Bitácora de Sergi Bellver: El delirio y el hambre II.

25/8/06

El delirio y el hambre II.

Anouar Brahem Trio: Halfaouine.



El hambre.

Doce euros, así que me olvido del oficio de vivir del dimisionario Pavese o las obras completas de Baudelaire en edición bilingüe. Ahí al menos dejo un rastro para sabuesos, en la única página que cabe hacerlo para llegar hasta aquí. Después de eso pongo cara a la pared un libreto azul de poesía, plastificado, porque me cae gordo que nadie pueda ojearlo, así que tampoco quiero que nadie lo compre hoy. En el otro cateto del triángulo en que han encajonado la esquina de la poesía en esta gran superficie, donde no hay lugar para una lápida, ni un triste osario para la Ajmátova, por ejemplo, encuentros nombres que me son extrañamente familiares, a la estela del sancionado: de Jordi Doce sólo alcanzo a distinguir cierto augurio en algunos atajos previsibles y de su compadre Diego Doncel leo a dos bandas, algo que me llega y algo de nubes maquilladas y esputos de taberna, hasta que arqueo mis cejas y me viene a la mente, sin conexión aparente, el asunto de Günter Grass, del que mana la sospecha de una estrategia editorial oportunista, pero como débil chorrito de caño, incapaz de acallar un testimonio de décadas de honestidad. A los más necios, es decir, a los más mordaces, no se les ocurre que la ocasión también la pintan calva para arrastrar a los demás alemanes a hacer memoria, y que tal vez sea eso lo que las capas de la cebolla pretenden ahora, pelando la conciencia de todos. ¿Qué narices tiene que ver un galardonado lapo en la taberna con esto? No me entiendo. Salgo de la hipotenusa y me muevo.

Nada del París de Julian Green, o del Londres de Woolf, ni de sus horas en una biblioteca. No da para ninguno de los elogios, del deshollinador de Charles Lamb y de la sombra de Tanizaki, unos limpiando la ceniza con el paño del humor, y otros arrojando semillas en las tinieblas. No tengo para el billete de primera en la belleza ajena o en defensa del fervor, de Zagajewski, donde podría discutir ardiente pero agradecido con los ensayos de Susan Sontag, porque sostengo que el estilo sí es contenido. Para todos estos yantares, ni llegan los doce euros, ni estoy en el lugar adecuado, porque no hay ni rastro de ellos en la turbadora pulcritud de este inmenso tanatorio, donde es más fácil reprimir mi bibliomanía, acuciada en otros lares por algunas ediciones magistrales que logran hacer del objeto mismo algo mágico. Aquí todo es demasiado nuevo y volátil.

Me recuerdo a mí mismo que de los doce euros, medio es para una barra de pan y uno y medio para regresar a casa en metro, así que en realidad sólo dispongo de diez para saciar mi anhelo. Me conformo con el módico papel de tapas blandas, y rastreo los estantes en busca de alguna trufa enterrada. Barajo en mis manos tres ediciones distintas de “Misericordia” de Galdós, pero después de releer a Stendhal y Flaubert, y aún sabiendo que Galdós es la misma luminaria sobre Trafalgar que Henry Beyle sobre Waterloo, y sus heroínas de castizo nombre (¿no había otros? ¿parecemos de segunda porque allá afuera envuelven mejor los regalos?) son el prolífico y agudo par español de las señoras Arnoux o Bovary, decido que no puedo abarcarlo todo, que ya vale de siglo XIX, que ya regresará su momento. Porque tan importante como el libro es el instante en que nos sale al encuentro. Hasta Stevenson cambia de ropajes según leamos “La isla del tesoro” como grumetes o viejos lobos de mar. Incluso como loros al hombro, sin comprender lo que repetimos. En la mano me picotea hace rato el de Flaubert, el de Julian Barnes, que sí asimila lo que digiere del maestro, pero aún así, lo devuelvo a su sitio.

De Roberto Bolaño sólo encuentro un libro de ensayos y crítica amateur, nada de “2666” para poder opinar, y a su vera aparece Juan Bonilla, de quien ojeo la declinación ególatra de una hembra, en la que hay algo que no me convence a primera vista, así que lo dejo por si en la próxima fiesta viene con otro vestido o me pilla de mejor humor. Paso de largo por Javier Marías o Eduardo Mendoza, y sin querer tiro al suelo a Ray Loriga, meditando sobre los lapsos freudianos en lo que tardo en recogerlo. De repente me encuentro con Rodrigo Fresán y la velocidad de las cosas en jardines victorianos, y me llamo idiota, y me digo que existe, y cotejo fechas y residencias de la solapa, y me pregunto si Portnoy no será… cuando interrumpe mi mudo monólogo una conversación entre amigas sobre Delibes, bueno, en realidad una asiente y la otra señala los diferentes títulos del autor castellano como eligiendo una bebida en una máquina, y a cada pulsación de su índice repite “bonito, bonito”. Después llega una mujer y pregunta por los abrazos de Galeano, y el vendedor los señala rápidamente en una montaña de best sellers, y me indigno, porque hace unos minutos me ha hecho varias preguntas para tratar de descifrar quién era esa Flannery O’Connor de la que le estaba pidiendo no sé qué sangre sabia. Sí, americana, cuentista, sureña, bueno, déjalo.

Emigro de la lengua vernácula a la versión de otras voces y comienzo a apilar en mis manos a candidatos, como los amigos enfrentados de Sandor Marai, el sagaz curilla de Chesterton, o la anima(la)da familia de Durrell. A algunos ya los he leído de prestado, pero quiero anotarlos, reblandecerles los lomos, releerlos por impulsos, sin plazo de devolución. De hecho estoy hoy aquí, hambriento de carne, porque me han castigado varias semanas en toda la red de bibliotecas de la comunidad, como un preso condenado a castidad, ya que retuve los “Nuevos poemas” de Rilke durante mucho más tiempo del pactado. Llevo media hora dando rodeos, huyendo del libro que sé que no debo comprar, ese que sé perfectamente que voy a adorar, por las veces que me han pedido paso los empleados y clientes, mientras obstruyo los pasillos embelesado en su influjo. Llevo meses aplazando este libro. Ahora estoy preparando una novela, mi tercer proyecto de primera novela, manda huevos, pero esta, ya se sabe, es la vencida, la que puede más que mis cuitas y avasalla pidiendo paso. Disculpa, otra vez, ya, perdona, y me aparto. Aprovecho el cambio de postura y lo vuelvo a dejar en su estante. No pienso leer aún “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”, porque necesito aprender trucos de carpintero, el oficio del orfebre, la vocación del armador de barcos, y lo último que necesito es el cautivador epicentro de un corazón como el de Rilke, otra vez, para filtrar el mundo. No pienso hacerlo ahora por mucho que la traducción sea del mismísimo Francisco Ayala. Ya advertí hace mucho que no soy un poeta, no al menos lo que yo encuentro en un poeta cuando lo reconozco, así que voy a estar un tiempo a dieta, sólo novelistas.

Ni poseo la máquina de hacer sietes de un cuentista, así que por el mismo motivo dejo a mi amado Antón Chéjov donde lo encontré. De “La estepa” no hay noticia, como no podría ser de otra manera, pero esa recopilación de cuentos de los que sólo tengo la mitad, de momento, se queda donde estaba. Hablando de Antón, me pregunto qué narices hay que hacer para que al “Amor del bueno” de Víctor García, Antón, le hagan un hueco. Chasqueo los dientes y me doy la vuelta. Debería ir al lavabo pero me espero, no falta mucho para que cierren y yo aún estoy como al principio. Debería ir al lavabo y hay una pila enorme de códigos da vinci ahí mismo, pidiéndolo, pero he de salir de aquí con algo que llevarme a la boca, del estómago, la del vértigo. Me aguanto, espero, sigo. Deshojo la margarita de Bulgákov y de repente, del poco ruso que aprendí con una antigua amante, recuerdo la peculiaridad de la letra “o” cuando es átona en ese idioma. Deberíamos decir chéjaf, tolstai, dastayifsqui, bulgácaf… y desdeñamos esa corrección de manera inversamente proporcional al celo que los pedantes ponen en pronunciar camí o shécspir. Curiosamente suelen ser también los que sufren de terribles sarpullidos si tienen que quitarle la “l” al artículo gallego, o decir lleida, o donosti. España es un país de encopetados paletos selectivos.

Me pregunto qué pensarán los que pasan a mi lado y reparan en mi presencia, redundante desde hace un buen rato ahí, arrobado y haciendo equilibrios con la mercancía. Sopeso la idoneidad de ciertas lecturas en mi momento vital, sosteniendo en ambas manos una decena de libros, desecho los políticamente correctos o los predecibles y soy fiel a mi ley no escrita, la de comenzar por la otra novela de, cada vez que descubro un nuevo autor, en vez de desvirgarme con el mismo título que la mayoría suele escoger (así fue “La cartuja de Parma” antes que “Rojo y negro”, o “La educación sentimental” antes que “Madame Bovary”, o “Mientras agonizo” antes que “El ruido y la furia”...). De modo que nada de lolitas, me llevo “Risa en la oscuridad” de Vladimir Nabokov (quiero decir nabócaf). Y como no pienso renunciar a la “Confesión de un asesino” que Joseph Roth susurra en mi otra mano, agoto mis suministros y pago los dos. Doce euros. Me voy a casa andando y ceno a palo seco.

7 comentarios:

Hipolitta dijo...

Una maravilla y cuánto placer.
Se puede imaginar luego de la compra, la marcha hasta la casa, ojeando la contratapa, animándose a un párrafo. La caricia perdida del lomo a los bordes, el tacto del haz de las páginas, la anticipación, del solitario placer norcturno de ir leyéndolo.
Gozo, un gozo tan grande y diferente, como el compartir la piel y la sonrisa.
Saludos

Palimp dijo...

Yo compré COnfesiones de un asesino de saldo... no te diré lo que me costó.

Si eres de Barcelona podemos hacer intercambio, algo tendré que te interese.

b dijo...

recomendación:

la ciénaga definitiva, de giorgio manganelli

mamen somar dijo...

Hay un placer extraño en ir de compras a una librería.
Pero para mí (y para mi amiga Sara) el ir a los rastrillos de literatura, el tocar libros ya leídos por otros, incluso pasar el dedo por las páginas ajadas y sobre todo encontrar el libro que andabas buscando, es una maravilla.
Hay libros maravillosos. Me sigo quedando con la sencillez de Mario Benedetti, Raúl Vacas y Neruda con el alma de Ada Salas y las locuras de Pessoa.
Baudelaire es para mí demasiado barroco. De pavéese me quedo con el famoso poema.

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. OH, cara esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo. "
Y eso sólo en poesia...
Un abrazo, Sergi.
Mamen

Darilea dijo...

En cada momento de una nueva lectura, soy la pasajera noctámbula
que se pierde entre los renglones-
Leer y devorar lo que cae en mis manos es saciar mi apetito interior.
Besitos.

diminui dijo...

está bien chido este blog, pero esos ruidos urbanos me trabaron la compu y me llené de odio jajaja

Portnoy dijo...

Sergi, lo de Fresán (y las consiguientes elucubraciones) merecen estar en el apartado de Delirio.
Sigue escribiendo porque como adivino-detective no vas a ganarte la vida, jajajajajajajaja
:)

Es halagador, un disparate halagador.
Un saludo.
Ahhh, yo también prefiero pasar hambre y caminar.