Bitácora de Sergi Bellver: Luz y tinieblas.

29/9/06

Luz y tinieblas.

Ali Farka Toure & Ry Cooder: Bonde.



En los últimos días he recibido varias bocanadas de aire, las más en privado y alguna en público, que han inflado mis velas. También algún tirón de pelo, pero con el bienintencionado afán de sacar mi cabeza de las aguas turbias. Unos y otros me han ayudado a respirar algo mejor, me han prestado algunos retales de luz, y lo agradezco de veras. El aire que sustenta al albatros no sopla sólo de cola, ni pertenece únicamente a las corrientes, también habita en el aliento de los compañeros de viaje. Hasta del viento de cara puede sacarse un aliado, pues es el contrario el mejor acicate para la constancia y el vendaval el mejor avatar contra el que fortalecer las alas.
Si de algo no se puede acusar a esta bitácora es de apresurada (ni con urgencias puede pasar alguien por ella, porque lo hará sin percatarse de lo esencial, o desistirá enseguida). Por diversos motivos, no puedo acceder a una conexión con la frecuencia que quisiera, pero es que además hay cierta voluntad en ello. Una vez, un amigo del que me separa un silencio pero al que me une una voz que no hace trampas, Pablo Arredondo, poeta mexicano y maestro descorazonado entre gringos obtusos, me enseñó que la prisa es mala tarjeta de visita para el escritor. Hay que tener la honestidad de tomarse el tiempo debido para ofrecer al otro lo mejor que seamos capaces de hacer con aquello que queremos decir. Ya sé, para qué tanto esmero, si sólo es una bitácora, pero es que no es un diario. Ni un púlpito, ni un hombre-anuncio, como me parecen algunas de las más reputadas de la red, que disfrazan el ardid. La más honda intención de esta empresa es compartir el fervor y contagiar la fiebre. Por eso, y por las dificultades técnicas que me constan en algunos casos, decidí compaginar las “Alas de Albatros” originales con la nueva versión, “Alas de Albatros Redux” (un guiño a una de mis películas favoritas, y una de las más afortunadas adaptaciones –aún libre- al cine de lo literario). Lo que cuenta es la palabra, lo demás es sólo afán estético del anfitrión que desea agasajar a los invitados, así que a partir de ahora publicaré siempre de manera simultánea los mismos textos en ambas versiones. Los pragmáticos pueden saciarse (es un decir, si lo logro) con una, y los sibaritas con la otra.

Y de esta primera entrada conjunta (después de haber republicado todo –salvo lo prescindible-, desde mayo hasta la primera parte del artículo sobre Joseph Roth) tiene toda la culpa Olvido. Desde su bitácora me llegó una de esas bocanadas públicas, ya que pocas cosas hay más reconfortantes para un juntaletras que tener noticia de que alguien que demuestra tan buen gusto por las letras repara en las suyas. He ido hacia atrás, hasta Angéline, al recomponer el rompecabezas, y si he entendido bien, se trata de traer a colación un texto que nos haya tocado en especial, de alguno de nuestros autores favoritos, y no escoger entre los que hayamos perpetrado nosotros en nuestra página (como parece haber entendido La Lentitud de los Gramófonos, aunque dado el buen gusto, huelga corregirle), ¿voy bien, Olvido, o me fumé una alfombra?, cosa que además me parecería casi redundante, dado el ritmo de galápago con el que publico (que conste que, por la amargura que esa metáfora sigue dejándome en la boca, ya que la vivo todos los días en mis carnes, escogería “El templo”). Bien, ya que la persona que me ha hecho llegar esta iniciativa se ha saltado algunas presuntas normas, haré lo propio, alzando mi vaso en camaradería anarquista, y no copiaré uno sino dos fragmentos. No sólo me ha costado decidirme entre decenas, sino que en cierto modo existe una justificación. Desde cierta conexión en cuanto a la luz, hasta en la banda sonora, colaboración y puente entre la vieja África y ese otro profundo sur de los EEUU que tantos talentos nos ha dado.
Como ya conté una vez, no recuerdo ahora a santo de qué, sólo he ido a un taller literario en mi vida, de creación de relato breve, y no creo que repita (porque me sé cuentista mediocre y la honestidad también abarca no meterse en camisa de once varas), pero obtuve dos recompensas: algunos amigos con los que compartir esta fiebre, y un aprendizaje. Los trucos los aprendí, pero no me estaba refiriendo a escribir cuentos –para eso hay que tener una mirada particular, para hacerlo bien, me refiero, y yo no quiero hacer nada a medias; mi mirada, insisto, si es que algún día cuaja, sería de novelista-, sino a leer, a leer con otros ojos los hallazgos de mis cuentistas preferidos. Me tranquilizó constatar el otro día en una charla que mi entonces profesor y ahora amigo, Víctor García Antón, piensa lo mismo. Sí, a menudo, a leer se aprende escribiendo, y a escribir, leyendo. Donde no llegue el talento, poco queda por resolver. Y que conste que Víctor es muy buen profesor, alguien que no sienta cátedra ni corta alas, a quien sólo le pediría un grado más de severidad, y quien sabe transmitir como pocos su pasión por las letras, a pesar de que al hosco (en lo que me toca) Jiménez Morato, no recuerdo ahora si tras una conferencia del editor de Páginas de Espuma, o tras la presentación de “Amor del bueno” (después de esa entrevista, véase la reseña del otro destinatario de este trasunto, Miguel Ángel Muñoz), acuclillado yo en un puf moruno a la vera de Ángel Zapata (la leche, dos talentos –Zapata y Antón- en el mismo salón), le pareciera un menoscabo el que mi primer juicio, ante su curiosidad, acerca de la valía docente de Víctor fuera el de “muy buena gente”. ¿Y qué mejor huella para dejar en el otro como impresión ineludible de su persona? ¿Para qué querría un maestro, aunque se llame Nabokov (que lo fue), talentoso pero ególatra, de esos que te sancionan si no calcas su postura? En fin, a lo que íbamos, el aprendizaje, que por eso traigo el primer texto, del gran sureño (casualidades las justas), Faulkner, porque me dio una clase magistral de composición en poco más de una página. Quien no conozca el libro, tenga en cuenta que los tablones son para el ataúd de la madre, y que si echa en falta alguna coma, no es cosa mía, díganselo al autor (a su espectro), traductor o a quien corresponda:

“El farol está encima de un tocón. Oxidado, sucio de grasa, con el tubo roto y manchado de barro, y uno de los lados tiznado de hollín, arroja una luz débil y cálida sobre los caballetes y las tablas y la tierra adyacente. Encima del oscuro suelo las virutas parecen borrones de color pálido suave pintados al azar en un lienzo negro. Las tablas parecen largos y pulidos andrajos desgarrados de la chata oscuridad y puestos al revés.
Cash se afana junto a los caballetes, va y viene, levanta y coloca las tablas que producen largas reverberaciones restallantes en el aire muerto igual que si estuviera levantándolas y luego dejándolas caer al fondo de un pozo invisible, donde cesan los sonidos sin desaparecer del todo, como si algún movimiento los desalojara del aire inmediato con reverberaciones repetidas. Vuelve a serrar, su codo relampaguea lentamente, una fina hebra de fuego recorre los dientes de la sierra, se pierde y se recupera en cada uno de los extremos con cada golpe en continua prolongación, de modo que la sierra parece que mide dos metros de largo, al entrar y salir de la silueta miserable e inútil de padre.
-Deme esa tabla –dice Cash-.No; la otra.
Deja la sierra y va y coge la tabla que quiere, borrando a padre con el alargado resplandor oscilante de la tabla equilibrada.”


“Mientras agonizo” (1930), William Faulkner.


Podría escribirse una entrada completa sólo analizando este pasaje, pero no me pisaré el borrador que tengo adelantado, ya que preparo a la vez varios artículos sobre mis escritores favoritos, y Faulkner está sin duda entre ellos. Como veis, lento pero seguro, en una regata de fondo, bajo la superficie el iceberg es más denso y amenazador de lo que asomó hasta hoy. Baste señalar ahora la pericia con que Faulkner manipula aquí la luz, casi la cámara, podríamos decir, y desdibuja la figura de un padre del todo desubicado, desconcertado por la muerte de su esposa; o cómo la presencia de la muerte cae como una losa en cada rincón de la escena, así como a unos les redime la anestesia de la actividad y a casi todos nos inunda una sensación de absurdo cuando alguien cercano fallece, y a cada cosa la vemos caer, pesar, difuminarse en el polvo oscuro.

Y la segunda selección ata el cabo a ese acento africano, y al toquecito cómplice del codo. La versión extendida (al revés en el albatros) del film de Coppola, “Apocalypse Now Redux”, se basa precisamente en esta fantástica obra de mi también admirado Joseph Conrad, trasladándola del Congo colonial de finales del XIX al Vietnam en guerra. Probablemente no alcanza el doctorado de obras posteriores como “Nostromo”, pero la maestría y el hechizo de “Heart of Darkness” (que tal vez debiéramos traducir como “Corazón de tinieblas”, sin artículos) es ya innegable. Aquí también el aspirante a escritor puede ir anotando los peldaños que en la búsqueda de Kurtz, y en la prosa de Conrad, se suceden en la pugna entre instinto y razón, envueltos en la atmósfera adecuada, y mezclarse paso a paso en la húmeda oscuridad que va tentando a Marlow (quien relata a terceros la historia), y adueñándose de otros, del viaje sin retorno, y del lector mismo. Para un presunto autor es inevitable, y no siempre cómodo, hacer dos lecturas simultáneas cuando un libro le atrapa. Como lector, que todos somos, disfruta o abomina de lo que tiene entre manos, pero como autor también a veces resopla ante alguna impostura de narrador timorato o se lleva el puño a los dientes, maldiciendo el talento de quien ha escrito esa genialidad, para bendecirlo después por haberle iluminado un poco más el camino:

“Remontar aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en al brillantez de la luz del sol. Los largos tramos del canal fluían desiertos hacia las distancias en penumbra. En los plateados bancos de arena, los hipopótamos y los caimanes tomaban juntos el sol. Las aguas al ensancharse fluían entre una multitud de islas arboladas; se podía uno perder en aquel río tan fácilmente como en un desierto y tropezarse durante todo el día con bancos de arena, tratando de dar con el canal, hasta que se creía uno hechizado y aislado para siempre de todo lo que se había conocido antes, en algún lugar, muy lejos, en otra existencia tal vez. Había momentos en que tu pasado volvía a ti, como ocurre a veces, cuando no tienes ni un momento de más para ti mismo; pero se presentaba en la forma de un sueño intranquilo y ruidoso, recordado con asombro entre las sobrecogedoras realidades de ese extraño mundo de plantas, agua y silencio. Y esa quietud de vida no se parecía en lo más mínimo a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable que medita melancólicamente sobre una intención inescrutable. Miraba con aspecto vengativo. Más tarde me acostumbré a ella; ya no la veía, no tenía tiempo. Tenía que seguir adivinando el canal; tenía que distinguir, más que nada por inspiración, los indicios de bancos ocultos; me mantenía alerta por las posibles piedras hundidas; estaba aprendiendo a apretar de golpe los dientes antes de que mi corazón se escapara, cuando por chiripa pasaba rozando algún infernal y viejo obstáculo disimulado que habría arrancado la vida al vapor de hojalata y ahogado a todos los peregrinos; yo tenía que estar alerta a los indicios de madera seca que podíamos cortar durante la noche para alimentar las calderas al día siguiente. Cuando hay que prestar atención a cosas de ese tipo, a los meros incidentes de la superficie, la realidad- la realidad, os digo- se desvanece. La verdad interior está escondida; afortunadamente, afortunadamente. Pero yo la sentía a pesar de todo; sentía a menudo su misteriosa quietud observándome en mis travesuras, igual que os mira a vosotros, compañeros, actuando sobre vuestras respectivas cuerdas flojas por, ¿cuánto es?, media corona la voltereta.
-Trata de ser educado, Marlow –refunfuñó una voz, y supe que al menos había un oyente despierto junto a mí.”


“El corazón de las tinieblas” (1902), Joseph Conrad.


En fin, la literatura a veces nos reparte una buena mano, con alguna carta marcada, para la partida de la vida. También preparo una entrada sobre Conrad para este otoño, en la que abundaré sobre estos temas. Pero ya basta por hoy. Ahora se supone que debo pasar el testigo a dos personas más, animándolas a elegir un pasaje de alguno de sus libros favoritos, y la primera la tengo clara, por la sensibilidad con la que se sumerge en la lectura (y en el vivir) y lo minúsculo de su vanidad: Marina, te ha tocado (ho sento, noia). La otra elección me causa más dudas, algunos de los que quisiera no leen casi nunca mi bitácora, otros andan demasiado ocupados, y a muchos sería pedirles que hicieran algo que ya cumplen a diario. Además, son legión las páginas que comentan libros con vocación de crítico y multitud las que los destripan con pretensión de académico, así que preferiría conocer el efecto de algún libro concreto sobre un verdadero profesor, un lector curtido y un artista de otras disciplinas. De modo que me voy a saltar de nuevo las reglas, emplazando a tres personas más, por cumplir respectivamente esas tres condiciones. Espero que Vernon (gracias por la bocanada privada), Vorleser (por el coscorrón), y Malena (por la complicidad) no se lo tomen a mal, en el primer caso por el trajín de las aulas en estos días, en el segundo por incitarle a la contradicción, ya que dijo que no publicaría más en su bitácora, y en el tercero por inducirle a materializar su inspiración. Hoy me siento sedicioso.

10 comentarios:

Andrea dijo...

MUY BUEN BLOG ¡TE FELICITO!!!
TAMBIEN TE AGRADEZCO TU VISITA AL MÍO...
MMMM CON QUE TIENES UNA AMIGA PARECIDA A MÍ???? JAJAJA
AL FIN Y AL CABO SOMOS TODOS IGUALES...
ESTARÉ PRONTO POR AQUÍ
CARIÑOS
ANDREA.

vernon dijo...

Difícil misión, Sergi. Hay muchos; y también hay algunos que, siendo vitales, no se prestan. Uno de los mejores libros que he leído es La nave de los locos. No sé muy bien dónde debía colgar el fragmento, ¿está bien aquí?
Gracias por la invitación.


EQUIS: EL VIAJE, I

En el sueño, recibía una orden. «La ciudad a la que llegues, descríbela» Obediente, pregunté: «¿Cómo debo distinguir lo significante de lo insignificante?».
Luego, me encontraba en un campo, separando el grano de la paja. Bajo el cielo gris y las nubes lilas, la operación era sencilla aunque trabajosa. El tiempo no existía: era una continuidad de piedra. Trabajaba en silencio, hasta que ella apareció. Inclinada sobre el campo, tuvo piedad de una hierba y yo, por complacerla, la mezclé con el grano. Luego, hizo lo mismo con una piedra, Más tarde, suplicó por un ratón. Cuando se fue, quedé confuso. La paja me parecía más bella y los granos, torvos. La duda me ganó.
Desistí de mi trabajo. Desde entonces, la paja y el grano están mezclados. Bajo el cielo gris el horizonte es una mancha, y la voz ya no responde.

EQUIS: EL VIAJE, II
[...]
Extranjero. Ex. Extrañamiento. Fuera de las entrañas de la tierra. Desentrañado: vuelto a parir. No angustiarás al extranjero. Pues. Vosotros. Vosotros. Vosotros. Los que no lo sois. Sabéis. Vosotros sabéis. Nosotros empezamos a saber. Cómo se halla. Cómo. El alma del extranjero. Del extraño. Del introducido. Del intruso. Del huido. Del vagabundo. Del errante. ¿Alguien lo sabía? ¿Alguien, acaso, sabía cómo se encontraba el alma del extranjero? ¿El alma del extranjero estaba dolorida? ¿Estaba resentida? ¿Tenía alma el extranjero? Ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.
La sirena del barco había comenzado a aullar exactamente en el verso número dieciocho del canto VI de La Ilíada. «¡Magnánimo Tídida! ¿Por qué me preguntas sobre el abolengo?» Era Glauco a punto de enfrentarse con Diomedes. Sirenas: doncellas fabulosas que moraban en una isla, entre la de Circe y el escollo de Escila, y que con su dulce voz encantaban a los navegantes. Lo recordó porque era el quinto día de navegación y la segunda escala; la Bella Pasajera se acercó hasta él, ya con el ronroneo de la gata blanca cansada de mar, y por decir algo, le preguntó:
―¿Qué está leyendo?
[...]

La nave de los locos (1984), Cristina Peri Rossi.

marina dijo...

Sergi, quizás es porque estos días me sumerjo más en pentagramas que en letras; quizás es porque ayer estuve platicando musicalmente con un cronopio que me contagió vete a saber qué... El caso es que al leer hoy tu propuesta, el concierto de Berthe Trépat empezó a sonar por la sala de mis recuerdos.
Es una de las muchas escenas que más me tocaron de la "Rayuela" de Cortázar (por escojer un libro de entre..buf!)
Ahí va un trocito:

"Berthe Trépat miró una vez más al público, su redonda cara como enharinada pareció condensar de golpe todos los pecados de la luna, y la boca como una guinda violentamente bermellón se dilató hasta tomar la forma de una barca egipcia. Otra vez de perfil, su menuda nariz de pico de loro consideró por un momento el teclado mientras las manos se posaban del do al si como dos bolsitas de gamuza ajada. Empezarona a sonar los treinta y dos acordes del primer movimiento discontinuo. Entre el primero y el segundo transcurrieron cinco segundos, entre el segundo y el tercero, quince segundos. Al llegar al decimoquinto acorde, Rose Bob había decretado una pausa de veinticinco segundos. Oliveira, que en un primer momento había apreciado el buen uso weberniano que hacía Rose Bob de los silencios, notó que la reincidencia lo degradaba rápidamente. Entre los acordes 7 y 8 restallaron toses, entre el 12 y el 13 alguien raspó enérgicamente un fósforo, entre el 14 y el 15 pudo oírse distintamente la expresión: "Ah, merde alors!", proferida por una jovencita rubia. Hacia el vigésimo acorde, una de las damas más vetustas, verdadero pickle virginal, empuñó enérgicamente el paraguas y abrió la boca para decir algo que el acorde 21 aplastó misericordiosamente. Divertido, Oliveira miraba a Berthe Trépat sospechando que la pianista los estudiaba con eso que llamaban el rabillo del ojo. Por ese rabillo el mínimo perfil ganchudo de Berthe Trépat dejaba filtrar una mirada gris celeste, y a Oliveira se le ocurrió que a lo mejor la desventurada se había puesto a hacer la cuenta de las entradas vendidas. En el acorde 23 un señor de rotunda calva se enderezó indignado, y después de bufar y soplar salió de la sala clavando cada taco en el silencio de ocho segundos confeccionado por Rose Bob. A partir del acorde 24 las pausas empezaron a disminuir, y del 28 al 32 se estableció un ritmo como de marcha fúnebre que no dejaba de tener lo suyo."

Alvy Singer dijo...

Me quedo con la edición sibarita ¡eso no lo dude! ¡Que este es un blog de un fetichismo elevado!

Alvy Singer dijo...

PD: Pero agradezco la redux. Conrad y Coppola significan mucho. Esas obras conjuntas son un viaje, una aventura a dentro del ser humano que nunca olvidaremos. Creo.

MaleNa dijo...

Hummmmmm que cosa Ud. siempre provocando emociones.

Ok. a sus pies, ya que va con sus alas a pleno.

Eso si me espera, que regrese de la facultad.

Se que si.

Besos desde mi Buenos Aires llovida.

Shangri-la dijo...

Hoy, 2 de octubre de 2006, zarpó de puerto desconocido una embarcación sin bandera que la identifique: SHANGRI-LA. DERIVAS Y FICCIONES APARTE.

Olvido dijo...

Me encanta cuando ‘te fumas una alfombra’;-) .
Estupendos los textos elegidos y más como los hilvanas.
Buenas noches

MaleNa dijo...

Borges pone mi alma en pie.
El Aleph provoca en mi, cierto hormigueo en la boca del estómago. Va una parte a tu salud.
Merci.

O God, I could be bounded in a nutshell
and count myself a King of infinite space.

Hamlet, II, 2

Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

JLB






Sé que nuestros pasos van por Cabo Verde. Sea.

Anónimo dijo...

Estuve aquí.Gcc