Bitácora de Sergi Bellver: 2006

28/12/06

Del nómada estelar (III).

"No aparecen ofertas de empleo para asesinos en los periódicos,
esa era mi profesión: ex-policía, ex-blade runner, ex-asesino".

Deckard

B.S.O. "Blade Runner": End title.



Escribir debería ser otra cosa, y no un simple oficio. Aunque, a las malas, sería precisamente eso lo que cabría demandarle a muchos como indispensable, que se tomaran el tiempo necesario y tuvieran la honradez de ser buenos artesanos en su métier, conocedores de la técnica y el legado de su profesión, capaces, y no meros burócratas, resabiados en los vericuetos del sistema, ora serviles, ora a degüello, por salvar el puesto y prevalecer en la gran empresa del libro. En la fachada de esa mole titánica se despliegan inmensos carteles publicitarios, que avasallan al transeúnte hasta convencerle de tomar prestados los que habrían de ser sus propios deseos. Por las innumerables plantas del “rasgacielos”, haciéndole un siete al firmamento, entre oficinistas que olvidaron hace demasiado tiempo el olor de la hierba o el brillo de las estrellas, permanece suspendida una nube de polvo léxico que estropea las voces hasta igualarlas en un carraspeo raso y fútil, un rumor constante y reconocible que delata a los intrusos en cuanto alzan la voz para decir algo. Los funcionarios, y los hay de todo rango, desde el amanuense al comisario de propaganda, del histriónico bufón free-lance al hierático subdelegado, todos con el mismo breviario entre manos, aprenden a inhalar esa polvareda, y ya no son capaces de mirarse o hablar si no es a través de ese turbio enjambre de cenizas, y cuando algún resto de su propia voz les sorprende a solas en cualquier rincón aún no contaminado, se azoran de culpa y terror ante el dedo acusatorio del resto de la colmena, y regresan arrepentidos al idioma de la carcoma. Y en los sótanos del edificio, con la esperanza aplastada por la presión de una sombra compacta, se acumulan los almanaques de miles de proyectos y tímidos susurros que perecen bajo las telarañas. El monstruo funciona, la colmena produce, y el recién llegado presenta sus credenciales a las puertas, manuscrito bajo brazo, tan ufano como incauto, a punto de convertirse en una ruedecilla más del engranaje.
La peor clase de censura no es la de la guillotina editorial, ni la falacia de los premios literarios. Aunque su capacidad para silenciar otras propuestas sea aún más inapelable que otras inercias represivas del pasado. Antaño existía la posibilidad de burlar la zafiedad del censor con un recurso retórico o una metonimia cualquiera, agrietando la rancia almena del poder con una cuña de frescura. Hoy, sin embargo, aunque el filo de la hoja se presente romo y el verdugo vista de firma, cualquiera puede observar, a poca luz que se le acerque al tema, que esa política “robespierreana” no es más que estrategia empresarial, ya que se maquilla de otra cosa, pero funciona exactamente como una selección de personal o un resorte de influencias para la promoción del empleado del año. O bien, en el mejor de los casos, se convoca una plaza y se le asigna al opositor un salario por adelantado (el importe de los premios literarios es en realidad un anticipo de ventas a cuenta de los derechos de autor, a veces imponiendo condiciones draconianas que lastran el camino del sumarísimo agraciado), o bien se asciende al secuaz de turno entre laureles y ensayadas muecas de enhorabuena. Lo que es seguro es que uno y otro lucirán a partir de ahora la medallita, para que la jerarquía les identifique, la soldadesca les respete y los civiles, los contribuyentes que sostienen a la armada insufrible con su consumo, les elijan. Antes, la censura arremetía contra lo susceptible, según su tosco prisma, de subversivo o indecente. Ahora gasta otro talante, tan siniestro como el anterior, y arrincona todo lo que no sea potencialmente rentable.
Si el escritor ha logrado burlar las defensas e introducirse en la fortaleza, sin arietes, sin afrentas, aparentemente sumiso al sátrapa de turno, camuflando sus armas en el vientre de cualquier apetecible caballo de madera, y consigue publicar, tampoco entonces el criterio (cuando existe y trasciende el usual bandolerismo arbitrario) de los miembros del Sanedrín, de esa crítica institucionalizada con derecho a veto, supone, ni mucho menos, la peor de las censuras, porque ese poder afectado (que no fáctico) que sanciona la presunta calidad literaria no alcanza la médula de un escritor genuino. Como mucho hiere el orgullo de cualquier necio, del que cruzó sin montura las puertas de Troya, reverente, doblegado, sin la daga bajo el cinto, o del que irrumpió dando voces, imprecando a los mercaderes del templo con su prosa de latiguillo, entre aspavientos de reyezuelo sin corona, pero secretamente dispuesto a aceptar un tenderete más a la diestra del altar. No importa el calibre de su vanidad ni la saña del veredicto, porque esa soberbia herida sanará sin problemas cuando el editor le presente un balance comercial favorable a su producto. Los lectores son sabios, tratará el necio ante el espejo de persuadirse. Y si acaso los jueces, en nómina del sátrapa o parientes y deudos del autor, aplauden su cotización en bolsa, el necio hundirá aún más sus pies en el lodo, convencido de no tener par entre los mortales.
La censura aún conoce otras formas, como en el otro extremo, en la periferia insurgente de las vanguardias, donde se establece un código dogmático, un idioma de camaradería y signos que cae con el peso de una disciplina guerrillera sobre la selva de las letras. El fin justifica los medios, al afán legitima los excesos, la rabia dignifica los errores, la disensión dentro de la disidencia es una traición a la causa y conlleva la expulsión. Pero ni siquiera esta urgencia febril por subvertir a machete lo establecido, escribiendo contra y no desde, resulta la más perjudicial de las mutilaciones para el escritor que no encuentra su cauce en esas corrientes torrenciales ni en la viscosa lentitud del canal oficial. No estar en la ortodoxia del sistema supone no ser escuchado. No pelear en la heterodoxia sobresaliente del momento, la misma que alimentará al monstruo en cuanto este se de cuenta y sepa acomodar sus fauces, para que los renegados muerdan el anzuelo y acepten las prebendas de la gloria justa que sin duda creen merecer, supone no ser, simplemente. Supone yacer amortajado, como un cadáver, o si la sed aún sobrevive, arañar inútilmente una tapa desde el interior del féretro, sobre el que se aposentan los traseros de burgueses y revolucionarios, bien avenidos, como la eterna alianza del buey y el lobo. Unos cuantos terneros son prescindibles, la cohabitación es sostenible mientras el lobo pueda sentirse lobo en cada razzia y el ganado no pierda su hegemonía. Por todo ello, la peor clase de censura no es otra que la que se impone a sí mismo el escritor, acotando de antemano su impulso entre los márgenes ajenos, tratando de agradar a los garantes de la tradición, de congeniar con los cabecillas de la vanguardia o, en el peor de los casos, ensayando la fórmula del alquimista, para convertir el plomo literario en oro.
Debería escribirse contando con el mundo, contando el mundo, echándole cuento al mundo, haciendo recuento de los mundos posibles, pero sin tener en cuenta lo mundano.

21/12/06

Del nómada estelar (II).

"¿Le gusta nuestro búho?
¿Es artificial?
Por supuesto."

Rachael & Deckard

B.S.O. "Blade Runner": Love theme.



Escribimos porque somos una historia demasiado breve, un relato que otra inteligencia podría contarle alguna vez a los suyos, fabulando a partir de un indicio, puesto que no seremos mucho más que eso algún día. Anotamos la realidad y la ficción en renglones que apilamos como ladrillos, alzando un muro que nos salva poco a poco de la gélida sensación de desaparecer, levantando una pared en la que colgar el mapa de nuestra íntima verdad, no siempre verídica ni verosímil, pero cierta a nuestros ojos, para que las visitas conozcan al anfitrión y nosotros reconozcamos el reflejo. Hospedamos todos en nuestro seno una realidad parasitaria que nos posee y conduce, y a la que alimentamos con el placebo de la certidumbre, pero con la literatura y en la ficción buscamos el remedio para purgar esa inercia y vaciarnos, tratando de nombrar lo que queda de nosotros cuando dejamos de ser carnaza para el impostor. La vida se plagia a sí misma, es una autora mediocre que ensaya varios personajes en cada uno de nosotros, aunque la gran comedia nunca se completa. Algunos escribimos para no conformarnos con ese papel y versionar nuestra propia historia.
En verdad me hubiera gustado ser compositor, para hablar un lenguaje distinto, más pleno y menos trabado que el de las palabras, pero esa es la única arcilla que aciertan a trabajar estas torpes manos. Cambiaría todos los párrafos de una vida entera, palabras frágiles, prestadas, melifluas, vulnerables, caducas, barcazas horadadas de las que achicar siempre lo inefable, las cambiaría todas por haber recibido la gracia de la música, con la que poder bogar por todas las aguas sin temer un vuelco. Algún motivo oculto habrá para que sea esta, y no otra, la manera en que trato de compartir y sublimar el lance de estar vivo. No valdría de nada hacerlo al revés, urdiendo hueros artilugios y faenas eficientes para ganarse el pan, que no la vida, ya que toda esa retahíla de vanidades y artimañas no se distinguen en absoluto de las actividades diversas de cualquier mamífero. Es probable que el lenguaje sea el único patrimonio del que disponemos, y aún esto no está del todo claro, pero sí es palmario que a través de las palabras hacemos el mundo, lo interpretamos, y lo reinventamos a una velocidad vertiginosa, que rebasa a menudo a la lenta evolución de las ideas. No nos hace más eficaces que una hormiga o un delfín, puesto que ambos están perfectamente dotados para su parcela de realidad, aunque a la hormiga le resbale Kant y al delfín le sobren las palabras para entenderse con sus congéneres, pero sí nos hace genuinos. Cuestión de corteza cerebral, dicen, donde residen, precisamente, las habilidades del lenguaje, la capacidad de abstracción, la imaginación y la inventiva. ¿Será el arte, conjunción de todas ellas, el verdadero trazo distintivo del ser humano? Uno hubiera pensado de toda la vida que el amor podría ser el otro, el amor incondicional y abnegado que sacrifica el bien propio por el del prójimo, pero ciertas demostraciones científicas en torno a la bioquímica y la interacción de intereses de las relaciones humanas, así como abundantes ejemplos de sacrificio y entrega en el reino animal, han hecho tambalear esos cimientos y ahora sospecho que no hay faceta de nuestras vidas que, en nuestro radical antropocentrismo, no supongamos virtud y gracia exclusivas del más desarrollado de los primates. Sea como fuere, todo lo que de la esencia humana no se separe del instinto de supervivencia, pues, no es digno de mayor consideración que la reproducción del pingüino emperador o la migración de las grullas. No sé entonces por qué escribo, aunque me sirva para formular una y otra vez las paradojas de la existencia y las manifestaciones de la belleza, pero tengo muy claro que no escribiría una sola línea más si lo hiciera de un modo diferente según se quejaran mi estómago o mi bolsillo, ni una palabra más, si cambiase en algo el verbo por hacer fortuna un día y arruinarme al siguiente.

18/12/06

Del nómada estelar (I).

"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?
Eso es lo que significa ser un esclavo."

Roy Batty.

B.S.O. "Blade Runner": Main title.



Más allá de los turbios abismos que engullen la materia y ahondan los pozos del alma a los que se arroja la esperanza. Donde no hay más referencia que la incandescencia de los astros en la distancia ni otro piloto que un afán incombustible aferrado al timón de la nave. Más allá, donde un vértigo denso e inabarcable rodea a la percepción hasta desdibujarla en la locura y el horizonte es una esfera difusa en infinita expansión, en la que brillan a lo lejos, en todas direcciones, vagos destellos que aturden al navegante, como faros suspendidos en la yerma y helada inmensidad del espacio. Más allá, embarrancando la quilla de la nave en el resplandor fronterizo de todo lo que es, allí, por fin, allende la más absoluta soledad, donde ningún ser humano ha soñado llegar jamás, al albor de nuevos mundos, prístinos e intactos. Allí también llevará el último nómada su don y su condena, porque cualquiera que sea la sombra o el fulgor del que nace, hay en la condición humana un anhelo ancestral que impulsa a nuestra especie, para bien o para mal, desde su origen: la voluntad de dar un paso más.
Del otro extremo de nuestra naturaleza tira la conciencia sedentaria, aferrada a lo que ya conoce, asentada sobre los pilares de lo establecido. Y estas dos fuerzas se manifiestan en cada temor y cada sueño del género humano, condenándolo a las tinieblas o al caos cuando se rompe el equilibrio. En cada grupo se dan siempre el grueso imprescindible de quienes transmiten y perpetúan la tradición y la minoría en la que se despierta el instinto explorador, el sujeto al que una voz interior parece sugerirle siempre la posibilidad de una realidad distinta. También cada persona lleva consigo esos dos atributos de una misma identidad, que se necesitan, y por eso el genio y la imaginación deben tomar impulso desde la reflexión para darle a un sueño la categoría de destino. Por eso mismo una sociedad se enquista y degrada si permanece demasiado tiempo en la endogamia, ideológica, cultural, estética, y sobre todo, moralizante. Una utopía veleidosa o una quimera hecha dogma pueden arrastrar a los pueblos al absurdo o la barbarie, pero una sociedad anquilosada en sí misma, demasiado satisfecha, cebada y adormecida por un bienestar que no se preocupa del buen ser, está condenada sin remedio a la extinción. Esa es la dualidad del nómada y el campesino, la del astronauta y el capataz, la del artista y el artesano, y allá donde haga pie el ser humano se repetirán siempre los mismos conflictos y las mismas venturas.
Pero un buen día, el irrevocable, porque todo es perecedero, para cuando este planeta cierre su párpado azul, y el menor de sus hijos expire sobre la faz de la Tierra, cesará la cuenta de todas las anécdotas, tragedias y hazañas de la Historia, se evaporará el rastro de todas las pasiones, andanzas y bajezas de cada existencia privada, y todos los hallazgos, logros y crímenes del homo sapiens prescribirán. Y en el crepúsculo de ese día, cuando la leyenda del mundo se diluya, computada como efímera gota en el mar antiguo de la Creación, las glorias de la posteridad caerán de su peana y se disiparán eternamente en el polvo sideral, como murmullo de aves de invierno que se desvanece en el viento.
¿Qué quedará entonces como testigo de nuestro paso por el cosmos? ¿Qué importa pues labrar un nombre en el panteón de los ilustres? ¿Acaso no resultan absurdas la soberbia y la obsesión por perdurar? El tiempo que se nos ha dado es demasiado precioso como para derrocharlo en la mediocridad, porque una vida vale lo que resplandezca su instante más hermoso. Quién sabe, tal vez permanezca algún resto de nuestro naufragio, flotando a la deriva en el vacío exterior. Sería hermoso dibujar una onda sutil en la quietud del firmamento, mientras nuestra existencia se hunde en el lago del olvido, quizás el eco de una pieza de Mozart como fondo del silencio, un pedazo del David de Miguel Ángel o un fragmento de la Gran Pirámide convertidos en cometa, para que cualquier alienígena pida un deseo, o tal vez una ligera resonancia, la vibración diseminada de todos los amores ciertos que en el mundo han sido, como la aureola de una estrella extinguida. Sería terrible pensar que alguna vez otra civilización pudiera encontrar un vestigio miserable de nuestra especie, varado en su órbita como morralla, fuera la torreta de un tanque, una silla eléctrica o el chirriante envase de una hamburguesa.

27/10/06

Ángel Zapata no existe (y II).

Jacques Brel: J'arrive.



“Una gota de agua sube los peldaños de la escalera. ¿La oyes?”
Dino Buzzati.



Diástole



Ni por un momento se me ha pasado por la cabeza abrir el sobre marrón. Hace ya un par de semanas que estoy de vuelta en Madrid, y ahí sigue, barajado con otros cuadernos y manuscritos, como si fuera una camisa más en una maleta por deshacer. El otro día vino a casa un amigo, Héctor, estuvimos hablando del nuevo libro de relatos que acababa de publicar un colega suyo, y sólo cuando mi amigo ya se había marchado y estaba echándole un vistazo a la contraportada del libro (me lo prestó), caí en la cuenta de que durante toda la charla había estado plantando mi culo encima del sobre marrón. Desde luego, mi subconsciente no tiene mucho más aprecio que yo por ese original. Lo aparté, como si hubiera estado aplastando cualquier cojín, con el desdén de un jugador de póquer que arroja al tapete las cartas y pasa de una mala mano, y abrí al azar “La vida ausente”.
No quisiera empezar a mentir tan pronto, porque la verdad es que fueron cierta coincidencia personal en el título de un cuento y su brevedad, sonsacada al índice, lo que hizo que comenzara por “Belvedere”. Y entonces fueron el niño serrucho y la severa política de precios de ciertas corporaciones de tranvías los que me llevaron a otro cuento. Y de este caí a otro, del que saltó una astilla que me perforó la frente, y después a otro, con el que tragué agua de mar y acabé por vomitar toda la espuma acumulada por años de naufragios. La literatura en estado puro es un potente astringente, y una vez purgado el estómago, con ese hervor placentero de los ojos agotados por las convulsiones, uno está preparado para percibir la esencia de las cosas, y llega a ser una especie de cuenco vacío, en el que resuena límpidamente el toque del metal. Releí varias veces el libro, desde el principio. Y el zumbido siguió ahí, sin estridencias pero con la inaudita persistencia de la gota cavernaria, horadando el blando suelo en el que habían hecho pie la incertidumbre y la sed. Tenía que conocer a ese domador de centauros. Tiré de ciertos hilos, bueno, para qué exagerar, de la manga ancha de mi amigo Héctor, y concerté la versión más espontánea y menos sacra del encuentro, un café, con el autor.
Hoy es el día.
Espero sentado junto a la ventana del primer piso, levantando un muro invisible, si es que se pueden apilar ladrillos poniendo cara de exprimidor, entre mi espacio vital y los abuelos que discuten al fondo del café, a hostias con la mesa y las diminutas lápidas del dominó, como si en la partida les fuera el último aliento. El Comercial es una versión proletaria de otros cafés más reputados, no tiene esos ademanes de vieja dama de las bambalinas, del brazo de algún anarquista enfundado en traje de alpaca, pero tiene la suficiente clase como para no imaginármelo como un loro en sus comienzos. Por Cuatro Caminos quedaba el Metropolitano de “La vida ausente”, y por allí también el lugar donde antaño Machado pasaba las tardes con una mujer, deshaciendo el azucarillo del amor en el café, licuando hasta la tinta la añoranza para un epistolario inmenso del que hoy apenas se conservan unos retales.
Otro sello bíblico de la partida y me despiertan de la evocación. Jodidas fichas. Llega el camarero con el cortado y me planta la tacilla y el plato como un seis doble. Una cosa es el ambiente de los cafés, como mar de fondo, y otra muy distinta el ruido ajeno, como mazazo insolente en la madrugada.
Rebaño el cristal de la ventana con la manga de la camisa y me evado. Ha llovido hace un rato. El otoño en Madrid no es el cuadro impresionista de Vermont, pero desde aquí veo las copas de los plátanos, y en su discreta militancia urbana quiero ver un retazo de paisaje y una infusión de recuerdo. El “otro” que dice Zapata tomaba té con leche en el Metropolitano, y me pregunto si seguirá haciéndolo. Al “yo” que digo ahora le gustaría decirle a Zapata que de adolescente, cuando era un verdadero loro (me queda la vida para labrarme otras alas, y lavarme la boca), también bogaba a la deriva entre conversaciones alquitranadas, de hombrecillos con cuerpo de botellín. Que mi cuarto también daba a un patio, como dan todas las celdas de frenopático, aunque uno intente sobrellevar su locura en familia, y a veces antepusiera el delirio de sus amantes celadores, tan sabios que daba miedo, a su propio sueño. Sí, uno también se ha ido quedando solo, creciendo, gastándose, como si la vida le fuera lijando la expectativa, aunque no tuvo la suerte de tener tan claras las cosas, aún con sus travesías del desierto, aún con el desengaño y los poemas garbanceros. Mi cuarto era el taller de mi padre y yo su arcilla, y mi cama hundía su cabecero en una inmensa estantería, llena de libros de texto con la letra del hermano mayor, reciclajes de otras bibliotecas parientes, promociones de cajas de ahorros y la minúscula disidencia que conseguía ilustrar con esporádicas expediciones al mercado de Sant Antoni, que hubieran sido constantes de haber arramblado con más monedas de la madrina o haberme atrevido a robar libros alguna vez. En mi casa no leía nadie, no sé de qué ancestro heredé el ansia. Sobre mi almohada, encajonada en el mueble, se formaba una especie de portal, y así, también convaleciente, viajaba yo con alas de tapa dura, tendido bajo el marco de madera de una pretensión paterna, cualquier carrera de provecho, se entiende, ebrio y tumbado, como cualquier mendigo arrinconado por la sensatez del prójimo en el soportal del sentido común.
En fin, uno vaciló demasiado entre el dibujo y la rebeldía, entre las letras y el rencor, ensayó vocaciones, y acabó extraviándose, de tanto impulso que tomó para huir de aquél lugar. Por eso he andado perdido más de diez años, como un nómada aturdido en una estepa de cuatro paredes, con la hierba rala de un mantel de hule. Sonámbulo, idiota, sin hacérmelo, pero idiota, como si la adolescencia tardía fuese la recaída de una extraña enfermedad, y no recordase mi cadáver exquisito ni redescubriera en el horizonte la vaga silueta de mi propia isla a lo lejos hasta pasados los treinta, porque el precipicio que sorteó mi huida era demasiado hondo, y ofuscado por la embriaguez del vuelo libre, olvidé ponerle rumbo a la deserción, como un albatros perdido. Y así planeo aún, buscando mi propia genealogía, mi propia región donde habitar, reavivando una llama que durante demasiado tiempo logró sobrevivir a duras penas en los rescoldos. A veces encuentro esa patria entre los libros, a veces en otra piel, casi nunca en mis raíces. Me importa un cuerno si Zapata ha escrito ese primer relato para soliviantar a los incrédulos, para achantar a los ortodoxos o confundir a los ilusos, como yo, pero le agradezco haber puesto en negro sobre blanco tantas cosas que uno hubiera querido decir tantas veces con más lucidez y menor espesura.
Otra vez el puñetero mazo de los pensionistas. Me imagino que sus sentencias deben sonar igual que los aldabonazos de esas piezas sobre la mesa, como paladas de tierra dura sobre el féretro, si es que tienen algún hijo o nieto que también haya tenido la desfachatez de creerse artista. Su sueño quedará sepultado bajo esos juiciosos terrones, si no es lo bastante audaz o inconsciente para sacudírselos de encima. ¿Dónde te has metido, Zapata? Llevo décadas esperándote en este café.
Veo las calles que parten desde la Glorieta de Bilbao, la huella empapada de algún pájaro prehistórico, y vuelve la lluvia a amortiguar los coágulos del tránsito, a ahogar la murga de los coches como balde de agua que anegara un hormiguero. La gente camina como un batallón de sonámbulos desarmados, como llevados de la frente por un tirador invisible que urga en los cajones, uncidos por la rutina y azuzados por la prisa. He olvidado qué vine a hacer aquí, a quién espero, qué pretendo. Sólo miro un trozo de Madrid en salazón desde el borde del frasco.
Ahí llega, por fin.
Zapata cruza la calle con un enorme bloque de hielo cargado a la espalda, llevándolo como un irreductible galo llevaría un menhir, con pantalón a rayas, poniendo cara de Sam Shepard y frunciendo el ceño como quien otea la estepa. Parece que escudriñara el cielo en busca de algún bombardero y desde luego la lluvia no va con él, pienso, justo antes de perderle de vista. En unos segundos estará aquí arriba.
Un té con leche y otro cortado. Sí, llévese esto, por favor.
La mano, nombramos a Héctor, le ayudo con la mochila, no hay ceremonias ni protocolo, no somos emisarios de países extranjeros, le reconozco, me tolera.
Coloca el bloque de hielo con cuidado en el asiento de al lado y se frota la cara con las manos ateridas. La mole parece una de esas destrales de sílex pero a escala ciclópea, tallada en mil muescas y con la forma de una lágrima alargada. Alberga reflejos de abismo en la base y de glaciares antárticos en el corazón del óvalo, como ámbar azul que preservara algún secreto primigenio, y el vértice recuerda al piramidión de nácar de un obelisco exiliado en París. Es como un iceberg aéreo, denso pero delicado a la vez, rotundo pero translúcido. Zapata también tiene algo de iceberg, es capaz de rasgar bajo la línea de flotación y hundir navíos, y no se deja ver a la primera, pero tampoco se esconde si te sumerges. Hablamos. Tanto rato que la ventana parece la de un tren y la calle una sucesión indefinida de postes o llanuras inundadas que se suceden. Podríamos estar perfectamente en el Transiberiano.
De nuevo el martillo, los jubilados, la partida, y la locomotora frena en seco. No hay conversación que remonte el vuelo después de un aterrizaje forzado. No hay billete de vuelta para un instante eléctrico. Pero no son los abuelos, no es el dominó. De repente un tipo con la corbata vuelta sobre un hombro, aporrea la mesa con un paraguas.
-Os encontré.
En la acción no hay posibilidad de trascendencia, simplemente los hechos obedecen a cierta ley de la gravedad, y caen sobre los hombres. Después los interpretan como pueden. El caso es que apenas me di cuenta del golpe en la nuca, ni de la coreografía de la violencia, sólo recuerdo el olor del paraguas mojado, un fogonazo en el que Zapata levanta las manos hacia dos tipos, y el sonido abombado de lo que creí era el bloque de hielo cayendo de la silla.
Después de eso, media hora, una hora, quizá más, y despierto con la sensación de tener dos garfios tirando de mi occipital hasta rasgarme más allá del hueso. El dolor bombea desde atrás hasta empujarme los pómulos contra los ojos. Pero no hay más, creo, estoy sentado en el suelo y maniatado. Parece un vestuario sin duchas, una habitación húmeda, cúbica, de azulejos mugrientos, y con un ventanuco que parece dar a una acera, porque se oye rumor de tráfico cercano.
Tienen a Zapata sentado en un banco de listones de madera, como de gimnasio, parece bastante entero, mantiene la cabeza erguida y le han esposado con las manos apoyadas sobre una mesa. Juraría que es la misma que la del café. Está desnudo de cintura hacia arriba, y puedo ver varios moratones en su espalda. No pueden ser de ahora, tal vez se deban al menhir de hielo, pero son muy extraños, casi como si se movieran, ligeros como una sombra. Debo estar alucinando, pero cuando Zapata oscila o se duele de algo le siguen sutilmente, como si fuesen rémoras o algas adosadas a la quilla de un barco.
El tipo de la corbata desubicada sopesa el paraguas contra la palma de su mano, rítmicamente, con aire de antidisturbios. Está de pie delante de Zapata y no deja de hablar. No es un interrogatorio, no quiere saber nada ni escuchar a los rehenes, me ignora por completo y sigue hablando, con una voz que parece venir de algún lugar por encima del tipo, ya que apenas expresa emoción en su rostro. Sólo habla sin cesar. Al cabo de un rato parece el estruendo de una turbina o el traqueteo de una caldera vieja. Zapata me mira un segundo y me señala un rincón con las cejas. El bloque de hielo está apoyado en una esquina, vuelto del revés, y ahora puedo ver que está totalmente liso y pulido por un lado, y en ese espejo helado se refleja inclinada la silueta turbia del tipo de la corbata colgada del hombro y el paraguas.
-Zapata, Zapata… suena a un mural de Diego Rivera, a sedicioso con mostacho, Me suena a calzar una puerta o a un frenazo. ¿Quién demonios te has creído? ¿Te crees que no cierra bien, nuestra puerta? ¿Le buscas alguna grieta? ¿No te gusta cómo llevamos este barco?
El tipo le apunta con el paraguas mientras entrecierra los ojos y agrieta los labios.
-Tú… primero te pones realista, ortodoxo, luego juegas un poco y después dejas la cuña ahí, sí, tú, no lo niegues, tú has escrito “La vida ausente” para tocarnos los huevos. Luego vienen almas de cántaro como ese de ahí –y el tipo me señaló con el paraguas y un gesto rápido de la frente que hizo caer del hombro la corbata- y se creen que pueden inventarse algo, esperar otra cosa. Pues enteraros los dos, las cosas son como son, y están bien así. Y queremos que sigan así…
Intento mirarle a los ojos, pero es imposible, no puede ser el mismo tipo de Vermont, no lo es en absoluto. Se siente retado y se acerca a mí, impostando el paso, como un fiscal.
-¿No te gustaba tu librito, verdad? ¿Crees que podrás hacer algo con él? Deberías haberlo dejado donde estaba, para que nadie perdiera nunca el tiempo con nimiedades.
Es imposible, no puede ser él.
-¿De qué demonios habla? –le escupo, tratando de levantarme- Usted no puede ser...
-Oh, sí, hay muchos como yo, no te preocupes, el mundo nos necesita y estamos en todas partes. No importa quién, ni cómo, pero el mundo es un lugar más seguro porque le damos a la gente lo que quiere, y la mantenemos ocupada con la esperanza, y la fe, y pequeñas porciones de ocio que les disfrazamos de libertad. Unos la leéis, otros se hacen banderas con ella, con estrellitas, con coronas, con pajaritos, o con el martillo y la hoz. La corrección política ha resultado ser nuestro mejor bozal para la jauría.
-No entiendo una mierda de lo que dice; oiga, yo con la hoz me rebano las pelotas, y me importa un huevo la corrección política. Céline era un hijo de perra que sabía escribir, y Pound mezclaba Confucio y Mussolini, pero era un poeta cojonudo. Yo sólo sé que fui a Burlington a por mi libro porque no me gusta, eso es todo. Y no le tengo miedo, maldito cuervo –empieza a resultarme un esfuerzo agotador mantener mi cabeza en su sitio. El tipo se ríe, me da la espalda y vuelve con el mismo paso, arrastrando levemente los talones, hacia Zapata.
- Vaya con este hijo ilegítimo de Breton, “La vida ausente”, un cuento por aquí, un juego absurdo por allá, pamplinas surrealistas, de repente una metáfora como “los cometas surcaban el cielo como anguilas de fósforo”, y vuelta al absurdo, al sinsentido, y luego una sesión de taller de cuento con totos los campos semánticos y su soledad marinera, y para colmo unos poemas que no se atreven a asomarse al acantilado, menudo elemento. ¡Surrealismo, bah!
-¿Se acuerda de Louis Aragon?
-¿Qué dices? –se vuelve hacia mí como accionado por un resorte.
-Sí, Aragon, usando el surrealismo y a la vez discrepando, eludiendo a los nazis y a sus cachorros de Vichy, casi suicida por amor hasta encontrar a su musa, un loco adorable, ¿verdad? Un disidente de Breton, pero ahí tiene, cuando le juzgaron, ahí estaban los demás, surrealistas o no, para apoyarle.
-¿Qué diablos me cuentas, insecto? ¿Quieres darme clases de algo?
-No, ni puedo ni quiero, pero sólo digo que…
-No tienes ni idea –me corta en seco.
-Sólo digo que hoy, que ahora toca algo parecido, unirse en la resistencia. Y que Zapata hace como Chéjov, te planta delante el espejo, ese bloque de hielo, limpio y cortante, que carga a la espalda y en el que todos los que vamos detrás nos reflejamos. Te lo planta delante y eres tú el que se siente alienado o conforme, rebelado o sumiso. Muestra lo que no es bello, ni deseable, ni lírico, pero no niega la belleza ni el deseo. No le busque sentido a todo, los humanos no somos un puzzle, y lo absurdo también es parte de nosotros.
Me cuesta respirar, estoy exhausto, he de tomar aire, recobrar fuelle, y mientras, el tipo de la corbata torcida tiene los brazos caídos como un peso muerto, y el paraguas le roza la rodilla, y leo temor en su quietud. Y dice quedamente:
-No sois más que un puñado de ilusos que nunca está contento con lo que tiene.
-Exacto. Gente como usted mantiene el eje en su sitio y el agua estancada, y otros se mueven del centro hacia fuera y hacen olas. Así es el mundo. Aún no estamos muertos, pero usted ya lo está desde hace mucho. Es sólo un instrumento y no lo sabe, o lo que es peor, no le importa.
-¿Y qué demonios eres tú?
-Alguien que toca. Sólo alguien que busca una nota.
-Alguien que prefiere otro racimo de uvas –añade por sorpresa Zapata.
Y de repente, como por un hechizo imposible, la masa opaca de Ángel Zapata se expande y se convierte en una nube de vilanos, con el estallido súbito de una palmera de fuegos vegetales, que se va colando al exterior y desapareciendo por el ventanuco de aquella sala. El tipo de la corbata rota se queda en un rincón, acuclillado y calado hasta los huesos por el enrome charco en que se ha convertido ya el bloque de hielo, tiritando y desquiciado, tratando de guarecerse de algo bajo su paraguas, abierto en la esquina de una sucia estancia.
Yo no tengo ni idea de cómo he conseguido salir de allí abajo, sólo sé que ahora mismo estoy caminando por la calle Fuencarral, con un terrible dolor de cabeza. La muchedumbre, diligente, dile galeotes, sigue yendo a cualquier lado con una Victoria de Samotracia de plomo soldada en la frente, como si fueran Rolls Royce de carne y hueso o un sarcófago de faraón con rueditas, con la momia acartonada por dentro. Poco a poco, va llegando de algún sitio una música de feria ambulante, y algunas personas, apenas un puñado de locos, tratan de atrapar esa miríada de vilanos que ahora flotan por todas partes, para soplarlos entre sus dedos y pedir un deseo. Y no sé por qué, pero me va ganando la certeza de que voy a tirar ese maldito sobre marrón que me llevé de la Brautigan y escribiré un libro nuevo. Me espera la soledad, pero estoy seguro de que nada de lo que me ha pasado estas semanas habrá sido en vano. Ángel Zapata no existe, sólo es una bandada de vilanos surcando el cielo, o una isla de hielo a contracorriente, pero me temo que tiene la culpa de todo esto.


.........


   La intimidad con que nos afecta la obra de arte es, a la vez, estremecimiento y desmoronamiento de lo familiar. No es sólo el “eso eres tú” que redescubre en un horror alegre y terrible. También nos dice: ‘’Cambia tu vida’’.
(Ángel Zapata cita a H. G. Gadamer
en “El vacío y el centro”, Fuentetaja, Madrid, 2002).


Migración nº3:
   Dime una cosa: ¿con qué abrochas un día a otro día? Para los esquimales –lo he leído en un libro- los días son tan frágiles como arpones de hielo. Los días, para mí, son cigüeñas de sal anidando a la orilla de un lago. Cuando eras niña, hablabas en secreto el idioma del frío. No me beses para que me calle. Respóndeme.
(pág.62 de “La vida ausente”, Ángel Zapata,
Páginas de Espuma, Madrid 2006).


(En el texto figuran en cursiva los hallazgos propios de Zapata, transplantados a este esqueje).

24/10/06

Ángel Zapata no existe (I).

Jacques Brel: Le plat pays.



Sístole.


En pocos lugares debe ser tan hermoso el otoño como en Vermont, y sospecho que, por mucho que viaje, costará que me abandone ese presentimiento. No he conocido todos los otoños del mundo, pero, a pesar de los hechos, sigo recordando aquél viaje con la mirada extraviada del que dejó lo mejor de su existencia en algún remoto lugar, en algún pasado de descubrimiento feliz y bolsillos vacíos. Había renunciado al avión, y decidí cruzar el estado por tierra, sin prisas, dándole tiempo al paisaje para vestirse y un par de días a mis expectativas para asentarse. Saborear la espera augura un placer mayor cuando acercamos despacio los dedos a un deseo, aunque en este caso se trataba más de necesidad y voluntad que de mero hedonismo. Iba en busca de algo que iba a cambiar mi vida.
Todo lo adormilado que puede sostener estar alguien al volante, conducía el coche de alquiler por carreteras de grafito y tiza, lisas y perfectas. En la radio sonaba música francesa, pero sólo funcionaba un altavoz, y la canción parecía salir de algún cajón, como de algún rincón imposible de atisbar en una habitación a oscuras. Casi sin manejar, casi llevado por el sopor del cambio automático, me esforzaba por enderezar la columna en el respaldo y repasar mentalmente la ruta de regreso, pero el camino se deshacía a mis espaldas, mientras se sucedían los bosques en nubes de colores desvaídos, como una neblina de hojas que variara del vino al ámbar, y las casas de madera blanquecina, diseminadas por el paisaje, parecían almohadones desperdigados en un mullido edredón de tonos ocres. Las horas y las millas se iban difuminando, mientras avanzaba hacia mi destino con la inevitable inercia de un sonámbulo. Ahora que todo ha pasado, aún me parece increíble que aquella placidez fuera a resultar el germen de lo que iba a suceder semanas después.
Llegué a Burlington a última hora de una tibia tarde de lunes, cuando el crepúsculo cerraba ya los párpados y acababa de volcar un breve aguacero que barnizó las aceras de un negro brillante. Dejé el coche cerca de la estación y continué a pie entre dos filas de álamos, dejando que el aire humedecido me desperezara un poco, respirando aquella mezcla de hojarasca y ladrillo mojado, como si el paisaje hubiera decidido contagiarle cierta soledad benigna a la ciudad, con esa lluvia reciente. La lluvia es un recordatorio del cielo, que desordena un poco las ciudades y confunde el paso de la gente, para decirnos que aún no hemos logrado asfaltar toda la tierra. Por la calle no transitaban más que algunos jirones de viento, y un paraguas a punto de doblarse, del que asomaban un tipo y su despendolada corbata, tentando el cielo sin decidirse a cerrarlo.
Contemplé un buen rato el letrero desde la otra acera, satisfecho, “Brautigan Library”, y me acerqué, cruzándome con el tipo de la corbata agitada, que me miró algo contrariado, como si le hubiera pillado intentando levantar las faldas de un paraguas. Cuando entré en el local, la puerta no hizo sonar ninguno de esos viejos colgantes metálicos, de esos que dejan un eco menguante de sonajero, ni surgió tras el mostrador ningún amable dependiente dispuesto a atenderme, ni cambió el mismo silencio resbaladizo del exterior. La librería, que en realidad era una peculiar biblioteca, no lo parecía, y me aseguré a mí mismo que no me había equivocado de dirección, porque estaba vacía, casi en penumbra, con la luz justa de un par de lámparas de pared, un flexo apagado sobre un velador, y un sillón de piel marrón en el que flotaba un tenue reflejo, todo con cierta atmósfera de dormitorio en mudanzas. Como quien entra en un cuarto que no es el suyo, medí mis pasos a punto de enfocar al techo un saludo interrogante, cuando otros pasos delataron la presencia de una escalera al fondo, y una voz descendió aún antes que su dueño.
-Ha tardado usted un poco.
-¿Eh? Sí, es verdad, ya ve, al final he venido en coche.
Se aproximó haciendo crepitar las tablas del suelo, con el paso de un médico que ya ha dejado al enfermo a salvo en su lecho, y sin mirarme directamente, se acercó hasta que pude oler las manchas de cola blanca de los puños de su camisa.
-Bueno, qué más da el día, lo que importa es que ha llegado antes de cerrar.
-Sí, por poco –dije mientras doblaba la chaqueta sobre el antebrazo, servil por un segundo, disculpándome.
-¿Seguro que quiere llevárselo?
-Claro, no iba a cambiar de idea a estas alturas.
-¿Le pasó algo a su avión?
-¿Cómo? ¿El avión? No, nada. Sólo que a última hora decidí hacer el viaje por carretera. ¿Por qué lo dice?
-Nada, hombre. Nunca se sabe, ya ve, al final ha venido usted en coche. También podría dejar aquí el libro. Nunca se sabe.
-Bueno, creo que eso lo tengo bastante claro.
-En fin, se lo tengo preparado ahí arriba, déme un minuto.
Esbocé una sonrisa de entrevista y después me quedé observando los talones de las botas de aquél hombre, mientras subía la escalera. Tal vez mis ojos se habían acostumbrado en un minuto, tal vez aquél hombre se había bajado del primer piso un halo de luz láctea pegado a la camisa, pero el caso es que ahora apreciaba mejor los anaqueles de las paredes. Todos los libros eran iguales, negros, sobrios, con una tira blanca en el lomo y el título en letras de imprenta. Podría haber entrado en un almacén de bobinas o en una oficina, y no hubiera notado mucha diferencia en los estantes. Nada que ver con ese puzzle abigarrado y sorprendente que componen los libros en cualquier librería del mundo, viejos, plásticos, menudos, enormes, de tapa dura, con cubierta satinada o de pálidos lomos reblandecidos, pesados y pulidos como una losa o frágiles y quebradizos, como las nervaduras de una hoja muerta. Allí todos los libros parecían el mismo, y acaso no hubiera lugar en el que fueran tan distintos unos de otros. Ahí estaba el secreto, en dejar que fueran el título y casi el azar los que pescaran algún lector errante. El sonido ahogado de las botas en los escalones me advirtió esta vez a tiempo, y apoyé las manos en el mostrador, con los brazos separados, impaciente, mientras aquél hombre caminaba hacia mí usando el libro de bandeja para otros papeles. Se había limpiado los puños de la camisa, lo que le agradecí en secreto, pero el olor a cola seguía fresco, mezclado con la madera de las paredes, un aroma a trozo de bosque recién llovido y hongos. Revisaba ahora unas fichas, anotaba algo en silencio, y adelgazaba los labios en una curva pegada a la nariz, expirando y examinando, como si ambas acciones fueran la misma cosa. Mientras volteaba el libro y fruncía el ceño para leer algo, me dijo:
-Podría usted haber dejado aquí más tiempo su libro, nunca se sabe.
-Creo que ya hablamos de eso por correo, no estoy contento con él.
-Nunca están contentos.
-Pero se los dejan.
-Sí, eso es, en este fondo se dejan los libros que nadie quiere publicar, se depositan para que cualquiera pueda leerlos, o para que otro los descubra de repente un día y se los lleve, y entonces…
-Tal vez ese día siempre pase de largo –le interrumpí.
-Nunca se sabe, pero tiene usted razón, aquí hay libros que se quedan años, aunque, a veces, algún merodeador cae en ellos, y parece que hubiera estado toda la vida esperando que alguien los escribiera, y se pregunta cómo fue posible que pasaran desapercibidos, y los publican y hasta hacen alguna película.
-Oiga, dígame una cosa, ¿cómo ha sabido que era yo? Aún no me había visto cuando empezó a hablarme desde la escalera.
-Mire, casi nadie viene aquí a llevarse un libro que no sea de otro. Le esperaba el sábado, pero como no vino, supuse que se habría arrepentido. La verdad es que le he visto desde la ventana del primer piso, mirándose mucho la fachada. Es usted igual que en la foto. Y se mueve como me lo había imaginado, distraído pero sin detenerse.
-Ya... –dije en voz baja buscándome las manos con la mirada.
-No se preocupe, espero que le sirva de algo todo esto. Si usted cree que es mejor así, hágalo.
-Eso intento. Verá, tengo un poco de prisa, tenía pensado regresar esta misma noche.
-Claro, claro, descuide. Aunque no le aconsejo la paliza de hacerse tantas millas seguidas. ¿Por qué no hace noche en Burlington?
-Aún no es muy tarde, puedo adelantar un buen trecho hasta que me canse, ya pararé por ahí.
-Parece usted marcharse con demasiada prisa, y sin embargo se ha tomado su tiempo para venir, en coche.
-No me gustan demasiado los aviones -me cambié la chaqueta de brazo, dudé un poco y me atreví- ni los caminos de vuelta, siempre procuro comprar sólo el billete de ida –sabía que aquél hombre me escuchaba, pero seguía anotando algo en sus papeles, sin mirarme-, además, para una vez que estoy en Vermont, no quería verlo a toda prisa como una mancha verde y rojiza allá abajo, desde la ventanilla, ya sabe.
-Ha hecho usted muy bien, está precioso en esta época del año –dijo girando la cabeza y buscando algo con la vista más allá del cristal empañado de la ventana. Le imité y nos quedamos así unos instantes, mirando allá fuera y dibujando cada uno nuestra idea del paisaje.
-Querría preguntarle algo…
-Lo suficiente –exhaló aquél hombre, mezclado con una risa pectoral que se tragaba las palabras, aunque al tiempo las dotaba de una intensa gravedad.
-¿Cómo dice?
-Que he leído lo suficiente. Cuando alguna vez se acerca por aquí alguien como usted, que decide retirar su libro, o viene a saber si se han interesado por él, me pregunta lo mismo. Sí, he leído algunos capítulos de su libro.
-Es usted desconcertante, o tal vez conoce demasiado bien su trabajo.
-Puede.
-Bien -comencé a preguntarle en silencio, aún antes de hacerlo, cogiendo mi chaqueta por el cuello con las dos manos, manoseándola como un sombrero viejo- ¿Y qué le pareció?
-¿Puedo serle sincero?
-Desde luego, es lo único que me será de utilidad.
Levantó las cejas como si saltara sobre algún obstáculo, y moviendo una mano en vagos círculos a su lado, dijo:
-Bueno, la verdad es que escribe usted igual que se mueve.
Sonreí y asentí lentamente con la cabeza, mirándome el dorso de las manos y volviendo a enrollar de nuevo la chaqueta en mi antebrazo, era la crítica más inteligente que me habían hecho en mucho tiempo.
-Supongo que por eso no estoy contento, demasiadas distracciones.
-Mucho mejor, si acepta usted otras opiniones, saldrá ganando siempre. Pero no olvide seguir haciendo lo otro.
-¿El qué?
-No se detenga.
Me tendió un sobre de papel marrón con mi libro y encajamos las manos con firmeza, y por primera vez aquél hombre me miró a los ojos, sonriéndome. Me acompañó hasta la puerta, apagó las luces, y bajó la persiana hasta la mitad. Mientras yo bajaba el último peldaño de la entrada, me soltó desde atrás:
-Escríbame cuando lo termine.
-Descuide, lo haré.
Aún me giré una vez más antes de cruzar la calle, y vi a aquél hombre con los brazos en jarra y el rostro levantado, cerrados los ojos, concentrado en respirar el aire aún fresco y ya sin brisa de la calle. Retomé la alameda, y al cabo de un rato, llegando al aparcamiento de la estación, volví a cruzarme con el tipo del paraguas, que ahora lo sostenía cerrado con una mano, tomándolo por la mitad, con gesto severo, como si fuera un periódico mojado y buscara algún perro al que azuzar. No perdió de vista mis pasos, mientras permanecía de pie en una esquina y con toda la corbata sobresaliendo por encima del abrigo. De repente me di cuenta de que ya era noche cerrada, y por un segundo deseé tener un billete de avión.


............



(Segunda parte para el jueves tarde o la mañana del viernes; en todo caso antes de la presentación de "La vida ausente" -Ángel Zapata, Páginas de Espuma- en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el viernes 27 a las 19:30h).

Diástole en:

13/10/06

Me pregunto España.

Paco de Lucía: Entre dos aguas.



¿Y por qué no hoy? Quinientos catorce años y un día, como si fuera una condena penitenciaria de esas que luego quedan en agua de borrajas, cuando el matarife convicto sale de prisión en un puñado de años por buena conducta. Y en viernes trece, como una película de terror de segunda que ya no asusta de tantas veces vista. Al poeta le dolía España, aún antes de que su ausencia le consumiera. Este aprendiz se la cuestiona y resume la efeméride del jueves, imitando la engañosa asepsia del editorial, en el siguiente titular: “España celebró ayer su Fiesta Nacional, con el tradicional desfile de las Fuerzas Armadas por el Paseo de La Castellana de Madrid, y la presencia de Su Majestad el Rey y la familia Real al completo en el palco de autoridades”.

¿Y por qué aún hoy? Después de cerrar en falso la transición seguimos empleando maneras de ama de llaves, vetusta y renqueante, y la casa sigue oliendo a rancio. Todo el debate que se permite este país se queda en cuestiones superficiales de forma, en la trifulca parlamentaria y en el victimismo oportunista de unos y otros, según convenga, buscando el rédito electoral. Argucias de las que una y otra vez salen indemnes los comediantes. Toda la discrepancia que tolera el sistema queda en pancartas y bravatas, en grotescas máscaras prestadas para una ópera bufa de la que ya conocemos el desenlace. Ninguno. Qué más da si se alza alguna voz distinta en la sociedad o si en plena campaña asoman ideas fértiles, si sea cual fuere el resultado, al final toda disensión quedará desleída en la yerma y espesa ciénaga del aparato, en la que todos anhelan seguir flotando. El poeta no reconocería la fachada de España si levantara la cabeza, hasta que traspasara el umbral y comprobara que todo sigue como siempre. Este aprendiz apenas tiene respuestas, y a lo más que alcanza es a incomodarse, a guardarse en el buche la impotencia, una vez apartado del nido por los codos y jorobas emplumadas de la omnipresente caterva de prohombres. Próceres y pontífices de la envidia, la soberbia y el revanchismo, inventos todos que parecen tan españoles como la inquisición. Lo único que le queda al aprendiz, pues, es hacerse preguntas, arrojadas al vacío o a un rostro ya vuelto, indiferente y perezoso.

¿Y por qué así hoy? Tal vez porque el único modo de contagiarle cierto movimiento al conformista sea toserle cerca, incordiarle, obligarle a reajustar su postura en el sillón. La empresa es casi imposible, pero la tarea ineludible. Poco importa que el circunspecto se aferre a las orejas de su poltrona y cierre en banda las suyas, la fuerza de una voluntad está en el empeño y no en la perspectiva de éxito. Si uno logra ser constante, quién sabe lo que el eco es capaz de hacer con su goteo en las cavidades del prójimo. Por eso me pregunto España. Mi noción de patria tiene más que ver con la senda de mis ancestros y el rumor de sus voces que con las “glorias” de la historia oficial. Pero mucho más aún con la palabra justa y viva del otro, con la fraternidad de los que habitan esa misma región inefable en la que jamás me siento extranjero, un territorio invisible que se tiende entre aquellos que comparten y se alientan. Las banderas son meras anécdotas, y acabarán todas deshilachadas en el crepúsculo del tiempo, desmenuzando el viento las cenizas de aquellas falacias por las que dieron su vida millones de almas, o por las que otros “héroes” y salvapatrias se la arrebataron. Me siento catalán y español lo mismo que susceptible o narizón, por la mera conjunción de azar y causalidad que quiso reunir a mis padres y parirme en Barcelona. Si acaso tengo un cordón telúrico anclado en la tierra, hunde sus hebras en cualquier orilla mediterránea, pero me da la cuerda suficiente como para hollar todos los senderos sin notarme lejos de casa. Bendigo la herencia de dos lenguas, el privilegio de sentir sus resortes en mi interior cuando las leo, sin necesidad de traducir emociones. Pero siento que, cada vez que he encontrado miradas sinceras y he compartido la sed y el polvo del camino con ellas, he estrechado la mano de mis verdaderos compatriotas, aún hablaran otro idioma y vinieran del otro lado del mundo. Me he encontrado demasiadas veces con extraños, casi con alienígenas, en las antípodas de mi concepción de la existencia, aún entre mis vecinos, entre los acentos que jalean las mismas banderas con las que me encasillan los demás. La estrechez de miras de esas gentes me ha hecho sentir extranjero en mi propio barrio, haya sido este un retal de Barcelona o Madrid (llevo el último tercio de mis días en el foro). En la vida y en los libros hallé también a mis más íntimos compañeros de viaje, soberanos de sí mismos y partícipes de una república sin etiquetas que mora en el corazón humano.

¿Y por qué España, entonces? Quizás porque para pretender cambiar las cosas hay que empezar primero por lo que nos es cercano, así como lo cabal es adecentar antes la habitación, o reformar la casa, que salir a la calle a decirle a los demás cómo han de organizar el tránsito. Y por eso me pregunto España. Y me pregunto…

¿Por qué la parada militar? ¿Por qué conmemorar una fecha que en nada enorgullece a los pueblos expoliados? ¿Por qué no festejar el único patrimonio que tenemos en común a ambos lados del Atlántico, la lengua, con unos juegos florales, una conferencia de escritores o una fiesta de las artes? ¿Por qué lo que sigue definiendo la unidad del estado es una velada advertencia? ¿Por qué celebrar una efeméride que es heredera de una parte, del germen castellano, católico y centralista, y no tanto de las periferias?

¿Por qué estamos tan orgullosos de la tan traída y llevada transición, y aún la pregonamos como ejemplo ante otros, si el único mérito verdadero de esta fue el consenso en torno a lo agotado que estaba el país de confrontaciones y quebrantos? ¿Por qué confundimos el olvido con el perdón, y el pacto de silencio con el abrazo de la reconciliación, sin haber atajado la raíz del problema, si no hay reconciliación posible cuando las partes no han expuesto sus afrentas y reconocido sus faltas, y la división permanece enquistada, como larva durmiente a la espera de la crispación adecuada? ¿Por qué la transición no fue rupturista sino continuista? ¿Por qué la tabla rasa de entonces, la amnistía y el café para todos, promedio entre las presiones de unas voces y otras para salvaguardar ese consenso, sigue pareciendo hoy infranqueable? ¿Acaso no hemos madurado? ¿Por qué la Constitución ha cobrado esa especie de carácter sagrado, como de tabla mosaica, cuando no es más que un convenio temporal para regir la convivencia, condicionado por la época de su redacción, y los hay que se llevan las manos a la cabeza si se habla de reformarla? ¿Por qué sólo se escucha alguna tímida voz en ese sentido, cuando se plantea la sucesión al trono? ¿Por qué lo políticamente correcto les lleva a tantos a reclamar la igualdad de derechos entre géneros, en este caso, cuando la institución en sí misma parte de una desigualdad legalizada, que no legítima? ¿Por qué especulan sobre el sexo del futurible regente, cuando lo que cabría preguntarse es si debe reinar Felipe VI? ¿Es que hemos aceptado la vigencia de esta Constitución hasta el día del Juicio Final? ¿No es posible replantear el escenario en que queremos convivir? ¿No es más urgente hablar del futuro que nuestros hijos van a reprocharnos que del empleo vitalicio de alguien que aún está por venir? ¿Por qué se bromea con el “chunda chunda” del himno nacional y se sugiere una letra para poder tararear algo más que “lo lo lo” en los partidos de la selección, si no es más que una marcha militar (que acuda al “No-Do” quien lo dude) preconstitucional? ¿Por qué sospecho que el golpista que acabó con la imperfecta, pero legal y legítima IIª República, y que, tras la deliberada prolongación de la guerra de aniquilación fraticida, sumió al país en un atraso de décadas, se habrá congratulado desde ultratumba por haber dejado todo atado y bien atado, o al menos maniatado? ¿Por qué no hemos sido más audaces a la hora de reinventar nuestra sociedad, la que cae a mano sobre esta hierática cabeza del mapa de Europa? ¿Por qué hemos malogrado la oportunidad? ¿Por qué hacemos buena la particularidad de una institución por el comportamiento de su representante? ¿Por qué toda la moderación y campechanía del regente nos convence a casi todos de la bondad del sistema? ¿Por qué no acabamos la transición, y desfacemos el entuerto de lo que planeó en su día el dictador según “su” idea de España, y ponemos las cosas en su sitio, y agradecemos la dignidad, la lealtad y el sentido de estado que ha demostrado la monarquía, y le asignamos si hace falta una pensión en agradecimiento por los servicios prestados, sin acritud y con respeto, pero también sin titubeos?

¿Por qué se bendijo el tibio paso atrás de esta Constitución como si fuese un avance? ¿Por qué aún han de justificarse y exculparse de ”guerracivilistas” los que sólo piden dignidad, revisión de juicios sumarios, y reposo honorable de los restos de sus parientes que aún aguardan en fosas y cunetas?¿Por qué desde las filas de ese partido “centrista” llegan airadas protestas cuando se cuestiona la decencia del Valle de los Caídos? ¿Por qué en las de ese partido “progresista” surgen ampollas cuando se habla de Paracuellos? ¿Por qué no finiquitar de una buena vez la historia y honrar en paz a los muertos de ambos bandos? ¿Por qué creen aún algunos que ganaron o perdieron la guerra, si la perdimos todos con cuarenta años de ostracismo y el placebo de estas tres décadas de temores tutelados por la bonanza económica? ¿Tan seguros y rampantes estamos con nuestra democracia, que vamos poco a poco olvidando que bajo el mandato de un presidente, con o sin su consentimiento, pero desde luego bajo su responsabilidad, se organizó un comando antiterrorista para la guerra sucia, o que su sucesor mintió deliberadamente y, desoyendo la clamorosa voluntad de la calle, nos arrastró a una guerra ilegal, ilegítima e injusta en territorio extranjero, de la que el pueblo de Madrid no salió precisamente ileso, muy al contrario que el responsable, que por ahí va dando clases sin haber olido ni de lejos un tribunal o dado una explicación? ¿Por qué la democracia no se convierte en algo vivo e interactivo, y no en esta especie de usufructo desmedido de la voluntad popular, a la que sólo se agasaja una vez cada cuatro años, como a un octogenario del que sonsacar una firma? ¿Por qué hay que remover Roma con Santiago cada vez que urge plantear un referéndum? ¿Por qué no se consultó por escrito –de viva voz ya era palmaria- la voluntad de los ciudadanos ante la guerra de Irak, y sí se recogieron firmas para intentar censurar la resolución abrumadoramente mayoritaria de un parlamento autonómico (parlamento que por cierto también podría haber pulsado con antelación la opinión de los catalanes sobre la necesidad y el calado del nuevo estatuto, y no a posteriori)? ¿A santo de qué el cinismo atroz del líder de ese partido “centrista”, quien dijo que “a nadie se le ocurrió” plantear en su día la consulta sobre la guerra privada del señor Bush? ¿Por qué ese partido “progresista” no tanteó la opinión de la ciudadanía –de toda, pero cuanto menos de la vasca- antes de comenzar apresuradamente un necesario pero en extremo complejo “proceso de paz”?

¿Tan ufanos estamos de la presunta libertad de prensa y expresión en este país, cuando todo el emporio editorial y audiovisual está en manos de un reducidísimo grupo de potentados? ¿Tan libérrimos nos suponemos, tan dueños de nuestro pensamiento, cuando todo viene dado desde arriba y las voces disidentes quedan silenciadas, o en el mejor de los casos, marginadas y sin posibilidad real de llegar al cauce de información, con lo que eso supone para la verdad y el conocimiento, que quedan adulterados y por tanto lastran nuestra auténtica libertad de pensamiento? ¿Por qué, entonces, seguimos creyendo en bandos, y copiamos las reacciones a las que unos y otros nos predisponen cada vez que el adversario actúa –valga esto, y aquello de los próceres y pontífices, tanto para la política como para el mundillo cultural, del que secularmente España ha hecho una reyerta de mercenarios-? ¿Por qué, por ejemplo, una misma noticia que se produzca en Barcelona, puede leerse hasta de cuatro formas distintas, según el medio sea de ámbito local o estatal y según su orientación política –es decir, a conveniencia de los intereses del grupo empresarial propietario-?

¿Por qué no podemos, desde el presente y sin echar la vista atrás, cerrar con honestidad las heridas, cerrarlas, que ya es hora (o treinta años de democracia habrán resultado un cuento chino, si no han forjado demócratas audaces) y saldadas las cuentas con la ética, dotarnos de la menos imperfecta de las formas de gobierno? ¿Por qué no, si tampoco les va tan mal –que las habas que allá cuezan serán por otra cosa- a italianos, alemanes, irlandeses o a nuestros vecinos franceses y portugueses, por ejemplo? ¿Para qué la monarquía, si allá donde sigue vigente, como es el caso holandés, sueco, noruego o danés, apenas tiene una función simbólica? ¿No le bastaría a los cándidos y a los que tienen vocación de súbdito, seguir creyendo en los Reyes Magos, vestir a las niñas de princesa o un viaje a Disneylandia, para colmar esa trasnochada fantasía medieval? ¿De veras podemos hablar de progreso si seguimos sutilmente anclados en fórmulas decimonónicas? ¿Por qué no recoger firmas y hacer un referéndum en positivo y no contra nadie? ¿Cuánta gente apoyaría una república española para el siglo XXI, en la que cabrían todos los partidos, todas las opciones, y todas las miradas, en la justa y sana alternancia? ¿No será que somos incapaces de todo eso, y hasta nos amedrenta, porque estamos exactamente en el mismo lugar que hace treinta años, que es lo que sucede cuando se hacen las cosas a medias, como en esa odiosa cena familiar en la que el cuchillo trincha el asado y la tensión, y en la que nadie se atreve a agarrar al toro por los cuernos, dejando que todo se diluya en el murmullo de conversaciones banales y el silencio de los decepcionados?

En fin, todas estas no son más que preguntas sin importancia que se hace un aprendiz, en las páginas de su bitácora, desde el extrarradio de las letras, un rumor apenas audible en el tráfico diario. ¿A quién puede importarle? Al fin y al cabo, en España sólo se atiende a los galones de una firma y, lo que es aún peor, nunca importa de veras nada que no salga en la tele.

6/10/06

Ser otro.

“Si pudiera ser un indio, ahora mismo, y sobre un caballo a todo galope, con el cuerpo inclinado y suspendido en el aire, estremeciéndome sobre el suelo oscilante, hasta dejar las espuelas, pues no tenía espuelas, hasta tirar las riendas, pues no tenía riendas, y sólo viendo ante mí un paisaje como una pradera segada, ya sin el cuello y sin la cabeza del caballo.”

(“El deseo de ser un indio”, Franz Kafka).


Antonio Vivaldi: Concierto para laúd RV 425, Allegro.



Delegar honores en el escudero, calzarle el yelmo y hacer de Sancho mi testaferro en virtudes y hazañas, y marchar al destierro, lo más lejos posible de estas yermas planicies, a la ínsula Barataria o a cualquier otra en agua mora, para ser tan sólo Quijano, el librero del puerto.
Tocar el laúd a solas en un patio, bajo los naranjos, y esparcir la música por las callejuelas de la medina, como quien vierte un cubo de agua sobre las baldosas y revela cada surco, hasta que algún caminante se de por vencido y, apoyada la sien en el frescor de una tapia encalada, deje de buscar en el laberinto la fuente de esa melodía, y se siente a escucharla en la tarde umbría.
Ser diestro barquero en Srinagar, asomado a las cumbres nevadas de Cachemira desde el ventanal de mimbre de un hogar flotante. Gobernar con la pierna el remo de una canoa en el lago Inle, como equilibrista o bailarín en perpetua retirada. Fijar la mirada en los destellos dorados de la corriente, descalzo, plegado el cuerpo sobre las piernas, rodeándolas con los antebrazos, como un cormorán posado en la proa de la barcaza, mientras esta se deja arrastrar río abajo hacia el mercado del delta del Mekong.
Gitano trashumante en archipiélagos desconocidos, sobre una balsa de troncos, que hoy pueden ser nave y mañana cobertizo en cualquier playa, sin más tripulación que la sangre ni más bandera que el clan.
Ulises renegado de Ítaca, apátrida olvidado por todos, desaparecido más allá del borde del mundo conocido, a la deriva por los mares del sur, y llevando de timonel, vigía, contramaestre y concubina a una leva de sirenas, a las que seduje con mi silencio.
Viajero camino de la estación, atravesando al amanecer el inmenso burdel de los callejones de Pat Pong, saludando el insulto de la última prostituta con la moneda de una sonrisa austera, sorteando la discusión del borracho rezagado que tropieza con el repartidor, despidiéndome en silencio de un Bangkok mojado que también madruga, alejándome célibe y sereno, como un asceta cruzando los muros de Gomorra.
Registrarme en el hotel Raffles de Singapur, por última vez con el nombre de Humbert Humbert, como si el nombre prestado fuera ese odioso grito de quien reclama a los niños que se alejan demasiado de la orilla, mientras Lolita se pinta las uñas de los pies en el vestíbulo y deja que le suban las maletas, sin saber que esta misma noche conseguiré un nuevo pasaporte, una nueva identidad, y desapareceré con aquella señora del café, la que anoche hablaba de Conrad, mientras Lolita insistía en cambiarse de hotel. Sí, dejarla aquí mismo, harto de que nunca lea un maldito libro, harto del olor dulzón de sus labios, hastiado del timbre de su voz.
Sodomizar de una buena vez al joven Tadzio y dejarle dormido y roto en la cama, mientras olvido su nombre paseando por los silenciosos campi de Venecia, recuperando el sentido de lo relativo al descansar la mirada en la pintura gastada y tenue de las casas, dejando atrás las bellas fachadas nobiliarias de los canales y su hedor de agua estancada.
Cortesana iniciadora de la perfecta Friné en el arte de alcoba, ladrona de besos en las termas de Lesbos, musa y objeto erótico de Safo, gota de saliva preñada de deseo resbalando nómada por las nalgas de la doncella, oculta perversión homosensual de cualquier hembra rotunda y hermosa.
Violinista abstinente en San Petersburgo, torrero flautista en el faro de Cornualles, griot albino en la curva del Níger, bibliotecario ambulante en Guatemala, barítono retirado como guarda forestal en Patagonia, trampero apóstata en Alaska, viejo escribano en Samarkanda, vendedor de tiritas en Bagdad, maestro de marionetas en Kyoto, siniestro vegetariano en Transilvania, encuadernador bígamo en Praga, amante y refugio de una arqueóloga libanesa, puerta muda y respuesta impredecible para una mestiza argentina, atleta negro en los brazos de una pintora genovesa, secuestrador y combustible de una incendiaria bailarina flamenca, brigadista libertador de París.
Quasimodo abandonando su cuerpo maltrecho, estallando en una burbuja, elevándose sobre la isla de la Cité, dejando atrás las torres de Nôtre Dame, perdiendo de vista el punto borroso de París a sus pies, mientras cierra los ojos y los hombros oscuros de la gitana Esmeralda le rozan en un abrazo las mejillas. Camarero del bistrôt que presenciara el apretón de manos de Javert y Jean Valjean, cuando este salvara a aquél de sí mismo. El matón sin ánimo de lucro que le diera una paliza al tibio Frédéric Moreau o le rompiera las piernas al bastardo de Julien Sorel, y la aventura sexual jamás contada de Emma Bovary o Ana Karenina, ese orgasmo impúdico e impublicable que las salvara de las telarañas. Destino involuntario e inevitable de los extravíos de La Maga, entre el bullicio del Pont des Arts y la calma aldeana de la isla de Saint Louis. Profanador de silencios, a fuerza de besos wagnerianos, en la estación de Orsay, y cartero en bicicleta por los adoquines del Pére Lachaise, entregando certificados a los muertos.
Ese hijo de Aureliano Buendía del que nadie tuvo noticia, emigrado a Estocolmo y compositor de una sinfonía inspirada en las sagas islandesas. Capitán sarraceno de la marina mercante vaticana. Marlow manejando un trasbordador por los fiordos noruegos, guiado por el sol de medianoche, hacia el corazón del resplandor. Huckleberry Finn desembarcando en Manhattan y fundando un hospicio en Harlem.
Cochero dublinés que llevara al parque a Leopold y Molly Bloom, el diecisiete de junio, y desde entonces a diario, observando de reojo la manera en que vuelven a conocerse y rozarse las manos. Hans Castorp desertando a tiempo en la Gran Guerra y el brillante abogado de Fausto ganando el último pleito. Jardinero en Regent’s Park. Tabernero de Innisfree. Hijo pródigo y relojero infiltrado en Barcelona. Barbero que le escondiera las navajas a Van Gogh, mozo de almacén de Leonardo, casero incorregible de Mozart, feliz con su deuda.
Conductor a la fuga en Viena, tras atropellar a cierto cabo de minúsculo bigote y dejarlo agonizante en la calzada, mientras el ruido de otros automóviles ahoga sus maldiciones de profeta bíblico, antes de expirar. Mecánico negligente, ofuscado por el bochorno de julio, y a cargo del Dragon Rapide, responsable del sabotaje que le precipitara a un aterrizaje forzoso del que no hubiera supervivientes. Maquinista del teleférico en alguna ciudad del cono sur, en horario de madrugada, arrojando generales con tenebrosas gafas por el portón abierto al abismo.
Dueño de un hidroavión en Canadá, piloto de dirigibles en Londres, pescador en los cayos de Belice, conjurador de nubarrones en los bombardeos, obrero incompetente en una fábrica de cañones, carpintero en Karelia, jinete en Mongolia, centauro en las laderas del Parnaso, fauno superdotado en un internado femenino, pastor de ballenas en el Ártico, colega médico de un cuentista en el Mar Negro, piel roja en Little Big Horn.
Cualquier otredad, mientras me despojara de este áspero frac, que en nada me es útil, rodeado de pingüinos. Pero, sobre todo, que no volviera esa copa curvilínea y rebosante a pasar de largo por mi sed antigua. Si pudiera obviar la faja de lo opaco, si pudiera ser su vecino de mesa en el café, destinatario de su mirada, augurio de una conversación hechicera y trampolín estremecedor de esa vida que espera al otro lado de la “casualidad”, hasta olvidar el reparto, pues no había actores, hasta dejar atrás la literatura, pues no había palabras, y viendo ante mí un océano en el que diluirse, ya sin la sed y sin la cabeza del albatros.

4/10/06

Meme-nto.

Dedicado a mi amiga Dheniss, a quien le hubiera
pasado este "meme", si tuviera bitácora.
Feliz cumpleaños, china.

Detesto los encadenados virtuales, especialmente los que suele enviarte ese contacto de la agenda que jamás tiene tiempo de escribirte un puñetero correo, y en los que te auguran la excomunión o un herpes genital vitalicio si rompes la cadena, pero en los dos últimos que han propiciado sendas entradas, el motivo y el buen gusto justifican la excepción.
En fin, prosigo con el "meme musical", recibido de El síndrome Chéjov, bueno, más bien solicitado de refilón con pucheros (patético por mi parte), y que transmito (eh, que con mentar una o dos canciones por pregunta vale, no hace falta ser tan esdrújulo como yo) a Frag-mentos, Marea blanca, José Zinc, Insanity, Solvvinge y Marina (un altre cop?, doncs sí, qui millor que tú per dir quelcom amb cançons).
¿Que por qué a tanta gente? ¿Y por qué no? Este es un buen ejemplo de cómo un buen cuentista (Miguel Ángel) resulta conciso, y un presunto novelista (¿es a mí?) necesita contar toda la historia, porque preparando este "meme-nto" me he dado cuenta de que pocas veces había logrado narrar tan exactamente algunas cosas como con estas canciones. El resultado final de este autoretrato me deja tan en cueros, ante el observador (u oyente) sensible, que casi lo publico con una mano aferrada allá abajo. ¿Qué esperaban, que no convirtiera lo previsible en otra cosa? Cómo se nota que cada vez me lee menos gente. Acabaré hablándole a las farolas, doblándolas de tedio con mis historias, pero apuesto a que de alguna lograría volcar una luz diferente. Con eso me vale.

Las dos últimas entradas han sido poco más que excusas para publicar algo -aún diciendo, siempre-, mientras preparo una intensa reseña (por llamarla así) sobre "La vida ausente" de Zapata, la segunda parte del artículo sobre Roth, y cometo, en grado de tentativa y con agravantes, algún poema en prosa. Son unas seis horas de música, y no creo que haya valiente que pueda con ellas, pero por si tenéis curiosidad por alguna pieza o queréis rememorar otra, las que aparecen como enlace pueden escucharse aparte en su respectiva página (si a vuestro navegador le da la gana, claro, y si no saltan las exasperantes "cookies" de publicidad, que de dulces sólo tienen el nombre); con las canciones (en marrón) que lucen controles, ya sabéis, "play" o "stop" según convenga, y concederle unos segundos para que "lea el disco", pero acordaros de detener una antes de activar la siguiente o se armará el galimatías. Las que aparecen en gris aún no están disponibles, pero las actualizaré en breve. Como dice la jugadora de "air-hockey" más bella del Mediterráneo: "hay que reconocer que te lo curras, Sergi." Lo que empiezo a dudar es si sirve para algo.


¿Eres hombre o mujer?:

Descríbete:
Message in a bottle (The Police).

Forever young (Joan Baez).

Little wing (Jimmi Hendrix).
Troubadour (George Winston).

Meditaçao (Nara Leao).

Beast of Burden (The Rolling Stones).
“I'll never be your Beast of Burden
I've walked for miles my feet are hurting
All I want is for you to make love to me”


Starman (David Bowie).

Vagabundear (Joan Manuel Serrat).

Mi patria en mis zapatos (El último de la fila).


Hungry heart (Bruce Springsteen).
Whole lotta love (Led Zeppelin).


¿Qué sienten las personas cerca de ti?:

Bigmouth strikes again (The Smiths).

Don’t get me wrong (The Pretenders).


Come as you are (Nirvana).

Trust (Philip Glass).
Inner Smile (Texas).

Close to me (The Cure).
Si todos fossem iguais a vocé
(Vinicius de Moraes con Mª Creuza & Toquinho).


¿Cómo te sientes?:
The battle of evermore (Led Zeppelin).

People are strange (The Doors).
The passenger (Iggy Pop).

Under pressure (David Bowie & Freddy Mercury).
En los árboles (El último de la fila).


Alive (Pearl Jam).

Born again (Black Sabbath).


¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental?:


Describe tu actual relación con tu novi@ o pretendiente: (¿¿mi qué??)

So far away (Dire Straits).

Missing –Remix- (Everything but the girl).

Waiting in vain (Bob Marley).
“I don't wanna wait in vain for your love”

Orgullecida (Compay Segundo).

Teardrop (Massive Attack).
Hey now (Finley Quaye).
“Hey now, where have you been?
You know that I’ve been waiting for you.
Hey now, what have you seen?
You know that I’ve been looking for you”



I want you (Bob Dylan).
Eu sei que vou te amar (Vinicius de Moraes
con Mª Creuza & Toquinho).


I will find you (Clannad).


¿Dónde quisieras estar ahora?:
Driving -Remix- (Everything but the girl).

Theme from Silk Road (Kitaro).

Lobo hombre en París (La Unión).
Parisien du Nord (Cheb Mani).

Muiñeiras de Poio e Ourense (Lyam O’Flynn & Carlos Nuñez).

Miradouro de Santa Catarina (Madredeus).

Paraiso di Atlantico (Césaria Évora).

Jammu Africa (Ismaël Lo).


Mar antiguo (El último de la fila).

Mediterráneo (Joan Manuel Serrat).


My hometown (Bruce Springsteen).

¿Cómo eres respecto al amor?:
Buon giorno principessa (Nicola Piovani).

Round here (Counting Crows).
The piano - Concert suite: The promise-
The heart asks pleasure first (Michael Nyman).

I’m your man (Leonard Cohen).

Only when I lose myself (Depeche Mode).
“It’s only when I lose myself
in someone else, that I find myself”


“La tempestad” Op.31/2. Allegretto (Ludwig van Beethoven).

Bad (U2).
Engel (Rammstein).
“Got weiss ich will kein Engel sein”

All is full of love (Björk).
Yo vivo enamorao -Tangos- (Camarón).

Have you ever seen the rain?
(Creedence Clearwater Revival).


Enjoy the silence (Depeche Mode).
I've got you under my skin (Frank Sinatra).

Annie's song (John Denver).

"You fill up my senses like a night in the forest.
Like a mountain in spring-time
like a walk in the rain
like a storm in the desert
like a sleepy blue ocean
You fill up my senses, come fill me again.

Come let me love you, let me give my life to you
Let me drown in your laughter, let me die in your arm.
Let me lay down beside you, let me always be with you.
Come let me love you, come love me again"


Quand on n'a que l'amour (Jacques Brel).

Els vells amants (Joan Manuel Serrat).

Sueño de amor n.3 (Franz Listz).


¿Cómo es tu vida?:

¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo?:
Disarm (Smashing Pumpkins).

Love (John Lennon).


Inshallah (Omar Faruk Tekbilek).


Escribe una cita o frase famosa:

Ahora despídete:
Goodbye blue sky (Pink Floyd).

Canta por mí (El último de la fila).

M’en vaig a peu (Joan Manuel Serrat).

“però no vull que els teus ulls plorin, diguem Adéu,
el camí fa pujada i me’n vaig a peu”



Farewell (B.S.O. “Blade Runner”).