Bitácora de Sergi Bellver: Caravasar.

30/8/06

Caravasar.

Omar Faruk Tekbilek: Lament.



A la memoria de Naguib Mahfuz,
que acaba de dejarnos.


Como la respiración dormida de un coloso, el viento del atardecer difumina la frontera entre el cielo y las dunas, y sumerge el mundo en un aura turbia. Las cosas parecen flotar aquí y allá en una sopa espesa y parda, y se diría que en unas brazadas podrían alcanzarse las montañas o atrapar el lagarto que huye raudo a la guarida. Apenas adivinada, por la opacidad que delatan los últimos estertores horizontales de luz solar, avanza la figura de un centauro por la dorsal del mar de arena, como una sombra flotando a la deriva, a punto de alcanzar un islote de piedra y adobe en medio de la nada. Un recodo en la corriente tras un tránsito de mil días.

El jinete llega extenuado a las puertas de un caravasar tras hacer inventario de rostros y esencias, después de haberse sacudido la astucia y el desdén del hombre en cada ciudad, tras compartir el silencio franco del nómada en los oasis y haberse zafado de las hordas ignorantes, hambrientas de revancha. Ha atravesado la infinita página en blanco de una soledad atávica, sin cruzar palabra más que con el fondo vacío de su propia vasija, a punto de perder el juicio con el eco de sus entrañas. Ha bebido espejismos y auroras, ha masticado la tierra y las nubes, ha engullido cordilleras, desiertos, y abismos. Ha sobrevivido al último naufragio terrestre, en busca de un pozo donde llenar de agua su odre, reseco y agrietado como el cauce de sus ojos, hasta llegar a las puertas de este lugar. Su esperanza jadea como su yegua, brillante por un sudor que parece venir desde más allá de los huesos, temblando de pie, luchando por mantener la penúltima postura y vencer el temor de dejarse caer en la agonía.

Llama, y desde el otro lado de la mirilla la desconfianza exhala un vapor sinuoso, invisible, pero denso. Aporrea la madera polvorienta, grita su nombre, muestra las úlceras de su carne agotada y los tesoros de sus andanzas, pero del otro lado de la puerta sólo llega un rumor de voces, un entramado de frases urgentes y negativas ahogadas. De él depende convencer a los huéspedes de este caravasar de que lo que hicieron antiguos jinetes no dice nada en torno a sí mismo. Si saquearon los graneros o envenenaron el agua, puede darles su pan y hacer de su aliento el vino dulce de la palabra junto al fuego, pero de ellos depende creerle. El miedo es un anfitrión huraño, y busca en los ropajes del viajero la moneda con que hacerle pagar las deudas de otros. El dolor ajeno sella cada rendija y condena cada entrada hasta que los quicios se pudren y nada gira, y nada entra ni sale, en una farsa de la vida que se basta a sí misma al otro lado de la puerta.

2 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Un texto bellísimo, como todos a los que nos tienes acostumbrados. La desconfianza es hoy la señora del mundo, y no parece que haya modo de destronarla. Saludos muy cordiales, sergi.

Tautina dijo...

"La infinita página en blanco de una soledad atávica". Qué bellísima imagen!!!
Un saludo admirado.