Bitácora de Sergi Bellver: Del nómada estelar (I).

18/12/06

Del nómada estelar (I).

"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?
Eso es lo que significa ser un esclavo."

Roy Batty.

B.S.O. "Blade Runner": Main title.



Más allá de los turbios abismos que engullen la materia y ahondan los pozos del alma a los que se arroja la esperanza. Donde no hay más referencia que la incandescencia de los astros en la distancia ni otro piloto que un afán incombustible aferrado al timón de la nave. Más allá, donde un vértigo denso e inabarcable rodea a la percepción hasta desdibujarla en la locura y el horizonte es una esfera difusa en infinita expansión, en la que brillan a lo lejos, en todas direcciones, vagos destellos que aturden al navegante, como faros suspendidos en la yerma y helada inmensidad del espacio. Más allá, embarrancando la quilla de la nave en el resplandor fronterizo de todo lo que es, allí, por fin, allende la más absoluta soledad, donde ningún ser humano ha soñado llegar jamás, al albor de nuevos mundos, prístinos e intactos. Allí también llevará el último nómada su don y su condena, porque cualquiera que sea la sombra o el fulgor del que nace, hay en la condición humana un anhelo ancestral que impulsa a nuestra especie, para bien o para mal, desde su origen: la voluntad de dar un paso más.
Del otro extremo de nuestra naturaleza tira la conciencia sedentaria, aferrada a lo que ya conoce, asentada sobre los pilares de lo establecido. Y estas dos fuerzas se manifiestan en cada temor y cada sueño del género humano, condenándolo a las tinieblas o al caos cuando se rompe el equilibrio. En cada grupo se dan siempre el grueso imprescindible de quienes transmiten y perpetúan la tradición y la minoría en la que se despierta el instinto explorador, el sujeto al que una voz interior parece sugerirle siempre la posibilidad de una realidad distinta. También cada persona lleva consigo esos dos atributos de una misma identidad, que se necesitan, y por eso el genio y la imaginación deben tomar impulso desde la reflexión para darle a un sueño la categoría de destino. Por eso mismo una sociedad se enquista y degrada si permanece demasiado tiempo en la endogamia, ideológica, cultural, estética, y sobre todo, moralizante. Una utopía veleidosa o una quimera hecha dogma pueden arrastrar a los pueblos al absurdo o la barbarie, pero una sociedad anquilosada en sí misma, demasiado satisfecha, cebada y adormecida por un bienestar que no se preocupa del buen ser, está condenada sin remedio a la extinción. Esa es la dualidad del nómada y el campesino, la del astronauta y el capataz, la del artista y el artesano, y allá donde haga pie el ser humano se repetirán siempre los mismos conflictos y las mismas venturas.
Pero un buen día, el irrevocable, porque todo es perecedero, para cuando este planeta cierre su párpado azul, y el menor de sus hijos expire sobre la faz de la Tierra, cesará la cuenta de todas las anécdotas, tragedias y hazañas de la Historia, se evaporará el rastro de todas las pasiones, andanzas y bajezas de cada existencia privada, y todos los hallazgos, logros y crímenes del homo sapiens prescribirán. Y en el crepúsculo de ese día, cuando la leyenda del mundo se diluya, computada como efímera gota en el mar antiguo de la Creación, las glorias de la posteridad caerán de su peana y se disiparán eternamente en el polvo sideral, como murmullo de aves de invierno que se desvanece en el viento.
¿Qué quedará entonces como testigo de nuestro paso por el cosmos? ¿Qué importa pues labrar un nombre en el panteón de los ilustres? ¿Acaso no resultan absurdas la soberbia y la obsesión por perdurar? El tiempo que se nos ha dado es demasiado precioso como para derrocharlo en la mediocridad, porque una vida vale lo que resplandezca su instante más hermoso. Quién sabe, tal vez permanezca algún resto de nuestro naufragio, flotando a la deriva en el vacío exterior. Sería hermoso dibujar una onda sutil en la quietud del firmamento, mientras nuestra existencia se hunde en el lago del olvido, quizás el eco de una pieza de Mozart como fondo del silencio, un pedazo del David de Miguel Ángel o un fragmento de la Gran Pirámide convertidos en cometa, para que cualquier alienígena pida un deseo, o tal vez una ligera resonancia, la vibración diseminada de todos los amores ciertos que en el mundo han sido, como la aureola de una estrella extinguida. Sería terrible pensar que alguna vez otra civilización pudiera encontrar un vestigio miserable de nuestra especie, varado en su órbita como morralla, fuera la torreta de un tanque, una silla eléctrica o el chirriante envase de una hamburguesa.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Es cierto! En muchas ocasiones en las que tengo miedo o, más que miedo, problemas de ansiedad e indecisión (que hago esto o aquello? si hago esto me perjudicará? si hago aquello que es lo que quiero? etc. etc. etc.) y en los momentos cumbres de temor pienso: ¿para qué me haré tanto problema si somos apenas una mota de polvo insignificante en el universo?
Muy bueno tu blog.
Saludos!

Oski dijo...

Y como terminaba la peli de Blade Runner: "todo esto se perderá como lágrimas en la lluvia"

Isabel Romana dijo...

Has vuelto con una reflexión muy bonita, sergi, sobre esas dos tendencias que coexisten en nosotros, la que nos impulsa a quedarnos donde estamos y la contraria que nos empuja a avanzar. Ni una ni otra parecen tener mucho sentido en el horizonte de un futuro engullido por la nada, en la que nada quedará de nosotros. Pero ¿y mientras vivimos?. Felicidades por este regreso tan hermoso. Besos y hasta pronto,querido amigo, me has dado una alegría con volver.