Bitácora de Sergi Bellver: Me pregunto España.

13/10/06

Me pregunto España.

Paco de Lucía: Entre dos aguas.



¿Y por qué no hoy? Quinientos catorce años y un día, como si fuera una condena penitenciaria de esas que luego quedan en agua de borrajas, cuando el matarife convicto sale de prisión en un puñado de años por buena conducta. Y en viernes trece, como una película de terror de segunda que ya no asusta de tantas veces vista. Al poeta le dolía España, aún antes de que su ausencia le consumiera. Este aprendiz se la cuestiona y resume la efeméride del jueves, imitando la engañosa asepsia del editorial, en el siguiente titular: “España celebró ayer su Fiesta Nacional, con el tradicional desfile de las Fuerzas Armadas por el Paseo de La Castellana de Madrid, y la presencia de Su Majestad el Rey y la familia Real al completo en el palco de autoridades”.

¿Y por qué aún hoy? Después de cerrar en falso la transición seguimos empleando maneras de ama de llaves, vetusta y renqueante, y la casa sigue oliendo a rancio. Todo el debate que se permite este país se queda en cuestiones superficiales de forma, en la trifulca parlamentaria y en el victimismo oportunista de unos y otros, según convenga, buscando el rédito electoral. Argucias de las que una y otra vez salen indemnes los comediantes. Toda la discrepancia que tolera el sistema queda en pancartas y bravatas, en grotescas máscaras prestadas para una ópera bufa de la que ya conocemos el desenlace. Ninguno. Qué más da si se alza alguna voz distinta en la sociedad o si en plena campaña asoman ideas fértiles, si sea cual fuere el resultado, al final toda disensión quedará desleída en la yerma y espesa ciénaga del aparato, en la que todos anhelan seguir flotando. El poeta no reconocería la fachada de España si levantara la cabeza, hasta que traspasara el umbral y comprobara que todo sigue como siempre. Este aprendiz apenas tiene respuestas, y a lo más que alcanza es a incomodarse, a guardarse en el buche la impotencia, una vez apartado del nido por los codos y jorobas emplumadas de la omnipresente caterva de prohombres. Próceres y pontífices de la envidia, la soberbia y el revanchismo, inventos todos que parecen tan españoles como la inquisición. Lo único que le queda al aprendiz, pues, es hacerse preguntas, arrojadas al vacío o a un rostro ya vuelto, indiferente y perezoso.

¿Y por qué así hoy? Tal vez porque el único modo de contagiarle cierto movimiento al conformista sea toserle cerca, incordiarle, obligarle a reajustar su postura en el sillón. La empresa es casi imposible, pero la tarea ineludible. Poco importa que el circunspecto se aferre a las orejas de su poltrona y cierre en banda las suyas, la fuerza de una voluntad está en el empeño y no en la perspectiva de éxito. Si uno logra ser constante, quién sabe lo que el eco es capaz de hacer con su goteo en las cavidades del prójimo. Por eso me pregunto España. Mi noción de patria tiene más que ver con la senda de mis ancestros y el rumor de sus voces que con las “glorias” de la historia oficial. Pero mucho más aún con la palabra justa y viva del otro, con la fraternidad de los que habitan esa misma región inefable en la que jamás me siento extranjero, un territorio invisible que se tiende entre aquellos que comparten y se alientan. Las banderas son meras anécdotas, y acabarán todas deshilachadas en el crepúsculo del tiempo, desmenuzando el viento las cenizas de aquellas falacias por las que dieron su vida millones de almas, o por las que otros “héroes” y salvapatrias se la arrebataron. Me siento catalán y español lo mismo que susceptible o narizón, por la mera conjunción de azar y causalidad que quiso reunir a mis padres y parirme en Barcelona. Si acaso tengo un cordón telúrico anclado en la tierra, hunde sus hebras en cualquier orilla mediterránea, pero me da la cuerda suficiente como para hollar todos los senderos sin notarme lejos de casa. Bendigo la herencia de dos lenguas, el privilegio de sentir sus resortes en mi interior cuando las leo, sin necesidad de traducir emociones. Pero siento que, cada vez que he encontrado miradas sinceras y he compartido la sed y el polvo del camino con ellas, he estrechado la mano de mis verdaderos compatriotas, aún hablaran otro idioma y vinieran del otro lado del mundo. Me he encontrado demasiadas veces con extraños, casi con alienígenas, en las antípodas de mi concepción de la existencia, aún entre mis vecinos, entre los acentos que jalean las mismas banderas con las que me encasillan los demás. La estrechez de miras de esas gentes me ha hecho sentir extranjero en mi propio barrio, haya sido este un retal de Barcelona o Madrid (llevo el último tercio de mis días en el foro). En la vida y en los libros hallé también a mis más íntimos compañeros de viaje, soberanos de sí mismos y partícipes de una república sin etiquetas que mora en el corazón humano.

¿Y por qué España, entonces? Quizás porque para pretender cambiar las cosas hay que empezar primero por lo que nos es cercano, así como lo cabal es adecentar antes la habitación, o reformar la casa, que salir a la calle a decirle a los demás cómo han de organizar el tránsito. Y por eso me pregunto España. Y me pregunto…

¿Por qué la parada militar? ¿Por qué conmemorar una fecha que en nada enorgullece a los pueblos expoliados? ¿Por qué no festejar el único patrimonio que tenemos en común a ambos lados del Atlántico, la lengua, con unos juegos florales, una conferencia de escritores o una fiesta de las artes? ¿Por qué lo que sigue definiendo la unidad del estado es una velada advertencia? ¿Por qué celebrar una efeméride que es heredera de una parte, del germen castellano, católico y centralista, y no tanto de las periferias?

¿Por qué estamos tan orgullosos de la tan traída y llevada transición, y aún la pregonamos como ejemplo ante otros, si el único mérito verdadero de esta fue el consenso en torno a lo agotado que estaba el país de confrontaciones y quebrantos? ¿Por qué confundimos el olvido con el perdón, y el pacto de silencio con el abrazo de la reconciliación, sin haber atajado la raíz del problema, si no hay reconciliación posible cuando las partes no han expuesto sus afrentas y reconocido sus faltas, y la división permanece enquistada, como larva durmiente a la espera de la crispación adecuada? ¿Por qué la transición no fue rupturista sino continuista? ¿Por qué la tabla rasa de entonces, la amnistía y el café para todos, promedio entre las presiones de unas voces y otras para salvaguardar ese consenso, sigue pareciendo hoy infranqueable? ¿Acaso no hemos madurado? ¿Por qué la Constitución ha cobrado esa especie de carácter sagrado, como de tabla mosaica, cuando no es más que un convenio temporal para regir la convivencia, condicionado por la época de su redacción, y los hay que se llevan las manos a la cabeza si se habla de reformarla? ¿Por qué sólo se escucha alguna tímida voz en ese sentido, cuando se plantea la sucesión al trono? ¿Por qué lo políticamente correcto les lleva a tantos a reclamar la igualdad de derechos entre géneros, en este caso, cuando la institución en sí misma parte de una desigualdad legalizada, que no legítima? ¿Por qué especulan sobre el sexo del futurible regente, cuando lo que cabría preguntarse es si debe reinar Felipe VI? ¿Es que hemos aceptado la vigencia de esta Constitución hasta el día del Juicio Final? ¿No es posible replantear el escenario en que queremos convivir? ¿No es más urgente hablar del futuro que nuestros hijos van a reprocharnos que del empleo vitalicio de alguien que aún está por venir? ¿Por qué se bromea con el “chunda chunda” del himno nacional y se sugiere una letra para poder tararear algo más que “lo lo lo” en los partidos de la selección, si no es más que una marcha militar (que acuda al “No-Do” quien lo dude) preconstitucional? ¿Por qué sospecho que el golpista que acabó con la imperfecta, pero legal y legítima IIª República, y que, tras la deliberada prolongación de la guerra de aniquilación fraticida, sumió al país en un atraso de décadas, se habrá congratulado desde ultratumba por haber dejado todo atado y bien atado, o al menos maniatado? ¿Por qué no hemos sido más audaces a la hora de reinventar nuestra sociedad, la que cae a mano sobre esta hierática cabeza del mapa de Europa? ¿Por qué hemos malogrado la oportunidad? ¿Por qué hacemos buena la particularidad de una institución por el comportamiento de su representante? ¿Por qué toda la moderación y campechanía del regente nos convence a casi todos de la bondad del sistema? ¿Por qué no acabamos la transición, y desfacemos el entuerto de lo que planeó en su día el dictador según “su” idea de España, y ponemos las cosas en su sitio, y agradecemos la dignidad, la lealtad y el sentido de estado que ha demostrado la monarquía, y le asignamos si hace falta una pensión en agradecimiento por los servicios prestados, sin acritud y con respeto, pero también sin titubeos?

¿Por qué se bendijo el tibio paso atrás de esta Constitución como si fuese un avance? ¿Por qué aún han de justificarse y exculparse de ”guerracivilistas” los que sólo piden dignidad, revisión de juicios sumarios, y reposo honorable de los restos de sus parientes que aún aguardan en fosas y cunetas?¿Por qué desde las filas de ese partido “centrista” llegan airadas protestas cuando se cuestiona la decencia del Valle de los Caídos? ¿Por qué en las de ese partido “progresista” surgen ampollas cuando se habla de Paracuellos? ¿Por qué no finiquitar de una buena vez la historia y honrar en paz a los muertos de ambos bandos? ¿Por qué creen aún algunos que ganaron o perdieron la guerra, si la perdimos todos con cuarenta años de ostracismo y el placebo de estas tres décadas de temores tutelados por la bonanza económica? ¿Tan seguros y rampantes estamos con nuestra democracia, que vamos poco a poco olvidando que bajo el mandato de un presidente, con o sin su consentimiento, pero desde luego bajo su responsabilidad, se organizó un comando antiterrorista para la guerra sucia, o que su sucesor mintió deliberadamente y, desoyendo la clamorosa voluntad de la calle, nos arrastró a una guerra ilegal, ilegítima e injusta en territorio extranjero, de la que el pueblo de Madrid no salió precisamente ileso, muy al contrario que el responsable, que por ahí va dando clases sin haber olido ni de lejos un tribunal o dado una explicación? ¿Por qué la democracia no se convierte en algo vivo e interactivo, y no en esta especie de usufructo desmedido de la voluntad popular, a la que sólo se agasaja una vez cada cuatro años, como a un octogenario del que sonsacar una firma? ¿Por qué hay que remover Roma con Santiago cada vez que urge plantear un referéndum? ¿Por qué no se consultó por escrito –de viva voz ya era palmaria- la voluntad de los ciudadanos ante la guerra de Irak, y sí se recogieron firmas para intentar censurar la resolución abrumadoramente mayoritaria de un parlamento autonómico (parlamento que por cierto también podría haber pulsado con antelación la opinión de los catalanes sobre la necesidad y el calado del nuevo estatuto, y no a posteriori)? ¿A santo de qué el cinismo atroz del líder de ese partido “centrista”, quien dijo que “a nadie se le ocurrió” plantear en su día la consulta sobre la guerra privada del señor Bush? ¿Por qué ese partido “progresista” no tanteó la opinión de la ciudadanía –de toda, pero cuanto menos de la vasca- antes de comenzar apresuradamente un necesario pero en extremo complejo “proceso de paz”?

¿Tan ufanos estamos de la presunta libertad de prensa y expresión en este país, cuando todo el emporio editorial y audiovisual está en manos de un reducidísimo grupo de potentados? ¿Tan libérrimos nos suponemos, tan dueños de nuestro pensamiento, cuando todo viene dado desde arriba y las voces disidentes quedan silenciadas, o en el mejor de los casos, marginadas y sin posibilidad real de llegar al cauce de información, con lo que eso supone para la verdad y el conocimiento, que quedan adulterados y por tanto lastran nuestra auténtica libertad de pensamiento? ¿Por qué, entonces, seguimos creyendo en bandos, y copiamos las reacciones a las que unos y otros nos predisponen cada vez que el adversario actúa –valga esto, y aquello de los próceres y pontífices, tanto para la política como para el mundillo cultural, del que secularmente España ha hecho una reyerta de mercenarios-? ¿Por qué, por ejemplo, una misma noticia que se produzca en Barcelona, puede leerse hasta de cuatro formas distintas, según el medio sea de ámbito local o estatal y según su orientación política –es decir, a conveniencia de los intereses del grupo empresarial propietario-?

¿Por qué no podemos, desde el presente y sin echar la vista atrás, cerrar con honestidad las heridas, cerrarlas, que ya es hora (o treinta años de democracia habrán resultado un cuento chino, si no han forjado demócratas audaces) y saldadas las cuentas con la ética, dotarnos de la menos imperfecta de las formas de gobierno? ¿Por qué no, si tampoco les va tan mal –que las habas que allá cuezan serán por otra cosa- a italianos, alemanes, irlandeses o a nuestros vecinos franceses y portugueses, por ejemplo? ¿Para qué la monarquía, si allá donde sigue vigente, como es el caso holandés, sueco, noruego o danés, apenas tiene una función simbólica? ¿No le bastaría a los cándidos y a los que tienen vocación de súbdito, seguir creyendo en los Reyes Magos, vestir a las niñas de princesa o un viaje a Disneylandia, para colmar esa trasnochada fantasía medieval? ¿De veras podemos hablar de progreso si seguimos sutilmente anclados en fórmulas decimonónicas? ¿Por qué no recoger firmas y hacer un referéndum en positivo y no contra nadie? ¿Cuánta gente apoyaría una república española para el siglo XXI, en la que cabrían todos los partidos, todas las opciones, y todas las miradas, en la justa y sana alternancia? ¿No será que somos incapaces de todo eso, y hasta nos amedrenta, porque estamos exactamente en el mismo lugar que hace treinta años, que es lo que sucede cuando se hacen las cosas a medias, como en esa odiosa cena familiar en la que el cuchillo trincha el asado y la tensión, y en la que nadie se atreve a agarrar al toro por los cuernos, dejando que todo se diluya en el murmullo de conversaciones banales y el silencio de los decepcionados?

En fin, todas estas no son más que preguntas sin importancia que se hace un aprendiz, en las páginas de su bitácora, desde el extrarradio de las letras, un rumor apenas audible en el tráfico diario. ¿A quién puede importarle? Al fin y al cabo, en España sólo se atiende a los galones de una firma y, lo que es aún peor, nunca importa de veras nada que no salga en la tele.

3 comentarios:

pies diminutos dijo...

Un texto muy intenso, se nota que nace del corazón, o de las vísceras. Planteas interrogantes que también a mí me ofuscan y no acabo de entender.
"¿Por qué no festejar el único patrimonio que tenemos en común a ambos lados del Atlántico, la lengua, con unos juegos florales, una conferencia de escritores o una fiesta de las artes?" Me quedo con esta idea y la suscribo. Un abrazo, amigo!

Clarice Baricco dijo...

Interesantes reflexiones.
Tantas respuestas que necesitamos.
Tienes una linda casa. Hay mucho lugar para descansar.
He leído tus gustos musicales.
Escucharé las canciones.
Si he escuchado a Natacha Atlas y me gusta.
Agradecida.

Besos nocturnos.

marina dijo...

Miramos al otro y no vemos a una persona, con derechos y deberes. Los de la sartén por el mango ya procuran despersonificar-nos y nos muestran,pues, banderas, coronas, máscaras, partidos, pegatinas, democracias disfrazadas... Una ópera bufa como bien dices, Sergi. Se gastan todas esas energías ,¿para qué? para mantener-nos atontados, encegados, mudos, inactivos...Vaya, que no quieren que detectemos que todos somos personas con justicias y libertades que nos pertocan y que, por poner un ejemplo, no nos demos cuenta que la opinión de mi vecino es tan válida como la del alcalde.
República... i tant! pero solo como un preludio. La fuga la compondremos a base de trabajar todos codo a codo. El trabajo de hormiguita, desde el subsuelo.
Sergi, un petonàs!