Bitácora de Sergi Bellver: Ángel Zapata no existe (y II).

27/10/06

Ángel Zapata no existe (y II).

Jacques Brel: J'arrive.



“Una gota de agua sube los peldaños de la escalera. ¿La oyes?”
Dino Buzzati.



Diástole



Ni por un momento se me ha pasado por la cabeza abrir el sobre marrón. Hace ya un par de semanas que estoy de vuelta en Madrid, y ahí sigue, barajado con otros cuadernos y manuscritos, como si fuera una camisa más en una maleta por deshacer. El otro día vino a casa un amigo, Héctor, estuvimos hablando del nuevo libro de relatos que acababa de publicar un colega suyo, y sólo cuando mi amigo ya se había marchado y estaba echándole un vistazo a la contraportada del libro (me lo prestó), caí en la cuenta de que durante toda la charla había estado plantando mi culo encima del sobre marrón. Desde luego, mi subconsciente no tiene mucho más aprecio que yo por ese original. Lo aparté, como si hubiera estado aplastando cualquier cojín, con el desdén de un jugador de póquer que arroja al tapete las cartas y pasa de una mala mano, y abrí al azar “La vida ausente”.
No quisiera empezar a mentir tan pronto, porque la verdad es que fueron cierta coincidencia personal en el título de un cuento y su brevedad, sonsacada al índice, lo que hizo que comenzara por “Belvedere”. Y entonces fueron el niño serrucho y la severa política de precios de ciertas corporaciones de tranvías los que me llevaron a otro cuento. Y de este caí a otro, del que saltó una astilla que me perforó la frente, y después a otro, con el que tragué agua de mar y acabé por vomitar toda la espuma acumulada por años de naufragios. La literatura en estado puro es un potente astringente, y una vez purgado el estómago, con ese hervor placentero de los ojos agotados por las convulsiones, uno está preparado para percibir la esencia de las cosas, y llega a ser una especie de cuenco vacío, en el que resuena límpidamente el toque del metal. Releí varias veces el libro, desde el principio. Y el zumbido siguió ahí, sin estridencias pero con la inaudita persistencia de la gota cavernaria, horadando el blando suelo en el que habían hecho pie la incertidumbre y la sed. Tenía que conocer a ese domador de centauros. Tiré de ciertos hilos, bueno, para qué exagerar, de la manga ancha de mi amigo Héctor, y concerté la versión más espontánea y menos sacra del encuentro, un café, con el autor.
Hoy es el día.
Espero sentado junto a la ventana del primer piso, levantando un muro invisible, si es que se pueden apilar ladrillos poniendo cara de exprimidor, entre mi espacio vital y los abuelos que discuten al fondo del café, a hostias con la mesa y las diminutas lápidas del dominó, como si en la partida les fuera el último aliento. El Comercial es una versión proletaria de otros cafés más reputados, no tiene esos ademanes de vieja dama de las bambalinas, del brazo de algún anarquista enfundado en traje de alpaca, pero tiene la suficiente clase como para no imaginármelo como un loro en sus comienzos. Por Cuatro Caminos quedaba el Metropolitano de “La vida ausente”, y por allí también el lugar donde antaño Machado pasaba las tardes con una mujer, deshaciendo el azucarillo del amor en el café, licuando hasta la tinta la añoranza para un epistolario inmenso del que hoy apenas se conservan unos retales.
Otro sello bíblico de la partida y me despiertan de la evocación. Jodidas fichas. Llega el camarero con el cortado y me planta la tacilla y el plato como un seis doble. Una cosa es el ambiente de los cafés, como mar de fondo, y otra muy distinta el ruido ajeno, como mazazo insolente en la madrugada.
Rebaño el cristal de la ventana con la manga de la camisa y me evado. Ha llovido hace un rato. El otoño en Madrid no es el cuadro impresionista de Vermont, pero desde aquí veo las copas de los plátanos, y en su discreta militancia urbana quiero ver un retazo de paisaje y una infusión de recuerdo. El “otro” que dice Zapata tomaba té con leche en el Metropolitano, y me pregunto si seguirá haciéndolo. Al “yo” que digo ahora le gustaría decirle a Zapata que de adolescente, cuando era un verdadero loro (me queda la vida para labrarme otras alas, y lavarme la boca), también bogaba a la deriva entre conversaciones alquitranadas, de hombrecillos con cuerpo de botellín. Que mi cuarto también daba a un patio, como dan todas las celdas de frenopático, aunque uno intente sobrellevar su locura en familia, y a veces antepusiera el delirio de sus amantes celadores, tan sabios que daba miedo, a su propio sueño. Sí, uno también se ha ido quedando solo, creciendo, gastándose, como si la vida le fuera lijando la expectativa, aunque no tuvo la suerte de tener tan claras las cosas, aún con sus travesías del desierto, aún con el desengaño y los poemas garbanceros. Mi cuarto era el taller de mi padre y yo su arcilla, y mi cama hundía su cabecero en una inmensa estantería, llena de libros de texto con la letra del hermano mayor, reciclajes de otras bibliotecas parientes, promociones de cajas de ahorros y la minúscula disidencia que conseguía ilustrar con esporádicas expediciones al mercado de Sant Antoni, que hubieran sido constantes de haber arramblado con más monedas de la madrina o haberme atrevido a robar libros alguna vez. En mi casa no leía nadie, no sé de qué ancestro heredé el ansia. Sobre mi almohada, encajonada en el mueble, se formaba una especie de portal, y así, también convaleciente, viajaba yo con alas de tapa dura, tendido bajo el marco de madera de una pretensión paterna, cualquier carrera de provecho, se entiende, ebrio y tumbado, como cualquier mendigo arrinconado por la sensatez del prójimo en el soportal del sentido común.
En fin, uno vaciló demasiado entre el dibujo y la rebeldía, entre las letras y el rencor, ensayó vocaciones, y acabó extraviándose, de tanto impulso que tomó para huir de aquél lugar. Por eso he andado perdido más de diez años, como un nómada aturdido en una estepa de cuatro paredes, con la hierba rala de un mantel de hule. Sonámbulo, idiota, sin hacérmelo, pero idiota, como si la adolescencia tardía fuese la recaída de una extraña enfermedad, y no recordase mi cadáver exquisito ni redescubriera en el horizonte la vaga silueta de mi propia isla a lo lejos hasta pasados los treinta, porque el precipicio que sorteó mi huida era demasiado hondo, y ofuscado por la embriaguez del vuelo libre, olvidé ponerle rumbo a la deserción, como un albatros perdido. Y así planeo aún, buscando mi propia genealogía, mi propia región donde habitar, reavivando una llama que durante demasiado tiempo logró sobrevivir a duras penas en los rescoldos. A veces encuentro esa patria entre los libros, a veces en otra piel, casi nunca en mis raíces. Me importa un cuerno si Zapata ha escrito ese primer relato para soliviantar a los incrédulos, para achantar a los ortodoxos o confundir a los ilusos, como yo, pero le agradezco haber puesto en negro sobre blanco tantas cosas que uno hubiera querido decir tantas veces con más lucidez y menor espesura.
Otra vez el puñetero mazo de los pensionistas. Me imagino que sus sentencias deben sonar igual que los aldabonazos de esas piezas sobre la mesa, como paladas de tierra dura sobre el féretro, si es que tienen algún hijo o nieto que también haya tenido la desfachatez de creerse artista. Su sueño quedará sepultado bajo esos juiciosos terrones, si no es lo bastante audaz o inconsciente para sacudírselos de encima. ¿Dónde te has metido, Zapata? Llevo décadas esperándote en este café.
Veo las calles que parten desde la Glorieta de Bilbao, la huella empapada de algún pájaro prehistórico, y vuelve la lluvia a amortiguar los coágulos del tránsito, a ahogar la murga de los coches como balde de agua que anegara un hormiguero. La gente camina como un batallón de sonámbulos desarmados, como llevados de la frente por un tirador invisible que urga en los cajones, uncidos por la rutina y azuzados por la prisa. He olvidado qué vine a hacer aquí, a quién espero, qué pretendo. Sólo miro un trozo de Madrid en salazón desde el borde del frasco.
Ahí llega, por fin.
Zapata cruza la calle con un enorme bloque de hielo cargado a la espalda, llevándolo como un irreductible galo llevaría un menhir, con pantalón a rayas, poniendo cara de Sam Shepard y frunciendo el ceño como quien otea la estepa. Parece que escudriñara el cielo en busca de algún bombardero y desde luego la lluvia no va con él, pienso, justo antes de perderle de vista. En unos segundos estará aquí arriba.
Un té con leche y otro cortado. Sí, llévese esto, por favor.
La mano, nombramos a Héctor, le ayudo con la mochila, no hay ceremonias ni protocolo, no somos emisarios de países extranjeros, le reconozco, me tolera.
Coloca el bloque de hielo con cuidado en el asiento de al lado y se frota la cara con las manos ateridas. La mole parece una de esas destrales de sílex pero a escala ciclópea, tallada en mil muescas y con la forma de una lágrima alargada. Alberga reflejos de abismo en la base y de glaciares antárticos en el corazón del óvalo, como ámbar azul que preservara algún secreto primigenio, y el vértice recuerda al piramidión de nácar de un obelisco exiliado en París. Es como un iceberg aéreo, denso pero delicado a la vez, rotundo pero translúcido. Zapata también tiene algo de iceberg, es capaz de rasgar bajo la línea de flotación y hundir navíos, y no se deja ver a la primera, pero tampoco se esconde si te sumerges. Hablamos. Tanto rato que la ventana parece la de un tren y la calle una sucesión indefinida de postes o llanuras inundadas que se suceden. Podríamos estar perfectamente en el Transiberiano.
De nuevo el martillo, los jubilados, la partida, y la locomotora frena en seco. No hay conversación que remonte el vuelo después de un aterrizaje forzado. No hay billete de vuelta para un instante eléctrico. Pero no son los abuelos, no es el dominó. De repente un tipo con la corbata vuelta sobre un hombro, aporrea la mesa con un paraguas.
-Os encontré.
En la acción no hay posibilidad de trascendencia, simplemente los hechos obedecen a cierta ley de la gravedad, y caen sobre los hombres. Después los interpretan como pueden. El caso es que apenas me di cuenta del golpe en la nuca, ni de la coreografía de la violencia, sólo recuerdo el olor del paraguas mojado, un fogonazo en el que Zapata levanta las manos hacia dos tipos, y el sonido abombado de lo que creí era el bloque de hielo cayendo de la silla.
Después de eso, media hora, una hora, quizá más, y despierto con la sensación de tener dos garfios tirando de mi occipital hasta rasgarme más allá del hueso. El dolor bombea desde atrás hasta empujarme los pómulos contra los ojos. Pero no hay más, creo, estoy sentado en el suelo y maniatado. Parece un vestuario sin duchas, una habitación húmeda, cúbica, de azulejos mugrientos, y con un ventanuco que parece dar a una acera, porque se oye rumor de tráfico cercano.
Tienen a Zapata sentado en un banco de listones de madera, como de gimnasio, parece bastante entero, mantiene la cabeza erguida y le han esposado con las manos apoyadas sobre una mesa. Juraría que es la misma que la del café. Está desnudo de cintura hacia arriba, y puedo ver varios moratones en su espalda. No pueden ser de ahora, tal vez se deban al menhir de hielo, pero son muy extraños, casi como si se movieran, ligeros como una sombra. Debo estar alucinando, pero cuando Zapata oscila o se duele de algo le siguen sutilmente, como si fuesen rémoras o algas adosadas a la quilla de un barco.
El tipo de la corbata desubicada sopesa el paraguas contra la palma de su mano, rítmicamente, con aire de antidisturbios. Está de pie delante de Zapata y no deja de hablar. No es un interrogatorio, no quiere saber nada ni escuchar a los rehenes, me ignora por completo y sigue hablando, con una voz que parece venir de algún lugar por encima del tipo, ya que apenas expresa emoción en su rostro. Sólo habla sin cesar. Al cabo de un rato parece el estruendo de una turbina o el traqueteo de una caldera vieja. Zapata me mira un segundo y me señala un rincón con las cejas. El bloque de hielo está apoyado en una esquina, vuelto del revés, y ahora puedo ver que está totalmente liso y pulido por un lado, y en ese espejo helado se refleja inclinada la silueta turbia del tipo de la corbata colgada del hombro y el paraguas.
-Zapata, Zapata… suena a un mural de Diego Rivera, a sedicioso con mostacho, Me suena a calzar una puerta o a un frenazo. ¿Quién demonios te has creído? ¿Te crees que no cierra bien, nuestra puerta? ¿Le buscas alguna grieta? ¿No te gusta cómo llevamos este barco?
El tipo le apunta con el paraguas mientras entrecierra los ojos y agrieta los labios.
-Tú… primero te pones realista, ortodoxo, luego juegas un poco y después dejas la cuña ahí, sí, tú, no lo niegues, tú has escrito “La vida ausente” para tocarnos los huevos. Luego vienen almas de cántaro como ese de ahí –y el tipo me señaló con el paraguas y un gesto rápido de la frente que hizo caer del hombro la corbata- y se creen que pueden inventarse algo, esperar otra cosa. Pues enteraros los dos, las cosas son como son, y están bien así. Y queremos que sigan así…
Intento mirarle a los ojos, pero es imposible, no puede ser el mismo tipo de Vermont, no lo es en absoluto. Se siente retado y se acerca a mí, impostando el paso, como un fiscal.
-¿No te gustaba tu librito, verdad? ¿Crees que podrás hacer algo con él? Deberías haberlo dejado donde estaba, para que nadie perdiera nunca el tiempo con nimiedades.
Es imposible, no puede ser él.
-¿De qué demonios habla? –le escupo, tratando de levantarme- Usted no puede ser...
-Oh, sí, hay muchos como yo, no te preocupes, el mundo nos necesita y estamos en todas partes. No importa quién, ni cómo, pero el mundo es un lugar más seguro porque le damos a la gente lo que quiere, y la mantenemos ocupada con la esperanza, y la fe, y pequeñas porciones de ocio que les disfrazamos de libertad. Unos la leéis, otros se hacen banderas con ella, con estrellitas, con coronas, con pajaritos, o con el martillo y la hoz. La corrección política ha resultado ser nuestro mejor bozal para la jauría.
-No entiendo una mierda de lo que dice; oiga, yo con la hoz me rebano las pelotas, y me importa un huevo la corrección política. Céline era un hijo de perra que sabía escribir, y Pound mezclaba Confucio y Mussolini, pero era un poeta cojonudo. Yo sólo sé que fui a Burlington a por mi libro porque no me gusta, eso es todo. Y no le tengo miedo, maldito cuervo –empieza a resultarme un esfuerzo agotador mantener mi cabeza en su sitio. El tipo se ríe, me da la espalda y vuelve con el mismo paso, arrastrando levemente los talones, hacia Zapata.
- Vaya con este hijo ilegítimo de Breton, “La vida ausente”, un cuento por aquí, un juego absurdo por allá, pamplinas surrealistas, de repente una metáfora como “los cometas surcaban el cielo como anguilas de fósforo”, y vuelta al absurdo, al sinsentido, y luego una sesión de taller de cuento con totos los campos semánticos y su soledad marinera, y para colmo unos poemas que no se atreven a asomarse al acantilado, menudo elemento. ¡Surrealismo, bah!
-¿Se acuerda de Louis Aragon?
-¿Qué dices? –se vuelve hacia mí como accionado por un resorte.
-Sí, Aragon, usando el surrealismo y a la vez discrepando, eludiendo a los nazis y a sus cachorros de Vichy, casi suicida por amor hasta encontrar a su musa, un loco adorable, ¿verdad? Un disidente de Breton, pero ahí tiene, cuando le juzgaron, ahí estaban los demás, surrealistas o no, para apoyarle.
-¿Qué diablos me cuentas, insecto? ¿Quieres darme clases de algo?
-No, ni puedo ni quiero, pero sólo digo que…
-No tienes ni idea –me corta en seco.
-Sólo digo que hoy, que ahora toca algo parecido, unirse en la resistencia. Y que Zapata hace como Chéjov, te planta delante el espejo, ese bloque de hielo, limpio y cortante, que carga a la espalda y en el que todos los que vamos detrás nos reflejamos. Te lo planta delante y eres tú el que se siente alienado o conforme, rebelado o sumiso. Muestra lo que no es bello, ni deseable, ni lírico, pero no niega la belleza ni el deseo. No le busque sentido a todo, los humanos no somos un puzzle, y lo absurdo también es parte de nosotros.
Me cuesta respirar, estoy exhausto, he de tomar aire, recobrar fuelle, y mientras, el tipo de la corbata torcida tiene los brazos caídos como un peso muerto, y el paraguas le roza la rodilla, y leo temor en su quietud. Y dice quedamente:
-No sois más que un puñado de ilusos que nunca está contento con lo que tiene.
-Exacto. Gente como usted mantiene el eje en su sitio y el agua estancada, y otros se mueven del centro hacia fuera y hacen olas. Así es el mundo. Aún no estamos muertos, pero usted ya lo está desde hace mucho. Es sólo un instrumento y no lo sabe, o lo que es peor, no le importa.
-¿Y qué demonios eres tú?
-Alguien que toca. Sólo alguien que busca una nota.
-Alguien que prefiere otro racimo de uvas –añade por sorpresa Zapata.
Y de repente, como por un hechizo imposible, la masa opaca de Ángel Zapata se expande y se convierte en una nube de vilanos, con el estallido súbito de una palmera de fuegos vegetales, que se va colando al exterior y desapareciendo por el ventanuco de aquella sala. El tipo de la corbata rota se queda en un rincón, acuclillado y calado hasta los huesos por el enrome charco en que se ha convertido ya el bloque de hielo, tiritando y desquiciado, tratando de guarecerse de algo bajo su paraguas, abierto en la esquina de una sucia estancia.
Yo no tengo ni idea de cómo he conseguido salir de allí abajo, sólo sé que ahora mismo estoy caminando por la calle Fuencarral, con un terrible dolor de cabeza. La muchedumbre, diligente, dile galeotes, sigue yendo a cualquier lado con una Victoria de Samotracia de plomo soldada en la frente, como si fueran Rolls Royce de carne y hueso o un sarcófago de faraón con rueditas, con la momia acartonada por dentro. Poco a poco, va llegando de algún sitio una música de feria ambulante, y algunas personas, apenas un puñado de locos, tratan de atrapar esa miríada de vilanos que ahora flotan por todas partes, para soplarlos entre sus dedos y pedir un deseo. Y no sé por qué, pero me va ganando la certeza de que voy a tirar ese maldito sobre marrón que me llevé de la Brautigan y escribiré un libro nuevo. Me espera la soledad, pero estoy seguro de que nada de lo que me ha pasado estas semanas habrá sido en vano. Ángel Zapata no existe, sólo es una bandada de vilanos surcando el cielo, o una isla de hielo a contracorriente, pero me temo que tiene la culpa de todo esto.


.........


   La intimidad con que nos afecta la obra de arte es, a la vez, estremecimiento y desmoronamiento de lo familiar. No es sólo el “eso eres tú” que redescubre en un horror alegre y terrible. También nos dice: ‘’Cambia tu vida’’.
(Ángel Zapata cita a H. G. Gadamer
en “El vacío y el centro”, Fuentetaja, Madrid, 2002).


Migración nº3:
   Dime una cosa: ¿con qué abrochas un día a otro día? Para los esquimales –lo he leído en un libro- los días son tan frágiles como arpones de hielo. Los días, para mí, son cigüeñas de sal anidando a la orilla de un lago. Cuando eras niña, hablabas en secreto el idioma del frío. No me beses para que me calle. Respóndeme.
(pág.62 de “La vida ausente”, Ángel Zapata,
Páginas de Espuma, Madrid 2006).


(En el texto figuran en cursiva los hallazgos propios de Zapata, transplantados a este esqueje).

21 comentarios:

Ciudad Blog dijo...

Con ánimo de seguir compartiendo literatura, te invitamos a participar en el Foro Literario de tu comunidad Ciudad Blog.
Saludos.

http://www.my-forum.org/foros.php?id=40278

Andrea dijo...

TODO PENSADO PARA SER UN POST PERFECTO...
UN ABRAZO
ANDREA

marina dijo...

Coincido con lo que dice "m" en la versión redux; leer la reseña-relato ha sido todo un viaje a varias presiones atmosféricas...! (sístole de gracias con diástole de sonrisa)

MaleNa dijo...

Me deslumbra tus círculos, para el hechizo del alma.

Zapata, sístole, diástole, Brel, tus palabras.
Luz entre tanta oscuridad.

Besos lejanos.

Isabel Romana dijo...

Quise dejarte un comentario hace unos días, y falló blogger. Muy interesante el libro de Zapata, trataré de leerlo. Saludos, querido amigo, hace tiempo que no nos hablamos.

Anónimo dijo...

ESTO HA SIDO MÁS QUE UN VIAJE

Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora.

ABRAZOS
ANDREA

srcurri dijo...

Desde que leí Siete plantas de Buzzati cada dos o tres días pienso en ese cuento y en esa persiana que se baja. Hay veces que algo te pincha y se queda ahí, a vivir contigo.
Tengo ganas de leer a Zapata, parece, leyendo tu comentario, que me va a volver a pasar eso.
Un saludo!

Insanity dijo...

Hoy es un día especial, muy especial...Feliz Cumpleaños!
Salud, mi querido amigo; que disfrutes este día, y cada uno de los que vendrán :))

Un fuerte abrazo a tu corazón.
In.

..."pero por fin decidí usar esas mismas alas como velas, remos y timón, como zancos de nómada feriante si es preciso, con tal de no quedarme en el mismo sitio y llegar, de una vez por todas, a alguna parte."
Felicidades!

Isabel Romana dijo...

Te hecho de menos, sergi, ¡vuelve...! Besos.

hechi dijo...

Espero que te llegara mi comentario a este texto por correo aquel día de pág. caída, espero que te llegara mi felicitación de cumpleaños, y agradecimiento por la tuya, pero sobre todo, espero que estés feliz y bien, Te dejo un abrazote en le corazón.

Isabel Romana dijo...

Sergi, espero que estés bien. Besos.

la hechicera de la luna dijo...

Te dejo un sol en tu cielo, esperando que estes bien...
Muá

M dijo...

¿Habrás inventado la reseña-relato, Sergi?

Esperaba algo bueno, pero esto es insuperable y creo que mi reseña se limitará a ser un balbuceo de hidrocefálico en comparación con tu reseña relato, la de Vicente Luis Mora y demás guerreros.
Mi enhorabuena.
Y estoy seguro de que a Ángel le encantará.

Olvido dijo...

Me gusta leer como te conmueves. Como tu emoción te inquieta, te despierta.
Un abrazo Sergi

Loredana dijo...

EXTENSO, PERO GRANDIOSO.,

Berenoise dijo...

Te he seguido desde el anterior Alas de albatros!

y ahora te encuentro acá en blogger. :)

es un gusto leerte.

:)

3:22 AM

Anónimo dijo...

Gracias por el café. ¿Y qué extraña sustancia derramaste en él, amigo Sergi, que me parece como si algo me hubiese mareado, y después de la lectura siento el ritmo de un corazón en la boca, una batalla sin purgar, un deseo de ausencia? Una gloria, vamos.

(de M.A.M.)

Mamen Somar dijo...

Aprendo de ti a cada instane, Sergi y eso es lo que pido de algunos blogs.
Siempre atenta.
Mamen

Berenoise dijo...

hace tiempo publiqué en mi blog anden para dos pero puse el link de tu otro blog en ya.

cuando gustes lo puedo quitar de allá. si crees necesario.

un gusto leerte.

Anónimo dijo...

Pasé a leerte.Gcc

Ayshane dijo...

¿Qué decirte que no hayan manifestado ya las lecturas del pasado de éste relato?

Cierto es, que las palabras han atravesado el velo del tiempo, será posiblemente mi ignorancia la que resuelta se anima, se envalentona a expresar mi gusto por el, y como a la vez, entre lo fascinante e ingenioso, he sentido por unos instantes los nervios de tu cita, descubriéndolos míos y sin apenas darme cuenta, mi respiración vacilante ha resistido hasta el final del deshielo... y sí... ahí me he visto en Fuencarral, rodeada de la muchedumbre o con humildad siendo parte de ella, aspirando el aire fresco mientras que un deseo recorría mi mente...

Un placer leer aquello que has escrito hace tanto y que sin embargo me ha hechizado.

Ahora, con el transcurso del tiempo, tal vez no te guste tanto, le saques las pegas con "tu yo crítico de profesor", pero mis ojos principiantes e inexpertos sólo han podido leer destreza mientras chispeaban...

¿exagero? tal vez... o no... decídelo tú...

Besos,
Ana Belén.

p.d.: lo sé... los puntos suspensivos me persiguen... pero no creas que no intento dejarlos atrás...