Bitácora de Sergi Bellver: John Steinbeck.

11/9/06

John Steinbeck.


“Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría ese prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz.”

(“Viajes con Charley”, John Steinbeck).

Bruce Springsteen: The ghost of Tom Joad.



Sé que dejé a medias a Rilke, y prometo retomar mi homenaje, pero es que de momento tengo la poética en cuarentena, colgada como un armiño del perchero, por si acaso. Ya habrá tiempo de revivirla y que vuelva a morderme. Pero hoy, en este once de septiembre en el que conmemoramos las uvas de la ira de hace tres siglos en mi tierra, de hace tres décadas en Chile, o un lustro en Nueva York, no podía eludir lo que, de haberlo permitido el azar del tiempo, me hubiera gustado que fuera una sincera y sentida encajada de manos. Firme y afectuosa, como le supongo a este hombre de rasgos duros y mirada gentil, la de aquél que lleva en el rostro los surcos de una vida de azada amarga y dulce cosecha.
John Steinbeck (Salinas, 1902) nació entre harina molida y campos labrados, fue mal estudiante como tantos otros y quizá su madre, maestra, sembrara en él la feraz semilla de la lectura. Precisamente al otro extremo desde su California natal, a Nueva York, marchó a los veintitrés años soñando con una carrera de escritor. Tal vez fue entonces cuando tomó conciencia de cierta aprensión por lo urbanita, pues su primer libro de cuentos, por encargo, fue desdeñado y con ese acerbo equipaje regresó a casa. Algunos creen que la vocación de cuentista no es más que un prólogo para novelistas, pero pienso que es una mirada diferente, o al menos una manera completamente distinta de volcarla hacia el otro. El caso es que, en el año de la gran debacle en la bolsa neoyorkina, un 1929 que también iba a cambiar el mundo desde un babélico desmoronamiento en la metrópoli, Steinbeck publicaba su primera novela, “La copa de oro”. Pero pasó sin pena ni gloria, y es justo en ese momento cuando un escritor comienza a forjarse, aceptando un revés y aún otro más, y revelando su condición, la del que no puede evitar seguir escribiendo, porque es lo único que le mantiene cuerdo en su propia piel.
Muchos conocen un remedo de lo más significativo de su obra a través del cine, a veces gracias a excelentes versiones, como la de John Ford dirigiendo a Henry Fonda en “Las uvas de la ira” o la de Elia Kazan con el sobrevalorado pero carismático James Dean en “Al este del Edén”, que adquirió más eco que el propio libro. Y otras bastante dignas, como la de Gary Sinise (sobre todo por John Malkovich) en “De ratones y hombres”, o “Camaradas errantes”, en la que (¿y cuando no fue así?) Spencer Tracy atesora sin artificios todo el calado de la narración.
Steinbeck publicó lo mejor de su obra aproximadamente entre los treinta y los cuarenta años, puede que hasta “La perla”, y después inició un lento declive, quién sabe si arrastrado por el peso de varios golpes en su vida personal. No figurará en el panteón de muchos como referencia, en este sentido no fue un explorador aventajado del paisaje literario, y es cierto que como escritor, o al menos así lo percibo, no alcanza las cotas artísticas y la influencia de otros autores, como por ejemplo William Faulkner, un verdadero faro para tantos. La crítica fue dura con sus obras de madurez, tal vez porque, además de habérsele apagado cierto fervor en el desencanto, le tocó ser contemporáneo de los más ilustres nombres que encumbraron la literatura norteamericana del pasado siglo. En el complicado 1960, Steinbeck realizó un viaje en caravana por gran parte del territorio de sus Estados Unidos, delegando las licencias de la ficción en las “personales” y silenciosas apostillas de su perro, para mezclarse con las gentes del camino y reflexionar sobre su realidad y la búsqueda de ese lugar en el mundo que todos acarreamos. Dos años más tarde, el año del Nobel, publicaba ese ejercicio de inmersión en un diario de ruta, “Viajes con Charley”. No debería ser nunca la vara indicada para medir la valía de una trayectoria literaria, pero, seguramente llevado por mi empatía hacia la actitud vital de este hombre, siento cierta justicia en que le concedieran el premio Nobel en 1962, año fecundo en las letras donde los haya, y el mismo en que moría, precisamente, un grande como Faulkner. Steinbeck lo haría seis años más tarde.
Hay autores que no han nacido para abrir senderos nuevos en la búsqueda artística, ni poseen el genio para enmarcar el mundo con el encanto de un daguerrotipo. Existen también, afortunadamente, escritores cuya mayor virtud radica en hacer que la vida transite por sus obras hasta lograr que estas atraviesen la permeabilidad de la gente y tengan eco en esa misma realidad. Escritores como John Steinbeck, desafectos a la postura del escritor ensimismado, que con sencillez y honestidad son capaces de señalar la deriva de una generación o el alma de un país sin que parezca un mero ejercicio de estilo.
Con “Las uvas de la ira”, el libro más vendido en los Estados Unidos en 1939 (¿qué podríamos hacer hoy, dónde se esconde el secreto, bajo qué anonimato aún el autor adecuado, para que volvieran a conciliarse las ventas y la calidad, el público y la crítica?) ganó el premio Pulitzer, pero Steinbeck, tal vez urgido por la coherencia de su alegato, tal vez consciente de la ingravidez del éxito por su propia experiencia, entregó el importe del galardón a un joven escritor sin renombre. Rechazar un premio siempre me ha parecido una pedantería, pero hay excepciones como esta en que es un acto incontestable de honradez. Cada caso es distinto. Al pobre Pasternak le conminaron a rechazar el Nobel, al que Sartre renunció en su día, en una intervención existencialista con la que se procuró adeptos y admiraciones, aunque años más tarde andara reclamando el importe, acuciado por la escasez.
La denuncia de “Las uvas de la ira”, que algunos críticos tildan de cándido sucedáneo realista desde el soslayo de la distancia, requería una buena dosis de audacia para aquellos momentos de preámbulo a la segunda guerra mundial y epílogo de la guerra civil española, en los que ya fermentaba un anticomunismo feroz en los Estados Unidos y cualquier mínima pretensión de justicia social era sospechosa de “roja”. Esta obra, en la que la familia de Tom Joad debe abandonar la devastada Oklahoma, expulsados de su hogar por tormentas de polvo y tempestades del más crudo liberalismo, simboliza y recoge no sólo el drama de aquellos emigrantes de un estado a otro (del terruño exhausto de los okies hacia la fértil y altiva California), sino la miseria de un sistema alienante para sus propios ciudadanos. El drama de aquellos desheredados puso en tela de juicio ante el público la bondad del espejismo americano, y llevó al gobierno a tomar medidas.
Pero en esta obra no sólo aparece la odisea, sin Ítaca posible, de una familia y de buena parte de toda aquella legión de granjeros arruinados por los draconianos créditos bancarios. También, y ese es otro de los reflejos del temperamento del autor, aparece la solidaridad inaudita de los propios parias, una fe maltrecha pero indestructible en la hondura de la compasión, y un cuestionamiento de lo que es legal y lo que es lícito, de lo que es culpa y lo que es inercia. En este título, su obra cumbre, y en otros, pues es una constante en sus mejores libros, Steinbeck no pretende, y esa es otra prueba de integridad, deslumbrar con el estilo o trazar espirales sobre sí mismo, como sí hicieron en esa misma época, con indudable talento y en otra dimensión literaria, autores como Henry Miller, o en cierta medida Capote y Scott-Fitzgerald. A pesar del lirismo contenido de ciertos pasajes, John Steinbeck está lejos de la sofisticación, habita en el polvo que sepulta los años felices de toda aquella gente, en el olor a grasa, gasolina y desconfianza que se derrama sobre el asfalto de la ruta 66, en las callosas manos que buscan el trabajo allá donde un capataz lo arroje con desdén, en la rabia embalsada tras la húmeda mirada del forastero que contempla impotente los desmanes de terratenientes y secuaces uniformados, y en la resignación de la muerte, que llega callada y cabizbaja entre el ruido de tablas y pistones del desvencijado camión que transporta a toda una familia hacia el sustento. La Madre del clan Joad simboliza el eterno pilar que sustenta todas aquellas patrias verdaderas del corazón humano, tan sólido como capaz de estremecerse ante la bondad del prójimo. Padre camina desubicado pero leal por el mismo sendero. El propio Tom Joad lucha por ponerle diques a la iracunda marea que va minando su paciencia, y su hermana Rose of Sharon podría ser la metáfora de una América despertada a empellones de su sueño, contrariada por su propia realidad, pero capaz de crecer y redimir al final su desengaño con la generosidad.
Precisamente hoy, once de septiembre, creo más que oportuno rendir mi humilde tributo a John Steinbeck (y de la mano de otro honesto trovador, Bruce Springsteen), que dio voz a esos otros americanos, hoy que tan en boga está denostarlos a todos por culpa de sus dirigentes y la otra mitad de “patriotas” que los apoya. Mujeres y hombres cercanos a la realidad sin edulcorantes de su tierra. Ese sustrato de ciudadanos batidos por un oleaje que les supera, desde lo alto en el hogar, desde lo desconocido en tierra extraña, en un mar de ira y temor que socava lo más sencillo de sus existencias. Nada que ver con el fundamentalismo cristiano, la derecha recalcitrante, o los intereses de las macroempresas y sus hilos de maestro de marionetas. Gente corriente que busca su sitio, en el trabajo diario, en aquellos que aman, y entre el tumulto de una sociedad compleja y contradictoria; disidentes, inconformistas, ácratas, o aún desde la pasividad desencantada de esos otros camaradas errantes, esa generación de camareros en cadenas de comida rápida, empleados de túneles de lavado, o dependientes de un drugstore, esos clerks que ahora coexisten en un nuevo escenario con los nuevos inmigrantes. Unos okies que llegan desde el otro lado de la valla, mojados de desesperación, exactamente la misma clase de desposeídos que naufraga en Canarias o se cuela por la frontera oriental de la circunspecta Europa.
Si pudiera darle la mano y sentarnos a charlar, me gustaría descubrir qué pensaría John Steinbeck al contemplar la América y el mundo de hoy. Es probable que me contara, apesadumbrado, que pocas cosas han cambiado, y aún así, apuesto a que seguiría manteniendo su inaudita fe en el corazón del hombre.

7 comentarios:

dolan mor dijo...

Sergi, ¡qué bien cuidado tienes tu albatros!¡Si Baudelaire lo viera!
Mi casa-blog apenas tiene mesa para comer,tablas aún sin clavar; algunos muebles, sí, pero nada más,por eso me siento en el suelo y bebo y ceno y me detengo en mi mente, como la tortuga en Las uvas de la ira, en medio del camino.
Saludos

Anónimo dijo...

No sé si tu post ayudará a conocer mejor a Steinbeck (aunque me ha sugerido muchas cosas tu manera de relacionarlo con el presente), pero sí te digo que a mí me reconforta percibir en tus palabras tanto amor por las letras. Me gusta ver cómo y por qué llega un escritor a mover cosas en otros. Qué es lo que te hace Steinbeck, y no qué es lo que quieres demostrar. Uno está ya cansado de tanta pedantería y tecnicismos cuando lee reseñas o comentarios literarios, que más parecen perseguir el lucimiento o la bravuconada que lo que aquí he encontrado: ganas de compartir una pasión. Te felicito.

despierta dijo...

Hace unas semanas, en un blog que visito a menudo, me encontré con tu nombre en un comentario. Digo tu “nombre”, y no tu “nick”, ya que parece que firmas sin utilizar un alias. Desde entonces he seguido tus pasos, aquí y allá, y, sin ningún ánimo de molestar, creo que debo darte mi opinión. Tal vez no te guste, pero la sinceridad te será más útil que los paños calientes. Si lo hago de manera anónima, no es por cobardía, es únicamente para que tomes en consideración sólo lo que quiero comunicarte y no entremos en un posible fuego cruzado, perdiéndote por el camino el provecho que podrías sacar de este comentario. Quién soy yo, no importa, sólo lo que quiero decirte. Y lo hago con la mejor intención, créeme. Baste decir que me gano la vida con esto y que mi tiempo te va a salir gratis.
Preguntabas el otro día qué buscamos o encontramos en un libro. Pues bien, me ceñiré a lo que vine a hacer y te diré lo que encuentro yo en “tus textos”, como dices. Son demasiado trillados para el que busca originalidad, demasiado mediocres para el que busca un buen autor, demasiado simples para el que busca erudición, y a la vez demasiado complicados y farragosos para el que no lee en su vida más que los cuatro best seller de turno. Pero son, sobre todo, demasiado ingenuos. Así acabarás por no gustarle a nadie, salvo quizá a tu grupito de amigos, si es que no se atreven a reconocer que se aburren o no acaban de pillar tu pose. Creo que no me equivoco si digo que te falta cultura literaria, especialmente contemporánea, como si te hubieras quedado desfasado, y eso provoca desinterés en esos críticos o entendidos de los que pareces buscar (haciéndote un poco pesado, sinceramente), una respuesta con tus comentarios en diversos blogs, por los que transito y en los que te encuentro, mendigando atención por todas partes. Al final uno tiene lo que desea y aquí estoy, y, aunque no creo que fuera esto lo que buscabas, tal vez sea lo que necesites.
Te falta, además de ingenio, experiencia y oficio para conseguir que “tus textos” sean efectivos, logrados, técnicamente cerrados. Te pierdes queriendo abarcar demasiado y dejando lo principal a medias. Y al mismo tiempo te falta el extra de talento para que sugieran algo distinto, para dejarlos literariamente abiertos. Es evidente que tienes “algo”, porque si no, no me molestaría en tratar de hacerte ver las cosas. Tienes cierto talento, cierta habilidad para la metáfora, pero abusas de ella. Deberías abreviar y a la vez construir “tus textos” con más materiales, conceptos, recursos, y huir de la lírica, si lo que quieres es conseguir una prosa genuina y actual. Te aconsejo que trabajes mucho, que falta te hace, y no estés tan pendiente de lo que los demás piensen. Otro anónimo te ha dicho que demuestras “amor” por las letras y no eres un pedante. A lo mejor resulta que no basta con eso, no sé si lo has pensado, para llegar a ser un buen escritor. Las mejores intenciones del mundo no bastan para conseguir algo, hay que saber cómo hacerlo. Tal vez sólo seas un buen tipo al que le gusta leer, pero un escritor es otra cosa. No sé cuanto tiempo llevas escribiendo, ni qué edad tienes, ni qué estudios, o qué lecturas a tus espaldas, pero pienso de veras que aún tienes que mejorar mucho para poder empezar a considerarte siquiera un escritor. De lo contrario, si algún día llegaras a publicar (visto lo visto en el desastroso panorama editorial español, todo es posible), como mucho serías carnada para pescar a tres o cuatro de esos pardillos que creen que la de Ruiz Zafón es una buena novela.

Cambia de rumbo, “albatros”, o te estrellarás.

Sergi Bellver dijo...

A ti, Dolan Mor ya te respondí en tu austera morada, pero insisto en que la gracia de un hogar está en la calidad del anfitrión, no en las cortinas o el papel de las paredes. Si Baudelaire viera esto, no sé, tal vez escupiría, o pensara que hay preciosismo de postín por aquí y sensiblería por allá, yo que sé, los genios a veces son crueles en su lucidez. Pero si son de veras genios, sólo les dura un rato, porque, parafraseando a Beethoven, la verdadera genialidad no está en el talento sino en la generosidad del corazón. Yo creo que el Maestro me perdonaría los excesos y las carencias ¿no? Al menos sabría que lo admiro de veras.
Saludos, y a ver si te veo regresar otro día.

Sergi Bellver dijo...

"Me gusta ver cómo y por qué llega un escritor a mover cosas en otros. Qué es lo que te hace Steinbeck, y no qué es lo que quieres demostrar. (...)ganas de compartir una pasión."

Ni yo mismo, usuario anónimo, habría imaginado un elogio mejor. De veras me ha hecho sentir bien leer eso, porque no hay otra intención en estas alas. Además, te agradezco el que menciones al pobre Steinbeck, que al final era el protagonista.
Eso sí, que sepas que me carga tanto el anonimato de unos como de otros, porque igual que no es honesto taparse la cara, es una puñeta no saber quién te ha dado un poquito más de ganas de seguir trabajando.
En fin, gracias de corazón, seas quien seas.

Sergi Bellver dijo...

Y a Vuecencia, ínclito Sr.Despertador, como dice mi amigo Víctor, ya le dediqué más tiempo del que merecía.

En el bosque dijo...

Steinbeck es uno de esos escritores que siempre he admirado, también más allá del libro. Tal vez, como sugieres, nos han dicho demasiadas veces que no es literariamente tan "grande" como otros contemporáneos suyos, pero es que la única medida que cuenta es la que cada lector (y no la crítica) haga de lo que tiene entre manos.

Estupendo artículo, Bellver, deberías retomar la reseña como otra sana costumbre en este blog.