Bitácora de Sergi Bellver: Comentarios sobre literatura y crítica.

5/8/06

Comentarios sobre literatura y crítica.

Vertidos por el que suscribe, desapercibidos y de facto sin eco, entre el 31 de mayo y el 4 de junio, al hilo de la propuesta del crítico literario Vicente Luís Mora en su bitácora. Los publico en este espacio eliminando alusiones personales y nombres propios, a excepción de los autores cuya bibliografía mencione en algún momento. Al fin y al cabo esta es mi casa (y la vuestra, como invitados), y sólo pretendo dar fe de mis ideas (tan peregrinas como sinceras) en torno a las letras. Para opiniones más sesudas y postulados más doctos, acudir al cuaderno de bitácora original y seguir la deriva de aquellos foros. Yo perdí su rastro hace semanas, abrumado por los galones y desengañado, como paleto que soy en esta lid, cansado de pegar la nariz en el escaparate de un restaurante de postín. Perdone cualquier damnificado (si se da el caso) la desfachatez de aburrirle:

I. […] Quiero dejar aquí mi punto de vista, que no es el de un crítico. Tal vez eso (y el testamento plúmbeo que os amenaza, perdón, soy un vicioso de la letra) me desautorice de entrada y paséis de largo, porque creo que aquí se dan cita unos cuantos profesionales, pero en este foro, como tú mismo (V.L.M.) dices, también hay cabida para otras opiniones, así que hablo únicamente desde mi doble posición de lector (la que todos compartimos, aunque en mi caso no tan aventajada como otras y del todo amateur) y escritor en ciernes. Lector como estrategia vital para exprimir mejor la existencia. Escritor (en aprendizaje y con muletas) como condición ineludible. Como han dicho […], escribir, literatura o crítica literaria, debería ser algo que hiciéramos sin esperar nada a cambio y sin poder evitarlo, como el náufrago que redacta su historia en la corteza de los árboles sin saber si la marea le traerá alguna tripulación atenta. No importa quién ni en qué medida te lea en realidad, lo importante es escribir con el afán de ser leído, aunque al final sólo los cangrejos asistan a tu velatorio.

[…] La manera más saludable de demostrar el amor por la literatura (que debería ser en el fondo la semilla de toda esta odisea, y que tantas veces perece ahogada por la hiedra hambrienta del mundo editorial) es huir de dogmatismos y soliloquios. Tras la creación literaria en sí como máxima expresión, la mejor terapia para que las letras sigan siendo fértiles, es plantear el debate y el intercambio de opiniones y criterios, para sumar puntos de vista en vez de restar posturas, al tiempo que cada quien sigue su propio camino y mantiene su identidad. Porque existe una tendencia, o casi una avalancha que a empellones nos quiere hacinar a los lectores en el mismo vagón: “este es un buen libro, esta es una buena novela, este es un buen cuento, un buen poema, y todo lo que salga de estas vías no, está fuera, es de una estación ya pasada por la que no volverá a circular este tren”. Y hablo de la presunta crítica de nivel sobre presuntas grandes obras, olvidémonos del mercado. ¿Por qué seguimos leyendo y redescubriendo a Chéjov, entonces? ¿Establecemos una especie de pacto perverso por el que bajamos las defensas y aceptamos algo del pasado con el mismo paternalismo desubicado del hijo adulto hacia el padre anciano? ¿Espiamos el anverso de la primera hoja para ver el año de edición y saber si podemos condenar como ripio un hallazgo que hace días nos emocionaba entre otras tapas menos satinadas? Se suele identificar una época con un estilo o un movimiento, pero a menudo se olvida que han coexistido conceptos casi antagónicos y que irremediablemente, por coetáneos, se han influido mutuamente. Tiene que haber lugar para distintas estéticas literarias en el mismo contexto, y no me refiero a baremos de calidad, sino al lugar desde el que cada autor postula su obra, o la lanza a la corriente, o la deshereda. […] No sacaremos nada de las sectas. De pandillas que repiten el mismo eco (ya son estériles las cuadrillas de revolucionarios que inventan un “–ismo” con el que levantar barricadas y jarras de cerveza, o las de reaccionarios a sueldo) o de eremitas que no oyen otra letanía que la propia (pretender que en una sola cabeza cabe la Verdad es querer hacer dos puzzles enteros con una sola pieza), no vendrá nada útil. Por eso la periferia […] trae otras antorchas a la reunión, para alimentar la misma hoguera, pero desde latitudes distintas, por eso deberíamos ensanchar las afueras de esta ciudad hasta confundirla con el bosque y el litoral. Para que el salitre pudra un poco los anaqueles académicos y la brisa oree el sudor viejo de las vanidades. La literatura es algo que está por encima de cada voz y al mismo tiempo habita en discursos distintos. […] la literatura no es una experiencia humana que pueda sublimarse por la acción consensuada, ni desde una sola perspectiva. La crítica sólo puede descodificar una parte del mensaje, y el resto permanece encriptado porque la clave cambia cada vez que llega a un nuevo destinatario, del mismo modo que el libro, una vez terminado, ya no pertenece al autor, sino al mundo, como otra letra más en el abecedario de un idioma en constante evolución. La vida es más grande que las letras porque las contiene, del mismo modo que estas contienen la crítica y no a la inversa.

II. […] Me pregunto si un crítico no debiera ser un escritor en cierta medida, y no me refiero ahora (lo haré luego) al creador frustrado, sino a la persona que utiliza la palabra para hablar de la palabra. Tal vez debiera exigirse también cierta calidad literal (cuando no literaria), ya que en el ejercicio de su opinión está copando un espacio al que acude un lector (crítico o lector a secas) que en definitiva está buscando más en su intento de descifrar, precisamente, la palabra. Sí, el crítico como creador, pero por mínimo respeto al lector, creador que, para plasmar su propia visión (y por ende jamás Verdad absoluta) sobre las cosas, no olvide que se apoya en una obra ajena, a la que se supone está valorando y no usando como mero señuelo para ejercer vena creativa (porque ya puestos, podría partir de cero y ahorrase la crítica a terceros). Por otro lado no tengo nada claro si un escritor ha de ser en cierta manera crítico, si un creador que pretende ser audaz con lo que hace y exponerse, debería también poder valorar a otros autores de un modo exhaustivo y profundo, o si se le perdonaría no hacerlo siempre y cuando no muestre lagunas cuando se meta en camisa de once varas. Han existido grandes escritores que también fueron críticos de referencia, pero también es cierto que la literatura está plagada de creadores que destilaban la vida en su obra sin hacer de su propia vida un brebaje literario. Se puede ser pastor de cabras, leer de prestado en una biblioteca y escribirle nanas desde la cárcel a un hijo marchito, por ejemplo. Personalmente, creo que a veces se le demanda a muchos autores un bagaje que no tienen por qué acarrear mientras todo lo que tengan que decir quede plasmado en su obra. Pedir el currículum vitae a un autor con el manuscrito debe ser para poder ponerle un marchamo reconocible a la solapa, ¿no? Otra manera de etiquetar el mundo. La literatura, como camino vital del autor, tiene más que ver con una manera de mirar y conducirse que con la palabra en sí.

No es paradójico que esos lectores que no suelen leer tesis demanden algo tan sencillo como criterio al crítico (tan cerca y tan lejos, a veces, la raíz). No olvidemos que aquellos que leen uno o dos libros al año, esos mismos que por inercia colaboran en la infame supremacía de ciertos bodrios innombrables en la lista de ventas, no se preguntan si hay vida más allá del “best seller”. Creen elegir ese ocio (uncidos por la publicidad) y no es asunto nuestro. Supongo que estamos hablando aquí de crítica literaria de obras dignas. Porque no tiene ningún mérito denostar lo que es obvio. Por eso […] es mejor no perder el tiempo con aquellos legajos impresos (llámense “obras”, con caridad) que un lector a poco avezado ya es capaz por sí mismo de volver a dejar en el estante tras haber leído alguna página al azar. Entiendo como obra digna aquella capaz de suscitar debate, de soportar relecturas, de abrir un abanico de interpretaciones, aquella que deja buen sabor de boca sin haber llegado a cambiar una vida (que de esas hay un ramillete), e incluso la que no nos convence, pero es coherente, original o atesora algún valor. Y el crítico honesto debe estar ahí para ser testigo y marcarlo. Porque quiero pensar que […] sí hay valores objetivos, que no alcanzan a los subjetivos, pero sí bastan para poder establecer un criterio mínimo con el que empezar a trabajar. Como es el caso de la música; el oído es más difícil de engañar, y por eso, […] (la crítica musical) sugiere más síntesis que otras artes. No sé si […] un manifiesto correría o no el peligro de encorsetar la crítica o dogmatizarla aún más, pero está claro que debería existir una especie de ética común a la que asirse para que los suplementos o las columnas sean algo más que armas arrojadizas o altavoces orwellianos del reducido grupo de editoriales que maneja a la vez prensa, medios y certámenes literarios.


III. Hay talento que no basta, sin oficio ni voz propia, para sustentar una historia, en el caso de una novela, un siete en el tapete de la realidad, en el caso de un cuento, o una emoción asida a un instante, en el caso de un poema. Hay oficio que cumple pero no brilla, y hay voces que sólo por ser genuinas no garantizan ni el goce ni el despertar. Pero un lector (que se convierte en crítico sin poltrona cada vez que cierra un libro) puede rescatar en cada caso algo que le haya aportado alguna de esas cosas que tantos buscamos en la literatura o el arte: placer, delirio, acervo, aprendizaje, guía, catarsis, consciencia, o todo a la vez. Puede uno reconocer el talento de Belén Gopegui y su coherencia particular, sin soportar que de un libro haga un panfleto como “Lo real”, o detestar cierto divismo en la postura de Francisco Umbral, pero encontrar a ratos belleza en “Mortal y rosa”. Los lectores que tal vez no hayamos llegado a comprender del todo “El vacío y el centro” de Ángel Zapata (anaglifo dedicado: “¡El alféizar, el alféizar, la gallina, y la Perestroika!”) pero que sí apreciamos el valor de varios cuentos de Medardo Fraile, por ejemplo, nos preguntamos por el siguiente paso del mismo modo que un alpinista no empieza por acometer el Everest sin años de experiencia.

A menudo hay mucho elitismo que parece recelar del público y no revela del todo los supuestos secretos del misterio literario. Pero siento que muchas veces, especialmente en las críticas […] impresionistas, descriptivas y, con mayor dolo, educativas, el crítico actúa como zancarrón de colegio rural que pretende ser didáctico en lo que no domina en realidad, en un malabar de prestidigitador con cartas marcadas. Por ahí […] veo […] togas de decano tapando las vergüenzas de un simple verdugo. Supongo que lo que el lector medio inquieto (ese que sabe que haber leído “Madame Bovary” no es haber acabado con Flaubert, y que salta hasta “La educación sentimental” o “Salambó” antes de leer la correspondencia del autor, pero que no sería capaz de digerir toda la sesuda obra crítica sobre él y se conforma con visiones aledañas como las de Barnes o Vargas Llosa, en las que presume, al menos, calidad y estilo), demanda del crítico es coherencia, erudición sin anillo de obispo y gentileza, la de ser honesto. Si alguna vez incluso encuentra estilo y belleza (no preciosismo, pero sí efectividad elegante, como incontestable es el filo de una espada japonesa), entonces lo celebra. Tal vez el único brete que deba calzar un lector al caminar libre de un crítico […] es el mismo que le pediría un nómada inexperto a otro que ha cruzado antes un río: “cruzamos por donde quieras, pero tómate tu tiempo y asegúrate de que conoces el camino”. A veces dudo de que hagan las dos cosas, ni siquiera la primera […].


IV. Personalmente añadiría un par de modalidades más de crítica […], ya que a menudo, como lector y bachiller sin título de escritor, observo que muchas críticas persiguen otras plateas, que no siempre tienen que ver con el público dúctil ( a la fuerza, pues asiste amordazado) o la aquiescencia del patrón. A veces uno cree que ciertos críticos escriben para otros críticos, y que otros muchos lo hacen como sucedáneo de algo que no se atreven a guisar a pecho descubierto pero que tampoco se resignan a comer como Juan Palomo, compartiendo ese rancho como si fuera delicatessen. […]

* Crítica subalterna: de apariencia erudita y estoque oxidado, faena acomplejada que imposta un estilo y se guarece del juicio ajeno en el burladero de la libertad de opinión. Remedo perecedero de texto literario como crítica a la obra de un autor que al menos ha tenido la audacia de abrir la puerta de chiqueros y dejar que su novela (o cuento, o poema) salte al ruedo. No importa si el toro (porque el escritor es el toro, la base de nuestra verdadera fiesta, y no el matador en leotardos) es patizambo y han de salir los cabestros o si es bravo y digno de indulto, porque el brillo en el lomo zaino es de sudor auténtico. Lo zaino (oscurantismo, se llama, […] culteranismo sin sabiduría, bravuconada sin coraje, fin de mes) en el subalterno cobra entonces el sentido de ladino. Farsa de creación literaria, bombero torero que divierte a la grada en acondroplásica lidia.

* Crítica farisea: que acomoda su trasero en ademán inmutable y carga la vanidad sobre la nuca, hacia atrás, como se carga una honda con guijarros fríos, o se arquea una ceja antes de dejar el cuerpo del delito como el de un San Sebastián. Crítica usurera que con la misma actitud unívoca crucifica al novel y santifica al Nobel (o viceversa, si el momento o el interés lo exigen). Crítica de prestamista mellado que con altivez y acritud da un portazo en las narices del aprendiz, y con reverencia dislocante besa los pies del potentado. Y no lo hace ni por verdadera inquina ni adoración hacia uno u otro, ni por otra motivación que no sea la de ahorrar esfuerzo o sacar provecho, sea el salario una columna, una reseña, una docencia en algún taller literario, unas migajas de publicidad, unas coderas nuevas para regocijarse con los compadres de su sapiencia y mordacidad, o una membrecía vitalicia en el jurado de algún premio literario, perdón, quiero decir, editorial.


V. Perdónenme el mal gusto de no ser breve. Pero […] de nuevo con la firme voz del lector (más que con el balbuceo del escritor), pido la […] utopía […], aún a sabiendas de que no la alcanzaremos, pero sabiendo que intentarlo nos dejará frutos. Y […] si no podemos tomar el timón de esa nave sin aburguesarse demasiado, más vale seguir en las pateras y asaltar la orilla a discreción. Otros seguiremos escribiendo en cortezas de árbol y deseando que encalle gente así en la playa, para charlar de libros. Después de ciertas mujeres, la literatura es lo que más me desboca, y encontrar un espacio (por fin) donde compartir esta pasión con quienes saben más que yo, es todo un privilegio. Ahora casi me ruborizo tras el impulso de ayer, porque abusa de un tiempo que no le sobra a nadie, y lo que es peor, confirma mi candidez al pensar que alguien iba a emplear el suficiente en leerlo […].

Y […] otra acotación que tiene que ver con esta especie de politización de la cultura. Creo que en cierta medida, […] la división de clases en estas latitudes del mapa es mucho más permeable de lo que parece. Es cierto que siguen operando oligarquías (y sólo hablo del panorama cultural, pero vale para otros), pero en términos literarios, artísticos, no existe una verdadera “masa oprimida” ni proletaria. Porque la diferencia, en este caso, es que el capital (literario y artístico) sí es accesible y el proletario es libre (aunque a veces no lo sepa y otras se lo crea sin serlo). Lo único que hace falta es que cada individuo se haga preguntas, se cuestione, e investigue. Mañana mismo podrían bajar a cero las ventas del cógigo horribilis, si la gente comenzara a hacerse preguntas. En este caso es tan culpable el poder que dosifica, pervierte y prostituye la cultura, como la muchedumbre que acepta el pienso y la cuadra. Creo que en este caso que nos ocupa, la crítica tiene en su mano sacudir un poco las mentes, desentumecer los tejidos. Y pocas veces lo hace.


VI. Lo que un lector desea, a menudo, es sentarse a la sombra de un olivo y leer apoyado en la seguridad roma de su añejo tronco, mientras la tibia luz de la tarde traspasa la celosía vegetal. Y una siesta.

Lo que un lector necesita, a veces, es una tormenta, y que le empujen a un claro arrancado al bosque, y sentarse en un tocón para mojarse el culo mientras el aguacero le cala los huesos. Y despertar.

Y los críticos tenéis la obligación de ser tan olivos y aguaceros como los autores.

Ya se oye el murmullo de las yemas entre los grumos de la tierra, profanando un silencio de huesos, reptando por la base de los viejos robles. Ya estamos brotando […], desde la orilla, bajo las lápidas que veneran los conejos y sobre las que orinan los galgos, para resquebrajarlas. Ya lo hacemos, cada uno con el semen de su rabia, cada quien con el ariete de su audacia, para preñar la realidad cuando la pillemos desprevenida.

¿O no estamos haciendo todo eso, precisamente, entre todos y cada uno a su manera –desde la crítica profesional, desde la ética personal, desde la lectura inquisidora, desde la escritura desaforada- aquí y ahora?

[…] Como no soy amigo de motejar las caras, seguiré firmando con mi nombre, como hago aquí, en mi bitácora y donde haga falta, pero noto burbujas trasteando en las yemas de mis dedos: la tentación de inventarme un alias con credenciales, un escritor islandés con una beca en Salamanca o un crítico argentino que grite desde la Patagonia […]


VII. Marx no me interesa aquí […] (aunque me apunto como tarea pendiente el libro de Jameson […]), ni traer una camiseta del Che para vender coca embotellada, o la efigie de algún prohombre liberal para ensalzar lo bien que van las cosas. Pero me temo que en eso estamos de acuerdo. Aquí venimos a desbrozar el jardín o a abrir sendas a machete en la jungla literaria. Aunque tiene sentido no desligar ética de estética, la literatura, por suerte, es un campo mucho más libre que la más libérrima de las ideas (encorsetadas a lo posible). Y dicho sea de paso, si hay que abanderar una idea, si hay que hacer una utopía tan sólida como una hostia en la circunspecta cara del conformismo, ya toca parir algo nuevo y superar manifiestos decimonónicos, creo. Si no leeríamos a José Ángel Valente si le hubiera dado por escribir como Góngora, tampoco creo que debamos reinventar el mundo con los planos caducos del pasado, ni con versiones (a la espera de leer a Jameson y compañía, me arriesgo en general a ser bocazas) mejores o peores. A no ser que tomen en cuenta toda la realidad actual sin tamizarla con lo ya asentado en las enciclopedias. Aquí sólo me interesa la literatura, aunque repito, no se puede divorciar de lo humano. Aunque Adolf Hitler hubiera hecho un ejercicio de estilo formidable con “Mein Kampf”, seguiría siendo una basura inmunda. Aunque adore a Neruda, sus odas a Stalin dan grima. La “burguesía” ya no es cuestión de capas o entramados, ahora es cuestión de parcelas y verjas, que sólo se salvan en cayuco. Traedme un creador “no burgués” que no lleve los pantalones perdidos de ese barro hasta las rodillas (aunque no quiera, aunque crea ser honesto en ello), y me arranco las venas para tejerle un hábito.


VIII. Hay una crítica institucional […], desde el momento en que se conforma un temario (y no otro) sobre literatura española y extranjera para los colegios. Y precisamente de eso hubiera querido hablar el otro día si cierto rubor no me hubiera cosido las ganas (al diablo la brevedad, para un foro que merece la pena no escatimaré impulsos -el aburrido puede obviarlos, me conformo con una o dos butacas ocupadas en la platea-).

Esto creo que lo compartiremos todos, pero será automático en el caso de aquellos que tengáis hijos: la única y verdadera libertad está en el conocimiento, y las nuevas generaciones vienen con muletas. Más allá de caducos debates sobre la enseñanza religiosa o la teoría política, el verdadero desamparo espiritual de los niños arreciará cuando asuman (a fuerza de carencias, indecencias y flatulencias en la docencia –cacofónico y redundante, sí, como el rodillo que les asola-) que el mundo es mensurable y clasificable, que deben ser más (y no necesariamente mejores), que han de conjugar el verbo tener y acumular etiquetas, y que deben ejercitar hasta el olimpismo una parte de ellos mismos para ser un músculo concreto, un diente numerado del engranaje, a riesgo de atrofia para el hombre completo. Vulnerables hasta ese punto, después cubrirán su parcela de ocio con bazofia impresa, o creerán haber descubierto la filosofía con Jorge Bucay (un segundo, arcada, estruendo en las baldosas, pañuelo y agua fría en los párpados, ya, listo). La cultura no puede seguir siendo un vector más en el balance de pagos, no debe ser un apartado más del libro de instrucciones con el que salen los jóvenes de las aulas. La sociedad (y críticos y autores desde su escaño) no puede eludir la tarea de potenciar el talento y alentar la curiosidad, y no simplemente malear y pulir cualidades para que encajen. Y, sobre todo, no puede permitirse la licencia de hacer alardes y piruetas fútiles si no van a alguna parte. Evolucionar en literatura ha de ir más allá del “mira mamá, sin manos”, y el saber más acá de la mención erudita de la cita sobre la cita de la cita. No sé si nos estamos dando cuenta de que al buscador (percibiendo o creando, leyendo o escribiendo) no le basta con la forma, y aún a riesgo de parecer lo que no es, me pongo de pie en la mesa y exclamo que tras la letra ha de haber verdad y alma. Porque todos los premios no valen lo que unas cuantas reediciones, y todas las críticas favorables no superan la carta emocionada de un lector anónimo.

Lo malo de tomar una postura es que se duermen las articulaciones y se pierde visión, pues hay que darle la espalda a algo y adulterar lo que viene de refilón desde los lados. Una postura requiere una estrategia arquitectónica, un orden. Y el hecho literario (de la mano de la impermanencia de las cosas), como el artístico, brota de algo que no cabe en un plan. Así Mozart o la poesía inmortal traspasan la opacidad de las posturas y le hablarán siempre a cada célula del equilibrista ensimismado. Es más factible llegar “a Dios” si uno es diligente y austero en un solo camino, que catando por temporadas el monacato, ahora budista, ahora católico, ahora ortodoxo... Pero si hay divinidad a la que llegar (entiéndase como apodo variable de la Verdad), me temo que los atajos aparecen de repente, en apariencia aislados, y con lo imprevisible de la mística. El rabo de la lagartija es la teoría, ese señuelo al que nos aferramos, pero todo el mundo sabe que cuando lo pierde le vuelve a crecer otro, y sigue siendo una lagartija.

No hay epistemia literaria que pueda explicar la magia, sólo medio y supervivencia, o si la hay, no cabe en un molde que no sea capaz de contener también el mundo, desde la letra de una canción senegalesa sonando en el I-pod de un nórdico con rastas en el metro neoyorquino a la tonada de las lavanderas de Benarés.


(continúa del II al VIII).

4 comentarios:

Lagoa_Azul dijo...

Olá, grata pela visita

Era de tarde


Era de tarde,
e como em todas as tardes sento-me nesse banco de jardim,
pintado a cor nenhuma.

Leio palavras rabiscadas no meu pensamento inútil,
ditadas por sobre papel enegrecido, que é o bolor de viver.

É sempre de tarde que se arremetem estes espíritos na mente,
e se digladiam pela posse do que já é, a minha alma moribunda,
que se entrega ao torpor desse ignóbil sol que teima usurpar a minha energia para se abrilhantar.

Sei que não devia sentar-me nesse banco todas as tardes,
nem ler num livro cujas folhas foram arrancadas,
e onde, nem a dourada encadernação ilude o mais descrente desta minha
salvação, que é o renascer.

Vou teimar nesse banco de jardim sentar-me!

Esta tarde, ao por cá te esqueceres vais assombrar-te,
pois vou estar a escrever um fragmento de sonho que arrebatei à estrela,
enquanto espero pelo instante de luz.

Esta noite vou esperar a Lua!



Lagoa_Azul


Espero que gostes, besitos

Noelia dijo...

hola sergi:

Ante todo eres muy bienvenido a mi lugarcito, muchas gracias por tu comentario, sinceramente me dejaste pensando, me gusto mucho porque tus palabras fueron profundas y exactas.
Tu blog me encanto, es precioso, muy interasante, muy bonito, llenas de palabras que llegan, porque a mi me tocaron.
En cuanto a lo que lei me gusto la primera parte :"Lo que un lector desea, a menudo, es sentarse a la sombra de un olivo y leer apoyado en la seguridad roma de su añejo tronco, mientras la tibia luz de la tarde traspasa la celosía vegetal. Y una siesta".
Es perfecto, perfecto.
te agradezco mucho tu visita y te estare visitando.
Un beso enorme. Que estes bien

Giro dijo...

Que cosas llevas en tu blog...

te leo.

Marea Blanca dijo...

Querido Albatros,

He estado surcando nuevos océanos (literalmente) y por ello a mi regreso he encontrado que mi propia marea ha dejado varadas unas cuantas botellas en la orilla que recogeré con sumo cuidado y cuyos mensajes leeré con la dedicación que se merecen antes de volver a partir.

Oleadas de besos.