Bitácora de Sergi Bellver: Bandeja de entrada.

7/9/06

Bandeja de entrada.

De lo privado a lo público, sin pornografía. De vez en cuando llegan a mi buzón botellas con mensaje, a veces de lectores desconocidos, a veces de amigos que siguen el vuelo de estas alas sin apenas dejar rastro en ellas. Gente que no consta en la estadística, que calla con tanto que decir, personas que prefieren llegar a estrechar una mirada antes que repartir a manos llenas un manojo de palabras. Esta es la contestación y la pregunta que hoy acabo de enviar a uno de esos lectores anónimos, y que, mientras formulaba, se ha revelado colectiva. No le he pedido permiso, pero he ocultado su nombre y la traigo ahora aquí para compartirla con vosotros y repetírosla. Gracias de antemano a ***** por no enfadarse, y a todos por el tiempo y las posibles respuestas. Aprovecho para indicaros que los problemas que algunos habéis tenido con la música en esta bitácora no dependen de mí, sino de vuestros navegadores. Aún así, he quitado la sección “Con-cierto sentido”, de momento, para no abigarraros la visita.



George Winston: Walking in the air.



Fecha: Thu, 7 Sep 2006 16:59:22 +0200
De: Sergi Bellver
Asunto: Una pregunta.
Para: ***** *****


Saludos, lectora. Apenas sé eso de ti, y es precisamente lo que me mueve a escribirte ahora. Algunos dicen que este mundo virtual es una gran mascarada, que la gente se oculta tras pseudónimos e identidades premeditadas, pero ¿acaso fue diferente alguna vez el teatro del mundo, aún mucho antes de inventarse estas ventanas de silicio? Los humanos suelen presentar la mejor versión de sí mismos cuando tienen que contar su historia, y si por casualidad andan peleados con la vida, plañideros, tampoco nos dejarán ver su verdadero ser, empeñados en cubrirlo de velos y oscuras penitencias. Nada más triste que una persona decidida a ser infeliz. Es una suerte distinguirlos, porque así uno anda precavido para evitar contagios. En fin, que a día de hoy podrías ser cualquiera, podría yo ser cualquier cosa, aunque firme en mi bitácora y en las de los demás (sin prodigarme mucho, por causas de fuerza mayor) con mi nombre real. Pero me das confianza (a veces hay que apostar) y hay algo que sí es cierto, palpable, diáfano: tú lees, y yo escribo (obviamente también leo, y a tu manera escribes, aunque “nunca vayas a empezar un blog”, cada vez que reelaboras en tu cabeza lo vivido).
Te llamas *****, llevas apellido vasco (suena a fogón ilustrado y le pega un personaje bretón de novela marinera) y eres bilingüe (aparte de francófila, por lo que parece). Pero eso no sirve de gran cosa para hacer una criba detectivesca. Ni me interesa. Que seas mujer no es una sorpresa, es un hecho incontestable que la gran mayoría de consumidores y amantes (no siempre coincide) de literatura son mujeres. Podrías ser una jovencita con libro de batalla en la bandolera (no bolso) y mechón rebelde, o una señora con fardo de novelas en la maleta, mudándose del pasado; haberte recién asomado al océano de los libros, estar enrolada en algún velero de ficción, o haber pasado ya muchas veces el Cabo de Hornos. El caso es que lees. Y algo me dice que, por tu efectiva brevedad (no es lo mismo ser parco que conciso), eliges bien tus singladuras.
Bien, me llamo Sergi, llevo apellido de castillo circular y pueblo de la Cerdanya pero soy literariamente castellano-parlante, aunque literalmente catalán bilingüe. Mi francés (una concubina que demanda asiduidad y que si desatiendes olvida el roce) anda algo oxidado, más que el inglés (esa herramienta que siempre resiste mejor el polvo del desván), y podría sobrevivir una semana en Berlín con mi rudimentario alemán. Soy un hombrecillo, que es la media matemática entre mi corazón de hombre audaz y mi carcasa de niño quejica. El caso es que escribo.
Así que me basta todo eso para haberte tomado prestado (ojalá saques algún interés a la vuelta) un poco de tiempo (ignoro si te sobra en el trabajo o lo racionas en el ocio), y compartir algunas dudas contigo. Tengo buenas amistades, pero me conocen ya lo suficiente (soy algo complejo, que no complicado, y nunca te acabas el manual de instrucciones) como para que los condicionantes influyan en su juicio, consejo u opinión, y además ya les tengo a mano (es un decir, porque muchos están lejos y saben que detesto el teléfono) para darles la lata de vez en cuando. Pero hoy he pensado, casi me he dejado llevar por esa inercia, que “necesitaba” a alguien que apenas supiera de mí más que por algunas lecturas.
La cuestión es que, leyéndome, has visto pasar la punta del iceberg, y no puedo decir si lo que aguarda bajo la superficie es puro o está infestado de algas y mugre (bajo el lustroso velamen, las panzas de los barcos a veces dan sorpresas desagradables). La punta del iceberg, porque en mi bitácora publico trazos, bocetos, impulsos que luego trato de ordenar para que digan “algo”, pero sigo buscando mi voz. En cierto modo siempre he tenido esta mirada, y alguna vez la plasmé en cartas, con o sin destinatario, pero soy un adicto tardío a esto de las letras y sólo empecé a escribir con intención hace tres o cuatro años, aunque al principio tentando el camino, sin saber bien cómo hacer. Mandé algunos poemarios a concursos y ahora me alegro de que pasaran desapercibidos, porque salvaría muy pocos versos de la hoguera. Escribí algunos cuentos, y el profesor (ahora amigo) del único taller literario al que he ido (e iré) en mi vida me animó a enviar uno de ellos a otro certamen. Le hice caso porque aquél cuento, a pesar del pésimo final, tenía “algo”. Quedó claro que mi patria, aunque en ella brote profusamente la poética (a veces maleza molesta, a veces foresta refrescante), es la prosa. Pero nunca pude ver en mis cuentos esa lucidez o encanto de los cuentistas que me llegan, aún siendo maestros tan diferentes del mismo arte. Nada remotamente heredero de la batuta de Cortázar, del estilete de Carver o de la mirada de Chéjov. Estoy preparando una entrada sobre mi admirado Chéjov para dentro de un tiempo en mi bitácora y digo algo de su capacidad de ahondar sin escándalo en la realidad. Mientras te escribo (mi cabeza a menudo funciona a dos niveles) se me ocurre algo sobre un pescador de esponjas para eso. Merci beaucoup. En definitiva, prosista, vale, pero sin lo que yo considero que un cuentista debe tener para iluminar un puñado de hojas. Sí, la verdad es que soy bastante perfeccionista, muy exigente, dirán, pero ya que lo soy como lector (si fuese crítico literario empeñaría mi cabeza por quien me hiciera vibrar, con el mismo ahínco con que decapitaría las obras de todo aquél que pretendiera tomarle el pelo a los lectores), lo mínimo es que sea el más duro de los jueces conmigo mismo. Es lo más honesto.
Si digo que no soy buen poeta, y por lo tanto no soy, es porque creo también que la mayoría de la “poesía” que se escribe y, lo que es peor, se publica, es mediocre. La crítica rellena los formularios de esa especie de funcionariado de las letras, y recibe su salario de “respeto”, o temor. Si digo que no soy un buen cuentista, y por lo tanto, no soy, es porque también pienso que empiezan a parecerse demasiado unos y otros, y apenas un puñado de talentos (la mayoría muertos) arrastra sin querer a toda una saga de imitadores sin verdadera voz propia. ¿Qué habría de malo en aceptar la singularidad de unos pocos? No es elitismo, sólo higiene. Todos podríamos intentar una mesa, acertarle en la cabeza a un clavo y conformarnos con la cojera del artefacto. Pero no todos somos carpinteros. Pues aceptemos que hay pocos poetas en esta vorágine de tramaversos y presuntuosos. Digamos en voz alta que la mitad de lo publicado en papel no es mejor que esa legión de anónimos que anudan lazos virtuales bajo la inevitable foto erótica, inundando la blogosfera de lugares comunes. Otra vez pensando a dos bandas, y es que tengo otra entrada en la cantera, sobre este tema, y la voy puliendo, y ahora la recuerdo y parece que estoy allí, dándole al cincel. Hablo demasiado, ya ves, somos diferentes. Si no lo hiciste ya, tira esto a la papelera en cuanto veas que hablo sin decir, que es el verdadero pecado.
En este párrafo anterior me percato de que he derramado el vaso. Le escribo a un lector casi anónimo y parece que de nuevo estoy haciéndolo para esa presencia constante que revisa, por encima de mi hombro, los papeles que voy desechando. Parece que hablo de mí, y en realidad estoy contando otra cosa, en realidad estoy hablando de los de afuera. Creo que trato de conseguir algo, y me alivia descubrir que no es para mí, sino por los otros. Todavía no acierto a nombrarlo, pero el murmullo de la intuición se va haciendo sonata rusa y estalla en mi cabeza: todo esto es por algo más que por el acostumbrado ego del juntaletras. Será por eso que muy de vez en cuando entra un caminante en mi posada y agradece el vino, porque comprende mejor que yo que mi mesa no está para ganarme el sueldo, sino para aliviar la sed del otro y desterrar la mía.
Y para eso, que es el verdadero motivo de este correo, necesito contar. No se trata sólo de que la poesía no me asista o que la magia del relato corto me huya, y tal vez sea una bendición no adentrarse en esas selvas, si la mirada no evita extraviarse (hay placer en ello, pero también el peligro de que alguien te siga, se pierda y te maldiga) y la huella no basta para abrir senderos que al poco tiempo no devoren y oculten los nuevos brotes. No se trata de ir probando liturgias, la fe es la misma, pero la revelación vendrá (o acabará de evitarme) de un modo y no de otro. Necesito contar. De todas las carencias, y algún talento, está hecha la condición de un narrador. Si aburre, fracasa, despierta o deslumbra, sólo pertenece al otro. No sirve de nada lanzar una canción a la atmósfera si nadie sintoniza el canal adecuado. No tiene sentido descifrar todas las frecuencias si no hay música al otro lado. Necesito contar y hacerlo bien. Y el único medio que siento natural para nadar a mis anchas (porque esta bitácora no es más que un respiradero en el grueso hielo, apenas translúcido, donde liberar de vez en cuando mi océano a presión) es la novela. Necesito novelar lo que me habita, lo que contemplo, lo que me conmueve, lo que me rebela, lo que estremece mis entrañas con la garra del deseo, lo que me da la medida del otro, del mundo, del prójimo y el enemigo. Probablemente no destape ninguna receta nueva, seguramente está todo escrito, y detesto los ejercicios gratuitos de malabarismo. Me dejan indiferente el mundillo literario y el moho académico y, como indolentes niñas en la clase, la náusea y la pereza de mi impaciencia buscan el recreo. Y el trabajo, las horas de la biblioteca al escritorio y de la calle al cuaderno, sin tribunal de dómines. Trabajo febril y leal, pero desde la pasión del campesino autodidacta y pegado a la vida. No, no voy a inventar ningún –ismo, ni a recalentar la cena que ya olvidaron los comensales (eso es lo que realmente hacen muchas de las que algunos llaman “nuevas voces”), pero necesito contar. Tengo dos novelas en la cabeza y en algunos borradores incipientes, una bien trazada y la otra caótica, y aún una tercera, que en realidad fue mi primera idea pero que sólo podrá ver la luz cuando los años y las tablas me den el poso necesario. Tal vez la escriba con cincuenta años, si me deja la vida. Necesito contar, y lo haré de todas formas, como quien necesita la playa en pleno invierno o un poco de silencio. Pero es mentira que el escritor no piense en el otro cuando crea, porque entonces le bastaría la mirada y su eco repitiendo el mundo en su interior, aún cuando sólo escriba para reordenar esas voces en su cabeza y conocerse. Lo que sí debería ser cierto (y regla) es que el otro no condicione lo que el escritor hace. Pero llegados aquí, y habiendo dado los matices necesarios (y alguno prescindible) para abarcar la esencia de esta pregunta, viene el verdadero sentido de este correo:

¿Qué buscas tú en un libro? O si, como casi todo lo mejor de la vida, acude a ti por sorpresa, ¿qué encontraste en ese libro que hace que lo recuerdes para siempre?

Perdona la insolencia de abrirme así.

Un abrazo.

Sergi.

Pd: jo també estic agraït de gaudir, de tant en tant, del regal de trobades com aquesta. Fan que el món sembli un xic menys boig. Á bientôt.

6 comentarios:

Darilea dijo...

Bonita dedicatoria a una mujer.
Yo busco en un libro el viaje imaginario al que nos lleva el autor, ser la protagonista en otro tiempo, y vivir varias vidas, te parece poco?
Entre en el mundillo de la lectura de la mano de una escritora de intrigas.
Curioso, por que lo que más me apasiona es la poesía.
Besitos y buen fin de semana.

marina dijo...

Sergi, ya que nos lanzas la pregunta... dejaré mi pequeña huella.
Cuando se me presenta un libro desconocido delante de los ojos lo abrazo y me abandono en su camino con los cinco sentidos, a ver qué encuentro; espejos,conocer y conocerme, un par de manos que me agarren por los ombros y me zarandeen destrozando placenteramente el equilibrio que siempre ando buscando ; que me hagan sentir-vivir-ver lo que no siento-vivo-veo, que abran delante de mi nuevas ventanas...
Luego, cuando el libro se me cruza otra vez por el camino, lo saludo y sí. Entonces sí busco. Busco lo que no ha dicho, lo que está medio oscuro, sus entrañas, las de él, las mías y las del que lo escribe.

Un abrazo con sonrisa dulce.

mamen somar dijo...

POR FINNNNNNN...
Aquí estoy feliz de poder entrar, que ya pensé que habías cambiado la cerradura...
A lo que vamos:
Te extiendes en las cartas ehhh
A mí me hace ilusión especial que la gente contacte conmigo para contarme lo que le gusta del blog, porqué llegó hasta él, sus aficiones y algo de su vida cotidiana. Me parece maravilloso que exista la comunicación ahora que a todos nos falta tiempo para mirar a los ojos del que pasa por la calle cada día.
Y lo que más me gusta es poder dejar este dichoso mensaje después de tres días, leñe...
Un beso, Sergi.
Mamen

Isabel Romana dijo...

Hola sergi. Has dicho, de una manera breve y contundente: "necesito contar". En esta declaración tuya está mi respuesta a la pregunta de qué busco en un libro: "escuchar lo que otro cuenta". Todo un universo de ideas, imágenes y palabras que construyen una historia. Y esa historia siempre está en un contexto que me es desconocido y se me descubre, me permite ver la vida a través de un prisma nuevo. En esa escucha de lo que otro cuenta hay varios descubrimientos: la propia historia narrada; el universo del autor quien, bajo el disfraz de una voz narradora, muestra el mundo bajo la luz que quiere; la íntima impresión de saber ahora algo más de lo que se sabía antes de empezar el libro, que he ganado algo.
Te animo a escribir esas novelas - incluso la que quieres guardar hasta los cincuenta - porque ninguna otra persona puede escribir lo que está dentro de tí. Un libro que se desea escribir y no se escribe es una pérdida para el mundo.

ultra_titania dijo...

Hola Sergi
Te lei y me dio la impresión de un cuaderno añoso, con hojas papirescas y tintas vegetales.
Imaginé sentimientos antiguos, guardados en cofres, y encontrados por quienes debían hallarlos.

Te imaginé antes. Ayer.

Creo fielmente que los libros esconden secretos.
Cada uno debe encontrarlos. Pero eso sucede únicamente cuando se lee con amor. Cuando se quieren atesorar las palabras del autor para uno, no porque sí.

Han llegado libros a mis manos que se han ido sin dejar huella.
se han ido porque no fue el momento. O no fueron las palabras.

Hoy, me llega Jodorowsky. Y lo releo escondida, porque me cuenta mil secretos solo para mí.

Abrazos

Anónimo dijo...

Hola Sergi no soy un buen lector lo reconozco,pero siempre busco en un libro rincones imaginarios y que el autor me ayuda a sacarle una foto temporal.
Y leyendo tu "carta" a través de la prosa como la tuya me anima a escribir cosas que hasta ahora no sabía transmitir.gracias.
Y esos proyectos ya tardan.:)