Bitácora de Sergi Bellver: Cultura.

3/9/06

Cultura.

“Cultura” es también ver un bosquejo borroso del mundo a través del encaje de un burka, el matrimonio concertado, arruinar a la familia por la dote de la novia, o la lapidación de adúlteras y homosexuales. Dejar que la mujer camine durante horas cargando a la vez agua, leña e hijo, mientras se masca tabaco con los compadres a la sombra de un cañizo. Esta curiosa costumbre se repite en varias culturas del hemisferio sur, mientras en el norte aparece como una subrepticia versión doméstica. “Cultura” es igualmente arrastrar del pelo a la virgen hasta la tienda, rapar a la hija por el favor de los dioses, inmolar a la hermana por dejarse violar. Los crímenes “de honor”. La ablación del clítoris, cortar prepucios, rajar mejillas, escarificar espaldas, teñir pieles, horadar narices, deformar labios, limar dientes, descoyuntar cervicales, son manifestaciones culturales, como el piercing y el tatoo, indefectiblemente umbilical y lumbar, de la lolita de turno. Como dejar que los perros agonicen por las calles y dar prioridad de paso a las vacas, o seguir comiendo hígado crudo de ballena cuando ya se dejó el Ártico por el subsidio. Almorzar pinchos de perro, desayunar sangre de cobra, castrar tigres, desastar rinocerontes, vampirizar osos, mutilar tiburones y todo lo que sea necesario para elaborar los mejunjes que aseguren una erección. Leer entrañas de pollo, escupir aguardiente sobre un enfermo, atrapar maridos con mechones y sangrías, ensartar monigotes de trapo. Darse de puñetazos en la plaza del pueblo hasta perder el sentido, no tocar a una mujer que menstrúe, no mezclar carne y leche pero sí guerra y fe, no comer cerdo pero sí ojos de cordero. Enterrar a los muertos mirando al este, al oeste, del revés, encaramarlos a un risco, embalsamarlos, quemarlos, trocearlos, hervirlos, ahumarlos, enrollarlos, vestirlos, pasearlos en animada charanga, o sentarlos en una poltrona del salón de casa y servirles la merienda. Justificar la miseria por la culpa heredada de otras vidas, besar estatuas, forrarlas de oro, ofrendarles comida, guirnaldas, billetes, piernas de plástico, peticiones a la carta. Azotarse, lacerarse, arrastrar carretas colgadas de un gancho bajo la carne, levantar piedras con el pene, atravesarse la lengua, abrirse la cabeza a sablazos, caminar sobre brasas, clavos, cristales, o precipicios. Crucificarse. Cabecear infinitamente ante un muro, postrar la frente cinco veces al día como una brújula, medir con el rostro las leguas que rodean un monte o los escalones que suben a un templo. Bendecir llagas, adorar tormentos, condenar al débil y torturar al insumiso, recompensar al insensato y condecorar al dócil, eternamente. Recalificar el paraíso y adjudicar las parcelas al mejor postor, en moneda de virtud…

Todo eso forma parte de la cultura de los humanos, de un patrimonio no siempre declarado, igual que un libro, una epopeya o una canción. Pero no hay que engañarse, porque también es cultura ofrecer primero el vino al hombre, otorgar salarios según el género, postergar la sinceridad en el encuentro o calibrar al otro según el canon, antes de juzgarlo finalmente por las credenciales. Urdir para buscar favores, convencerse de que las órdenes recibidas son consejos y de que necesitamos lo que nos venden. Encerrarse en burbujas rodantes de vinilo y metal, apostarse tras almenas de ladrillo, subir el puente levadizo y compadecerse fugazmente del hambriento que aparece en el inodoro monitor. Infestar el asfalto a la carrera, cada cual impulsando su propia rueda como un roedor amaestrado, de aquí para allá, ebrios por la sensación de progreso. Atestar las aceras, alerta, como desertores que atraviesan un campo minado, acelerando el paso para escapar del hedor acre de un mendigo. Hablar con el móvil pegado a la oreja o gesticular competitivamente con el “manos libres”, pero no decir nunca lo que urge al que lo necesita, cara a cara y de viva voz. Aparcar a los ancianos en garajes mortuorios con animadores y olvidar el ticket, emparedarlos en la soledad de un cubil y tirar la llave. Extraer grasa por un tubo, introducir silicona por una incisión, divorciar el deseo del sujeto hasta convertir a una superviviente de Auschwitz en la percha adecuada para la frivolidad de un andrógino. Adulterar las mentes vulnerables hasta convertir esa perversión en objeto de deseo. Escandalizarse por ello un ratito, hasta que los elefantinos tobillos de la vecina entrometida, o los flotadores de su irritante retoño, arrebatan un disimulado soplido de nuestro sarcasmo, mientras imaginamos un arpón. Alarmarse en el desconcierto si una mujer labra su propio camino y rechaza el rol que se le adjudica. Sosegarse en el alivio si asume su papel de princesita, y se lleva el mejor macho de la manada (hace milenios, etología, hoy, cultura; el buen cazador se ha convertido para esa clase de hembras en proveedor garantizado, el arco y la flecha en la visa y la facha). Apartar la mirada del mercado de la carne, austeros y dignos, hasta cerciorarse de que estamos solos y saquear entonces la mercancía sin recato. Volar a Bangkok o La Habana y sacudir la papada, como cerdo cebado y satisfecho, entre las miserias de una adolescencia sometida. Viajar a París o Nueva York y estirar el cuello, como grulla encopetada, entre los relucientes cebos de una satisfacción perecedera. Sufrir de amnesia repentina cuando elegimos esa ganga artesanal, trenzada por dedos oscuros, ausentes del pupitre. Cobijarse en una severa sordera cuando delegamos la referencia en un mando a distancia, forjando huérfanos antes de tiempo.

Es cultura comer sangre embutida, carne manufacturada, vegetales de catálogo, cereales diseñados para producir sin pensar en la capacidad de recuperación de la tierra cultivada. Cazar o domesticar por subsistencia es otra cosa, pero es cultura torturar animales en granjas intensivas, criaderos masivos, laboratorios, monterías, ruedos y apartamentos. Salvar a las mediáticas ballenas pero esquilmar los océanos que acabarán matando de hambre a las ballenas. Lamentarse de los incendios forestales, que estropearán la postal de nuestras vacaciones, pero seguir devorando recursos, expoliando la Tierra. Cultura sembrada desde pantallas y portadas es conducir como antaño se cabalgaba, lucir como antaño se advertía, consumir de un modo que jamás antes soportó el medio, sin ponderar la caducidad de esta quimera. Depender del petróleo como en la antigüedad del Nilo, del arroz o del maíz, con la salvedad de que este es un recurso finito, coyuntural, y aquellos, bienes absolutos y circulares. Montar guerras y esconder en el cajón las patentes de una alternativa, para asegurar porcentajes. Seguir mirando de reojo al distinto, confundir respeto con tolerancia impostada, libertad con individualismo, igualdad de derechos con igualitarismo de la condición, progreso con resultadismo, ideas con estratagemas, seguridad con manipulación, defensa con ataque. Idolatrar al listo antes que al sabio, al producto antes que a la motivación o al talento, envidiar al maniquí antes que emular al noble, adorar la certidumbre que procura un plástico, ofrendarse en lento holocausto a una esclavitud de cuerda larga, prostituir las palabras y mellar su sentido al servicio de cada ambición.

En el presente, aquí, la cultura ya no es herencia o patrimonio, sólo estandarte para fabricar bandos, denostar lo genuino, ensalzar lo vacuo, apagar la llama y abandonarse con satisfacción a esa ola insoportable de cinismo que vestimos como un traje ignífugo. La hipocresía de creerse un escalón por encima de los demás, cuando hay tanta mugre bajo la lustrosa alfombra, es la miseria más honda de eso que llamamos Occidente, y lo que acabará por pudrirlo del todo, cuando arrecie una ola inimaginable desde la rabia de los desposeídos. No son mejores ni peores que nosotros, simplemente caminan pegados a la tierra y a los males palpables de la condición humana, y aún no están tan idiotizados. Sólo los que han probado el placebo de esta abundancia imperfecta imitan nuestra necedad, hasta convertirla en un sucedáneo radical. Los extremismos de allí no son más que el eco o la respuesta visceral a los excesos de aquí. ¿Quién ganará la carrera, su desesperación o nuestra dialéctica? ¿Su sed de náufrago o el aguardiente “moral” con el que nos embriagamos? Tan natural es el arroz integral como el veneno de la cobra, de modo que si un día nos borran del mapa, será tan elemental como la selección darwiniana. La evolución de las especies. Nadie dijo que la salamandra fuera mejor que el dinosaurio, pero llegado el momento una sobrevivió y el otro no, sin más. Demasiada voracidad y morbidez para un mundo que cambió demasiado rápido. Todo lo que crece en exceso está condenado a la extinción. Si el ensimismado clan de monos parlantes sigue analizando la metafísica de su ombligo, si engorda más de la cuenta y quiebra las ramas del árbol que le sustenta, está condenado a caer a aquél espacio olvidado, a aquél lugar lejano que ya perdió de vista hace tiempo en sus piruetas intelectuales: al jodido suelo, donde los tigres esperan famélicos, sin preguntarse por la naturaleza del hambre que estraga sus tripas.

Una vez dijo alguien que la solución no estaba en darle pescado a un hambriento, sino en enseñarle a pescar, pero tal vez haya llegado el momento de que seamos nosotros los que debamos aprender a pescar de otra manera, porque, repartido así, el banco marino no da para todos y los mismos de siempre no van a conformarse eternamente con la morralla.


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culto, ta. adj. Se dice de las tierras y plantas cultivadas. 2 fig. Dotado de las calidades que provienen de la cultura o instrucción: persona -- ; pueblo, lenguaje --. 3 m. Homenaje externo de respeto y amor que el hombre tributa a la divinidad, a los ángeles y a los santos. 4 Conjunto de actos con que el hombre tributa este homenaje. 5 Honor que se tributa en diversas religiones a ciertas cosas tenidas como divinas y sagradas. 6 Por extensión, admiración afectuosa de que son objeto algunas cosas, sentimientos, afectos, etc.: rendir -- a la belleza, a la amistad ][ SIN. instruido, educado.
-cultor. suf. Ver –cultura.
cultura. f. Conjunto de conocimientos adquiridos por una persona mediante el estudio, la lectura, los medios de comunicación, las relaciones sociales, etc. 2 Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos, grados de desarrollo artístico, científico, industrial, etc., de una época o grupo social. * popular Conjunto de manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo. ][ SIN. 1 educación, erudición, saber. 2 civilización.
-cultura, -cultor. suf. que sign. cultivo, cuidado, o cuidados; e.: apicultura, puericultor.
culturismo. m. Actividad que busca desarrollar los músculos del cuerpo mediante la gimnasia, las pesas, etc.

4 comentarios:

Marea Blanca dijo...

Querido Albatros, observo que mi estado de descanso absoluto ha sido inversamente proporcional al suyo.

Será un placer leerle. Placer para el que me tomaré mi tiempo.

Es la primera vez que entiendo el deleite con el que uno se comería una caja de bombones, aún no siendo golosa.

Oleadas de besos.

Solvvinge dijo...

Hola Sergi. De nuevo aquí. Llegué el jueves, pero aún no he conseguido aterrizar del todo. No sé que me ocurre este año, pero estoy llevando fatal el regreso. En fín, espero que el síndrome post-vacacional me dure lo que un suspiro, de lo contrario... apañada estoy.
Un besote, y encantada de leerte de nuevo.

Sol

Miguel Ángel Muñoz dijo...

Amigo Sergi:
No sé si es cosa de mi ordenador loco o de tu loca y admirable página pero cuando entro en ella un sinfín de músicas suenan al unísono, armonizadas o disociadas, tanto monta.
Bendita locura, pero locura.
Toco botones y botones intentando arreglarlo pero no hay manera.

marina dijo...

A veces,el culto a ciertas culturas puede desembocar peligrosamente a creerse poseedor de una revelación del más allá, por ejemplo, el querer culturizar a "ignorantes". A veces se consigue con doble culto, el de la oratoria vacía,delante de los feligreses, y/o el del tacto minucioso del papel tosco multicolor o el brebaje de oro negro, en las celdas particulares.

Perdona que me haya extendido pero es que a veces me enciendo.
Gracias por este magnífico texto, gracias por abrir nuevas sendas en cada párrafo escrito.
Creo que la música no la puedo escuchar, pero me la imagino. Puedo leerte, que ya es mucho.

Un abrazo, Sergi.