Bitácora de Sergi Bellver: Ángel Zapata no existe (I).

24/10/06

Ángel Zapata no existe (I).

Jacques Brel: Le plat pays.



Sístole.


En pocos lugares debe ser tan hermoso el otoño como en Vermont, y sospecho que, por mucho que viaje, costará que me abandone ese presentimiento. No he conocido todos los otoños del mundo, pero, a pesar de los hechos, sigo recordando aquél viaje con la mirada extraviada del que dejó lo mejor de su existencia en algún remoto lugar, en algún pasado de descubrimiento feliz y bolsillos vacíos. Había renunciado al avión, y decidí cruzar el estado por tierra, sin prisas, dándole tiempo al paisaje para vestirse y un par de días a mis expectativas para asentarse. Saborear la espera augura un placer mayor cuando acercamos despacio los dedos a un deseo, aunque en este caso se trataba más de necesidad y voluntad que de mero hedonismo. Iba en busca de algo que iba a cambiar mi vida.
Todo lo adormilado que puede sostener estar alguien al volante, conducía el coche de alquiler por carreteras de grafito y tiza, lisas y perfectas. En la radio sonaba música francesa, pero sólo funcionaba un altavoz, y la canción parecía salir de algún cajón, como de algún rincón imposible de atisbar en una habitación a oscuras. Casi sin manejar, casi llevado por el sopor del cambio automático, me esforzaba por enderezar la columna en el respaldo y repasar mentalmente la ruta de regreso, pero el camino se deshacía a mis espaldas, mientras se sucedían los bosques en nubes de colores desvaídos, como una neblina de hojas que variara del vino al ámbar, y las casas de madera blanquecina, diseminadas por el paisaje, parecían almohadones desperdigados en un mullido edredón de tonos ocres. Las horas y las millas se iban difuminando, mientras avanzaba hacia mi destino con la inevitable inercia de un sonámbulo. Ahora que todo ha pasado, aún me parece increíble que aquella placidez fuera a resultar el germen de lo que iba a suceder semanas después.
Llegué a Burlington a última hora de una tibia tarde de lunes, cuando el crepúsculo cerraba ya los párpados y acababa de volcar un breve aguacero que barnizó las aceras de un negro brillante. Dejé el coche cerca de la estación y continué a pie entre dos filas de álamos, dejando que el aire humedecido me desperezara un poco, respirando aquella mezcla de hojarasca y ladrillo mojado, como si el paisaje hubiera decidido contagiarle cierta soledad benigna a la ciudad, con esa lluvia reciente. La lluvia es un recordatorio del cielo, que desordena un poco las ciudades y confunde el paso de la gente, para decirnos que aún no hemos logrado asfaltar toda la tierra. Por la calle no transitaban más que algunos jirones de viento, y un paraguas a punto de doblarse, del que asomaban un tipo y su despendolada corbata, tentando el cielo sin decidirse a cerrarlo.
Contemplé un buen rato el letrero desde la otra acera, satisfecho, “Brautigan Library”, y me acerqué, cruzándome con el tipo de la corbata agitada, que me miró algo contrariado, como si le hubiera pillado intentando levantar las faldas de un paraguas. Cuando entré en el local, la puerta no hizo sonar ninguno de esos viejos colgantes metálicos, de esos que dejan un eco menguante de sonajero, ni surgió tras el mostrador ningún amable dependiente dispuesto a atenderme, ni cambió el mismo silencio resbaladizo del exterior. La librería, que en realidad era una peculiar biblioteca, no lo parecía, y me aseguré a mí mismo que no me había equivocado de dirección, porque estaba vacía, casi en penumbra, con la luz justa de un par de lámparas de pared, un flexo apagado sobre un velador, y un sillón de piel marrón en el que flotaba un tenue reflejo, todo con cierta atmósfera de dormitorio en mudanzas. Como quien entra en un cuarto que no es el suyo, medí mis pasos a punto de enfocar al techo un saludo interrogante, cuando otros pasos delataron la presencia de una escalera al fondo, y una voz descendió aún antes que su dueño.
-Ha tardado usted un poco.
-¿Eh? Sí, es verdad, ya ve, al final he venido en coche.
Se aproximó haciendo crepitar las tablas del suelo, con el paso de un médico que ya ha dejado al enfermo a salvo en su lecho, y sin mirarme directamente, se acercó hasta que pude oler las manchas de cola blanca de los puños de su camisa.
-Bueno, qué más da el día, lo que importa es que ha llegado antes de cerrar.
-Sí, por poco –dije mientras doblaba la chaqueta sobre el antebrazo, servil por un segundo, disculpándome.
-¿Seguro que quiere llevárselo?
-Claro, no iba a cambiar de idea a estas alturas.
-¿Le pasó algo a su avión?
-¿Cómo? ¿El avión? No, nada. Sólo que a última hora decidí hacer el viaje por carretera. ¿Por qué lo dice?
-Nada, hombre. Nunca se sabe, ya ve, al final ha venido usted en coche. También podría dejar aquí el libro. Nunca se sabe.
-Bueno, creo que eso lo tengo bastante claro.
-En fin, se lo tengo preparado ahí arriba, déme un minuto.
Esbocé una sonrisa de entrevista y después me quedé observando los talones de las botas de aquél hombre, mientras subía la escalera. Tal vez mis ojos se habían acostumbrado en un minuto, tal vez aquél hombre se había bajado del primer piso un halo de luz láctea pegado a la camisa, pero el caso es que ahora apreciaba mejor los anaqueles de las paredes. Todos los libros eran iguales, negros, sobrios, con una tira blanca en el lomo y el título en letras de imprenta. Podría haber entrado en un almacén de bobinas o en una oficina, y no hubiera notado mucha diferencia en los estantes. Nada que ver con ese puzzle abigarrado y sorprendente que componen los libros en cualquier librería del mundo, viejos, plásticos, menudos, enormes, de tapa dura, con cubierta satinada o de pálidos lomos reblandecidos, pesados y pulidos como una losa o frágiles y quebradizos, como las nervaduras de una hoja muerta. Allí todos los libros parecían el mismo, y acaso no hubiera lugar en el que fueran tan distintos unos de otros. Ahí estaba el secreto, en dejar que fueran el título y casi el azar los que pescaran algún lector errante. El sonido ahogado de las botas en los escalones me advirtió esta vez a tiempo, y apoyé las manos en el mostrador, con los brazos separados, impaciente, mientras aquél hombre caminaba hacia mí usando el libro de bandeja para otros papeles. Se había limpiado los puños de la camisa, lo que le agradecí en secreto, pero el olor a cola seguía fresco, mezclado con la madera de las paredes, un aroma a trozo de bosque recién llovido y hongos. Revisaba ahora unas fichas, anotaba algo en silencio, y adelgazaba los labios en una curva pegada a la nariz, expirando y examinando, como si ambas acciones fueran la misma cosa. Mientras volteaba el libro y fruncía el ceño para leer algo, me dijo:
-Podría usted haber dejado aquí más tiempo su libro, nunca se sabe.
-Creo que ya hablamos de eso por correo, no estoy contento con él.
-Nunca están contentos.
-Pero se los dejan.
-Sí, eso es, en este fondo se dejan los libros que nadie quiere publicar, se depositan para que cualquiera pueda leerlos, o para que otro los descubra de repente un día y se los lleve, y entonces…
-Tal vez ese día siempre pase de largo –le interrumpí.
-Nunca se sabe, pero tiene usted razón, aquí hay libros que se quedan años, aunque, a veces, algún merodeador cae en ellos, y parece que hubiera estado toda la vida esperando que alguien los escribiera, y se pregunta cómo fue posible que pasaran desapercibidos, y los publican y hasta hacen alguna película.
-Oiga, dígame una cosa, ¿cómo ha sabido que era yo? Aún no me había visto cuando empezó a hablarme desde la escalera.
-Mire, casi nadie viene aquí a llevarse un libro que no sea de otro. Le esperaba el sábado, pero como no vino, supuse que se habría arrepentido. La verdad es que le he visto desde la ventana del primer piso, mirándose mucho la fachada. Es usted igual que en la foto. Y se mueve como me lo había imaginado, distraído pero sin detenerse.
-Ya... –dije en voz baja buscándome las manos con la mirada.
-No se preocupe, espero que le sirva de algo todo esto. Si usted cree que es mejor así, hágalo.
-Eso intento. Verá, tengo un poco de prisa, tenía pensado regresar esta misma noche.
-Claro, claro, descuide. Aunque no le aconsejo la paliza de hacerse tantas millas seguidas. ¿Por qué no hace noche en Burlington?
-Aún no es muy tarde, puedo adelantar un buen trecho hasta que me canse, ya pararé por ahí.
-Parece usted marcharse con demasiada prisa, y sin embargo se ha tomado su tiempo para venir, en coche.
-No me gustan demasiado los aviones -me cambié la chaqueta de brazo, dudé un poco y me atreví- ni los caminos de vuelta, siempre procuro comprar sólo el billete de ida –sabía que aquél hombre me escuchaba, pero seguía anotando algo en sus papeles, sin mirarme-, además, para una vez que estoy en Vermont, no quería verlo a toda prisa como una mancha verde y rojiza allá abajo, desde la ventanilla, ya sabe.
-Ha hecho usted muy bien, está precioso en esta época del año –dijo girando la cabeza y buscando algo con la vista más allá del cristal empañado de la ventana. Le imité y nos quedamos así unos instantes, mirando allá fuera y dibujando cada uno nuestra idea del paisaje.
-Querría preguntarle algo…
-Lo suficiente –exhaló aquél hombre, mezclado con una risa pectoral que se tragaba las palabras, aunque al tiempo las dotaba de una intensa gravedad.
-¿Cómo dice?
-Que he leído lo suficiente. Cuando alguna vez se acerca por aquí alguien como usted, que decide retirar su libro, o viene a saber si se han interesado por él, me pregunta lo mismo. Sí, he leído algunos capítulos de su libro.
-Es usted desconcertante, o tal vez conoce demasiado bien su trabajo.
-Puede.
-Bien -comencé a preguntarle en silencio, aún antes de hacerlo, cogiendo mi chaqueta por el cuello con las dos manos, manoseándola como un sombrero viejo- ¿Y qué le pareció?
-¿Puedo serle sincero?
-Desde luego, es lo único que me será de utilidad.
Levantó las cejas como si saltara sobre algún obstáculo, y moviendo una mano en vagos círculos a su lado, dijo:
-Bueno, la verdad es que escribe usted igual que se mueve.
Sonreí y asentí lentamente con la cabeza, mirándome el dorso de las manos y volviendo a enrollar de nuevo la chaqueta en mi antebrazo, era la crítica más inteligente que me habían hecho en mucho tiempo.
-Supongo que por eso no estoy contento, demasiadas distracciones.
-Mucho mejor, si acepta usted otras opiniones, saldrá ganando siempre. Pero no olvide seguir haciendo lo otro.
-¿El qué?
-No se detenga.
Me tendió un sobre de papel marrón con mi libro y encajamos las manos con firmeza, y por primera vez aquél hombre me miró a los ojos, sonriéndome. Me acompañó hasta la puerta, apagó las luces, y bajó la persiana hasta la mitad. Mientras yo bajaba el último peldaño de la entrada, me soltó desde atrás:
-Escríbame cuando lo termine.
-Descuide, lo haré.
Aún me giré una vez más antes de cruzar la calle, y vi a aquél hombre con los brazos en jarra y el rostro levantado, cerrados los ojos, concentrado en respirar el aire aún fresco y ya sin brisa de la calle. Retomé la alameda, y al cabo de un rato, llegando al aparcamiento de la estación, volví a cruzarme con el tipo del paraguas, que ahora lo sostenía cerrado con una mano, tomándolo por la mitad, con gesto severo, como si fuera un periódico mojado y buscara algún perro al que azuzar. No perdió de vista mis pasos, mientras permanecía de pie en una esquina y con toda la corbata sobresaliendo por encima del abrigo. De repente me di cuenta de que ya era noche cerrada, y por un segundo deseé tener un billete de avión.


............



(Segunda parte para el jueves tarde o la mañana del viernes; en todo caso antes de la presentación de "La vida ausente" -Ángel Zapata, Páginas de Espuma- en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el viernes 27 a las 19:30h).

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4 comentarios:

marina dijo...

El olor lo sentía, casi me mojo un poco... Mientras ellos hablaban yo estaba usmeando esos libros gemelos tan diversos y llenos de tesoros desapercibidos por los gigantes editoriales. Él se marchó, pero yo aún estoy en la Brautigan Library. Ahí me quedaré para que pasen los días rapiditos y llegue el jueves o viernes, como dices.
Ojalá me pudiera desdoblar y venir al círculo de Bellas Artes...!
Una abraçada tardorenca!

Isabel Romana dijo...

Tengo la impresión de que has dibujado un lugar poco frecuentado. También yo tengo cosas ahí, y no me animo a ir a recogerlas...todavía.
Me ha gustado mucho la atmósfera que rodea todo el relato y la idea desarrollada. Y una pregunta, sergi, ¿Angel Zapata ha sido tu maestro? Le deseo la mayor fortuna en la presentación de su libro. Besos

hipolitta dijo...

U R G E N T E


Siete mujeres iraníes esperan que se cumpla la sentencia, por la cual serán lapidadas, por el delito de adulterio.

Las campañas de Amnesty ya han salvado otras vidas en Nigeria.
Esperamos salvar a estas de un destino brutal.

Simplemente hay que firmar..
Y si querés ayudar a difundir, mucho mejor.

Agrego el link, por si a tus lectores les interesa colaborar.

http://www.es.amnesty.org/especial/lapidacion-iran/firma2.php


Muchas gracias

Anónimo dijo...

Pasé por aquí.Gcc