Bitácora de Sergi Bellver: julio 2006

16/7/06

El templo.

Anouar Brahem Trio: Astrakan Café, part 2.



A veces, despechado, como quien quema una iglesia porque su dios no le escucha, estampo contra el suelo mi escudilla y salgo, y blasfemo a gritos, apoyadas las dos manos contra el tronco de un olivo, para poco después domar mi resentimiento subversivo y volver adentro a recoger el arroz del suelo. Lo desecho, me adormezco en el ayuno, pero dejo limpios el enlosado y el silencio. Regreso a mis tareas y, sumergido en ellas, bien traduciendo apócrifos o cosiéndole el lomo a algún manuscrito, bien encalando el exterior del templo y el pie del olivo o barriendo el polvo a su sombra con los vaivenes de la meditación, consigo resucitar cierta alegría de la carne, uncida por la fe como una bestia noble en el esfuerzo.

Perdón por recibirte en mi humilde templo. El sacramento y el misterio son dignos de ti, en realidad son el verbo y la tinta de la palabra que te habita, pero pido perdón, por haberte dedicado este oratorio espartano, sin la magnitud de las naves góticas, ni el virtuosismo de las cenefas barrocas o la diáfana pureza de las mezquitas. Apenas un tabernáculo de adobe y piedra, basto como el tocón de un árbol centenario, pulido por las lluvias, sin brillo. Cubo de esquinas redondeadas por el viento, como un dado por el azar. Con una sencilla espadaña y una campana oxidada para extender la palabra al viento, con la voz quebrada del anciano muecín que apenas alcanza a susurrar plegarias desde un alminar. Una discreta atalaya sin filo, como una espada de juguete manoseada, a la que ningún observador razonable teme, pero empuñada por una fiebre precoz, primitiva, mucho más peligrosa que ese acero blandido por el deber, que siempre retrocede ante la lógica de la estrategia. Mi fe en ti es como la de un cruzado ciego que nunca desanda su camino, ni cuando los fogonazos de la realidad laceran el abismo de sus cuencas hasta hacer que se tambalee. Las llagas de mis rodillas son estigmas de un milagro, testigos de cada caída y emblemas de la inaudita capacidad de levantarse. Soy feroz cuando te maldigo, pero aún soy más voraz cuando a dentelladas hago escrutinio del mundo para alabarte en cada cosa viva. Soy digno de ti, pero me ha tocado honrar esta devoción en una parroquia desapercibida, periférica, apartada de la curia y el Olimpo.

Perdón por convocarte a este templo austero. Pero ya estaba aquí cuando yo llegué, todo dispuesto del mismo modo: el ventanuco por el que escudriño el cielo buscando tu nombre en las constelaciones; el portón desencajado que nunca cierra del todo y musita letanías cuando hay tormenta; el suelo abombado por la terquedad de alguna de las raíces del olivo, como si la naturaleza quisiera dejar preñado el vientre de esta iglesia mortecina; la pila de las abluciones, fría como un arroyo, el banco que cojea, y el cáliz de madera, con esa beta rugosa que parece un ojo velado o un huracán sobre la superficie de Venus; la telaraña de mi única feligresa, gris y sedosa, como un fantasma eterno, como si ya colgara del menhir que precedió a esta ermita; la hornacina con la talla de cedro de un bautista inclinado, y el pequeño altar de roca, orientado al este, por si amaneces. Eso es lo único que he cambiado, la ubicación del altar. El resto ya lo encontré así, igual que el recio sayo doblado sobre la banqueta, con esa mezcla de cuidado y desapego que sólo alcanza un hombre cuando la edad y la disciplina le convierten en madre cansada. Y el cordón de eremita colgado de un clavo, sobre un claro rectangular en la pátina oscura que el hollín de los cirios y los siglos fue pintando en la pared, delatando la antigua ubicación de algún icono. El anterior monje tuvo algún propósito que se me escapa, tal vez darme un nombre o un testimonio, al despacharlo así, como mi única herencia.

Soy el abad de la congregación de un hombre solo, jesuita amanuense y marista inspirado, del carpintero bienhechor y la prostituta piadosa, clemente con las miserias del hombre y afecto a su debilidad, porque las falacias y el boato de la nunciatura no llegan hasta estos páramos. Recibo el alba con mi oración de esperanza; celebro el vino y el pan ácimo de la liturgia, como si en verdad fueran tu saliva y tu carne templada; calculo con las cuentas del rosario todos mis pecados, y los acepto como el padre que ama al hijo sediento hasta en sus desmanes de náufrago. Despido el ocaso con un credo herético, tan lleno de pasión y lucidez como la danza giróvaga de un derviche sufí, y velo el tránsito de la luna, rendido pero dispuesto. Al final, siempre, el celo se debilita y caigo dormido, y sueño con avatares de tu gracia, hasta que al día siguiente despierto otra vez en mi catre, confuso, intuyendo que no nací para el sacerdocio, aunque deambule por los caminos con mi anodino templo a cuestas y albergue lo sagrado en el santuario de mis costillas.

9/7/06

Seguir con vida.

Saint-Saëns: Sansón y Dalila
("Mon coeur s'ouvre a ta voix"), por Maria Callas.




Bajo el asfalto de las calles reposa un limbo de generaciones, disperso entre la tierra prensada y las figuras detenidas de un tiempo fósil. Tras el escaparate de la muchedumbre aguarda una colección inédita, eclipsada por el color mate y el filo romo de su silencio. Desapercibida, fuera del cómputo rentable, lejos de la atención teledirigida de los súbditos, aguarda una voz, preservada del aire por un sarcófago transparente, precintada por un accidente. Su hogar es más antiguo que la casa de los padres, y su país más anchuroso que el terruño de los ancestros. Su lengua conoce giros y secretos anteriores a la urdimbre de los libros, y en sus manos dormita la brocha de crin del artista cavernario, en un letargo paciente y atento, como lechuza camuflada en el follaje, a punto de cortar la atmósfera nocturna y abalanzarse sobre el presente.

Es una criatura extinguida, una hipótesis alada que, al distraerse una noche descifrando la curva de la luna y las rutas del mapa celeste, quedó atrapada en ámbar un segundo antes de levantar el vuelo, arrastrada por un reguero de savia desde la rama herida de un árbol prehistórico. Las edades se turnaron en su labor funeraria, y fueron enterrando cada vez más profundo ese instante, hasta compactarlo y confundirlo con las viejas piedras. Hace siglos que abandonó la perplejidad de la bestia sorprendida por un cepo líquido, y cuando comenzaba a acostumbrarse a la lentísima deriva de la corteza terrestre, alguien le arrancó de la oscuridad de su nicho, cepilló el polvo lapidario, y pulió su ataúd esférico hasta devolverle los reflejos dorados y exponerlo en la vitrina de un museo. Desde entonces la prisionera del ámbar adoptó la estrategia de las estatuas, recordando y callando todas las conversaciones que tuvo en libertad con las estrellas y las flores lúbricas, y tras ser embalsamada por la casualidad, con las raíces y las aguas subterráneas, y después de clasificada por la ciencia, con la madera, las mariposas lacadas, y algún niño con gafas de pasta.

Sigue viva en la gota dura que le contiene, y observa el mundo desde el alba del tiempo. Anota cada detalle y contempla impasible, como una emperatriz oriental, toda la procesión de curiosos y despistados que se detienen o pasan de largo ante el vidrio y la etiqueta académica de su peana. Sigue viva, rumiando una fuga, planeando eclosionar y dejar boquiabierto al mundo, si consigue hipnotizar antes a algún cómplice con su mirada poliédrica. Si una tarde de sábado, entre el tumulto que se ahorró la entrada y deambula con prisa para verlo todo, una visitante con intención de extraviarse mira y repara, más allá del vidrio, más allá del ámbar, en los ojos fijos de una criatura improbable. Si tras el hechizo revela su condición de hada malandrina, y toma el riesgo, y se hace un corte en una mano al romper el vidrio, y roba del museo la pieza encantada. Si conduce toda la noche, y se la lleva hasta su playa, a los pies de un acantilado esmeralda. Y allí, con un beso y el fervor de una gota de sangre audaz, licua la elipsis hasta convertir el ámbar en una estela de miel clara que sana su herida, resbalando por sus manos como la luz tibia del alba se desliza sobre la franja de arena que siempre mantiene mojada el oleaje. Y entonces, un breve desconcierto, un espasmo imperceptible de las alas, una pulsación de vida irrigando los élitros y, de nuevo, como si media eternidad hubiera durado lo que una duda o un bostezo, la hipótesis alada levantaría el vuelo y se elevaría más allá de la cornisa verde, hasta el confín de los mapas, hasta la barca sonriente de la luna. Una luna rezagada, aún visible en la amanecida, pero tras un velo esmerilado de luz ocre, como de ámbar, desdibujada por el fulgor que anuncia al sol, como si hubiera estado esperando desde la noche atávica para despedirse de aquella libélula oteadora de horizontes, antes de desaparecer.

Zarandeada por la brisa vertical del acantilado, agotada tras la carrera frenética de la libertad recuperada, la criatura improbable descendería hasta volver, con la sencillez de una ley natural, a posarse en los labios del hada. Y justo cuando la vida hubiera estallado de nuevo, como una nube fecunda de polen, sus alas se fundirían al calor de esa boca, como dulces láminas en una lengua permeable, calando hasta la carne, hasta mezclarse con la savia brillante de su libertadora y correr con euforia de arroyo por aquellas venas, feliz de saber que a cada pulsación vaciará e inundará de nuevo la alcoba latente del corazón del hada. Y así, habitante de otra, vertida la esencia de sus alas en la sangre de un cómplice, entregada como regalo y semilla de otros vuelos, la voz rasgaría el silencio y seguiría viva, para siempre.

1/7/06

En los parques.

J.S.Bach: Concierto para violín nº1 Ohm Bezuntung.


Hasta el sol parece domesticado en los parques, y calienta la hierba con oficio de mayordomo, sin irrumpir en las estancias vedadas. Todo se delata planeado en la formación de la arboleda y las farolas, obedientes como soldados en el patio de armas. Un tronco ha desertado y se pudre en una esquina del parque, quebrado sobre un hito de piedra, como un moribundo bajado de la cruz, lejos de las patrullas de limpieza. Se mantiene el celo en podar las ramas que rompen la simetría de los caminos y en desbrozar sus lindes de las flores que brotan desubicadas. Las aves conocen su cometido y aceptan el salario, los gorriones mendigan sin humildad y los cisnes danzan con desidia circense. Las estatuas interpretan su papel y dan pie a los surtidores para que entren en escena con sus monólogos de agua. A la madre del niño pelirrojo le duele la cabeza cuando se acerca a la fuente, y exhala sobre la palma de su mano con la que cubre medio rostro y su derrota. Los músicos y saltimbanquis aparecen con la exactitud de una marea, que se retira cuando la orilla verde ya está desierta de paseantes. La cuadrícula de senderos y avenidas, la geometría de los estanques, la discreción de las naves de algún edificio antiguo, o la aséptica conmemoración en granito de alguna efeméride, dibujan el mapa de un universo breve, previsible, encajonado en la finitud de una verja.

El preludio del verano en los parques parece un acto más en esta obra, escrita por humanos y para humanos. El orden trazado sobre una naturaleza cautiva suena a lección de música para violines y caja de ritmos. Sería un buen ensayo del mundo si a la vida pudiera venirse con entrada de palco, programa satinado y anteojos. Una opereta amable que se representa al final de la galería de los presos, que acuden con traje de raya diplomática y etiqueta numerada. Una dosis de asueto para que los reclusos no reparen en que la llave de las celdas está echada por dentro. Un plan perfecto.

Pero nadie puede evitar que de repente, en la celosía de sombra a los pies de un castaño de indias, ebrio por el olor del césped gris, por una humedad disidente, como de hongos, un hombre cansado escuche el rumor de un golpe de brisa entre las hojas y le asalte el súbito deseo de arrasar la ciudad, socavar la tierra y devolvérsela de nuevo al bosque, a la selva imprevisible en la que saberse más desnudo, vulnerable y puro. Y el hombre se incorpora, ofuscado y febril, dispuesto a la revolución vegetal, cuando, como una aparición, nadie y su vestido estampado pasan delante de sus ojos, devolviéndoles por un instante la mansedumbre. Para entonces, las únicas flores que le interesan ya sobre la faz de la Tierra son las textiles que oscilan con el caminar de nadie, sobre sus rodillas, morenas y brillantes como el dosel de una cama. Y el hombre se acerca a nadie, rumiando cualquier palabra, cualquier entrada posible, sabiendo que en la primera frase no se atreverá a preguntarle si estaría también dispuesta a compartir su revelación y dejarle ser alguien a su lado. Porque el hombre estaba ofuscado, pero no lo suficiente como para no reconocer aquello que le devolvería su nombre, y es cobarde, pero no tanto como para no imaginar que tal vez se pueda, y está cansado, pero no lo bastante como para dejarse vencer aún.