterido sobre un madero a la deriva, perplejo ante el milagro, y mientras reúne fuerzas para improvisar una piel nueva, conseguimos robar un poco de tiempo para hundir la soledad, ahogando su grito en el rumor de las olas.

Si te has preguntado alguna vez por la entereza que hace falta para sonreír cuando te rodea el estruendo de la nada, observa la digna expresión de una anciana africana en su aldea. Si no sabes de dónde sacar arrestos para la alegría, cuando el dolor te despoja de todo, escucha la risa de un niño que no hace tanto fue soldado. Y si te vence el desánimo de camino a tu sueño, guarda tus lágrimas y dale de beber al náufrago que acaba de caer exhausto en tu playa, a miles de kilómetros de su baobab. Tal vez, cuando recobre el aliento, te cuente una historia que merezca la pena escuchar.

5/8/06

Comentarios sobre literatura y crítica.

Vertidos por el que suscribe, desapercibidos y de facto sin eco, entre el 31 de mayo y el 4 de junio, al hilo de la propuesta del crítico literario Vicente Luís Mora en su bitácora. Los publico en este espacio eliminando alusiones personales y nombres propios, a excepción de los autores cuya bibliografía mencione en algún momento. Al fin y al cabo esta es mi casa (y la vuestra, como invitados), y sólo pretendo dar fe de mis ideas (tan peregrinas como sinceras) en torno a las letras. Para opiniones más sesudas y postulados más doctos, acudir al cuaderno de bitácora original y seguir la deriva de aquellos foros. Yo perdí su rastro hace semanas, abrumado por los galones y desengañado, como paleto que soy en esta lid, cansado de pegar la nariz en el escaparate de un restaurante de postín. Perdone cualquier damnificado (si se da el caso) la desfachatez de aburrirle:

I. […] Quiero dejar aquí mi punto de vista, que no es el de un crítico. Tal vez eso (y el testamento plúmbeo que os amenaza, perdón, soy un vicioso de la letra) me desautorice de entrada y paséis de largo, porque creo que aquí se dan cita unos cuantos profesionales, pero en este foro, como tú mismo (V.L.M.) dices, también hay cabida para otras opiniones, así que hablo únicamente desde mi doble posición de lector (la que todos compartimos, aunque en mi caso no tan aventajada como otras y del todo amateur) y escritor en ciernes. Lector como estrategia vital para exprimir mejor la existencia. Escritor (en aprendizaje y con muletas) como condición ineludible. Como han dicho […], escribir, literatura o crítica literaria, debería ser algo que hiciéramos sin esperar nada a cambio y sin poder evitarlo, como el náufrago que redacta su historia en la corteza de los árboles sin saber si la marea le traerá alguna tripulación atenta. No importa quién ni en qué medida te lea en realidad, lo importante es escribir con el afán de ser leído, aunque al final sólo los cangrejos asistan a tu velatorio.

[…] La manera más saludable de demostrar el amor por la literatura (que debería ser en el fondo la semilla de toda esta odisea, y que tantas veces perece ahogada por la hiedra hambrienta del mundo editorial) es huir de dogmatismos y soliloquios. Tras la creación literaria en sí como máxima expresión, la mejor terapia para que las letras sigan siendo fértiles, es plantear el debate y el intercambio de opiniones y criterios, para sumar puntos de vista en vez de restar posturas, al tiempo que cada quien sigue su propio camino y mantiene su identidad. Porque existe una tendencia, o casi una avalancha que a empellones nos quiere hacinar a los lectores en el mismo vagón: “este es un buen libro, esta es una buena novela, este es un buen cuento, un buen poema, y todo lo que salga de estas vías no, está fuera, es de una estación ya pasada por la que no volverá a circular este tren”. Y hablo de la presunta crítica de nivel sobre presuntas grandes obras, olvidémonos del mercado. ¿Por qué seguimos leyendo y redescubriendo a Chéjov, entonces? ¿Establecemos una especie de pacto perverso por el que bajamos las defensas y aceptamos algo del pasado con el mismo paternalismo desubicado del hijo adulto hacia el padre anciano? ¿Espiamos el anverso de la primera hoja para ver el año de edición y saber si podemos condenar como ripio un hallazgo que hace días nos emocionaba entre otras tapas menos satinadas? Se suele identificar una época con un estilo o un movimiento, pero a menudo se olvida que han coexistido conceptos casi antagónicos y que irremediablemente, por coetáneos, se han influido mutuamente. Tiene que haber lugar para distintas estéticas literarias en el mismo contexto, y no me refiero a baremos de calidad, sino al lugar desde el que cada autor postula su obra, o la lanza a la corriente, o la deshereda. […] No sacaremos nada de las sectas. De pandillas que repiten el mismo eco (ya son estériles las cuadrillas de revolucionarios que inventan un “–ismo” con el que levantar barricadas y jarras de cerveza, o las de reaccionarios a sueldo) o de eremitas que no oyen otra letanía que la propia (pretender que en una sola cabeza cabe la Verdad es querer hacer dos puzzles enteros con una sola pieza), no vendrá nada útil. Por eso la periferia […] trae otras antorchas a la reunión, para alimentar la misma hoguera, pero desde latitudes distintas, por eso deberíamos ensanchar las afueras de esta ciudad hasta confundirla con el bosque y el litoral. Para que el salitre pudra un poco los anaqueles académicos y la brisa oree el sudor viejo de las vanidades. La literatura es algo que está por encima de cada voz y al mismo tiempo habita en discursos distintos. […] la literatura no es una experiencia humana que pueda sublimarse por la acción consensuada, ni desde una sola perspectiva. La crítica sólo puede descodificar una parte del mensaje, y el resto permanece encriptado porque la clave cambia cada vez que llega a un nuevo destinatario, del mismo modo que el libro, una vez terminado, ya no pertenece al autor, sino al mundo, como otra letra más en el abecedario de un idioma en constante evolución. La vida es más grande que las letras porque las contiene, del mismo modo que estas contienen la crítica y no a la inversa.

II. […] Me pregunto si un crítico no debiera ser un escritor en cierta medida, y no me refiero ahora (lo haré luego) al creador frustrado, sino a la persona que utiliza la palabra para hablar de la palabra. Tal vez debiera exigirse también cierta calidad literal (cuando no literaria), ya que en el ejercicio de su opinión está copando un espacio al que acude un lector (crítico o lector a secas) que en definitiva está buscando más en su intento de descifrar, precisamente, la palabra. Sí, el crítico como creador, pero por mínimo respeto al lector, creador que, para plasmar su propia visión (y por ende jamás Verdad absoluta) sobre las cosas, no olvide que se apoya en una obra ajena, a la que se supone está valorando y no usando como mero señuelo para ejercer vena creativa (porque ya puestos, podría partir de cero y ahorrase la crítica a terceros). Por otro lado no tengo nada claro si un escritor ha de ser en cierta manera crítico, si un creador que pretende ser audaz con lo que hace y exponerse, debería también poder valorar a otros autores de un modo exhaustivo y profundo, o si se le perdonaría no hacerlo siempre y cuando no muestre lagunas cuando se meta en camisa de once varas. Han existido grandes escritores que también fueron críticos de referencia, pero también es cierto que la literatura está plagada de creadores que destilaban la vida en su obra sin hacer de su propia vida un brebaje literario. Se puede ser pastor de cabras, leer de prestado en una biblioteca y escribirle nanas desde la cárcel a un hijo marchito, por ejemplo. Personalmente, creo que a veces se le demanda a muchos autores un bagaje que no tienen por qué acarrear mientras todo lo que tengan que decir quede plasmado en su obra. Pedir el currículum vitae a un autor con el manuscrito debe ser para poder ponerle un marchamo reconocible a la solapa, ¿no? Otra manera de etiquetar el mundo. La literatura, como camino vital del autor, tiene más que ver con una manera de mirar y conducirse que con la palabra en sí.

No es paradójico que esos lectores que no suelen leer tesis demanden algo tan sencillo como criterio al crítico (tan cerca y tan lejos, a veces, la raíz). No olvidemos que aquellos que leen uno o dos libros al año, esos mismos que por inercia colaboran en la infame supremacía de ciertos bodrios innombrables en la lista de ventas, no se preguntan si hay vida más allá del “best seller”. Creen elegir ese ocio (uncidos por la publicidad) y no es asunto nuestro. Supongo que estamos hablando aquí de crítica literaria de obras dignas. Porque no tiene ningún mérito denostar lo que es obvio. Por eso […] es mejor no perder el tiempo con aquellos legajos impresos (llámense “obras”, con caridad) que un lector a poco avezado ya es capaz por sí mismo de volver a dejar en el estante tras haber leído alguna página al azar. Entiendo como obra digna aquella capaz de suscitar debate, de soportar relecturas, de abrir un abanico de interpretaciones, aquella que deja buen sabor de boca sin haber llegado a cambiar una vida (que de esas hay un ramillete), e incluso la que no nos convence, pero es coherente, original o atesora algún valor. Y el crítico honesto debe estar ahí para ser testigo y marcarlo. Porque quiero pensar que […] sí hay valores objetivos, que no alcanzan a los subjetivos, pero sí bastan para poder establecer un criterio mínimo con el que empezar a trabajar. Como es el caso de la música; el oído es más difícil de engañar, y por eso, […] (la crítica musical) sugiere más síntesis que otras artes. No sé si […] un manifiesto correría o no el peligro de encorsetar la crítica o dogmatizarla aún más, pero está claro que debería existir una especie de ética común a la que asirse para que los suplementos o las columnas sean algo más que armas arrojadizas o altavoces orwellianos del reducido grupo de editoriales que maneja a la vez prensa, medios y certámenes literarios.


III. Hay talento que no basta, sin oficio ni voz propia, para sustentar una historia, en el caso de una novela, un siete en el tapete de la realidad, en el caso de un cuento, o una emoción asida a un instante, en el caso de un poema. Hay oficio que cumple pero no brilla, y hay voces que sólo por ser genuinas no garantizan ni el goce ni el despertar. Pero un lector (que se convierte en crítico sin poltrona cada vez que cierra un libro) puede rescatar en cada caso algo que le haya aportado alguna de esas cosas que tantos buscamos en la literatura o el arte: placer, delirio, acervo, aprendizaje, guía, catarsis, consciencia, o todo a la vez. Puede uno reconocer el talento de Belén Gopegui y su coherencia particular, sin soportar que de un libro haga un panfleto como “Lo real”, o detestar cierto divismo en la postura de Francisco Umbral, pero encontrar a ratos belleza en “Mortal y rosa”. Los lectores que tal vez no hayamos llegado a comprender del todo “El vacío y el centro” de Ángel Zapata (anaglifo dedicado: “¡El alféizar, el alféizar, la gallina, y la Perestroika!”) pero que sí apreciamos el valor de varios cuentos de Medardo Fraile, por ejemplo, nos preguntamos por el siguiente paso del mismo modo que un alpinista no empieza por acometer el Everest sin años de experiencia.

A menudo hay mucho elitismo que parece recelar del público y no revela del todo los supuestos secretos del misterio literario. Pero siento que muchas veces, especialmente en las críticas […] impresionistas, descriptivas y, con mayor dolo, educativas, el crítico actúa como zancarrón de colegio rural que pretende ser didáctico en lo que no domina en realidad, en un malabar de prestidigitador con cartas marcadas. Por ahí […] veo […] togas de decano tapando las vergüenzas de un simple verdugo. Supongo que lo que el lector medio inquieto (ese que sabe que haber leído “Madame Bovary” no es haber acabado con Flaubert, y que salta hasta “La educación sentimental” o “Salambó” antes de leer la correspondencia del autor, pero que no sería capaz de digerir toda la sesuda obra crítica sobre él y se conforma con visiones aledañas como las de Barnes o Vargas Llosa, en las que presume, al menos, calidad y estilo), demanda del crítico es coherencia, erudición sin anillo de obispo y gentileza, la de ser honesto. Si alguna vez incluso encuentra estilo y belleza (no preciosismo, pero sí efectividad elegante, como incontestable es el filo de una espada japonesa), entonces lo celebra. Tal vez el único brete que deba calzar un lector al caminar libre de un crítico […] es el mismo que le pediría un nómada inexperto a otro que ha cruzado antes un río: “cruzamos por donde quieras, pero tómate tu tiempo y asegúrate de que conoces el camino”. A veces dudo de que hagan las dos cosas, ni siquiera la primera […].


IV. Personalmente añadiría un par de modalidades más de crítica […], ya que a menudo, como lector y bachiller sin título de escritor, observo que muchas críticas persiguen otras plateas, que no siempre tienen que ver con el público dúctil ( a la fuerza, pues asiste amordazado) o la aquiescencia del patrón. A veces uno cree que ciertos críticos escriben para otros críticos, y que otros muchos lo hacen como sucedáneo de algo que no se atreven a guisar a pecho descubierto pero que tampoco se resignan a comer como Juan Palomo, compartiendo ese rancho como si fuera delicatessen. […]

* Crítica subalterna: de apariencia erudita y estoque oxidado, faena acomplejada que imposta un estilo y se guarece del juicio ajeno en el burladero de la libertad de opinión. Remedo perecedero de texto literario como crítica a la obra de un autor que al menos ha tenido la audacia de abrir la puerta de chiqueros y dejar que su novela (o cuento, o poema) salte al ruedo. No importa si el toro (porque el escritor es el toro, la base de nuestra verdadera fiesta, y no el matador en leotardos) es patizambo y han de salir los cabestros o si es bravo y digno de indulto, porque el brillo en el lomo zaino es de sudor auténtico. Lo zaino (oscurantismo, se llama, […] culteranismo sin sabiduría, bravuconada sin coraje, fin de mes) en el subalterno cobra entonces el sentido de ladino. Farsa de creación literaria, bombero torero que divierte a la grada en acondroplásica lidia.

* Crítica farisea: que acomoda su trasero en ademán inmutable y carga la vanidad sobre la nuca, hacia atrás, como se carga una honda con guijarros fríos, o se arquea una ceja antes de dejar el cuerpo del delito como el de un San Sebastián. Crítica usurera que con la misma actitud unívoca crucifica al novel y santifica al Nobel (o viceversa, si el momento o el interés lo exigen). Crítica de prestamista mellado que con altivez y acritud da un portazo en las narices del aprendiz, y con reverencia dislocante besa los pies del potentado. Y no lo hace ni por verdadera inquina ni adoración hacia uno u otro, ni por otra motivación que no sea la de ahorrar esfuerzo o sacar provecho, sea el salario una columna, una reseña, una docencia en algún taller literario, unas migajas de publicidad, unas coderas nuevas para regocijarse con los compadres de su sapiencia y mordacidad, o una membrecía vitalicia en el jurado de algún premio literario, perdón, quiero decir, editorial.


V. Perdónenme el mal gusto de no ser breve. Pero […] de nuevo con la firme voz del lector (más que con el balbuceo del escritor), pido la […] utopía […], aún a sabiendas de que no la alcanzaremos, pero sabiendo que intentarlo nos dejará frutos. Y […] si no podemos tomar el timón de esa nave sin aburguesarse demasiado, más vale seguir en las pateras y asaltar la orilla a discreción. Otros seguiremos escribiendo en cortezas de árbol y deseando que encalle gente así en la playa, para charlar de libros. Después de ciertas mujeres, la literatura es lo que más me desboca, y encontrar un espacio (por fin) donde compartir esta pasión con quienes saben más que yo, es todo un privilegio. Ahora casi me ruborizo tras el impulso de ayer, porque abusa de un tiempo que no le sobra a nadie, y lo que es peor, confirma mi candidez al pensar que alguien iba a emplear el suficiente en leerlo […].

Y […] otra acotación que tiene que ver con esta especie de politización de la cultura. Creo que en cierta medida, […] la división de clases en estas latitudes del mapa es mucho más permeable de lo que parece. Es cierto que siguen operando oligarquías (y sólo hablo del panorama cultural, pero vale para otros), pero en términos literarios, artísticos, no existe una verdadera “masa oprimida” ni proletaria. Porque la diferencia, en este caso, es que el capital (literario y artístico) sí es accesible y el proletario es libre (aunque a veces no lo sepa y otras se lo crea sin serlo). Lo único que hace falta es que cada individuo se haga preguntas, se cuestione, e investigue. Mañana mismo podrían bajar a cero las ventas del cógigo horribilis, si la gente comenzara a hacerse preguntas. En este caso es tan culpable el poder que dosifica, pervierte y prostituye la cultura, como la muchedumbre que acepta el pienso y la cuadra. Creo que en este caso que nos ocupa, la crítica tiene en su mano sacudir un poco las mentes, desentumecer los tejidos. Y pocas veces lo hace.


VI. Lo que un lector desea, a menudo, es sentarse a la sombra de un olivo y leer apoyado en la seguridad roma de su añejo tronco, mientras la tibia luz de la tarde traspasa la celosía vegetal. Y una siesta.

Lo que un lector necesita, a veces, es una tormenta, y que le empujen a un claro arrancado al bosque, y sentarse en un tocón para mojarse el culo mientras el aguacero le cala los huesos. Y despertar.

Y los críticos tenéis la obligación de ser tan olivos y aguaceros como los autores.

Ya se oye el murmullo de las yemas entre los grumos de la tierra, profanando un silencio de huesos, reptando por la base de los viejos robles. Ya estamos brotando […], desde la orilla, bajo las lápidas que veneran los conejos y sobre las que orinan los galgos, para resquebrajarlas. Ya lo hacemos, cada uno con el semen de su rabia, cada quien con el ariete de su audacia, para preñar la realidad cuando la pillemos desprevenida.

¿O no estamos haciendo todo eso, precisamente, entre todos y cada uno a su manera –desde la crítica profesional, desde la ética personal, desde la lectura inquisidora, desde la escritura desaforada- aquí y ahora?

[…] Como no soy amigo de motejar las caras, seguiré firmando con mi nombre, como hago aquí, en mi bitácora y donde haga falta, pero noto burbujas trasteando en las yemas de mis dedos: la tentación de inventarme un alias con credenciales, un escritor islandés con una beca en Salamanca o un crítico argentino que grite desde la Patagonia […]


VII. Marx no me interesa aquí […] (aunque me apunto como tarea pendiente el libro de Jameson […]), ni traer una camiseta del Che para vender coca embotellada, o la efigie de algún prohombre liberal para ensalzar lo bien que van las cosas. Pero me temo que en eso estamos de acuerdo. Aquí venimos a desbrozar el jardín o a abrir sendas a machete en la jungla literaria. Aunque tiene sentido no desligar ética de estética, la literatura, por suerte, es un campo mucho más libre que la más libérrima de las ideas (encorsetadas a lo posible). Y dicho sea de paso, si hay que abanderar una idea, si hay que hacer una utopía tan sólida como una hostia en la circunspecta cara del conformismo, ya toca parir algo nuevo y superar manifiestos decimonónicos, creo. Si no leeríamos a José Ángel Valente si le hubiera dado por escribir como Góngora, tampoco creo que debamos reinventar el mundo con los planos caducos del pasado, ni con versiones (a la espera de leer a Jameson y compañía, me arriesgo en general a ser bocazas) mejores o peores. A no ser que tomen en cuenta toda la realidad actual sin tamizarla con lo ya asentado en las enciclopedias. Aquí sólo me interesa la literatura, aunque repito, no se puede divorciar de lo humano. Aunque Adolf Hitler hubiera hecho un ejercicio de estilo formidable con “Mein Kampf”, seguiría siendo una basura inmunda. Aunque adore a Neruda, sus odas a Stalin dan grima. La “burguesía” ya no es cuestión de capas o entramados, ahora es cuestión de parcelas y verjas, que sólo se salvan en cayuco. Traedme un creador “no burgués” que no lleve los pantalones perdidos de ese barro hasta las rodillas (aunque no quiera, aunque crea ser honesto en ello), y me arranco las venas para tejerle un hábito.


VIII. Hay una crítica institucional […], desde el momento en que se conforma un temario (y no otro) sobre literatura española y extranjera para los colegios. Y precisamente de eso hubiera querido hablar el otro día si cierto rubor no me hubiera cosido las ganas (al diablo la brevedad, para un foro que merece la pena no escatimaré impulsos -el aburrido puede obviarlos, me conformo con una o dos butacas ocupadas en la platea-).

Esto creo que lo compartiremos todos, pero será automático en el caso de aquellos que tengáis hijos: la única y verdadera libertad está en el conocimiento, y las nuevas generaciones vienen con muletas. Más allá de caducos debates sobre la enseñanza religiosa o la teoría política, el verdadero desamparo espiritual de los niños arreciará cuando asuman (a fuerza de carencias, indecencias y flatulencias en la docencia –cacofónico y redundante, sí, como el rodillo que les asola-) que el mundo es mensurable y clasificable, que deben ser más (y no necesariamente mejores), que han de conjugar el verbo tener y acumular etiquetas, y que deben ejercitar hasta el olimpismo una parte de ellos mismos para ser un músculo concreto, un diente numerado del engranaje, a riesgo de atrofia para el hombre completo. Vulnerables hasta ese punto, después cubrirán su parcela de ocio con bazofia impresa, o creerán haber descubierto la filosofía con Jorge Bucay (un segundo, arcada, estruendo en las baldosas, pañuelo y agua fría en los párpados, ya, listo). La cultura no puede seguir siendo un vector más en el balance de pagos, no debe ser un apartado más del libro de instrucciones con el que salen los jóvenes de las aulas. La sociedad (y críticos y autores desde su escaño) no puede eludir la tarea de potenciar el talento y alentar la curiosidad, y no simplemente malear y pulir cualidades para que encajen. Y, sobre todo, no puede permitirse la licencia de hacer alardes y piruetas fútiles si no van a alguna parte. Evolucionar en literatura ha de ir más allá del “mira mamá, sin manos”, y el saber más acá de la mención erudita de la cita sobre la cita de la cita. No sé si nos estamos dando cuenta de que al buscador (percibiendo o creando, leyendo o escribiendo) no le basta con la forma, y aún a riesgo de parecer lo que no es, me pongo de pie en la mesa y exclamo que tras la letra ha de haber verdad y alma. Porque todos los premios no valen lo que unas cuantas reediciones, y todas las críticas favorables no superan la carta emocionada de un lector anónimo.

Lo malo de tomar una postura es que se duermen las articulaciones y se pierde visión, pues hay que darle la espalda a algo y adulterar lo que viene de refilón desde los lados. Una postura requiere una estrategia arquitectónica, un orden. Y el hecho literario (de la mano de la impermanencia de las cosas), como el artístico, brota de algo que no cabe en un plan. Así Mozart o la poesía inmortal traspasan la opacidad de las posturas y le hablarán siempre a cada célula del equilibrista ensimismado. Es más factible llegar “a Dios” si uno es diligente y austero en un solo camino, que catando por temporadas el monacato, ahora budista, ahora católico, ahora ortodoxo... Pero si hay divinidad a la que llegar (entiéndase como apodo variable de la Verdad), me temo que los atajos aparecen de repente, en apariencia aislados, y con lo imprevisible de la mística. El rabo de la lagartija es la teoría, ese señuelo al que nos aferramos, pero todo el mundo sabe que cuando lo pierde le vuelve a crecer otro, y sigue siendo una lagartija.

No hay epistemia literaria que pueda explicar la magia, sólo medio y supervivencia, o si la hay, no cabe en un molde que no sea capaz de contener también el mundo, desde la letra de una canción senegalesa sonando en el I-pod de un nórdico con rastas en el metro neoyorquino a la tonada de las lavanderas de Benarés.


(continúa del II al VIII).