
ENTREGA siempre tu belleza
sin echar cuentas, sin hablar.
Callas. Ella dice por ti: Existo.
Y en mil formas distintas llega,
llega al final a todo el mundo.
El peligro de acercarse a la obra de un autor desde una traducción o una antología, por muy buenas que sean (y las de Jaime Ferreiro en la colección Austral, por ejemplo, a mi parecer lo son), reside en la duda inevitable de cuestionarnos si habremos sido capaces de captar la esencia del poeta. Rilke fue siempre tan fiel a la suya que soporta la versión y el compendio arbitrario. Poco importa que poemas como el que abre esta entrada (un lema redentor para el que suscribe) hayan quedado fuera, porque aún habiendo leído ya casi toda su obra poética en diferentes traducciones, siempre siento que en lo que desconozco aún de Rilke me aguardan pacientes nuevos hallazgos.
Inauguro con uno de mis más admirados poetas la sección Maestros, y como dije en su día, no pretendo hacer inventario de cultismos ni caer en el usual anecdotario. Mi única intención es tratar de plasmar los lazos que un buen día, como en el albor de un nuevo mundo, me rescataron de las penumbras al darme de bruces con la lucidez y la profundidad de un autor determinado. La vida y obra de un escritor a menudo es fuente de discursos redundantes, y entre los críticos más parece que se utiliza como estilete en el monólogo o medalla en la solapa, que como marco y lienzo de lo que su existencia pintó entre los hombres. Las apreciaciones que vuelque en estas alas serán siempre personales y, acaso alguna vez, transferibles, porque la magia de una obra encuentra rara vez el mismo eco en corazones distintos, pero cuando sucede es como la voz de una ola, nunca idéntica pero siempre constante desde la garganta de la eternidad.
A finales del siglo XIX, Praga era un hervidero literario al que vino a sumarse la llama de Rilke. No relataremos aquí toda la suerte de circunstancias que rodearon su infancia, ni la compleja sombra de su madre, a veces derramada en telas de ninfa sobre la contrariada presencia del hijo, a veces animándole a la poesía con la espuela de Schiller, ni tampoco la habitual proyección paterna en cuanto a su plan vital a expensas de la propia voluntad del vástago (tan común, desde antiguo hasta hoy, en tantos progenitores). Para todos esos asuntos puede el lector dirigirse a la bibliografía disponible o a las páginas pertinentes en la red de redes. Baste decir que Rainer Maria levantó pronto el vuelo en busca de aire no viciado y que escogió su propio nombre, rechazando el recibido de sus padres en la pila, en un renacimiento que conmueve al autor de este cuaderno de bitácora, por reconocerse, punto por punto, en la misma huida y el mismo bautismo regenerador.
Praga tenía en aquella época algo de periferia, y mucho de crisol. Su situación geográfica y la realidad política del momento la abocaban a un intercambio fronterizo entre el centro de la vieja Europa y la vasta bruma de lo eslavo y lo oriental. Muchos escritores empleaban el alemán como medio de expresión literaria pero también conocían el checo, en un país diverso y vital que vibraba bajo la gruesa capa militar del imperio austrohúngaro. Praga acogía a todas esas voces, que sentían de manera distinta pero inequívoca una pertenencia común a cierta esencia de aquellas piedras y fantasmas afables. Toda aquella pequeña patria edificada la cantó Rainer Maria en su juventud, desde el hechizo de sus puentes y agujas a la liturgia cotidiana de las gentes. Pero hubo algo más que sed de libertad, que hambre de luz diurna, en la desaforada salida de Rilke hacia Munich, y es que el poeta habría de conducir para siempre su existencia con el timón de un alma nómada y abierta, que le llevaría a distintos paisajes, a encuentros al borde del camino que, para su mirada atenta y socavadora, iban a convertirse en las piezas de un mosaico universal. Rainer Maria Rilke logró trazar en su no demasiado dilatada vida (si la leucemia no le hubiera secado la voz, es seguro que el poeta nos habría dejado aún una senda nueva, que apenas acertaba a desbrozar en sus “Sonetos a Orfeo” ), la inefable pero reconocible huella de lo que es verdadero y puro en un poeta que vive pegado a la vida y en un hombre que vuela encaramado a su visión cósmica. Así como Rusia iba a convertirse en su primera mirada al océano, París en la buhardilla del artesano, o Suiza en su retiro, España (y en especial, la malagueña Ronda) también habría de ser un punto esencial en la obra de Rilke. Por eso, en esta primera entrada sobre la visión íntima que albergo hacia su legado, le dedico el reflejo de vino de esta guitarra y la mano emocionada de esta lectura.
Inauguro con uno de mis más admirados poetas la sección Maestros, y como dije en su día, no pretendo hacer inventario de cultismos ni caer en el usual anecdotario. Mi única intención es tratar de plasmar los lazos que un buen día, como en el albor de un nuevo mundo, me rescataron de las penumbras al darme de bruces con la lucidez y la profundidad de un autor determinado. La vida y obra de un escritor a menudo es fuente de discursos redundantes, y entre los críticos más parece que se utiliza como estilete en el monólogo o medalla en la solapa, que como marco y lienzo de lo que su existencia pintó entre los hombres. Las apreciaciones que vuelque en estas alas serán siempre personales y, acaso alguna vez, transferibles, porque la magia de una obra encuentra rara vez el mismo eco en corazones distintos, pero cuando sucede es como la voz de una ola, nunca idéntica pero siempre constante desde la garganta de la eternidad.
A finales del siglo XIX, Praga era un hervidero literario al que vino a sumarse la llama de Rilke. No relataremos aquí toda la suerte de circunstancias que rodearon su infancia, ni la compleja sombra de su madre, a veces derramada en telas de ninfa sobre la contrariada presencia del hijo, a veces animándole a la poesía con la espuela de Schiller, ni tampoco la habitual proyección paterna en cuanto a su plan vital a expensas de la propia voluntad del vástago (tan común, desde antiguo hasta hoy, en tantos progenitores). Para todos esos asuntos puede el lector dirigirse a la bibliografía disponible o a las páginas pertinentes en la red de redes. Baste decir que Rainer Maria levantó pronto el vuelo en busca de aire no viciado y que escogió su propio nombre, rechazando el recibido de sus padres en la pila, en un renacimiento que conmueve al autor de este cuaderno de bitácora, por reconocerse, punto por punto, en la misma huida y el mismo bautismo regenerador.
Praga tenía en aquella época algo de periferia, y mucho de crisol. Su situación geográfica y la realidad política del momento la abocaban a un intercambio fronterizo entre el centro de la vieja Europa y la vasta bruma de lo eslavo y lo oriental. Muchos escritores empleaban el alemán como medio de expresión literaria pero también conocían el checo, en un país diverso y vital que vibraba bajo la gruesa capa militar del imperio austrohúngaro. Praga acogía a todas esas voces, que sentían de manera distinta pero inequívoca una pertenencia común a cierta esencia de aquellas piedras y fantasmas afables. Toda aquella pequeña patria edificada la cantó Rainer Maria en su juventud, desde el hechizo de sus puentes y agujas a la liturgia cotidiana de las gentes. Pero hubo algo más que sed de libertad, que hambre de luz diurna, en la desaforada salida de Rilke hacia Munich, y es que el poeta habría de conducir para siempre su existencia con el timón de un alma nómada y abierta, que le llevaría a distintos paisajes, a encuentros al borde del camino que, para su mirada atenta y socavadora, iban a convertirse en las piezas de un mosaico universal. Rainer Maria Rilke logró trazar en su no demasiado dilatada vida (si la leucemia no le hubiera secado la voz, es seguro que el poeta nos habría dejado aún una senda nueva, que apenas acertaba a desbrozar en sus “Sonetos a Orfeo” ), la inefable pero reconocible huella de lo que es verdadero y puro en un poeta que vive pegado a la vida y en un hombre que vuela encaramado a su visión cósmica. Así como Rusia iba a convertirse en su primera mirada al océano, París en la buhardilla del artesano, o Suiza en su retiro, España (y en especial, la malagueña Ronda) también habría de ser un punto esencial en la obra de Rilke. Por eso, en esta primera entrada sobre la visión íntima que albergo hacia su legado, le dedico el reflejo de vino de esta guitarra y la mano emocionada de esta lectura.
Del "Libro de las horas". I. Libro de la vida monástica, VII.
(22 de septiembre de 1899).
(Mucho mejor si antes detienes la reproducción de la música y subes el volumen de tus altavoces, porque la grabación no es buena).