Bitácora de Sergi Bellver: Seguir con vida.

9/7/06

Seguir con vida.

Saint-Saëns: Sansón y Dalila
("Mon coeur s'ouvre a ta voix"), por Maria Callas.




Bajo el asfalto de las calles reposa un limbo de generaciones, disperso entre la tierra prensada y las figuras detenidas de un tiempo fósil. Tras el escaparate de la muchedumbre aguarda una colección inédita, eclipsada por el color mate y el filo romo de su silencio. Desapercibida, fuera del cómputo rentable, lejos de la atención teledirigida de los súbditos, aguarda una voz, preservada del aire por un sarcófago transparente, precintada por un accidente. Su hogar es más antiguo que la casa de los padres, y su país más anchuroso que el terruño de los ancestros. Su lengua conoce giros y secretos anteriores a la urdimbre de los libros, y en sus manos dormita la brocha de crin del artista cavernario, en un letargo paciente y atento, como lechuza camuflada en el follaje, a punto de cortar la atmósfera nocturna y abalanzarse sobre el presente.

Es una criatura extinguida, una hipótesis alada que, al distraerse una noche descifrando la curva de la luna y las rutas del mapa celeste, quedó atrapada en ámbar un segundo antes de levantar el vuelo, arrastrada por un reguero de savia desde la rama herida de un árbol prehistórico. Las edades se turnaron en su labor funeraria, y fueron enterrando cada vez más profundo ese instante, hasta compactarlo y confundirlo con las viejas piedras. Hace siglos que abandonó la perplejidad de la bestia sorprendida por un cepo líquido, y cuando comenzaba a acostumbrarse a la lentísima deriva de la corteza terrestre, alguien le arrancó de la oscuridad de su nicho, cepilló el polvo lapidario, y pulió su ataúd esférico hasta devolverle los reflejos dorados y exponerlo en la vitrina de un museo. Desde entonces la prisionera del ámbar adoptó la estrategia de las estatuas, recordando y callando todas las conversaciones que tuvo en libertad con las estrellas y las flores lúbricas, y tras ser embalsamada por la casualidad, con las raíces y las aguas subterráneas, y después de clasificada por la ciencia, con la madera, las mariposas lacadas, y algún niño con gafas de pasta.

Sigue viva en la gota dura que le contiene, y observa el mundo desde el alba del tiempo. Anota cada detalle y contempla impasible, como una emperatriz oriental, toda la procesión de curiosos y despistados que se detienen o pasan de largo ante el vidrio y la etiqueta académica de su peana. Sigue viva, rumiando una fuga, planeando eclosionar y dejar boquiabierto al mundo, si consigue hipnotizar antes a algún cómplice con su mirada poliédrica. Si una tarde de sábado, entre el tumulto que se ahorró la entrada y deambula con prisa para verlo todo, una visitante con intención de extraviarse mira y repara, más allá del vidrio, más allá del ámbar, en los ojos fijos de una criatura improbable. Si tras el hechizo revela su condición de hada malandrina, y toma el riesgo, y se hace un corte en una mano al romper el vidrio, y roba del museo la pieza encantada. Si conduce toda la noche, y se la lleva hasta su playa, a los pies de un acantilado esmeralda. Y allí, con un beso y el fervor de una gota de sangre audaz, licua la elipsis hasta convertir el ámbar en una estela de miel clara que sana su herida, resbalando por sus manos como la luz tibia del alba se desliza sobre la franja de arena que siempre mantiene mojada el oleaje. Y entonces, un breve desconcierto, un espasmo imperceptible de las alas, una pulsación de vida irrigando los élitros y, de nuevo, como si media eternidad hubiera durado lo que una duda o un bostezo, la hipótesis alada levantaría el vuelo y se elevaría más allá de la cornisa verde, hasta el confín de los mapas, hasta la barca sonriente de la luna. Una luna rezagada, aún visible en la amanecida, pero tras un velo esmerilado de luz ocre, como de ámbar, desdibujada por el fulgor que anuncia al sol, como si hubiera estado esperando desde la noche atávica para despedirse de aquella libélula oteadora de horizontes, antes de desaparecer.

Zarandeada por la brisa vertical del acantilado, agotada tras la carrera frenética de la libertad recuperada, la criatura improbable descendería hasta volver, con la sencillez de una ley natural, a posarse en los labios del hada. Y justo cuando la vida hubiera estallado de nuevo, como una nube fecunda de polen, sus alas se fundirían al calor de esa boca, como dulces láminas en una lengua permeable, calando hasta la carne, hasta mezclarse con la savia brillante de su libertadora y correr con euforia de arroyo por aquellas venas, feliz de saber que a cada pulsación vaciará e inundará de nuevo la alcoba latente del corazón del hada. Y así, habitante de otra, vertida la esencia de sus alas en la sangre de un cómplice, entregada como regalo y semilla de otros vuelos, la voz rasgaría el silencio y seguiría viva, para siempre.

5 comentarios:

solodelibros dijo...

Me ha gustado lo de la "criatura improbable". Saludos.

Isabel Romana dijo...

Un texto precioso, sergi. ¿Un insecto, o un alma atrapada en el ámbar? Me gusta el toque poético de tu escritura. Saludos cordiales.

Marea Blanca dijo...

Creo o quiero creer, que el ámbar puede transformarse en miel, las personas en oxígeno y que el agua del mar ahora dulce, una vez fue salada.

Esa "criatura extinguida”, esa “hipótesis alada" alimenta las esperanzas y el deseo de recibir esa miel.

Alfredito dijo...

Hace unos días encontraron un minúsculo trocito de tela de araña encerrado en ámbar. Esa red tiene miles de años y ya es una obra perfecta de ingeniería y una perfecta metáfora de la eternidad apresada.
Un abrazo.

Solvvinge dijo...

Traición!!! Me has pillado a traición!!!
Cuando uno decide recibir a los visitantes con "Mon coeur s'ouvre a ta voix" se debería poner un cartelito en el vestíbulo para evitar posibles desmayos por la emoción.
Me has tocado de lleno, Sergi. Esta me la debes ;) pero ya que superado el shock de la sorpresa, me quedo hasta que acabe para disfrutarla.

Un besazo.

Sol