Bitácora de Sergi Bellver: El delirio y el hambre I.

24/8/06

El delirio y el hambre I.

Anouar Brahem Trio: Halfaouine.



Delirio.

Un apetito voraz, húmedo e inapelable, tira de ti. Cabalgas sobre tu bravo corcel, con el pecho henchido de arrojo conquistador, y derribas las puertas del palacio. Irrumpe el estruendo de los cascos sobre el blanco y negro de las impolutas losas, profanando el cántico de fuentes y conversaciones en un harén del que sólo puedes raptar a una o dos cortesanas, porque tu caballo no puede con más. Dudas, en un serrallo del que debes huir con prisa en tu montura, antes de que alguien dé la voz de alarma y lleguen los obesos guardias con sus cimitarras y corran los eunucos a clavarte las uñas. Pero te vas a ir de vacío, porque en realidad te faltan arrestos para robar nada, y lo cierto es que eres un jinete mediocre sobre un jamelgo deplorable, así que en la torpe huída tu asustado penco suelta una humeante boñiga sobre el damero, con el estribo derramas un samovar sobre el mármol y el vapor acaba de escaldar tu vergüenza. Detrás de ti queda un barullo de insultos que va difuminándose, mientras te alejas al trote hacia el horizonte. Ya bien retirado, el jaco aminora, y tú respiras el polvo del camino, te concentras en aquella bosta de vuestra patética espantada, tratando de olvidar ese aroma a desnudez de hembra liviana que casi pudiste rozar, una obra de arte hecha perfume, que serpenteaba como echarpe de seda entre la grácil columnata otomana, diluyendo su dulce veneno en el vaho salado de tus ojos.

Las cunetas sólo huelen a mugre y descalabro, los árboles pelados proyectan su negra silueta sobre un macilento jirón de luna, como dedos que acabasen de borrar un boceto, y los grillos murmuran, riéndose desde alguna gleba de oscuridad a tus espaldas. La noche cerrada podría ocultar cualquier cosa a los lados del camino, cualquier presencia, un bosque calcinado, un circo ambulante que duerme, una verja de cementerio, un muro rematado de alambradas, o un ejército espectral de poetas muertos, y lo más probable es que avances por un desfiladero de asfalto entre edificios, sin darte cuenta. La avidez aún te empuja, buscas posada y llevas doce monedas en las alforjas, un pellejo famélico, sin duda, pero crees que regateando al tendero podrás darte un pantagruélico banquete. Tropiezas en tus cavilaciones y te caes del burro, que permanece allí como un poste, como una de esas negras farolas que antes parecían árboles, todo en una quietud desteñida y desenmascarada, de modo que sigues a pie. Al rato te llega un rumor de muchedumbre, que va adueñándose del pavimento, hasta que aparecen las luces de un enorme burdel de carretera. Arrastras tus sandalias y te mezclas con el gentío que satura la entrada. Allí todo apesta a desinfectante, plástico y absenta sin alcohol, y no hay féminas de embrujo, sólo cuchicheo de brujas y mercancía distribuida en pisos y anaqueles. El bolsillo no te da ni para manosear con urgencia a la tuerta del prostíbulo. Y claro, eres de paladar tan refinado para estas cosas de la carne, tanto, que las mezclas siempre con las del alma, y así te va, tan célibe y arrebatado como un epicúreo fraile vasco. Estás en el Funesto Negocio del Arte Comprimido, y echas mano a tus pantalones, palpando las doce monedas, porque no quieres volver a irte con las manos vacías y el hambre burlada.

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