Bitácora de Sergi Bellver: Joseph Roth (I).

21/9/06

Joseph Roth (I).


Marlene Dietrich: Das war in Schöneberg.


Hace unos pocos veranos fui a Berlín, con mi pareja de entonces, a visitar a una amiga común, que compartía piso en el Kreuzberg. Casi nada fue como lo esperaba, ni siquiera el verano. El otoño pareció adelantarse de repente, como quien deja entrar el húmedo ventarrón del exterior cuando irrumpe en una fiesta a la que no ha sido invitado, y en pleno julio corrimos a unos almacenes del Kurfürstendamm para proveernos de alguna chaqueta. Berlín tampoco fue como lo esperaba, para mi satisfacción. Me lo habían pintado plomizo y mustio, y en parte es cierto, pero, aún bajo el espeso edredón de nubes, en el aire dormido de los parques, yo no dejaba de apreciar los nuevos brotes que siempre florecen junto a las viejas cicatrices de hormigón, ni el antiguo encanto que latía más allá de las modernas moles de vidrio y acero. Como me sucedería en París, supe que algún día regresaré a esa ciudad. No fue una revelación súbita, sino más bien una conciencia que fue tejiéndose de retales con el paso de los días. Fragmentos de una certeza recogidos en la impresionante isla de los museos, ante la puerta del mercado de Mileto, o en una librería agazapada bajo el peso de un viaducto, junto a la línea del tranvía. También en uno de los puentes sobre el Spree, una fantasía de ladrillo rojo y latón iluminado por el crepúsculo, contemplando el paso de una gabarra, lenta y pesada, que apenas levantaba un dedo de espuma en el agua ni llegaba a deshacer el reflejo de la torre de la Alexanderplatz sobre el azogue del río. Admirando la gracia del cuello de Nefertiti, o divertido por la animada charla de los berlineses en cafés de callejones interiores. En la pintoresca estación de Dahlem Dorf, por la que parece que hayamos salido a muchas millas de la gran urbe, a algún pueblo del bucólico sur, y que nos acerca a los otros museos, donde nos encontramos con los budas helenizados de Gandhara. Había hilvanado esa sensación en cien lugares más, pero el último pespunte fue aquella misma tarde en el trayecto de regreso, desde la ventanilla del vagón, cuando el U-Bahn deja el tramo subterráneo que sigue el Ku’damm y parece salir a respirar, poco antes del barrio de Schöneberg, en un tramo descubierto y elevado, como flotando entre las fachadas de los edificios, sobre austeras iglesias con alma de isla, emergidas en rombos ajardinados. Navego en esta especie de tren anfibio, asomado a los patios de ladrillo oscurecido, donde un chaval con el pelo verde se arremanga una pernera de los vaqueros antes de montar en su bicicleta, una madre turca tiende la ropa sorteando los tirones de un niño o una anciana blanquísima hace entrar al gato con el bastón. Acodado en la ventanilla, rebaso a los viandantes sobre un lecho de adoquines, como quien observa los peces desde alguna lenta barcaza.
Utilizo el presente porque el recuerdo revive el viaje en nuestra percepción. Sí, regresaré a Berlín, pero sabiendo que jamás regresamos a la misma ciudad. Y eso me reconforta. Porque la próxima vez que camine por aquellas calles, llevaré a Joseph Roth en la memoria, y eso supone acercarse al mismo lugar para descubrir una realidad distinta. Los libros no hacen otra cosa que revelarnos todos aquellos ropajes del mundo que antes no habíamos advertido. Y los de Joseph Roth (en concreto “Confesión de un asesino”, “Leyenda del santo bebedor”, “En las ciudades blancas” y “Crónicas berlinesas”) han sido mi epifanía de este verano.
“Fue en Schöneberg...”, canta Marlene Dietrich, quien tenía a Roth como uno de sus autores favoritos, especialmente “Job”, su novela temprana; y “...en el mes de mayo”, como sigue la canción, murió Joseph Roth en París, pero esa es otra historia, que dejaré para la próxima entrada.

Joseph Roth, además de judío, era gallego, y compartía un par de cosas con Adolf Hitler. Lo primero es un juego de palabras, lo segundo no es ninguna broma. Nació el dos de septiembre de 1894 en Galitzia oriental, hoy Ucrania occidental, y entonces parte del Imperio austrohúngaro, una patria que desaparecería tras la Primera Guerra Mundial y que dejaría una honda ausencia en ambos personajes. Aunque aquí el matiz ya es radicalmente opuesto. Si Hitler odiaba a la misma élite judía que rechazó su ingreso en la vienesa Academia de Bellas Artes y añoraba la grandeza militar de la vieja Prusia, el universitario de la facultad de Filosofía y Letras de Viena, Joseph Roth, siempre se sintió un extraño entre aquellos nostálgicos. La profunda tristeza que acompañaría al escritor en su exilio, por la pérdida de una patria, comenzó a gestarse aún antes de su particular fuga sin fin de la futura Alemania nazi. La derrota en la Gran Guerra acabó con el mundo que Roth había conocido, y con una amalgama de lenguas e identidades que había orbitado durante siglos en torno a Austria (una caída presente en “La marcha Radetzky”), y aunque también lo haría con varias imposiciones e injusticias, sentaría las bases de un conflicto europeo que estaba muy lejos de haberse resuelto. El antisemitismo no sería un invento del nacionalsocialismo, era un mal enquistado que latía en el continente desde antiguo, a pesar de que la cultura judía, y en particular la aportación de sus intelectuales, formaba parte del conjunto y lo enriquecía enormemente. El propio Joseph Roth fue corresponsal y oficial del Imperio en la contienda, es decir, estaba del lado de la patria austriaca, y por ende germana, desde el principio. Pero con los años, y tras la fallida República de Weimar en Alemania, la influencia gravitó hacia la herencia prusiana, y la literatura o el arte mismo comenzaron a ser vistos como flaquezas de una sociedad cada vez más encaramada a la potencia de la industria, la máquina y la fuerza armada. Y eso fue lo que acabó de alienar a Roth, que poco a poco se desencantaba de aquella nación de oficiales e industriales que despreciaba la libertad de pensamiento y la palabra escrita. Joseph Roth había llegado en 1920 a Berlín para trabajar como periodista. Adolf Hitler lo haría para asolar la historia.
Hasta los primeros años treinta, si uno paseaba por la bulliciosa avenida Unter den Linden, y dirigía la vista más allá de la puerta de Brandenburgo, sólo alcanzaba a vislumbrar tras ella la fina línea vegetal de una inmensa arboleda bajo el cielo berlinés. A Joseph Roth no le gustaba Berlín, pero es probable que aquellos paseos, aquellos espacios abiertos, se la hicieran más habitable. Por aquél entonces, el ángel dorado de la Siegessäule hacía guardia junto al Reichstag, algo retirado del paseante. En 1938, cinco años después del gran éxodo de escritores, artistas e intelectuales, y de todo aquél sospechoso de judío que lograse escapar a tiempo, las autoridades cambiaron su emplazamiento al centro de la gran estrella, al estilo de la parisina, en el epicentro de una inmensa recta triunfal que cruzaba la ciudad de este a oeste. La columna de la victoria, conmemorativa de las antiguas hazañas prusianas, tachonada de cañones arrebatados a Napoleón, dominaba desde ahora el cielo de Berlín, huérfano ya de las voces y miradas disidentes de personas como Joseph Roth y tantos otros, gris como el uniforme de la Wermacht, sombrío como el omnipresente Tercer Reich.

El título original de la recopilación de artículos que Minúscula (*) nos ha hecho llegar como “Crónicas berlinesas” es: “Joseph Roth in Berlin. Ein Lesebüch für Spaziergänger”, que pretendo traducir como “Joseph Roth en Berlín. Un libro de lectura para paseantes”. Tenemos un precedente en español (**), que espero conseguir en breve, y es “El juicio de la historia. Escritos 1920-1939, Joseph Roth”, publicado en 2004 por Siglo XXI, y con traducción, prólogo y notas de Eduardo Gil Bera. Podríamos acercarnos también a aquella época a través de obras como “Una infancia berlinesa” (1933), de Walter Benjamin, o el collage de “Berlin Alexanderplatz” (1929) de Alfred Döblin, al estilo del “Mannhatan Transfer” de Dos Passos. Pero hay algo en la particular mirada de Joseph Roth que hace casi ineludible dejarse llevar de su mano para ese viaje. La estupenda edición de Minúscula, tan llevadera como elegante, aporta además un índice de lugares mencionados y numerosas fotografías de la época, aunque alguna es posterior al exilio de Roth, en 1933, con las banderolas nazis adornando centros comerciales y bulevares por los que ya apenas paseaba judío, medio judío, cuarto de judío, o librepensador alguno, una homogénea, satisfecha y orgullosa metrópoli a las puertas de una nueva Gran Guerra. Hoy sería fácil pensar que en aquella ciudad –verdadero contrapeso cultural y humano de París en la segunda década del pasado siglo- los hombres salían de los lúgubres moldes de alguna fundición, pero hasta aquellos años fatídicos de la cruz gamada, había sido célebre en media Europa el espíritu alegre y mundano de la mayoría de berlineses.
En sus artículos, Joseph Roth realiza una sucesión de estampas vivas, más allá de la mera colección de postales, porque la agudeza de su pluma va más allá del costumbrismo y penetra en los resquicios tanto de los arrabales marginales como de los altares de la modernidad, con la sensibilidad del artista embutido en el traje de faena, capaz de ver el verdadero rostro de la vida tras la “máscara de metal” del nuevo paisaje urbano. A Roth no le hubiera hecho falta ser judío para desagradar a los nazis, le habría bastado con su mente lúcida, afilada y tan poco dada a la sumisión. La misma sagacidad que sonrojó también a la aristocracia uniformada y a la circunspecta burguesía, tan “aria” como judía, que miraba hacia otro lado, mientras peldaño a peldaño, aquella sociedad descendía a una densa oscuridad. Roth se convierte en un camarógrafo que no desdeña mezclarse con el entorno, del lodazal al mármol, y retrata todos los matices del Berlín de aquellos años, desde la pujanza de la técnica a los primeros excesos del consumismo, desde la bohemia impostada de los cafés a la realidad judía, entreverada en cada tejido de la sociedad, tanto entre los apestados –incluso para sus correligionarios- inmigrantes de la Europa oriental, como en los acomodados industriales y profesionales que en su día aceptaron el ideal militarista prusiano y se consideraron ciudadanos, como extranjeros a los que se les hubiera otorgado un privilegio, de una “germanidad” que iba a repudiarlos en breve, cuando eran tan alemanes como los demás. Joseph Roth insistía con vehemencia en lograr un periodismo que fuera más allá del simple atestado, de la crónica supuestamente objetiva, tal vez porque sabía que a veces se llega antes a la realidad interpretándola que por la mera constatación de los hechos. Tal vez sea ese uno de los mayores logros de Roth, porque, sin traicionar la honestidad, se exponía en cada apreciación, consecuente con su propia visión de las cosas, convirtiéndose en un narrador que uno quisiera hoy encontrar más a menudo entre los novelistas, y un redactor que me gustaría encontrar alguna vez entre los cronistas de la actualidad. No dejaba de ser un narrador en todo momento, aún cuando llegó a ser un periodista muy considerado en su época, porque editaba esa primera impresión del camarógrafo con la intención de decir algo, de señalarlo con lucidez, más pendiente de la intemporalidad de su prosa y de la efectividad del análisis que del prestigio de la firma.
Encuentro verdaderas joyas entre los artículos de “Crónicas berlinesas”, pero hay dos que me han llegado especialmente. Para ilustrar las intenciones del autor, baste citar dos breves fragmentos del que cierra la recopilación, “El auto de fe del espíritu”, que denuncia la quema de libros considerados “degenerados” por las hordas nazis, y publicado ya en otoño del 33, en los “Cahiers Juifs” parisinos:
“Hay que reconocerlo y decirlo abiertamente. La Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por pereza, por indiferencia, por inconsistencia. (Será tarea del futuro precisar las razones de esta rendición vergonzosa).”
“Un pueblo que elige como jefe supremo a una figura que jamás ha leído un libro ¿está tan lejos de quemar los propios libros?”

Aquí, al contrario de lo que pueda parecer a simple vista, fuera de contexto, no se refiere a Hitler, sino a Hindenburg, legatario orgulloso del espíritu prusiano, tan desafecto a la cultura como apegado al militarismo. No obstante, uno se estremece pensando en la intemporalidad (en absoluto casual) de esas palabras, aplicables sin duda a muchos casos en los que el lector puede estar pensando ahora mismo y que por desgracia no nos auguran nada bueno. Recuerdo un pasaje de similar contundencia evocadora en el “Berlin Alexanderplatz” de Döblin:
“Conciudadanos alemanes, jamás pueblo alguno ha sido más odiosamente atropellado, jamás nación alguna ha sido más odiosamente ni más injustamente embaucada que el pueblo alemán. ¿Os acordáis del 9 de noviembre de 1918, de Scheidemann prometiendo Paz, pan y libertad desde lo alto de las ventanas del Reichstag? ¡Pues la han mantenido bien, la dichosa promesa!”.

De nuevo, lo más duro es pensar que Döblin, a través de sus personajes, denunciaba esto en 1929, sin llegar a imaginar siquiera hasta qué punto se agravaría la historia en los años siguientes, aunque esta vez con la complicidad o connivencia de una gran parte de ese mismo pueblo.
Si alguien piensa que esos dos fragmentos de “El auto de fe del espíritu” que he rescatado traen un mensaje caduco, que recuerde que hoy en día los nazis, de nuevo cuño y fiebre añeja, han conseguido ya representación parlamentaria en tres de los estados federales. Su Leviatán particular, ese al que echar las culpas de todos los males, es ahora más cabeza de turco que nunca. Berlín, como un crisol al fuego, en el que hierven agua y aceite sin llegar a mezclarse, es hoy más europea que nunca, así que al tanto, pues.
La mención y valoración a tantos autores (a los amigos, empezando por Stefan Zweig, se resiste a calificarlos) que realiza Joseph Roth en este artículo, tal vez para que la hoguera no pudiera con su recuerdo, da testimonio de la noción que el autor tenía de su época, de su generosidad y de la dimensión de su cultura literaria. De modo que uno anota diligente un par de nombres, por el profundo respeto que como crítico, ensayista, periodista y narrador tributaré a Roth a partir de ahora, así que le concederé a Klaus Mann el desagravio de retirarle de la sombra de ese pilar de las letras germanas que fue su padre Thomas (también perseguido por las purgas nazis). E indagaré en busca de un autor completamente desconocido: Hans Carossa. Otra cosa más que agradecerle a Roth, las pistas para navegantes, por si aún no era bastante con la revelación de su talento.
Pero fue, sin duda, la lectura de “Pasajeros con bultos” la que acabó por decírmelo todo de Roth, así de sencillo. Poesía, cuento, novela, periodismo, todo aquí se fusiona en una sola cosa, por encima de compartimentos, atribuidos siempre por miradas ajenas que clasifican la sensibilidad de un artista y el viaje de la literatura por vagones, sin reparar en que al furgón de cola del olvido van a parar siempre los jueces. La condición de un escritor se revela en un pasaje como ese (y en general en todos los artículos de la parte denominada “El tráfico”, mi favorita, pero especialmente en ese), y trasciende etiquetas. Leyendo ese artículo pensé, simplemente, que quiero llegar a escribir así algún día.
Existen aún cientos de artículos de Joseph Roth pendientes de recopilaciones posteriores y sobre todo, de traducción, con lo que el filón está asegurado. La expectativa de no conocer aún todo el calado de su obra es tan emocionante como el día de partida hacia nuevas tierras. El escritor descifra el mundo al escribirlo, y uno, que además de albergar y compartir desde no hace mucho ese afán, será siempre un lector atento, nunca agradecerá lo bastante el descubrimiento de un observador aventajado como Joseph Roth, un narrador capaz de ser brillante sin abandonarse a la vanidad, siendo a la vez conciso y profundo, visual y emotivo, cáustico y compasivo.

Nunca regresamos al mismo lugar, y cabe preguntarse si habríamos encontrado un mundo distinto al llegar, de haber llevado en el equipaje más libros leídos, más amores vividos, más caminos hollados, pero, además de llevar a Joseph Roth a partir de ahora en el morral, una cosa tengo clara para la próxima vez que vaya a Berlín: el sitio al que iré a gastar algunas tardes. Poco después de mi visita, en el número setenta y cinco de la calle Postdamer, casi haciendo esquina con el Ku’damm, y junto a una casa en la que vivió el autor en 1922, abrieron una taberna llamada “Joseph Roth Diele” (algo así como “el tablón” o también “el vestíbulo” de Joseph Roth), un homenaje, sin mercantilismo y con afecto, al santo bebedor, y apuesto a que un lugar perfecto para releer “Crónicas berlinesas”.

Dejo para otro día la segunda parte de esta celebración por un hallazgo afortunado, en la que hablaré de “Leyenda del Santo bebedor”, “Confesión de un asesino”, del Roth novelista y de su exilio en París. Pero, como digo, esa es otra historia.

(*) Imperdonable mi descuido: la meritoria traducción de "Crónicas berlinesas" en Minúscula es de Juan de Sola Llovet (gracias al del sindicato por la amonestación).
(**) Existe otra selección más en castellano de artículos de Joseph Roth, que se me pasó por alto, publicada por El Acantilado, también en 2004: “La filial del infierno en la tierra”, y que abarca la producción del autor en el exilio, desde 1933 hasta su muerte.

Traducción de algunos topónimos:

Dahlem Dorf: Dahlem pueblo.
Kreuzberg: colina de la cruz.
Kurfürstendamm: terraplén de los príncipes electores.
Schöneberg: colina bella.
Siegessäule: columna de la victoria.
Unter den Linden: bajo los tilos.

posdata irrelevante: a partir de ahora me llevaré la contraria, y trataré de responder, aquí, tras vuestras huellas, y no sólo como hacía antes, a vuestros comentarios. Esto tiene efectro retroactivo, así que pronto me pongo al día.

13 comentarios:

Olvido dijo...

Me ha gustado tu crónica berlinesa y el magnífico acompañamiento de Roth.
Trataré de encontrar ‘Pasajeros con bultos”
Me sentaré por aquí, quizá un appel strudel?
ein Gruß

Vorleser dijo...

He quedado realmente impresionado por lo que puede llegar a hacerse con una bitácora, aunque le pondría una pega, y es que de tanto contenido, música, gráficos, enlaces, etc., tarda un poco más de la cuenta en aparecer correctamente. Tal vez sería mejor centrar la atención en lo que escribes, para que no se pierda el lector en el marco con el que lo envuelves. De todos modos, te felicito de veras por tu criterio estético.
Y por tu buen gusto, tanto en lo musical, como lo literario. Y es que Joseph Roth es uno de mis autores preferidos, de entre los que escribieron en alemán. Tengo cierta predilección por las letras germanas, aunque tal vez eso sea culpa de mi ascendencia. Me gusta la forma sincera y abierta en que has abordado a este autor, y me agradó también tu prefacio berlinés particular, a pesar de mezclar intimismo y exposición (una mezcla no siempre efectiva) en tu artículo.
En esa primera parte he reconocido muchos lugares (y su atmósfera, lo que es un acierto por tu parte), pues Berlín es una ciudad que creo conocer bien. Sin embargo te agradezco el dato de la taberna, ya que lo ignoraba. En fin, si no la has leído aún, te recomiendo encarecidamente "Hotel Savoy".
Regresaré a tu página con más tiempo (a la espera de esa segunda parte) para leer otras cosas, y cuando sepa hacerlo, o me echen una mano, te añadiré a mis enlaces.
Bis Bald.

Sergi Bellver dijo...

Parezco un tonto a las tres, pero me ha hecho ilusión que te dejaras caer por mis alas, Olvido, ya que leo con interés tus frag-mentos. Y creo que aún me alegró más, como en cierta medida respondo al otro comentario, que repararas en mi “crónica berlinesa” inicial. Porque si no las conoces todavía, y aunque Berlín ya no sea el de hace ochenta años, las de Joseph Roth entonces te van a entusiasmar (Ahí, en “Crónicas berlinesas”, encontrarás “Pasajeros con bultos”; aunque sea hojeándolo en una librería, si no te lo quieres llevar a casa, merecen la pena los minutos que te ocupará). Es como probar este arroz blanco de monasterio con agrado, para después devorar su paella, con bogavante y todo, y tener un orgasmo en el paladar (por lo menos). Hace un Küchen de chocolate. Tschüss!

Sergi Bellver dijo...

Me alegra, Vorleser, (buen matiz el de tu alias, ¿es por Bernhard Schlink?) que en general te gustara mi humilde homenaje a Roth. No sé si pierde efectividad mi manera de hacer (hace pocos días un amigo me ha dicho algo inquietante de tan parecido, así que debéis tener razón los dos), como sugieres, pero es que tampoco sé qué “efecto” debería producir o no en el lector. Me daría con un canto en los dientes si lograra tres cosas: contagiar el interés por el autor a quien aún lo desconozca, resultar ameno y aportar algo a quien ya lo conozca, y comunicar a unos y otros lo que he sentido al leerlo. El caso es que, como ya dije en su día cuando inauguré con Rilke mi sección “Maestros”, no pretendo hacer alarde de unos conocimientos que a menudo no tengo, como sí hacen otros intentando demostrar no sé el qué, ni repetir tampoco el consabido apunte biográfico y bibliográfico que cualquiera puede encontrar fácilmente por ahí. Simplemente trato de comunicar lo que me ha tocado la fibra sensible o no, cuando he leído a un escritor que me ha llegado (por el motivo que sea). Digamos que ya estoy mezclando desde el principio lo personal con lo literario, pues para mí todo esto es una vivencia, no un malabarismo vanidoso.
Por otro lado, agradezco también que valores mi sentido de la estética, y sobre todo tu honestidad (después del cinismo atroz del Sr.Despertador, se agradece la crítica realmente constructiva, en serio), con la que marcas algunos defectos que reconozco. De hecho, no eres el primero que me comenta lo de los tiempos de carga, y tengo algunas amistades que no pueden acceder siempre que lo desean a mi bitácora. Sospecho que, aparte de porque a muchos, sencillamente, no les guste mi estilo, tengo menos visitas de las que me quisiera precisamente por eso, por problemas con la navegación. Además, a veces se abre otra ventana con un pesadísimo anuncio de música estridente cuando abres mi página, y no tengo ni idea de cómo impedirlo. En fin, en ese sentido ya me he puesto las pilas hace unos días, y tengo ya casi a punto una versión sencilla, ligerita, y de fácil descarga para que cualquiera pueda acceder a lo que escribo sin problemas.
Recojo tu recomendación de “Hotel Savoy”, porque me he quedado con ganas de más, aunque te confieso que primero quiero leer las otras dos compilaciones de artículos, y te invito a una cerveza, virtual, eso sí, en la taberna. ¿Has visto las fotos del enlace? Así te lo imaginarás mejor. Me halaga que alguien que conoce Berlín haya reconocido, además de lugares, sensaciones.
¡Ah! Por cierto, si necesitas ayuda con lo de los enlaces, no tienes más que decirlo.
Auf Wiedersehen.

solodelibros dijo...

Este fue exactamente el libro con el que descubrí a Roth, y tengo pendiente leer más cosas suyas. Como a ti, a mi me impactó también el artículo dedicado a la quema de libros, y las reflexiones que el autor se hace sobre tal acto de barbarie.

mamen somar dijo...

Madre mía, cuántas cosas por aprender...
Gracias por tu crónica y tu saber hacer.
Besos.
Mamen

Zuriñe Vázquez dijo...

Muy compacto y completo tu estudio de Roth. Y en general trabajas fuerte y duro este espacio. Gracias por tu visita, es un honor.

Alvy Singer dijo...

¡Por fin! Disculpe... mi explorer peta al ver esta maravilla. Y yo me defeco en él cada dos por tres.

Este blog es bellísisisisisisisisisisimo.

La música, las palabras. Su descripción de Roth es inmejorable. De veras, un honor tenrele de comentarista.

¡Qué maravilla!

Sergi Bellver dijo...

"¡¡Hosanna, hosanna, eh!", ¡Aleluya, albricias, solodelibros ha dejado su huella en mis alas! Bueno, coñas aparte, espero sinceramente verte con más asiduidad por aquí, y que el motivo no sea otro que cierta culpa por mi parte, al ir haciéndolo cada día un poquito mejor, al menos lo intento. Por suerte a partir de ahora hay otro sitio para hacerlo sin perder tiempo con el envoltorio.

Un abrazo.

Sergi Bellver dijo...

Mamen, nunca dejaremos de aprender, y eso, que al mismo tiempo provoca una especie de vértigo desagradable, trae también la certeza de que es preciso aprovechar el tiempo, que no hay excusas para malgastar la atención.

El otro día estuve un rato con un amigo, un escritor que ya ha publicado un libro de cuentos, ganado algún que otro premio, y leído centenares de libros, y aún así, resulta que no conocía a Joseph Roth. Se apuntó el dato, y yo me llevé mucho más de su casa, el dato de otros escritores que yo aún no he saboreado, y un libro prestado (eso quiere decir que es amigo de veras, jeje).

Moraleja: nada más fértil que rodearse de almas curiosas para contagiarse de iluminaciones.

Beso XL pa'Salamanca.

Sergi Bellver dijo...

Honor el mío, Zuriñe, si tan siquiera has pasado un buen rato en mi casa (por cierto, si te da problemas de descarga, ya sabes, prueba la versión abreviada, "Redux"), porque supe de ti siguiendo el rastro (tus comentarios) en algunas de las mejores bitácoras literarias que flotan por este mar virtual. Y si lees y comentas con asiduidad a esas personas, y has sacado algo de tu paso por aquí, ya me doy con un canto en los dientes.

Tuve una bitácora antes, durante dos años, y tenía más de 120 visitas diarias, ahora, con esta, bajaron a menos de la mitad, pero la calidad se ha multiplicado por dos.

Un saludo.

Sergi Bellver dijo...

Alvy, como te he dicho en tu rincón, creo que con "Redux" ya conseguí evitaros a algunos las esperas injustificadas (porque por muy bonito que deje el envoltorio, lo que cuenta es el regalo, digo yo).

Y que sepas que lo que me has dicho sobre mi descripción de Roth es de lo que más me ha subido la moral últimamente... ¡que si algo quiero es contagiar a la gente esas cosas, y no orbitar sobre mi ombligo!

Fins aviat, company.

Anónimo dijo...

Me gusta el blog. Me parece interesante el artículo. Pero echo de menos la mención al traductor de "Crónicas berlinesas". Que el trabajo lo ha hecho bien, me consta, porque leí el libro y tuve la sensación de que había captado todos los detalles de la prosa periodística de Roth, que no es nada fácil.
Creo, pues, que es justo mencionarlo: estas crónicas que tanto han gustado las ha traducido Juan de Sola Llovet.

Un saludo,
uno del sindicato