Cada vez que hago el amor, después de cada orgasmo magnífico, un pájaro muerto brota en la cama. Cuando río con los amigos, tras ganar a la lotería, al celebrar el triunfo de mi equipo; siempre un pájaro muerto, tendido a mis pies. Esta mañana desperté en los brazos de Laura tras otra noche pletórica. La cama impoluta, sólo nuestros cuerpos enlazados y satisfechos sobre el colchón. En la terraza, su canario cantaba con una felicidad desmedida, insultante, vital. Algo terrible va a suceder.
MIGUEL ÁNGEL ZAPATA, Baúl de prodigios. Traspiés, 2007.
Le pongo un espejo a este relato mínimo de Miguel Ángel Zapata.
Se derrumba el mundo aquí y allá, la escarcha hace añicos las espigas de trigo y en la garganta se me va cuarteando un silencio, una ausencia, el nombre de todas aquellas cosas que uno suponía ciertas. Escasea el agua y no hay barcos para esta sed. Y los pájaros cantaban, todo el rato, en las azoteas de la ciudad. Desde los balcones de una calle vieja por donde ella ya no ríe, todavía se oye la cantinela de los pájaros. Mundo idiota y mugre en el espejo, mierda por todas partes y tanta vida detrás de la mordaza. Y el trino cabrón de los pájaros en cada esquina, y los árboles sin navajas delatoras de amores rotos, y las ramas asombradas de tanto pájaro, y el viento ausente, ensordecido. Y leo libros, y brindo con amigos por las buenas noticias, y desvarío un poco, y me pierdo aquí y allá, y el espejo se rompe y me corto. Y la calle desierta, y las azoteas son cementerio. Y ni un maldito pájaro, ni un silbido, ni siquiera la saeta servil de un ave fría cortando el aire en retirada. El silencio absoluto, la mordaza cambió de boca. Algo maravilloso se avecina.
Es extraño, debería estar asustado, roto, pero no me siento mal, me veo digno, me sacudo el polvo de los hombros, sorbo la sangre de la herida y el labio en forma. Y grito un poco, pero soy yo, me reconozco. Sigo adelante.
Mañana viernes sonreiré mucho más, conoceré a personas que me interesan, abrazaré a un amigo que aún no estuvo delante, aunque siempre le supe al otro lado. Veré el libro de otro amigo, que siempre está ahí, veré sus cuentos en manos de la gente, de todos nosotros, temblando, arando, sembrando. Me traen otro libro y un abrazo y veo a dos cuentistas del Diomedea en papel, Ana Pino y David G. Torres. En fin, en pleno campo de batalla, veo banderas que reconozco. Y sonrío. Mañana será un gran día...
...por la mañana os contaré algunas cosas más. De momento fusilo y mutilo esta nota de la bitácora Relataduras, del cuentista Juan Carlos Márquez:
Mañana viernes, a las 20 horas, tendrá lugar la presentación de Ficción Sur en la librería Tres rosas amarillas de Madrid. Ficción Sur, antologada por el escritor y artífice de Literatura en breve Juan Jacinto Muñoz Rengel y editada por Traspiés, reúne a la flor y nata de cuentistas andaluces (y un argentino adoptado), entre los que figura Miguel Ángel Muñoz, de El Síndrome Chéjov. Participantes:
El futuro del libro es incierto, aunque el rumbo de la cuestión cada vez se va definiendo un poco más. Como en casi todos los demás cambios que ha experimentado el ser humano —en cualquier ámbito, pero en el caso que nos ocupa hoy, también a la hora de relacionarse con la cultura—, en los albores de una gran revolución pugnan dos fuerzas contrarias: la de los visionarios que cabalgan la novedad con el mismo ímpetu con el que carga la caballería y la de los reaccionarios, que afianzan posiciones en su barricada —alzada a base de legajos, antiguallas y otros objetos sagrados—. Todos sabemos, a poco que nos movamos en la sensatez, que a menudo una revolución comienza arrasando para terminar reposando, como las mareas. El libro electrónico no es un futurible, ya está aquí, tan sólo falta abaratar costes de producción, esclarecer el precio —de la plataforma y de los contenidos—, ajustar el margen de beneficio de los intermediarios, y pasar por la guillotina a unos cuantos de ellos, como al distribuidor, principalmente, el gran burgués en esta ecuación. Pero también sufrirán el embate del cambio los libreros, y si me apuran, los lectores, por pura saturación —efecto secundario de ciertas libertades—. Está por ver cómo evoluciona todo esto, unos se hacen cruces ante la perspectiva y otros se aferran a ella como única vía posible para el futuro del libro. Los argumentos a favor y en contra son muchos, y muy discutibles, el precio del papel y la sostenibilidad ambiental, la simplificación de la transferencia autor-lector, en la que no sólo se eliminarían intermediarios sino otros procesos y demoras que a día de hoy lastran esa comunicación, etcétera. Personalmente, creo que son indudables las ventajas del libro electrónico en algunos casos, una vez se ajusten las relaciones calidad-precio-catálogo, sobre todo en lo que se refiere a materiales de consulta, libros de texto, guías de viaje, enciclopedias, memorias o publicaciones científicas. Hoy en día comprarse una enciclopedia no sólo es un desperdicio de papel, sino una mala inversión que roza el snobismo —aunque siga luciendo mucho en la biblioteca del salón—, ya que lo digital asegura actualización y ampliación de contenidos —las bibliotecas personales pasarán a ser paquetes de memoria portátil, anaqueles de bolsillo—. Pero también estoy convencido de que el libro, tal y como lo conocemos hoy, no va a desaparecer. Insisto en que uno y otro medio convivirán, coexistirán, se pelearán y a veces incluso se complementarán. En lo literario, que es lo que en realidad me importa, continuarán existiendo los tres actores principales: autor, editor y lector —la plaga de la autoedición seguirá llevando siempre una rémora, un membrete de precariedad, porque una cosa es el discurso original y otra, a veces muy distinta, el trabajo final que convierte esa obra en publicable, y del que los autoeditados no suelen ser nunca profesionales—. Cómo cambie la manera de difundir la literatura, cómo varíe o se perpetúe la adulteración de lo que en verdad es un legado artístico por parte de los grandes grupos, que seguirán presentes y copando mercados —las multinacionales ya están tomando posiciones para asegurarse las mejores cuotas, y sus enormes recursos para la publicidad seguirán moviendo los mismo resortes—, y sobre todo, cómo resistan la carga de la caballería, se sumen a ella o elijan un camino alternativo las editoriales independientes, marcará el devenir de toda esta cuestión. También vendrán problemas: aunque la SGAE asiente sus zarpas sobre la presa y nos cobre hasta por las baterías del aparatito, aunque la ley persiga el fraude, el fenómeno de la piratería afectará en un grado mucho mayor al libro electrónico —no es lo mismo copiar un archivo que fotocopiar Los pilares de la Tierra, que además es un atentado ecológico y contra el buen gusto, aunque los chinos no se cortaron un pelo en publicar ediciones piratas de Harry Potter...—. De todos modos, el número de consumidores de música o cine que tiran de top manta o de cierta mula electrónica no será nunca el mismo que el de los lectores interesados en verdadera literatura. Los que no dudan en repetir con Dan Brown o Coelho se bajarán los best seller, qué duda cabe, pero los desorbitados márgenes de beneficios de estas moles comerciales les harán resistir sin problema. Lo literario seguirá siendo para minorías, salvo excepciones, por lo que a los piratas no les resultará tan rentable el abordaje a ciertos títulos en libro-e. Hoy no he querido profundizar demasiado en ello, sirva este preámbulo o este rodeo general a vuelapluma para presentaros este vídeo. Lo descubrí ayer por la tarde en un curso intensivo —y subvencionado— que acabo de comenzar para seguir completando mi formación: Gestión de proyectos editoriales. El vídeo está en francés, pero no importa si no habláis el idioma —yo mismo sólo entiendo un 50% de lo que dicen—, creo que siguiendo las imágenes podéis haceros una idea de lo que tendremos entre manos en unos cinco o diez años. Si se me pregunta por mi postura concreta, creo que mis proyectos responderán por mí mismo: estar al día y no perder el carro de las ya no tan nuevas tecnologías, vivir en el presente y hacer uso de todos los medios disponibles para hacer más efectivo mi trabajo —como escritor a medio plazo y como editor a día de hoy—, y entiendo como efectivo que sea viable y le llegue a los lectores adecuados, pero mantengo la intención de sacar adelante, cuando el momento sea propicio, una revista literaria que combine el formato papel con el digital —y que deje de abusar del talento y la generosidad o a veces la ansiedad de los demás, y le pague a sus colaboradores, aunque sea poco—, y un sello editorial propio —a largo plazo— que recupere el libro como objeto de arte en sí mismo, que le rescate de esa cosificación mercantilista a la que hoy está sometido. Una cosa es que una editorial sea rentable, y otra cosa que las cuentas sean las únicas editoras reales que deciden qué se publica y qué no. Por esa vía crece el tejido empresarial que nos tiene por sujetos consumidores, pero se pudre la red cultural que nos define como seres humanos. Me interesa editar libros en los que contenido y continente formen un todo que vaya más allá del simple formato, algo más allá del código de barras y el dictado de la inmediatez. Libros imperecederos de autores imprescindibles, si se me permite la osadía. Libros que coexistirán sin complejos y sin prejuicios con todas las ventajas de la modernidad: una guía electrónica de viajes interactiva que no pese en la mochila, o un ejemplar de National Geographic que podamos reenviar por correo electrónico —previo pago, claro, como siempre—. Libros de papel que uno, después de haber leído sin mayor problema cualquier novelita en su dispositivo electrónico, pueda entretenerse en tocar, oler y apoyar en el pecho un día de apagón o bajo los árboles del parque. Hay cosas que jamás desaparecerán mientras una minoría, por pequeña que sea, les siga otorgando un valor diferenciador. O acabaríamos todos dentro de diez años tomando paella, cocido o tiramisú en píldoras. Bueno, seguro que Ferran Adrià ya lo tiene en mente... pero yo sigo disfrutando del arroz a banda sin pretensiones en la caleta del pueblo. No me importaría cenar en El Bulli, seguro que es divertido, pero eso no significa que renuncie a la autenticidad y lo mejor de la tradición. Cada discurso y cada acento tienen su espacio y su marco adecuados, o se convierten en otra cosa. Y no hay más. ¿Qué pensáis vosotros sobre todo esto? ¿Qué os sugiere este vídeo? ¿Cómo os veis a vosotros mismos como lectores en diez años?
(Escritura nebulosa y terminal, ni relato ni carta, más bien cierto tipo de "handing").
LA ESPERA y en guardia. En una sala inmensa en la que no cesa el gentío de ida y vuelta, espero. En el centro de un músculo de mármol y acero que expulsa y absorbe miles de rostros por minuto, donde van a parar y de donde brotan los pasillos por los que se aprieta la sangre anónima, espero. En el latido y la velocidad del mundo, bajo el abecedario de todas las ciudades que existen, de todas las calles donde mi hogar se ausenta. Sentado sobre una enorme maleta, llena de arena para no salir volando todavía, espero. Después de tantos años licenciándome en la vasta ingeniería del lastre consigo ahora no volar antes de tiempo y permanezco firme, centinela en guardia sobre las ruinas de mi propia fortaleza. Atado al peso de mi equipaje espero, a que en algún momento un timbre amarillo pronuncie tus coordenadas ―una ciudad del norte, una isla de roca vieja, una espiga de trigo en la nieve―, a que tu voz se agriete una vez más y entre la niebla se anuncie mi vuelo. A que tu boca me llame, en realidad, para dejarlo todo y extraviar la maleta, para emprender el vuelo con la voz vacía, para que sólo tu nombre la ocupe, a eso espero.
Mi pasaporte lleva más sellos que páginas, más exilios que fronteras, y en la fotografía se pueden reconocer los rasgos del eterno pasajero en tránsito. Cualquier aeropuerto de origen se desmantela en cuanto emprendo el viaje y la tripulación negará haber partido de allí alguna vez. El camino de vuelta y la patria ficticia los borra el viento mientras vuelo, como la estela de un caza abatido en una batalla por proyectiles de silencio y palabras rotas. Me olvido pronto de los naufragios aéreos, la sal del llanto se seca pronto y en seguida brota de nuevo la alegría, la vocación de explorador. No soy de ninguna parte y sin embargo cada aterrizaje me resulta familiar, cada vez que me estrello los pedazos se disponen en una geometría que reconozco: el diagrama que me define, un manual de instrucciones escrito en un idioma cifrado del que sólo tú tendrías la clave si quisieras. Así, de chatarra y cascotes diseminados por el suelo, de trazos de tinta arrojados al mapa en blanco he ido llenando de arena mi maleta, sobre la que ahora, sentado, espero.
La niebla dura ya muchos años, tantos, que los hombres ya se han hecho al gris y no son capaces de hablarme de la luz del sol. Siempre están aquí, pertenecen a este lugar y se confunden en el flujo del gentío, y ya no saben de otra claridad que la asepsia del mármol y la mecánica del acero. Con que estén limpios les basta, con que todo funcione les vale; aquí no hay sitio para el olor de la hierba o el rumor de la nieve. En un lugar en el que el mundo se mueve tan deprisa y se reparte aquí y allá, hasta el último rincón, hasta la última ciudad, el mismo cielo se hace un lugar tan improbable como el agua para el pez. De tanto volar por inercia, la costumbre les ha borrado la noción del aire. La niebla se ha hecho tan compacta que parece una extensión natural del suelo y aun en pleno vuelo los hombres de gris mantienen la mirada recta, los brazos cruzados, de ciudad en ciudad, avanzando a diez mil pies de altitud como quien gana estaciones bajo tierra en cualquier metro, sin importar lo que queda al otro lado de la ventanilla, sin contar con lo que viaja más adentro del traje.
Yo nací a destiempo, aparecí de pronto en la sección de objetos perdidos, y por eso siempre viajo desnudo y pego la nariz al cristal. Lo sigo haciendo, aunque la niebla no me siente nada bien, porque es demasiado fría para mis huesos y demasiado opaca para mis ojos. La niebla dura ya tanto que he de inventarme otro cielo, escribir un aire nuevo, para cuando pueda deshacerme de esta maleta y volar por fin a tu lado. Le doy la vuelta al reloj de arena pero la maleta nunca se vacía y el momento no llega, nuestro tiempo no despega. Por eso, mientras espero, para no volverme loco cierro los ojos y olvido el mármol y el acero, y la circulación de la gente, y el gris de los otros, y los latidos del mundo, y los infartos del sueño, y recuerdo tu boca, tu voz de sábana rasgada que aún me roza, el sello de tus dientes en mi pecho, el visado de tu sonrisa —ese que abre todas las fronteras—, el refugio de tu aliento, los peces inquietos que te bullen en la boca, el alimento marino de tus besos, tu lengua cruda y tibia que aún se agita en lo más íntimo de mi naturaleza, las palabras pocas que temblaban, y ese mapa hecho de labios y saliva que no se borra, que no se olvida, que me acompañará ya a todas partes, como la única patria cierta, el único destino que me podrá saber nunca a regreso, a lo más parecido que un exiliado podría tomar por el último viaje, el único que desea y espera: el de vuelta a casa.
Aquí, sentado sobre un lastre y un tiempo que estoy deseando perder de vista, sorteando el flujo de la gente y mirando a cada rato el panel de salidas, espero. Por si en un instante se arma tu nombre y al fin despega mi vuelo, sigo atento, por si se anuncia mi vuelta a casa. Aquí sigo firme y en guardia, y espero, a que la niebla escampe, a que tu boca me llame.
Ciertamente, hay horas sombrías —y hasta puede incluso que lugares malditos— en que la pasión disimula su cauce, como esos ríos que en algunos trechos discurren de manera subterránea. Lo mismo ocurre con el amor, pues las intermitencias del corazón no ahogan su curso, y basta el mínimo incidente para que rebrote de su capa de roca, o volvamos a hallarlo bajo la forma de una cascada casi imperceptible, pero pujante ya, y deseosa de hacer que reverdezca el valle. Tal como afirma Breton:
«Esos momentos negros en que el amor cierra de pronto las alas y se precipita al fondo del abismo —de donde en seguida volverá a alzarse en línea recta—, creo que deben de ser mirados de frente y sin temor, en la misma medida en que el hombre, mediante una conducta adecuada, puede aspirar a reducirlos en el marco de su vida» (Amour, p. 148).
Y en el mismo sentido se ha atrevido a decir:
«El amor verdadero no está sujeto a ninguna alteración apreciable en el transcurso del tiempo» (id., p. 75).
Quien no tiene en cuenta las intermitencias del corazón es sin duda un ingenuo, pero quien les concede un valor absoluto ¿no es víctima a su vez de otra clase de ingenuidad? Se queda, diríamos, con la capa de roca y no es capaz de detectar el viaje subterráneo de las aguas… O tal vez haya que pensar que nunca ha amado verdaderamente. Pues la plenitud del verdadero amor no nace más que de la plenitud del don recíproco. Y sin esta donación total, resulta imposible recibir el don del otro.
Sólo por esta vía se alcanza en el amor lo que Breton ha llamado «el delirio de la presencia absoluta» (Amour, p. 108).
***
La mujer es la reina del azar objetivo, no sólo en esa hora en que parece proyectar ante ella la luz del amor —en el instante de las coincidencias asombrosas y las más perturbadores emociones—, sino también cuando ella misma se convierte en el alto instrumento de la gran reminiscencia; cuando la magia de su presencia hace brillar para el hombre un rayo del tiempo de las maravillas perdidas. Tal como afirma Breton dirigiéndose a su mujer:
«Antes de conocerte… pero estas palabras no tienen sentido; tú sabes que al verte por primera vez te reconocí sin la menor vacilación» (Arcane, p. 35).
Platónica, sin duda, es esta noción de la reminiscencia; y no menos platónica es la idea que evoca bajo la apariencia de un espectro de luz el andrógino original:
«El campo alegórico que afirma que todo ser humano ha sido arrojado a la vida en busca de un ser del otro sexo, y de uno solo, que esté aparejado a él bajo todos los aspectos; y esto hasta el punto de que el uno sin el otro aparezca como el producto de una escisión, de la dislocación de un único bloque de luz» (id., p. 41).
Es, pues, en el ser humano mismo donde hemos de localizar ese sol perdido; y es su identidad fulgurante, su encarnadura de luz, lo que se aspira a reencontrar en el amor:
«El amor recíproco es el único que condiciona la imantación total, sobre la cual nada tiene soberanía, lo que hace que la carne sea sol…» (id., p. 43).
Por eso no habrá de extrañarnos que Breton predique la idea de «salvación terrestre por la mujer» (id., p. 70), ni que le asigne al arte la tarea de preparar «sistemáticamente» el «advenimiento» de la mujer «a todo el imperio sensible» (id., p. 94); sólo así, en efecto, se dibuja un horizonte en el que algún día se podrá afirmar:
«La gran maldición ha sido levantada; el amor humano concentra en sí toda la potencia de regeneración del mundo» (id., p. 78).
Fragmentos (p. 288, 289, 292 y 293) del ensayo André Breton y los datos fundamentales del surrealismo, de Michel Carrouges. Traducción de Ángel Zapata. Gens ediciones. Colección Letra sobre Letra n.º 1. Primera edición: abril de 2008. ISBN: 978-84-935618-5-7
Referencias en el texto a las obras de André Breton: Arcane 17 (Sagittaire), L'Amour fou (Gallimard).
«Tú eres lo que tu deseo más profundo es. Como es tu deseo, es tu intención. Como es tu intención, es tu voluntad. Como es tu voluntad, son tus actos. Como son tus actos, es tu destino.»
Escritor inédito, con dos manuscritos entre manos y en lenta construcción: un libro de relatos y una novela. Uno de los editores del sello independiente Gens, desde abril de 2007. Editor vocacional —la fiebre se ha hecho crónica—, trama una revista literaria a medio plazo y una editorial personal e intransferible para un futuro no muy lejano. Profesor de Iniciación a la escritura creativa en la Escuela de Escritores. Viajero —vive en Madrid, todavía—, poeta muerto —por fortuna—, ilustrador aficionado y responsable de algunas paellas memorables.
Presentación del libro de relatos ganador del último Premio Tiflos de Cuento, Oficios (Castalia, 2008), del escritor Juan Carlos Márquez, responsable de la bitácora Relataduras.
El acto tendrá lugar a las 19.30h en la Residencia de Estudiantes de Madrid, C/ Pinar, 21.
Segovia:
Viernes, 4/VII/08
Concierto de Encores Fado en el festival FolkSegovia.
Que sepas que siempre paso a leerte, que la mayorí...
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el nombre...
bona gent teniu aquí a la meseta, company...! És u...
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marina
La patria móvil
Loading...
Laissez tout
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Abandonadlo todo Abandonad Dadá Abandonad a vuestra mujer, abandonad a vuestra amante Abandonad vuestras esperanzas y vuestros temores Abandonad vuestros hijos en medio del bosque Soltad al pájaro en mano por aquellos que están volando Abandonad si hace falta una vida cómoda, aquello que os presentan como una situación con porvenir